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Gonzalo Rojas: poeta por excelencia

Cultura

 | 24/01/2017

Por: Eduardo Guerrero del Río

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Hace un siglo nació el poeta de la Generación del 38 cuya originalidad lingüística y la potencia de sus imágenes lo proyectaron con fuerza en el universo lírico de nuestro país.
El 20 de diciembre del 2016 se cumplieron cien años del nacimiento de uno de los poetas chilenos más importantes del siglo XX: Gonzalo Rojas (1916-2011). En lo personal, son diversas las instancias que nos permiten recordarlo: la entrevista que le realizamos en la Feria Internacional del Libro –junto a Volodia Teitelboim–, rememorando la generación de 1938 y, sobre todo, a una mujer que los encandiló a los dos: Hilda May; otra entrevista en un ciclo en la universidad; el encuentro en el aeropuerto de Barajas con whisky en la mano; la anécdota contada por mi madre: eran compañeros en el Pedagógico y le enviaba poemas cuando estaban en clases. Pero, sobre todo, el recuerdo más imborrable es la lectura de sus diversos libros de poesía, rescatando algunos poemas que pasan a conformar una especie de subjetiva antología lírica.
 
PRIMEROS AÑOS
 
En El volcán y el sosiego. Una biografía de Gonzalo Rojas, la escritora mexicana Fabienne Bradu aclara lo de la fecha de nacimiento del poeta, ya que en algunos textos se habla de 1916 y, en otros, de 1917: “Una barrabasada burocrática hace nacer a Gonzalo Rojas en el año 1917 (…). Por otro lado, no le disgusta desfalcarle un año a la muerte y también coincidir con la Revolución rusa al marcar su decisiva entrada en este mundo”. Sus padres: Juan Antonio Rojas y Celia Pizarro. En “Carbón”, alude a su progenitor: “Es él. Está lloviendo./ Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor/ a caballo mojado. Es Juan Antonio/ Rojas sobre un caballo atravesando un río”. En “La materia es mi madre”, a su madre: “En la ciudad está tu viudez y tu brío”. Y en “El sol es la única semilla” a los dos: “Yo tuve padre y madre./ Pero ya no recuerdo/ sus cuerpos ni sus almas”. 
Ya a los cinco años, como señala el propio poeta, comienza a incubarse su interés por las palabras: “Voy corriendo en el viento de mi niñez en ese Lebu tormentoso, y oigo, tan claro, la palabra ‘relámpago’. Y voy volando en ella, y hasta me enciendo en ella todavía. Las toco, las huelo, las beso a las palabras, las descubro y son mías desde los seis y los siete años; mías, como esa veta de carbón que resplandece viva en el patio de mi casa. Es el año 25 y recién aprendo a leer. Tarde, muy tarde. Tres meses veloces en el río del silabario. Pero las palabras arden: se me aparecen con un sonido más allá de todo sentido, con un fulgor y hasta con un peso especialísimo”. 
 
GENERACIÓN DE 1938
 
Por su fecha de nacimiento, según la categorización del académico Cedomil Goic, Gonzalo Rojas pertenece a la generación neorrealista de 1942 (junto a Volodia Teitelboim, Nicanor Parra, Carlos Droguett, María Luisa Bombal, entre los chilenos), que también se conoce como la “generación del 38”. Como menciona José Promis, “así se ha puesto énfasis en la importancia de una fecha precisa alrededor de la cual giraron los intereses literarios y sociales de la mayoría de los narradores del programa”. Uno de los acontecimientos políticos/sociales fue el triunfo ese año del Frente Popular, encabezado por Pedro Aguirre Cerda. Según Teitelboim, “estábamos bajo el impacto de la revolución estética europea que se manifestaba en la poesía, con Apollinaire, con Rimbaud y llegaba hasta Chile. Y había una revolución también en la novela y en el cuento. Y de eso había señales, respuestas en esa generación del 38”. Rojas complementa: “Pertenezco a la promoción literaria chilena de 1938 y dentro de ella al Grupo Mandrágora, con eje en el surrealismo parisino”.
En términos generales, lo que llama la atención en la poesía de Gonzalo Rojas, desde su primer libro, es su “torrencial vehemencia” (Lefebvre), la fuerza de las imágenes, el juego lingüístico y la presencia constante de diversos motivos literarios, tales como el amor, el erotismo, la muerte, la conciencia del ser. Hablando de sus publicaciones (entre ellas, La miseria del hombre, Contra la muerte, Oscuro, Del relámpago, Materia de testamento, Las hermosas), más que de varios escritos, es válido hablar de uno solo, pues se van repitiendo los poemas y se va ampliando el universo poético. Gonzalo Rojas lo dice poéticamente de la siguiente forma: “Míseras [páginas] de lo mismo, hartazgo y desenfreno, danza y mudanza, pues no hay Transtierro en mí si no hay Oscuro en la simultaneidad del oleaje: Contra la muerte ahí, La miseria del hombre. Ni hay, por cierto, Del relámpago ni estos, aún más inmediatos, 50 poemas. Que todo es todo en la gran búsqueda del desnacido que salió de madre a ver el juego mortal y es UNO: repetición de lo que es. Antología de aire, metamorfosis de lo mismo”. 
Para Gonzalo Sobejano, “en otras palabras: la poesía de Gonzalo Rojas es una autoantología en formación perpetua, dentro de la cual, según el lugar de publicación y sobre todo según el tiempo de la misma sazón del poeta, este quita, pone, reordena”. Y para Antonio López Ortega, “sus libros son accidentes temporales dentro de un permanente fluir poético y sus poemas aparecen indistintamente recogidos en uno u otro volumen”.
 
INICIO DE SU PERIPLO POÉTICO
 
En 1947, obtiene el primer premio en el concurso de poesía inédita convocado por la Sociedad de Escritores de Chile, SECH. Se presentó con el título de El fuego eterno: “Fui fuego de muchacho de puro impulsivo. En mi primer libro prevalecía el fuego, pero no solo el fuego como intensidad, sino como vivacidad. Pensé siempre en Heráclito, pero me cambié, me cambié al aire”. Al año siguiente aparece publicado, llamándose ahora La miseria del hombre, alertando desde un comienzo la atención de la crítica. Por ejemplo, Luis Merino Reyes manifiesta: “Gonzalo Rojas probablemente, en su madurez orgánica o en camino de ella, inscribe su nombre entre los valores destacados de la poesía chilena”. Y Guillermo Sucre: “Poseído por un lenguaje desencadenado y penetrante, por una densa atmósfera material y una exaltación del hombre en medio de sus eternos enigmas y de los terribles caos contemporáneos”. 
De este poemario, quisiéramos destacar el poema “Perdí mi juventud”: “Perdí mi juventud en los burdeles/ pero no te he perdido/ ni un instante, mi bestia,/ máquina del placer, mi pobre novia,/ reventada en el baile”, que para Enrique Lihn es una “apología de una prostitución sublime”. Está la “Carta del suicida”: “Juro que esta mujer me ha partido los sesos,/ porque ella sale y entra como una bala loca,/ y abre mis parietales, y nunca cicatriza,/ así sople el verano o el invierno/ (…)/ juro que ella perdura, porque ella sale y entra/ como una bala loca,/ me sigue adonde voy y me sirve de hada,/ me besa con lujuria/ tratando de escaparse de la muerte”. 
Han de pasar dieciséis años para que se concrete una segunda publicación. Pero en el intertanto comienza a revelarse la veta viajera de Gonzalo Rojas, que se mantuvo hasta casi el final de su vida. El poeta nos dice: “Yendo-viniendo, como me gusta decir, anduve y desanduve otros párrafos del planeta. Viví en China y en las tres Américas; en Europa viví”. Este segundo texto es Contra la muerte (1964), apareciendo en su título uno de los aludidos motivos de su poesía. Como señala Fabienne Bradu, “en más de un poema Gonzalo Rojas dialoga con la muerte, la interpela, la desafía, la seduce como a una mujer, la corteja”. En el poema que tiene el mismo nombre que el libro, aparecen los siguientes versos: “¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas/ a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos/ con volar más allá del infinito/ si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir/ fuera del tiempo oscuro?”. También destacamos, a nuestro entender, uno de los poemas más hermosos de Rojas, “¿Qué se ama cuando se ama?”: “¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida/ o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué/ es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,/ o este sol colorado que es mi sangre furiosa/ cuando entro en ella hasta las últimas raíces?”.
Trece años después, en 1977, es la aparición de Oscuro, en donde nos encontramos con poemas que, de alguna forma, dan cuenta de la situación política que se vive en Chile. Por ejemplo, “El helicóptero”: “Ahí anda de nuevo el helicóptero dándole vueltas y vueltas a la casa,/ horas y horas, no para nunca/ el asedio, ahí anda/ todavía entre las nubes el moscardón con esa orden/ de lo alto gira que gira olfateándonos/ hasta la muerte”. Pero, como contraparte, “El fornicio”: “Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,/ mi vergonzosa, en esos muslos/ de individua blanca, tocara esos pies/ para otro vuelo más aire que ese aire/ felino de tu fragancia, te dijera española/ mía, francesa mía, inglesa, ragazza,/ nórdica boreal, espuma/ de la diáspora del Génesis, ¿qué más/ te dijera por dentro?”. Para el escritor José Emilio Pacheco, “por virtud de su radiante maestría, Rojas puede darse el lujo de ser prosaico, imprecatorio, irónico, elegiaco, erótico, oracular y cien cosas más sin dejar de ser nunca un gran poeta, aunque no haya cumplido el requisito para ser considerado como tal: estar muerto”.
De la década de los ochenta están Del relámpago (1981) y Materia de testamento (1988). Del primero, el poema “La palabra placer”: “La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer/ cayendo del destello de tu nuca, fluyendo/ blanquísima por lo vertiginoso oloroso de/ tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas”. Para el profesor Roberto Hozven, el texto permite varias lecturas: “Imagino al menos dos: leerlo como un libro de poema o como otro mito que reactiva los orígenes de la escritura”. En el segundo, también un poema de carácter político: “A los desaparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio y haber muerto cantando” (“Materia de testamento”). Finalmente, quisiéramos aludir a Las hermosas (1992), en que se reiteran poemas como “El fornicio”, “Perdí mi juventud”, “Carta del suicida”, “La palabra placer”, “¿Qué se ama cuando se ama?”. A ellos agregamos “Diáspora 60”: “Llovió largo el 73 un año/ sucio, agujero/ sangriendo el sol”.
En el último tiempo, sigue acumulando importantes premios: Primer Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (España, 1992), Premio Nacional de Literatura (Chile, 1992), Premio de Poesía y Ensayo Octavio Paz (México, 1998), Premio José Hernández (Argentina, 1998), Premio Cervantes (España, 2003). Al respecto, Víctor García de la Concha, presidente del jurado de este último premio, declara que el premio “se le atribuye a Gonzalo Rojas por su capacidad para crear un universo propio en la línea de lo que podemos llamar la tradición de la modernidad”. En su discurso de recepción, el poeta manifiesta: “Porque de veras soy aire y eso tiene que ver con el océano del gran Golfo de Arauco donde nací, y también con las cumbres de Atacama donde (allá por mis 20 años) los mineros del cobre me enseñaron mucho más que el surrealismo: a descifrar el portento del lenguaje inagotable del murmullo, el centelleo y el parpadeo de las estrellas”. Sigue escribiendo, sigue viajando, sigue dando conferencias y talleres por el mundo. Sigue enamorándose: “El amor es, acaso, la única utopía que nos queda”, y sigue con “esa costumbre de llevarle el café a la mujer que amo”.
Gonzalo Rojas, todo un personaje, con su calidez a flor de piel y, sobre todo, con sus versos que instala a la poesía chilena en un sitial de honor. MSJ