Cartas

al director

Noviembre 2017

Sr. Director:

La reciente llegada a Chile de los refugiados sirios es un signo de los tiempos y una expresión del nuevo rol que, como país, nos corresponde asumir en esta hora de la historia. La migración, y el refugio como su expresión más dramática, es un hecho que pone de manifiesto el doloroso fracaso de no pocas naciones, y también de la comunidad internacional, que no ha logrado asegurar las condiciones básicas para que los hijos de una tierra puedan vivir y desarrollarse en paz en ella.

Quienes se han visto forzados a abandonar tierra, familia y su propia cultura por situaciones de grave pobreza y violencia son víctimas de este fracaso. Ofrecerles la acogida que merecen es reponer, al menos en parte, los derechos que les fueron conculcados.

Mientras algunos conciben que la migración constituye una amenaza, el papa Francisco, con intuición profética, ha asumido su defensa con la convicción de que se trata de uno de los asuntos más neurálgicos para nuestro tiempo. Él mismo ha propuesto a Caritas Internacional promover una campaña llamada «Compartiendo el Viaje», que pretende crear una gran cadena humana, de alcance planetario, de amor y misericordia hacia los migrantes y refugiados. Invitando a todos a promover un cambio de actitud, personal y colectivo, que supere la indiferencia y el rechazo, y descubra la belleza y la enorme oportunidad que la migración conlleva.

El desafío que, como sociedad, nos toca asumir en esta ocasión pone de manifiesto una dimensión más radical de la globalización. Migración y Refugio nos revelan un mundo en donde las fronteras no son el límite a la responsabilidad por el bien común que se hace concreto en el bien de cada persona humana.

Que el gobierno de Chile y ACNUR le hayan encomendado la gestión de este proceso a la Vicaría de Pastoral Social-Caritas nos otorga la oportunidad de colaborar en algo en lo cual la Iglesia está plenamente convencida, y que bien vale la pena poner de manifiesto cuando paralelamente se discute la nueva ley de migración. La migración es un derecho humano. Entendemos que necesita ser regulado para que se ejerza en las mejores condiciones posibles. Pero regular no es conculcar.

Galo Fernández Villaseca — Obispo Auxiliar de Santiago. Presidente del Instituto Católico de Migración INCAMI

Sr. Director:

La administración de Michelle Bachelet postergó nuevamente el envío de su proyecto de nueva Constitución. Aunque en este caso particular el motivo puede ser plausible (tomarse el tiempo necesario para sistematizar en forma adecuada una consulta indígena), no dejan de llamar la atención los modestos resultados conseguidos en esta materia hasta ahora. Después de todo, la cuestión constitucional era uno de los tres pilares del bullado programa —junto a las reformas tributaria y educacional—, pero a pocos meses de terminar su período, un Gobierno que prometió una «nueva Constitución nacida en democracia» aún no logra siquiera presentar su proyecto de nueva Carta Fundamental.

El panorama, desde luego, no parece demasiado auspicioso y por ello es necesario preguntarse cuáles son las razones que explican este cuadro. A mi entender, un motivo que influyó decisivamente en este escenario fue la narrativa refundacional que caracterizó los inicios del segundo mandato de Michelle Bachelet y el consiguiente y sistemático énfasis en los procedimientos, en desmedro de los contenidos. Ambos aspectos hacían muy difícil alcanzar los amplios acuerdos que exige un proceso de esta índole en contextos democráticos.

Hay buenas razones para plantear un cambio constitucional (el valor simbólico de toda Constitución, la ruptura de los consensos del Chile de la transición, etc.); pero, a la luz de los hechos, en el futuro probablemente conviene seguir un camino distinto al impulsado por este Gobierno. A saber, subrayar los contenidos y los puntos de encuentro entre diversos sectores políticos. Es el único modo de propiciar los acuerdos que se requieren para avanzar en la esfera constitucional.

Sin duda este enfoque implica renunciar a cierto lirismo, pero también puede llevarnos ganar en eficacia y diálogo político. Y todo indica que es precisamente eso lo que requiere este debate.

Claudio Alvarado R. — Instituto de Estudios de la Sociedad

Octubre 2017

Sr. Director:

Cuando en el Hogar de Cristo terminábamos de redactar nuestras propuestas de políticas públicas en materia de consumo problemático de alcohol y drogas para entregarlas a los candidatos presidenciales, explotó la terrible noticia del suicidio de un alumno del Colegio Alianza Francesa, semanas después de haber sido sorprendido fumando marihuana en el baño del establecimiento.

Todos quienes trabajamos seriamente en este tema sabemos cuán clave es puntualizar que no se puede establecer una relación causal entre la sanción del colegio y el suicidio del joven. Sin embargo, es imposible no reflexionar sobre la manera en que está construida nuestra legislación. La ley N° 20.000 se sostiene en la creencia a ojos cerrados de que el problema de las drogas se resuelve dentro del dominio de lo penal, concepto absolutamente contraterapéutico, además de violento y peligroso, como se hizo evidente con crudeza a la luz de este caso.

Llevamos más una década trabajando en Fundación Préntesis en un tema al que entonces se denominaba «adicción» y hoy se llama «consumo problemático». Esta no es una mera cuestión semántica. Es un cambio de paradigma en los tratamientos. En el año 2008 trajimos por primera vez al doctor en psicología Andrew Tatarsky, quien en Estados Unidos desarrolló la Psicoterapia de Reducción de Daño, como alternativa de salud pública a los modelos que criminalizan el consumo, descalifican moralmente a quienes consumen y consideran que el uso de drogas es una enfermedad.

Nosotros suscribimos el Modelo de Reducción de Daño, con principios psicoterapéuticos de aceptación incondicional y empatía. Considera que para muchas personas el uso de drogas es un intento de autocuidado, que revela una forma de hacer frente a vidas cargadas de dolor; promueve su participación en el establecimiento de los objetivos del tratamiento; asume una concepción ética respetuosa de derechos individuales, y rechaza que la abstinencia sea la única meta aceptable en los tratamientos, aunque sí la propone como meta posible.

La evidencia nos demuestra que las personas que tienen consumos crónicos y compulsivos suelen acarrear historias de traumas, abusos, situaciones críticas, donde las drogas y el alcohol surgen como una solución. El consumo es una mala solución a la que recurren personas que no tienen otra salida. Es lo que sucede con quienes viven en situación de calle, donde el alcohol asoma como la única manera de sobrellevar su condición. Puede ser también el caso de un adolescente desorientado, solitario, presionado.

No sabemos y no le corresponde a nadie especular sobre qué fue lo que le sucedió a este joven. «Sufría de tristezas que lo asediaban y que nadie supo ver. Le fallamos todos», concluyen sus compañeros en una conmovedora carta pública. Efectivamente, le fallamos como sociedad y le falló el Estado; a él y a todos quienes padecen los efectos de una ley inadecuada, la 20.000, que resulta urgente modificar.

Carlos Vöhringer — Psicólogo y director de Fundación Paréntesis

Sr. Director:

Deseamos agradecer de todo corazón la ayuda prestada por revista Mensaje a la campaña «Tu trabajo no es lo que te dan, tu trabajo es algo que tú das» de Fundación Trabajo para un Hermano. Su colaboración, sin duda, fue fundamental para el éxito de la misma y nos ayudó de manera significativa a difundir el mensaje que buscábamos entregar.

Sabemos que esta es una carrera larga y que aún queda mucho para lograr que el trabajo en Chile sea efectivamente fuente de satisfacción y dignidad para todos. Pero en Fundación Trabajo para un Hermano seguiremos avanzando en pos de ese objetivo hasta que se vuelva una realidad. Nos alegra saber que en esta cruzada contamos siempre con su ayuda incondicional.

Isabel del Campo Müllins — Gerencia Fundación Solidaria Trabajo para un Hermano

Septiembre 2017

Sr. Director:

Coincidiendo con la necesidad de mejorar las pensiones indicada en su editorial «Jubilar sin Jubilo» y sin ser experto en la materia, me gustaría compartir una serie de antecedentes que me parecen relevantes para la búsqueda de soluciones.

Las AFP han sido excelentes administradores de nuestros fondos previsionales. Desde su inicio en 1981 hasta la fecha han obtenido rentabilidades reales anuales del 8,3%, superando a cualquier otra alternativa conocida. Para dar una idea de lo que significa esto, para una persona que empezó sus cotizaciones en 1981, por cada $ 10 pesos que tiene en su cuenta individual, $ 7,8 pesos corresponden a la rentabilidad y $ 2,2 corresponden a sus aportes.

El costo de administrar nuestros fondos a diciembre del 2016 equivalía a un 0,57% de los fondos invertidos, porcentaje mucho menor que la que cobran por administración los fondos mutuos. El sistema fue diseñado a fines de la década del setenta. En esa época nuestra esperanza de vida al nacer, según el Ministerio de Salud, era de 67,2 años. Hoy felizmente nuestra esperanza de vida, según la misma fuente, es de 79,7 años. Desde el inicio hemos ahorrado el 10% de nuestros ingresos en el sistema de pensiones y hoy pretendemos lo imposible: con el mismo ahorro lograr la misma pensión durante trece años adicionales.

Las pensiones bajas que ha estado otorgando el sistema a algunos afiliados se debe principalmente a las llamadas lagunas previsionales. Hay muchos trabajadores que, por falta de trabajo, o por haber tenido trabajos informales, no han aportado al sistema por largos años. Es injusto achacarle al sistema de AFP la culpa de estas irregularidades del mundo del trabajo.

Hace muchos años que nuestras autoridades saben cuáles son las soluciones a estos problemas. Desgraciadamente, no han tenido la voluntad ni la valentía de implementarlas. Ellas son subir la cotización del 10% actual a un 15% o 18%, y aumentar la edad de jubilación, medidas que ya se han tomado en varios países desarrollados.

Finalmente, para las personas de menores ingresos que tienen lagunas previsionales, debemos subir el monto a repartir por el llamado «pilar solidario», financiándolo con fondos generales de la nación.

En lugar de profundizar el descontento, como propone el Sr. Damián Vergara mencionado en el editorial de revista Mensaje, debemos ponernos a trabajar para perfeccionar un sistema que ha sido exitoso en el cuidado de nuestros ahorros.

Fernando Echeverría Vial

Sr. Director:

El proyecto de ley presentado por el Gobierno para normar la migración representa una oportunidad para debatir con seriedad y responsabilidad ese tema.

El texto ofrece elementos positivos. Es, por ejemplo, un avance hacia una mejor consideración de los derechos de los migrantes cuando estos enfrentan sanciones: el proceso correspondiente es clarificado y regulado. Asimismo, simplifica los «tipos» de residencia, estableciendo las categorías de permanente y temporal. También favorece que los extranjeros puedan ser empleados públicos.

En ese sentido, la iniciativa de ley recoge algunos planteamientos que hemos formulado con anterioridad.

Paralelamente, el proyecto plantea otras ideas que debiéramos evaluar con tranquilidad, pues podrían representar riesgos.

Una de ellas es el establecimiento de la categoría de “visitante”, que puede prestarse para situaciones inadecuadas si no es bien administrada. Nos genera, por otra parte, alguna inquietud el otorgamiento de atribuciones a la policía en su tarea de ejercer un control que, en el caso de los límites fronterizos, podría dar espacio a arbitrariedades. Este es un punto delicado, en cuanto a que un mal acercamiento a esa materia puede generar efectos perniciosos, como un indeseable estímulo a la inmigración irregular.

De la misma manera, nos genera inquietud que el plazo que demore la tramitación de esta ley y, posteriormente, la dictación de sus reglamentos represente un periodo prolongado en el que continuarán viviendo como indocumentados unas 200.000 personas (entre ellas, 33.000 niños).

Desde la Coordinadora Nacional de Migrantes quisiéramos llamar a la comunidad y a sus representantes a estudiar adecuadamente esta propuesta. De momento, estamos preparando una Conferencia Nacional los días 21 y 22 de octubre al que puedan sumarse los migrantes interesados en debatir esta legislación —así como otras materias de importancia— sin perjuicio de que ya estamos preparándonos para entregar en las próximas semanas nuestras opiniones y propuestas al Congreso. Esta es una oportunidad crítica para avanzar en esta materia postergada desde hace años.

Rodolfo Noriega — Representante de la Coordinadora Nacional de Migrantes

Sr. Director:

Por su intermedio, quiero agradecer la última portada de la revista Mensaje, correspondiente a su edición de agosto. Al mismo tiempo, hago llegar mis sinceras felicitaciones por mostrarnos sin aspaviento ni aprovechamientos, la sensibilidad de un niño sin rostro (que los incluye a todos) y esa lágrima en solitario. Ni otro gesto… Solo la lágrima del dolor, el abandono, la impotencia, la frustración, la soledad y el miedo… Es realmente significativa y preciosa.

Gloria Bensan

Sr. Director:

La creación reciente de la Región del Ñuble es, a mi parecer, un ejemplo más de cómo las autoridades se dejan conducir por lo que creen resulta más popular, sin un adecuado análisis de los costos y beneficios involucrados. Es indudable que esa medida ha de ser vista con simpatía por quienes allí viven. Sin embargo, ¿se ha reparado en cuánto representa para el erario fiscal la creación de tantos nuevos cargos y de tanta nueva institución? Las modernas tecnologías de la información y los nuevos softwares de administración permiten perfectamente un ejercicio efectivo y a distancia de los procesos de toma de decisiones. Indudablemente, esa nueva creación de una región es también un acto revelador de que quienes hoy son nuestros representantes políticos no tienen su mirada puesta en el futuro y en las nuevas opciones, sino que siguen atrapados por cánones obsoletos.

Juan Pablo Reyes D.

Sr. Director:

Es notable la aprobación de la nueva ley de aborto, justa y necesaria para las mujeres. ¿Cómo fue posible, contra la fuerte resistencia de una poderosa minoría de mentalidad conservadora, incluida la autoridad católica? En mi opinión, la respuesta se encuentra en un cambio cultural ocurrido en Occidente desde mediados del siglo XX. Esto no ha sido comprendido por la autoridad, que sigue apegada a conceptos ya vacíos para la mayoría, pues los tiempos han cambiado.

Por meses hemos asistido a un diálogo de sordos. Donde unos creen ver un crimen atroz, otros percibimos opciones legítimas y respetables, aunque dolorosas. Es una revolución en el sentido de Thomas Kuhn. Desde un paradigma heredado, de autoridad vertical y de control, se evoluciona hacia un paradigma de diálogo, consenso y autonomía. En cierto sentido, el saber ya no es más el patrimonio de una elite iluminada, sino que es descubierto entre todos, laboriosa y amorosamente.

Desde mediados del siglo XX notables descubrimientos han ampliado los espacios de libertad en sexualidad y reproducción. La fecundidad se ha vuelto controlable en la regulación de la natalidad y en la fertilización asistida. Ha evolucionado la cultura: se acepta el divorcio y el nuevo matrimonio; la homosexualidad es descubierta como una realidad humana, no una enfermedad. Ahora no resulta razonable forzar a una madre a continuar su embarazo en condiciones trágicas. La fecundidad humana y el embrión han dejado de ser tabú y ya no son «sagrados» al modo antiguo.

Esto no ha sido comprendido por tantas personas que están sufriendo al ver desmoronarse los supuestos básicos que les daban seguridad. Son las crisis del pensamiento descritas por Kuhn, inevitables en la historia.

Estimamos discutible el papel jugado por la autoridad religiosa, desde el poder y, a veces, la amenaza, postura que ayer consiguió abolir el aborto terapéutico en dictadura y frenó su introducción en democracia durante años. Son formas de la vieja Cristiandad, estilo de poder más que de servicio.

Muchos cristianos estamos satisfechos de la aprobación de la nueva ley de aborto por el Tribunal Constitucional, que devuelve a la mujer la capacidad de decidir en dilemas trágicos. Ha cambiado el sensus fidei fidelium. Aun no se publican los fundamentos del fallo, que será interesante conocer.

Cristián Barría Iroume

Agosto 2017

Sr. Director:

Es valorable que el editorial “Jubilar sin júbilo”, de revista Mensaje de julio pasado, incluya los principales argumentos que atribuyen a las AFPs la responsabilidad de las bajas pensiones.

Señala que el Sistema previsional sería ilegítimo porque se aprobó en dictadura. Olvida que durante décadas —antes de 1973 y después de 1990— se discutió cómo mejorarlo, sin que se lograra (es aleccionador el Mensaje al país de 1970 del presidente Frei Montalva). Asimismo, el editorial sostiene que los cotizantes antiguos fueron “obligados” a cambiarse a las AFPs. La verdad es otra. Ellos se trasladaron, pues les resultó atractivo subir su sueldo liquido al reducir su cotización de casi 27% a 13%, y porque tenían conciencia, de que el sistema de reparto pagaba muy malas pensiones. Desde el Estado, en tanto, se reconocía que este era arbitrario y abusivo, sometido a influencias de grupos de presión: Dipreca es un ejemplo actual de esto último.

El editorial dice que es que el Sistema no cumplió con una “promesa” realizada hace cuarenta años de pagar buenas pensiones. Al parecer el editorialista estima que quienes confiaron en esta promesa creían que esto ocurriría a todo evento, independientemente de si se cotizaba o no. Hoy un 60% de los afiliados lo hace por menos de veinte años. Asimismo, al parecer se encontraba implícito en la “promesa” que la medicina se estancaría, manteniendo fijas las expectativas de vida. En efecto, los sistemas previsionales funcionan en base a proyecciones, que deben ser monitoreadas constantemente: para eso existen los gobiernos, los políticos, los entes reguladores y los ejecutivos de AFPs. El editorial, asimismo, lamenta las elevadas utilidades de las Administradoras. Pero si estas fuesen “cero” no cambiaría nada el monto de las pensiones. Para que estas crezcan, se debe postergar la edad de jubilación, aumentar la tasa de ahorro individual del cotizante de 10% a 18% —como ha propuesto José Pablo Arellano— y lograr una mayor frecuencia de cotizaciones.

La poca rigurosidad facilita la demagogia y la incompetencia. La Iglesia debe dar ejemplo de solidez. Tiene que ayudar a movilizarnos, a decir la verdad, a volver a lo público. Como dijo san Juan Pablo II en su visita a Chile, a amar el trabajo bien hecho. Animarnos en esfuerzos desinteresados para construir un país mejor y no en ser receptáculos de lugares comunes.

Que revista Mensaje motive verdaderamente a sus lectores a comprometerse seriamente en la construcción de un mundo mejor.

Guillermo Varas Torres

Sr. Director:

Ante la carta enviada a Mensaje por Carolina del Río sobre el rol de nuestros pastores en la implementación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, expresamos con fraternidad, pero con mucha claridad, que lo que ella señala carece de base.

En la gran mayoría de las parroquias de Santiago, la Exhortación ha sido difundida y se han formado agentes pastorales encabezados por sus párrocos para formarnos en el discernimiento y la acogida que el papa Francisco nos propone en su carta. Nuestro arzobispo, sus obispos auxiliares y vicarios están trabajando por su implementación. Tanto es así, que “La familia” es una de las prioridades pastorales de la Iglesia de Santiago este año. Entendiendo la urgencia de comprender mejor a las familias, el obispo decidió hace algunos años designar a un matrimonio como sus delegados para la Pastoral Familiar, dotando a un hombre y mujer laicos de un rol símil al de “vicarios episcopales”. Por otra parte, a los divorciados vueltos a casar se les quiere integrar y apoyar en su discernimiento, así como también a los convivientes y otras uniones informales.

“Quienes han sido casados y se han divorciado siguen siendo hijos de la Iglesia, siguen siendo bautizados, siguen siendo parte de esta, nuestra comunidad. No están excomulgados, no están separados de la Iglesia. La Iglesia quiere estar cerca de estas familias para ofrecerles la misericordia de Dios”, nos ha señalado el Arzobispo en reiteradas ocasiones.

Se está desarrollando un trabajo entre la Delegación Episcopal para la Familia y el Tribunal Interdiocesano. Es un servicio para acercarnos a los fieles que requieren de una revisión de su matrimonio sacramental inicial ya roto y que se encuentran en otra unión que no pueden formalizar ante la Iglesia. Es así como, acogiendo el llamado de papa Francisco a una “atenta y fraterna acogida” a las solicitudes de nulidad eclesiástica de matrimonios, se está aplicando la reforma papal en Santiago en busca de hacerla accesible para todos, a través de un trámite ágil y, en la medida de lo posible, de carácter gratuito.

Invitamos a no seguir extendiendo la idea de que en Chile no se está en comunión con el papa Francisco y su llamado a recorrer caminos nuevos de acogida y misericordia con todos. Pedimos que quienes emitan comentarios consulten a los organismos diocesanos pertinentes para obtener mayor información.

Diácono José Manuel Borgoño, Mónica Undurraga U. — Matrimonio delegado episcopal para la Pastoral Familiar, Arquidiócesis de Santiago

Julio 2017

Sr. Director:

En revista Mensaje de junio, teólogos alemanes proponen la ordenación de diáconos permanentes, dispensándolos del impedimento del matrimonio, como solución a la actual escasez de clero. Reconocen que estos ministros “participan ya del orden sacramental”. No obstante, parecen soslayar la identidad propia del diaconado y su naturaleza teológica específica. La vocación al diaconado permanente, aunque ha sido vista como un “orden medio” entre la jerarquía superior y el resto del pueblo de Dios (Pablo VI, Ad Pascendum, 1972), no constituye de suyo un camino hacia el sacerdocio en cualquiera de sus otros grados ni un remedial de sus dificultades. La expresión gratia sacramentalis del Concilio (LG 29; AG 16) ha sido confirmada por el magisterio posterior y ratificada en su carácter indeleble y como un ministerio estable (Pablo VI, Sacrum Diaconatus Ordinem, 1967).

Por razones largas de explicar, el Concilio fue cauto al referirse a la índole sacramental de este ministerio. No obstante, la postura doctrinal a favor de dicha sacramentalidad es mayoritaria entre los teólogos desde el siglo XII hasta hoy y halla respaldo en la praxis de la Iglesia y en la mayoría de sus pronunciamientos magisteriales (entre los recientes: CIC 1008-1009; 517.2; CEC 1538-1543). Sobre todo, la Ratio fundamentalis de 1998 afirma claramente la sacramentalidad del diaconado, así como su carácter sacramental. Lo hace desde la perspectiva de una teología común del sacramento del Orden y del carácter respectivo que imprime. Es sostenida por los partidarios del diaconado permanente (tanto para célibes como para casados) y constituye un elemento integrante de gran parte de las propuestas favorables al diaconado para las mujeres.

Esto no significa que la postura doctrinal sobre el diaconado no tenga cuestiones que requieran esclarecimiento: por ejemplo, el grado normativo de la sacramentalidad de este ministerio, la unidad y unicidad del sacramento del orden en sus diversos grados, los alcances de la distinción “Non ad sacerdotium, sed ad ministerium” y las potestades que el diaconado confiere en cuanto sacramento. En cualquier caso, estamos hoy ante un lenguaje más explícito y rotundo a favor de la índole propia de este ministerio. Introducir ex profeso la idea de ordenación de presbíteros tomados del cuerpo diaconal corre el riesgo de desdibujar su naturaleza apostólica.

A propósito de cincuenta años de la Instauración del Diaconado permanente en Chile, a festejarse en septiembre próximo, qué bien nos haría un debate amplio sobre estas cuestiones.

Marcelo Alarcón — Licenciado en Filosofía y estudiante de Teología, PUC

Sr. Director:

La carta de Pablo Walker S.J., capellán del Hogar de Cristo, en Mensaje de junio, me interpreta plenamente. Y es bueno agregar que también debemos cuidar decididamente el valor de la caridad, que queda disminuido si solo se la considera contrapunto insuficiente de la justicia. A lo largo de toda su historia, a la humanidad le ha sido imposible generar una sociedad sin pobreza ni pobres. Y lo ha intentado de mil maneras diferentes. Es entonces que recurrimos a la caridad, a compartir, a ese “dar al pobre” en el que Jesús insiste una y otra vez, porfiadamente, a lo largo de sus evangelios. Y, como solo da quien tiene más que el otro, parece que Nuestro Señor reconoce esa inevitable debilidad humana y la “corrige”, por decirlo así, desde la caridad.

Entender las exigencias de la justicia y esforzarse por llevarla a cabo, y la constante caridad, resultan imprescindibles para el cristiano en la sociedad actual.

Miguel Allamand

Sr. Director:

La Sistematización del Proceso Constituyente Indígena permitió comprobar que las demandas por un Estado plurinacional, reconocimiento constitucional, autodeterminación, autonomía y territorialidad, no responden a un grupo minoritario y extremista, sino al anhelo de una amplia base del Pueblo Mapuche dispuesta a participar en procesos institucionales promovidos por el Gobierno.

Sin embargo, el Estado chileno no parece dispuesto a conversar sobre esto, según se desprende del Informe de la última Comisión Presidencial para La Araucanía. Han muerto varias personas por la política de criminalizar esta lucha centenaria por derechos elementales. Los últimos caídos son dos mapuche.

Un Chile no racista y responsable de su historia debe dialogar, pues del reconocimiento y la justicia nacerá la paz.

David Soto S.J. — Comunidad Jesuita de Tirúa

Junio 2017

Sr. Director:

Algún día ya no nos marginaremos de un esfuerzo país argumentando que la flojera es la causa de la pobreza. Para ello está el trabajo de todos los días y esta Campaña 2017 que iniciamos en el Hogar de Cristo, “Nacer y crecer en pobreza es la más profunda vulneración a los derechos humanos. #involúcrate”. Así comienza a instalarse la sinceridad de la mirada a la pobreza como una vulneración de los Derechos Humanos. Esta perspectiva, desde la justicia social y no desde la condena moral, la instalaba el padre Hurtado hace setenta años, aprendiéndola de Jesús. Él sostenía que “una benevolencia sin justicia produce un profundo resentimiento en el interior. Lo que el hombre desea es el reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona”.

Esto lo cambia todo. Es pasar de sentirnos organizaciones “de beneficencia” a garantes de derechos fundamentales, lo que implica muchos aprendizajes, también dentro del Hogar de Cristo. Implica un cambio permanente en nuestras maneras de pensar. Dejar el bienestar barato de sentirnos superiores y redistribuir las riquezas de todo tipo.

Para abandonar esta violencia estructural del dar —por caridad— retazos de lo que debemos por justicia, redescubrimos la conciencia de los derechos humanos. Es la lucidez de la dignidad igualitaria y una declaración de mínimos exigibles, de límites y obligaciones recíprocos para tratarnos como seres humanos y no como peldaños para ascender. La pobreza daña, ofende, enferma, violenta y mata. Desencadena violencias. Comienza su degradación con el sencillo acto de no reconocer como un igual al que tengo delante. “No necesita más”, “es la manzanita podrida del curso”, “están acostumbrados”. La mirada desde los derechos humanos nos hace descubrir que el más pobre no es superior ni inferior; es igual, solo que abandonado, en circunstancias que tenía el mismo derecho que yo a ser priorizado en momentos de particular vulnerabilidad. Es otro “yo”.

Que digamos “la pobreza es la más profunda vulneración a los derechos humanos” no le añade nada al padre Hurtado ni al pensamiento social de la Iglesia. Solo nos sincera con nosotros mismos y le pide perdón a quienes pretendimos dar por caridad lo que le adeudábamos por justicia. Ese cambio de switch es lo que nos acerca al ideal de hacer de Chile un país justo y digno.

Pablo Walker S.J. — Capellán del Hogar de Cristo

Sr. Director:

Quiero felicitar a Mensaje por los dos artículos incluidos en mayo sobre la posverdad. Creo que, como católicos, hemos aportado a la desvalorización de la verdad. La integración entre Misericordia y Verdad, o entre ley y Verdad, ha sacrificado en muchos medios a esta última. El desprecio a la ética —o a la ley— como innecesarias para dilucidar temas complejos, es sustituida por el entusiasmo con que la comunidad se pronuncia frente a ellas. Mientras más dadivosa la postura, más verdadera. Mientras más rebaje la ley, más libre y mejor se es. En los temas de la diversidad sexual, quienes han trabajado en ella al parecer —y subrayo “al parecer”— han adoptado los predicamentos de las ONGs dedicadas al tema. No hay nada que recuerde la cita bíblica de “dejará el hombre a su padre y a su madre”. La ley de aborto se ha dejado librada a la conciencia, pero a una tal, que nadie recuerda que esta no es infalible y que —en el caso nuestro— debe apoyarse en el magisterio de la Iglesia. Se repite hasta la saciedad que nadie está en posesión de la verdad. Esta afirmación taxativa pareciera alcanzar a Dios mismo y a su revelación. Asumo que esta tesis apunta a la complejidad de comprender ciertas realidades y no a que no se pueda conocer parte de ellas, o bien que dos contradicciones puedan ser simultáneamente verdaderas. Son aseveraciones repetidas hasta el hartazgo por “laicos comprometidos” de que la Iglesia está desfasada en cincuenta años y que hacen pensar en una institución ciega que vive en la periferia de lo auténtico.

Esto ha hecho mella. Me ha tocado escuchar en ceremonias religiosas que el sacerdote convoca a los asistentes a dirigirse a Dios, “cualquiera que sea la idea que se tenga de este”. Como que esto no fuese relevante. Cada uno construye a su dios –o a su pelele–, que confirma las cosas tal como él las ve.

Nos ha faltado agudeza y nos ha sobrado simpleza al abordar los temas más significativos que nos aquejan como sociedad. Con esto hemos hecho una contribución sustancial a debilitar la Verdad como virtud cardinal para la construcción de un mundo humano. La inclusión se hace desde la Verdad, es desde ella que se deben abrir caminos para una vida posible, sin amedrentarse frente a presiones de grupos que se presentan como adalides de esta, en circunstancias de que son campeones de las contradicciones y de la sin verdad.

Ojalá Mensaje persevere en este esfuerzo.

Rodrigo Pablo

Mayo 2017

Sr. Director:

La Esperanza y las Nuevas Generaciones conviven en el mismo camino.

Trabajo en la docencia desde hace más de tres décadas y me siento habilitado para diagnosticar que somos responsables de que los nuevos hombres, los que hoy son niños y adolescentes, sufren de una orfandad afectiva tremenda y están en “desconexión emocional” con todas las propuestas que ofrecemos los adultos.

Los hemos sobrecargado con acciones y propuestas que no les significan nada respecto de sus expectativas y sueños. La consecuencia es que están sufriendo de déficit afectivo.

Llevamos mucho tiempo hablando de la Educación, incluso con el predominio de quienes no están en las aulas, para enfocarnos en reformas de diverso tipo y no nos hemos detenido a pensar en qué estamos haciendo realmente. No hemos tenido una reflexión profunda sobre las consecuencias que tendrá el modelo educativo que concretamente impacta sobre los jóvenes. Sin embargo, aún hay Esperanza. Son muchos de ellos los que valoran inmensamente la Justicia, la Equidad, la Solidaridad y la Inclusión, y sienten que por ese camino podrán enmendar lo que está sin sentido ni horizonte.

Los adultos no debemos agobiarlos con discursos ni rutinas docentes que los desmotivan o tensionan. Debemos lograr que aprendan y no solo memoricen, pues hacemos de la evaluación un calendario tan extenso que les limita su desarrollo integral. Debemos ser más creativos, caminar con ellos y hacerles sentir que los necesitamos.

Los actuales jóvenes necesitan credibilidad, proyectos claros y alcanzables, materias y prácticas que den sentido al aprendizaje, que les permitan construirse como personas. Es decir, tenemos que ser capaces de acercar Experiencia (adultos) con Esperanza (jóvenes), para que, en el proceso de Aprendizaje y Formación, se reencuentren con los Valores trascendentales de una sociedad, aquellos que son “pilares” del Buen Trato, la Justicia y la Equidad.

En el centro de nuestra preocupación por la enseñanza, debemos situar la tarea de encariñarlos a ellos con el mundo y sus posibilidades para todos. No gastemos energías, leyes y discursos, hablando de igualdad o derechos, sino que démosles la oportunidad de que sean un aporte y puedan Ver, Juzgar y Actuar en base a sus proyectos y propuestas.

Benjamín García V. — Profesor

Sr. Director:

El artículo “Amoris Laetitia y los divorciados vueltos a casar”, publicado en Mensaje n° 657, nos invita esencialmente a reflexionar acerca de la auténtica “voluntad de Dios”, que algunos confunden a menudo con las leyes institucionales de la Iglesia. Sin embargo, al contrario de lo que sugiere el predominio del discurso oficial, deseo remarcar que la voluntad de Dios es misteriosa. No olvidemos que, desde tiempos inmemoriales, pedimos que “se haga en la tierra como en el cielo”. Esto implica que nuestras aspiraciones deben ser objeto de una oración y no materia de imposición ni reglamentación. Tampoco esa voluntad divina está vinculada a una doctrina determinada. Podemos discutir si está relacionada con el tema del matrimonio declarado, como se intenta hacer en la usual expresión de que este es “signo de la alianza de Cristo con su Iglesia” (a mi parecer, esta es una analogía imperfecta, pues la Alianza a la que se pueda comprometer un hombre nunca llegará a equipararse en perfección con “la Alianza de Cristo con la Iglesia”). Llegando al tema del acceso a los sacramentos por parte de los divorciados, se debe aclarar que no estamos hablando de premios ni regalías. Los sacramentos son modos de encuentro con Dios. ¿Cómo puede negarse su posibilidad para algunos?

Sobre esas materias, se requiere una reflexión sostenida.

Paul Buchet

Sr. Director:

Habiéndose cumplido ya más de un año de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, su lectura parece haber dejado poca huella en la Iglesia de nuestro país. La Conferencia Episcopal chilena no ha formulado propuestas en relación con el documento. ¿Por qué? ¿El miedo a los cambios la ha paralizado? ¿Dónde está la escucha atenta del “gozo y la esperanza, las tristezas y angustias del hombre —y la mujer— de nuestros días” (GS 1)? El papa Francisco escuchó ese clamor y propuso un itinerario muy claro de acogida a las personas divorciadas y en segunda unión, que se sienten y están en las fronteras de la Iglesia. Sin embargo, nuestros obispos no parecen acusar recibo de la solicitud papal de que los episcopados expresen criterios para llevar a la práctica un camino de búsqueda y conversión. Y si lo hacen, no nos enteramos.

El Santo Padre quiere reformar la Iglesia, pero para ello necesita de las conferencias episcopales locales. Requiere que los obispos se “tomen el Evangelio” y lo hagan suyo, que lo hagan carne en sus manos para ser capaces de trazar líneas de acuerdo a la realidad de cada país. Nada de eso se observa en Chile.

Como teóloga, he recibido muchas preguntas de personas que ansían hablar para regularizar sus situaciones matrimoniales, atendiendo a lo que plantea Amoris Laetitia. Se han sentido atraídas por el llamado del Papa, pero también relegadas por sus propios pastores. No están buscando una respuesta teológica, ¡buscan acogida pastoral! Y no la encuentran. Esto es grave. Muy grave.

Llevamos años con una Jerarquía focalizada en el “ideal” de familia. Hoy, cuando el papa Francisco habla de diversas familias, “de un interpelante ‘collage’ formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños” (AL 57), nuestros pastores no lideran una pastoral del reencuentro y acogida a esas realidades. ¿Dónde está la “pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio”? (AL 38).

Doy gracias a Dios “porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectas, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino” (AL 57). Gracias a Dios, hay algunos pastores —unos pocos— y laicos y laicas comprometidos con el Evangelio de Jesucristo que han comprendido que no pueden seguir esperando las orientaciones de la Jerarquía —aunque agradecerían tenerlas— para avanzar en el trabajo con los divorciados vueltos a casar. Después de un año de publicada Amoris Laetitia, ese será el camino, sin duda, y se abre un campo inexplorado de creatividad que puede dar mucho fruto.

Carolina del Río Mena — Teóloga

Sr. Director:

Ante la propuesta de algunos parlamentarios de reducir por ley la jornada laboral sin reducir remuneraciones, deseo formular una opinión.

El progreso de un país se traduce tanto en mayor ingreso como en mayor tiempo libre. Por eso es que los salarios en Chile no solo superan con creces los de cien años atrás, sino que trabajamos 45 horas a la semana en lugar de una jornada de sol a sol. Es nuestra mayor productividad lo que nos permite trabajar menos, y no al revés. Si bien habrá algunos trabajos en que reducir la jornada podría elevar la productividad, ¿será así para la mayoría? No lo creo. Al trabajar 40 horas en lugar de 45 horas, ¿transportará un micrero el mismo número de pasajeros? ¿Cosechará lo mismo un campesino? ¿Atenderá un cajero de banco el mismo número de clientes? ¿Tratará un médico el mismo número de pacientes (sin sacrificar calidad)? ¿Venderá lo mismo el dependiente en una tienda de departamentos? Una maestra, ¿puede enseñar lo mismo trabajando cinco horas menos por semana?

Me parece que en la gran mayoría de los trabajos no se producirá lo mismo en una jornada de 40 horas que en una de 45, sino que probablemente será 11% menos. Esto implica que la verdadera opción está entre ganar más y trabajar 45 horas, o ganar menos (11%) y trabajar 40… ¡Ah!, pero la propuesta impide bajar los salarios… ¿Será así? Ciertamente, disminuirá el ingreso semanal y mensual del trabajador contratado por hora. Y ¿qué será de los contratados por un sueldo mensual? Si bien el proyecto dice que se deberá mantener el sueldo, no se podrá impedir que el trabajador nuevo se contrate por 11% menos. Es decir, el que tiene un sueldo de $500.000 lo mantendrá, pero la persona que después sea contratada por la misma labor solo recibirá $445.000. Asimismo, ese trabajador que hoy gana $500.000 y que en cinco años más ganaría $600.000, verá un menor aumento de sueldo: en cinco años más estará ganando $534.000 con 40 horas versus $600.000 con 45 horas. O sea, todo el costo terminará siendo absorbido por el trabajador. Frente a esas alternativas, y dado los bajos ingresos en Chile, pienso que la gran mayoría de chilenos preferirá ganar 11% más ($600.000) y trabajar 45 horas, en lugar de ganar 11% menos ($534.000) y trabajar 40 horas.

Otra cosa será cuando nuestra productividad alcance la europea. Ahí sí que podremos trabajar menos horas y, además, tener un mayor ingreso. Mas la productividad no se eleva por decreto, sino por mayor y mejor formación, más maquinaría, tecnología más moderna y mejor gestión. Por eso es difícil mejorar la productividad por decreto, aunque fácil reducir la jornada por decreto.

Joseph Ramos — Economista. Presidente de la Comisión Nacional de Productividad

Marzo-abril 2017

Sr. Director:

Pueden ser razonables algunos fundamentos del proyecto de ley que tramita el Senado para prohibir a los docentes que envíen tareas para el hogar. Sin embargo, ¿realmente la sobrecarga de ellas es hoy uno de los problemas de fondo en la educación? Y, si así fuera, ¿le corresponde al Congreso resolver esta cuestión? ¿No debería ser la propia escuela la llamada a liderar una solución al respecto? ¿Por qué no lo ha hecho?

Una respuesta es que la escuela, como sistema, vive hoy una tensión que la distrae de su verdadera misión. Ella es receptora de la neurosis de nuestra sociedad profundamente individualista, centrada en el consumo y la competencia. En ella no somos ciudadanos, sino consumidores que exigimos derechos, pues pagamos. Esto se expresa al interior de la comunidad escolar, desvirtuando objetivos.

Desde una perspectiva humanista y trascendente, la escuela busca formar personas íntegras, capaces de desarrollar habilidades intelectuales, emocionales y sociales que las faculten para construir su proyecto de vida. Se suponía que el cambio a una Jornada Escolar Completa (mayo, 1996) ayudaría a esa finalidad. La favorecería por medio de la música, el arte, el deporte, el teatro. Pero ¿qué hicimos con ese espacio? Lo llenamos de más contenidos tradicionales, ¡pues los alumnos debían mejorar sus resultados académicos! Hoy sabemos que el impacto de este cambio fue escaso. La obsesión por los puntajes (SIMCE y PSU) fue creciendo y la escuela empezó a invadir el espacio de la casa. Que los profesores manden tareas es expresión de un modelo escolar que ha perdido el foco de su misión. Se buscan resultados y no una educación verdaderamente integral.

¡Y ahora resulta que serán los senadores de la República quienes van a corregir esta situación! La señal no puede ser peor. Quitar autoridad a los educadores, e impedir que ejerzan los criterios propios del ejercicio de su profesión, solo debilita a la escuela como sistema, minimizando el rol de los profesores ante la comunidad. Flaco favor. La singularidad, el ritmo de aprendizaje o el nivel de exigencia son cuestiones propias del quehacer educativo. No las pueden administrar los apoderados, los sostenedores ni los legisladores.

Por un lado, declaramos inclusión y formación integral, pero, por otro, seguimos actuando con la misma inconsistencia de siempre; dando señales equívocas y no apuntando al fondo de la cuestión. Lamentablemente, una vez más, en relación a la escuela y sus desafíos, volvemos a colocar “la carreta delante de los bueyes”.

Juan Ignacio Canales — Profesor

Sr. Director:

Hemos recordado recientemente que hace cuarenta años fue creada la Vicaría de Pastoral Obrera, institución que nos sigue recordando la especial preocupación de la Iglesia en Chile por el mundo del trabajo.

Su creación el 9 de marzo de 1977 nos trae a la memoria un contexto social y político difícil en la historia de nuestra patria, donde trabajadores y trabajadoras sufrían persecución y abusos. La sensibilidad de la Iglesia por el ámbito laboral se remontaba a las primeras manifestaciones de su Doctrina Social y, en el caso específico de Chile, al empeño que pusieron en la primera mitad del siglo XX figuras como los sacerdotes jesuitas Fernando Vives y san Alberto Hurtado, en formar instituciones que manifestaran esa preocupación por la situación de los trabajadores. En la década del sesenta en la Iglesia ya se había vivido un importante proceso que lleva a plantear la idea de elaborar una pastoral que propusiera una acción evangelizadora específicamente orientada hacia el mundo obrero, misión en la que destacamos a José Aguilera, el presbítero Segundo Galilea, David Farrel, Felipe Tomic y el recordado padre Alfonso Baeza.

El legado de la Vicaría ha inspirado el caminar de la Iglesia en Chile. Ella potenció la formación sindical, brindó asesoría legal a las organizaciones sindicales que sobrevivieron tras la dictadura y promovió encuentros que favorecieron la reflexión y la capacitación. Tal como aquellos discípulos, a ejemplo de Jesús, buscamos seguir siendo voz de los sin voz: trabajadores con sueldos de hambre, obreros que tras años de esfuerzo deben conformarse con pensiones miserables, y hombres y mujeres, tanto compatriotas como de otras nacionalidades, que sueñan con una nueva y mejor vida en nuestra tierra.

Es por ello que hoy continuamos con la formación en escuelas y talleres sindicales, acompañando a cientos de personas y asociaciones en temas de derecho laboral y visibilizando las nuevas realidades a través del portal sindical.cl. Por medio de estas instancias hacemos un llamado a la sociedad, trabajadores y empleadores, emprendedores y empresarios, pues creemos que es posible mejorar la calidad del trabajo para construir un país mejor. “He venido a traer vida y vida en abundancia”, dice Jesucristo… no permitamos que muchos de nuestros hermanos no vivan hoy dignamente, sino que apenas sobrevivan”.

Andrés Moro Vargas — Vicario de Pastoral Social Caritas, Arzobispado de Santiago

Sr. Director:

En nuestro país requerimos un nuevo paradigma respecto del trabajo. Eso lo apreciamos desde nuestra actividad, desde hace ya treinta y cinco años, en la Fundación Trabajo para un Hermano. Todo ese tiempo nos hemos dedicado a crear conciencia acerca del valor y la dignidad de la actividad laboral como un aspecto esencial de la vida humana.

En un primer momento, en los años ochenta, la situación apremiante era la alta tasa de desempleo. En consecuencia, nuestra labor apuntó a generar convicción en las autoridades sobre la importancia de poner el Trabajo como una cuestión central de las políticas públicas, además de realizar actividades que contribuyeran a bajar la cifra de desempleo. Hoy la realidad es distinta. No nos enfrentamos a altas tasas de desempleo, pero constatamos que para una cantidad muy importante de trabajadores existe una alta insatisfacción con sus ocupaciones.

Estudios serios en el mundo —como el de Gallup, “State of the American Workplace”— muestran en forma sistemática que desde el año 2000 que existe un altísimo y preocupante 70% de personas que no se sienten comprometidas ni satisfechas con su trabajo: incluso más, un 20% se encuentra activamente descomprometida e insatisfecha.

Esta insatisfacción estructural se basa fundamentalmente en los paradigmas dominantes. Ellos entienden el trabajo como una mercancía, como un peso, como algo externo al trabajador. En definitiva, como algo que se le da al trabajador. Así, es habitual que los discursos de las autoridades, empresarios y medios de comunicación se hable de “dar trabajo”.

Desde nuestra Fundación queremos invitar a la sociedad chilena a reflexionar sobre este tema. Nuestra propuesta es cambiar el eje de la idea que tenemos sobre el trabajo y decir que: “Tu trabajo no es algo que te dan, tu trabajo es algo que tú das”. Este, aparentemente, sencillo cambio implica repensar y resignificar completamente la idea del trabajo. Significa empoderar al trabajador como sujeto activo de su trabajo y como actor en sus decisiones laborales, ya no recibiendo lo que le dan, sino que ofreciendo lo que es y su vocación por lo que quiere hacer.
Es por eso que a fines de abril iniciaremos una campaña para invitar a los chilenos a sumarse a una reflexión nacional que ayude a reconocer de mejor manera a muchos hombres y mujeres que día a día aportan a nuestra sociedad. Es necesario hacerlo, en la que debiera ser nuestra permanente búsqueda de una sociedad más justa y cohesionada.

Mauricio Rojas Mujica — Vicepresidente, Fundación Trabajo para un Hermano

Sr. Director:

Qué hermosa expresión de religiosidad popular pudimos observar a comienzos de febrero en la Gruta de Lourdes, en una nueva vigilia del Canto a lo Divino. Fue, concretamente, la número cuarenta, con participación de medio centenar de intérpretes que en décimas rimadas nos recordaban los misterios de nuestra fe. Es una tradición exclusiva de Chile, que aún se expresa con vigor. Es un gran valor de nuestra nacionalidad que esta se mantenga en el tiempo, tan vivamente, proyectando la encomiable tarea de los jesuitas y otros religiosos que en el siglo XVI introdujeron esta forma de evangelización. Tengo la convicción de que tradiciones como esta nos sostienen vinculados con lo más esencial de la nacionalidad chilena y por eso merecen más espacio y reconocimiento. Qué bueno resultaría que, en nuestra sociedad impactada por tantos disvalores, existiese un mejor esfuerzo de divulgación de manifestaciones como estas, tan profundas de nuestro ser chileno.

Javier Masferrer Z.

Sr. Director:

Una violación se ejerce bajo la coacción de un poder extremo y una violencia deshumanizadora. En nuestro debate actual, al aborto se le intenta privar de estas características, pero sí las tiene. Al embrión humano se le niega la condición de ser vivo diferente a la madre. Al no tener en sus inicios un “rostro”, se anula la otredad entre la madre y él, que es un nuevo ser completamente pasivo y amorosamente dependiente. Se ejerce entonces violencia física contra el embrión y psicológica contra la mujer que lo realiza, bajo la necesidad de destruir lo horrorosamente extraño. Esta violencia permanece en quienes la ejercen como “un trauma enquistado”, bajo la forma de profundo desgarro interior. Las únicas respuestas a estas violencias del ego, en sus formas de reconciliación y perdón, es “el amor que permite ser en el sentido más profundo… Es la libertad más íntima del uno hacia el otro” (san Agustín).

Dr. Sergio Canals Lambarri — Psiquiatra Infantojuvenil

Enero-febrero 2017

Sr. Director:

Fue en el año 1969 cuando, a través de cinco discursos radiofónicos poco conocidos, el entonces teólogo Joseph Ratzinger exponía su visión sobre el futuro del hombre y la Iglesia. Allí, quien después se convertiría en el papa Benedicto XVI presagiaba el caminar de la Iglesia para los siglos venideros. Sus predicciones no fueron desafortunadas ya que gran parte de lo anunciado tiene vigencia en pleno siglo XXI. Entonces hablaba de “una Iglesia redimensionada, con menos seguidores, obligada incluso a abandonar buena parte de los lugares de culto que ha construido a lo largo de los siglos. Una Iglesia católica de minoría, poco influyente en las decisiones políticas, socialmente irrelevante, humillada y obligada a ‘volver a empezar desde los orígenes’”.

En ese momento, los teólogos Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y el mismo Ratzinger estaban convencidos de que la Iglesia en general iba hacia un proceso de “cambio”, como aquel que se vivió después de la Ilustración y de la Revolución francesa, o como aquel que ocurrió en la Baja Edad media, cuando la sociedad de esa época iba perdiendo su eje en Dios para saltar a la exaltación del hombre por el hombre, es decir, cambiaba de ser una sociedad teocéntrica a una antropocéntrica. Coincido con ellos. Hemos llegado a un punto de inflexión.

Si el teólogo Ratzinger comparaba la época actual con la del papa Pío VI, raptado por las tropas de la República francesa y muerto en prisión en el año 1799, se entiende por qué en aquella época la Iglesia se encontró frente a frente con una fuerza que pretendía cancelarla para siempre. Hoy nuestra realidad como Iglesia nos golpea como el viento fuerte en el rostro. Cuando creíamos que los sacerdotes y religiosos se constituirían en los garantes del Evangelio y su praxis, aparece la tentación de reducirlos a meros “asistentes sociales”, como también el ejercicio de su caridad a un simple trámite filantrópico, y muchas veces, poco evangélico. Por eso es importante reconocer que, ante la crisis general de la Iglesia, sin duda esta ha perdido mucho. Sin embargo, es “justo y necesario”, como señala la liturgia.

Después de esta crisis, la Iglesia tendrá que volver a empezar desde sus orígenes, rescatando lo esencial del mensaje evangélico. Ya no será capaz de habitar los edificios que construyó en tiempos de prosperidad. Son cada vez más las iniciativas pastorales que se abandonan o no se materializan por la escasez de personal. Han disminuido mucho los asistentes a los cultos. Ha perdido peso en materia de opinión pública. En el futuro tendrá que aglutinar a pequeños grupos, alentando la fe de las “minorías creyentes” y reavivar su propia experiencia de fe. Sin duda, Ratzinger no se equivocó en su vaticinio de “Iglesia indigente” cuando dijo: “Será una Iglesia más espiritual, que no suscribirá un mandato político coqueteando ya con la Izquierda, ya con la Derecha. Será pobre y se convertirá en la Iglesia de los indigentes”.

Creo que la Iglesia vive un “retraso cultural”. Se puso a defender enfoques que estuvieron de moda en un momento y no alcanzó a ser efectiva en su discurso o accionar. Aquellos que promovieron líneas de pensamiento o ciertos criterios, se dieron cuenta de que, pasado un tiempo, estos no tuvieron mayor valor ni sentido. Como Iglesia, hemos apostado a conceptos o formas de ver la sociedad que ya son anacrónicos y están fuera de lugar.

Sin embargo, no todo es desazón y desesperanza. En este Año de la Misericordia hemos aprendido que le será posible renacer, por más disminuida o poco influyente que se encuentre, como lo decía en su discurso el teólogo Ratzinger, aunque sin duda será más orante y más espiritual.

Encabezada por el papa Francisco, nuestra institución continúa en su tarea de plasmarse en una nueva Iglesia, cuyo primer principio sea el de la pedagogía de la misericordia y la pastoral de la auténtica caridad. Una Iglesia más cerca de sus fieles, abierta a los diferentes contextos sociales, disponible y acogedora a todo criterio de hospitalidad, deseosa de entender y acoger lo que hoy se entiende por “familia”, a la que siempre deberá orientar en su camino. Tendrá que ser una Iglesia asertiva y creíble en su testimonio evangélico. También una que, a través de esta enorme sacudida, pueda reencontrarse a sí misma y renacer más humilde y espiritual. La invitación que nos queda es a redescubrirla en su contexto para reconsiderar qué nos falta por construir: ¡Aquel pequeño rebaño de creyentes como algo completamente nuevo!

Fredy Peña Tobar ssp.

Sr. Director:

A poco menos de un año de la próxima elección presidencial, predominan en el debate político las preocupaciones sobre precandidatos, procedimientos de definición de los candidatos, pactos electorales, alianzas políticas y la importancia que tendrán las encuestas en la toma de decisiones.

Todo ello es razonable. Sin embargo, se olvida un elemento crucial: el programa de gobierno o, al menos, sus lineamientos generales. Esta hoja de ruta debiera contener una visión del país hacia el cual se aspira avanzar, con miradas de largo plazo, y no solo acerca de la coyuntura o a las temáticas hoy presentes en la agenda pública.

En ese sentido, ¿cuál es el espacio en el que se está llevando a cabo esa discusión programática y quiénes la están conduciendo? ¿En los partidos políticos? ¿O entre los grupos de cercanos, asesores y expertos, que acompañan a los candidatos? ¿O en otro tipo e instancias?

Desde la Ciencia Política se sostiene que los partidos políticos debieran ser espacios privilegiados de discusión. Canalizar intereses y demandas, y configurar propuestas acordes a su ideología. Debatir alternativas, tomar posición respecto a los problemas públicos y establecer prioridades. Asimismo, se espera que entre sus simpatizantes existan expertos que pudieran alimentar las propuestas, rol que también podrían cumplir centros de estudio. Buenos candidatos debieran estar rodeados de buenos expertos, que proponen y definen. Pero ¿y si no es así? Al menos es razonable cuestionar cómo alcanzan sus espacios de influencia y transparentar que sus definiciones quedan a acotadas a un pequeño grupo de personas, y que, por tanto, existirán sesgos en las alternativas a discutir. También pueden generarse instancias participativas e inclusivas de otros actores relevantes. Encuentros ciudadanos, plataformas web y otros espacios pueden ser un medio para recoger visiones desde distintos sectores. Esto permite ampliar la discusión. Sin embargo, los criterios de priorización de las temáticas no siempre son claros, como tampoco el carácter vinculante de estas instancias, existiendo el riesgo de que sean participativas de fachada.

En rigor, las tres alternativas no son excluyentes y pudieran complementarse de manera virtuosa. El punto aquí es que hoy, salvo algunas excepciones, se desconoce cuáles están siendo utilizadas por los candidatos. Algunos han anunciado que socializarán sus programas próximamente. Ya es tiempo de hacerlo.

Cecilia Osorio G. — Directora Ciencia Política, U. Alberto Hurtado

Sr. Director:

El año 2016 fue un año de muchas partidas. Algunas las lamentamos. Otras, no. Entre estas últimas, la del programa “SQP” de Chilevisión.

La farándula en Chile, de la cual ese espacio fue durante años su precursor, corrió el límite de lo privado, haciendo público aquello que debería ser del resguardo de la intimidad. Enseñó a millones que el morbo es noticia lícita. Validó la cultura de que es válida cualquier cosa por la fama y por tener un par de segundos en pantalla.

Si ya Sartori alertaba que el homo videns –aquel que solo entiende lo que ve con sus ojos– causaba daño a la civilización occidental pues todo el pensamiento liberal democrático occidental es una construcción abstracta, el homo farandulis provoca un perjuicio social peor: a la falta de reflexión adiciona el placer por el morbo y la exposición de la vida íntima de quienes gozan del atributo de ser “famosos”.

Según un estudio del Consejo Nacional de Televisión, la gente ve farándula por curiosidad –se declaran copuchentos–, por entretención y porque les hace reír. Asimismo, porque les resultan ligeros y fáciles los contenidos y los temas, ya que no requieren reflexión ni análisis. Los más atractivos para ellos son los engaños e infidelidades de los famosos, los aspectos ocultos de sus vidas o la curiosidad malsana, como, por ejemplo, cuánto ganan.

Pan y circo, como en la decadencia romana.

El homo farandulis, de alguna manera, es la causa de la apatía ciudadana, pues el telespectador aprendió a focalizarse en lo inmediato en lugar de exigir cambios que requieren de más reflexión que la mera sensación de satisfacción inmediata que provoca la pantalla. Eso conlleva abstención y desidia. La farándula ya causó un daño más profundo del que nuestra sociedad podía aguantar.

Adiós, ”SQP”. Te vas demasiado tarde, como esos convidados de piedra que uno debió echar antes de su casa. Ojalá que el que te reemplace no sea peor.

Marcelo Brunet B. — Abogado