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Hacia las periferias existenciales

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 | 09/05/2013

Por: Mensaje

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Algunos cifran sus esperanzas de reformas profundas en que el nuevo Obispo de Roma es jesuita. Sin embargo, hay que tener presente que es poco probable que los cardenales electores hayan decidido elegirlo privilegiando el factor de su pertenencia a la Compañía de Jesús.

En los casi dos meses transcurridos desde que asumió, el papa Francisco ha reiterado gestos que proyectan a su pontificado la misma actitud de servicio pastoral que, tras ser elegido por los cardenales, reflejó al asomarse al balcón en la Plaza de San Pedro. La serena alegría que entonces demostró, la manera sencilla como pidió para sí la plegaria de los miles de asistentes, su énfasis en señalarse como “Obispo de Roma”, han quedado en el recuerdo de millones de personas. Sus decisiones posteriores, de distanciarse de lo que se podría considerar pomposo o alejado de la gente, han remarcado un tono de cercanía humana y espiritual que ha sido ampliamente valorado.

En correspondencia con estas actitudes, sus mismas palabras, exhortando a “una Iglesia pobre para los pobres” o a “obispos que sean pastores con olor a oveja, pastores en medio de su rebaño”, han refrendado esa disposición a la humildad. Se han vinculado con el sentir, las expectativas y los temores de muchos católicos. Y lo han hecho mediante un modo de expresión directo y claro, con imágenes que tocan el corazón de las personas. En su primer Angelus proclamó cómo “Dios no se cansa nunca de perdonarnos, sino que somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. O en el lavado de pies de Jueves Santo en una cárcel de menores —que incluyó a dos mujeres, una de ellas musulmana— aludió al sentido del servicio a los postergados como “una caricia de Dios”. En las últimas semanas ha sido frecuente leer comentarios de quienes han asistido a sus discursos, reconociendo la claridad de sus expresiones, incluso comparándolas con alguna buena homilía de un sacerdote ante los fieles de su parroquia.

Son nuevos signos desde el Vaticano, signos que se han ganado una atención internacional con pocos precedentes. Son expresiones de una espiritualidad centrada en el servicio y la humildad, en la gratuidad. Han logrado conmover, porque la nuestra es una sociedad necesitada de creer en algo.

Expectativas realistas

Testigos de lo que podría considerarse un nuevo estilo desde el papado, los cristianos debemos reflexionar sobre las expectativas que esto involucra. Es posible —en coherencia con lo observado en las últimas semanas— esperar para los próximos años una cierta renovación en las expresiones pastorales, una mayor cercanía y familiaridad entre el Papa y el pueblo cristiano, y un discurso preferentemente dedicado a los más pobres y a todos los que se encuentran en las periferias. Muchos analistas vaticanos han señalado también que el carácter e independencia del nuevo Pontífice permitirían algunas reformas en la curia. De hecho, él ya ha nombrado a ocho cardenales de todos los Continentes para, según se anunció oficialmente, “aconsejarle en el Gobierno de la Iglesia universal y estudiar un proyecto de revisión de la constitución apostólica Pastor Bonus”, sobre la curia vaticana. Estas alentadoras señales de la nueva autoridad de la Iglesia deben ser consideradas en su justa dimensión. Las estructuras de mando y organización eclesiales no podrán ser modificadas con rapidez. Tampoco se puede esperar que la sola acción de un Papa pueda hacer reformas de gran magnitud, como las que eventualmente requeriría hoy un aparato de gobierno institucional amenazado por afanes de poder, anquilosamiento burocrático e insuficiente capacidad para marchar al ritmo con que hoy surgen los nuevos desafíos. Lo importante es que se comienzan a dar pasos que van en esa dirección.

Por otra parte, algunos cifran sus esperanzas de reformas profundas en que el nuevo Obispo de Roma es jesuita. Sin embargo, hay que tener presente que es poco probable que los cardenales electores hayan decidido elegirlo privilegiando el factor de su pertenencia a la Compañía de Jesús. Más bien, ha sido su trayectoria como sacerdote, y especialmente como obispo auxiliar y arzobispo de Buenos Aires, lo que muy posiblemente los llevó a pensar que era la persona indicada para presidir en la caridad a la Iglesia católica en tiempos de profundos cambios y desafíos. Pero, sin duda, su modo de proceder y su espiritualidad están influidos por la formación ignaciana que él tuvo desde su juventud.

Es posible que los cardenales fueran a buscar a Argentina, casi al fin del mundo, al nuevo Obispo de Roma impulsados por el deseo de superar el eurocentrismo tan característico de nuestra Iglesia en los últimos siglos. También, buscando una mayor descentralización que dé cabida en la evangelización a la realidad de todos los Continentes y permita una interpelación de las distintas periferias, como ha dicho el mismo papa Francisco. Además, es toda la Iglesia la que lo acompaña en su gestión desde el Vaticano y, junto a las otras órdenes religiosas, la Compañía de Jesús también, con mucha fuerza.

Una Iglesia que salga de sí misma

Un indicio del sello que podrá tener su papado lo encontramos en las palabras que él mismo dirigió a los cardenales durante las Congregaciones Generales, inmediatamente anteriores al Cónclave que lo eligió. En gran medida, estas palabras se vinculan precisamente con la necesidad que tiene la Iglesia de volcarse hacia el mundo.

“La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”, señaló en su intervención Y advirtió también que, cuando la Iglesia “no sale de sí misma para evangelizar, deviene autorreferencial y entonces se enferma”.

Las palabras del papa Francisco revelan a un religioso efectivamente preocupado por los males que aquejan a su Iglesia y al mundo. La suya es una preocupación compartida por vastos sectores de ella, conscientes de las enormes y variadas dificultades experimentadas para trasmitir en forma significativa el mensaje evangélico de un Dios cercano y amante de la vida, revelado en la persona de Jesús. La Iglesia, en medio de un acelerado cambio cultural e inserta en realidades geográficas y humanas muy diversas, está invitada a caminar con decisión y transparencia por el camino descrito en el Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”. El estilo de obrar del nuevo Papa, manifestado en sus gestos, palabras y exhortaciones de estas primeras semanas, hacen pensar que quiere animarnos a todos los católicos a caminar por las sendas abiertas por dicho Concilio.

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Editorial revista Mensaje nº 618, mayo 2013.