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La renuncia de Benedicto XVI y el nuevo papa Francisco

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 | 03/04/2013

Por: Mensaje

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Después de un cónclave impredeciblemente breve los cardenales de la Iglesia católica han elegido al papa Francisco como el Sumo Pontífice número 266. Se trata del cardenal Jorge Mario Bergoglio, hasta hace unos días arzobispo de Buenos Aires, un religioso perteneciente a la Compañía de Jesús. Él ha escogido ese nombre en alusión a san Francisco de Asís, santo italiano de veneración universal a quien Dios le pidió que reconstruyera su Iglesia. Un santo amante de la sencillez y la pobreza, de la naturaleza y los animales. Bajo su guía la Iglesia deberá reemprender ahora la tarea de afrontar las enormes y renovadas exigencias que la sociedad moderna le impone a ella y a su misión evangelizadora.

La renuncia papal

Antecedente ineludible de esta nueva etapa es la decisión de Benedicto XVI del 11 de febrero pasado, quien sorprendió al mundo, a la Iglesia y a la propia curia vaticana al anunciar su renuncia como Sumo Pontífice. Se trató de una decisión que lo engrandece por su valentía y humildad, y que adoptó por amor a la Iglesia, en la plenitud de sus facultades intelectuales, con gran sentido de responsabilidad y luego de ponderar sus propios límites a la luz de la oración, el examen y la reflexión. En este escenario, ha sorprendido la decisión de los cardenales de optar por un papa de 76 años. Sin duda, han privilegiado sus cualidades personales, por sobre su edad.

El papa Francisco deberá dar respuesta a retos nuevos, derivados de la globalización de la cultura, la secularización, la relativización de los valores y el creciente cuestionamiento a la noción de autoridad. Todo ello en un contexto de vertiginoso ritmo informativo y apremiante necesidad de un mejor diálogo entre fe y cultura.

Adiós a Benedicto XVI

La perspectiva de los años permitirá evaluar en sus reales dimensiones la gestión de Benedicto XVI. Como prolífico intelectual destaca su reflexión a la luz de los valores evangélicos sobre el mundo que vivimos. Sus encíclicas Deus Caritas Est (2006), Spe Salvi (2007) y Caritas in Veritate (2009) dialogan con grandes temáticas no resueltas por el mundo moderno, ofreciendo una orientación cristiana en áreas como el dominio de la ciencia, la acción social, la pobreza, el medio ambiente o los derechos humanos. Su libro Jesús de Nazareth, entregado en tres volúmenes de exitosa difusión mundial, es para los creyentes una aproximación iluminadora a la figura del Hijo de Dios. Destacan también sus exhortaciones apostólicas —sobre temas como la eucaristía, la Palabra de Dios o la realidad del cristianismo en África y Medio Oriente—, su reconocida carrera académica y sus diálogos con confesiones cristianas y no cristianas.

Mucho de su trabajo se desarrolló en uno de los períodos más difíciles que haya vivido la Iglesia como institución en los últimos siglos. Benedicto XVI fue sorprendido por filtraciones de documentos que revelaron pugnas de poder al interior del Vaticano. También las acusaciones de blanqueo de capitales remecieron al Instituto para las Obras de Religión —el banco de la Santa Sede—, generando dudas sobre la corrección en el manejo financiero del gobierno de la Iglesia. El tiempo dirá si la reacción papal a estos episodios, decidida y frontal, fue también efectiva. También destacan su valiente resolución de encarar con transparencia los delitos de abusos sexuales cometidos por religiosos, su búsqueda de justicia, y su opción por terminar con cualquier asomo de protección a los victimarios y asegurar una adecuada defensa de las víctimas. De hecho, en varias ocasiones se reunió con ellas y pidió perdón.

El futuro de la Iglesia

De muchos de estos procesos surgen preguntas por el futuro de la Iglesia y por los desafíos que deberá enfrentar el nuevo papa Francisco. Una tarea central será la reforma de la curia vaticana. El propio Benedicto XVI, tras anunciar su renuncia, reconoció que lamentaba no haber podido hacer esos cambios en el gobierno central de la institución. Numerosos cardenales, en los días previos al cónclave, comentaron abiertamente que es imperioso renovar esa maquinaria, que no funciona bien desde hace años. Esto implicará, entre otros aspectos, transformar las estructuras de la Iglesia para que, sin que ella renuncie a su identidad y características propias, se permita en su interior más democracia, transparencia y participación. El nuevo Papa ya ha dado señales de querer disminuir la distancia que se ha ido produciendo entre la sociedad contemporánea y la Iglesia católica.

Hay una serie de temas —que deben pensar los teólogos católicos— y que surgen de los desafíos nuevos de nuestra época. Entre ellos, los dilemas éticos que plantea la biotecnología, los aportes de la psicología en la comprensión de la complejidad de la sexualidad humana, el lugar de la mujer en la Iglesia, la grave falta de sacerdotes, la exposición de los católicos a todo tipo de corrientes espirituales, la revolución de los nuevos medios tecnológicos en las relaciones humanas y el descrédito sufrido por la Iglesia después de una década de exposición mediática de abusos sexuales.

En buena medida estos son los retos que deberá abordar el papa Francisco en los próximos años. La Iglesia durante siglos, al margen de sus muchos errores, ha sido una institución que ha contribuido a extender universalmente la solidaridad, el respeto a los derechos humanos y la libertad. Quizás en este nuevo pontificado —cuando por primera vez un jesuita ocupa la sede de Pedro— se pueda fortalecer ese aporte como consecuencia de un mayor diálogo en las fronteras, abordaje de nuevos temas y mejor aproximación a hombres y mujeres de buena voluntad pertenecientes a otros credos. De momento, la sensibilidad social del nuevo Pontífice, su austeridad y sencillez, su experiencia pastoral de cercanía a los pobres y marginados en el gran Buenos Aires, se traducen ahora en una buena noticia para los predilectos del mensaje de Cristo del mundo entero.

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Editorial revista Mensaje, nº 617, marzo-abril, 2013.