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Una democracia dividida y el retorno a casa del poder

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 | 17/04/2013

Por: Sergio Micco Aguayo

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Un año de elecciones presidenciales, parlamentarias y regionales nos sitúa en la tarea de lograr un Gobierno efectivo en el cumplimiento de sus tareas, y avanzar hacia un consenso para una nueva etapa de nuestra democratización. Una democracia dividida y el retorno a casa del poder.

Entre el 11 de septiembre de 2013 y el 11 de marzo de 2014 nuestra nación vivirá momentos importantes. Recordaremos cómo fuimos incapaces de conservar nuestra democracia y deliberaremos acerca de qué queremos hacer con ella en los próximos años. Lo central será que el poder vuelve directamente a manos de la ciudadanía: a través del sufragio universal seremos todos políticamente iguales y libres. La tarea será poner fin a una democracia dividida, constituir una nueva mayoría política, social e institucional, e iniciar una nueva etapa en nuestro desarrollo nacional, tan cargado de indefiniciones y, a la vez, de promesas.

El 30 de junio se realizarán, por primera vez en nuestra historia, primarias voluntarias y vinculantes para definir a los candidatos presidenciales y parlamentarios de cada coalición o partido. El 11 de septiembre del 2013 se cumplirán cuarenta años del quiebre democrático. El 17 de noviembre —y el 15 de diciembre, de ser necesario— se realizarán las elecciones presidencial, parlamentaria y, también por primera vez, de consejeros regionales. El voto volverá a ser voluntario. Finalmente el 11 de marzo del 2014, al instalarse el nuevo Gobierno y el Congreso Nacional, se cumplirán veinticuatro años de la transición e instauración de nuestra democracia. Se vienen, así, tiempos de reflexión, deliberación y decisión públicas relevantes para nuestra patria. Este será un año cargado de simbolismo histórico y de ansias de un futuro mejor. Que el pasado y el futuro nos unan pluralmente o nos dividan agónicamente está en nosotros.

La importancia del pasado

Partamos por mirar el pasado. Hace cuarenta años se desplomó nuestra orgullosa democracia. La pregunta acerca de “qué nos pasó” sigue molestándonos a todos. Mal que mal, hacia 1968 nos encontrábamos entre las democracias liberales más antiguas y desarrolladas del mundo. Será el momento del recuerdo, que debemos realizar, y bien. Tzvetan Todorov sostiene que recordamos para honrar a las víctimas, para restablecer los derechos y su buen nombre. Recordamos, pues, para evitar que ante el silencio la sociedad sea corroída por la sospecha y la inseguridad jurídica. Recordamos para actualizar el ideal de justicia, analizando las injusticias del pasado. Volvemos a traer al corazón de la sociedad para anticipar, evitando o aminorando, futuros estallidos de odio social. Sin embargo, otro gran pensador, Paul Ricouer, advierte que también existen los abusos de la memoria. El recuerdo está salpicado de polémica y dolor. Las sociedades también deben perdonar. Las sociedades deben dictar amnistías, pero sin caer en la amnesia. Se trata de desligarse del pasado para poder asumir compromisos de futuro. El pasado puede ser un lastre que impida a una sociedad recomenzar la acción. Debate de primera importancia política. “No hay mañana sin el ayer”. Pero también debemos exigirle al pasado que respete el derecho del presente a ser el presente.

Ausencia de mayoría nacional y quiebre democrático

Cuando Allende llega al poder, Chile ya era un escenario más de la Guerra Fría y de un alarmante quiebre del Estado de compromiso y de la capacidad de llegar a acuerdo en torno a la democracia liberal. Problemas insolubles, como la pobreza y el abandono campesino, se venían arrastrando desde hacía décadas y habían horadado la convivencia nacional y la confianza en las instituciones y los Gobiernos. Para superar este estado de cosas se necesitaba generar un actor político que contara con una mayoría política, social e institucional para canalizar los cambios en democracia. No se logró en 1958, 1964 ni 1970. Los intentos de diálogo de agosto de 1973, promovidos por el cardenal Raúl Silva Henríquez, solo ratificaron esta ruptura nacional que tanto dolor causó. Tardamos 17 años en recuperar nuestra democracia y la capacidad de convivir en paz. Las dirigencias políticas y sociales supieron realizar un proceso de movilización y negociación que terminó con una transición pacífica a la democracia que culminó en 1989. El punto ahora es si lograremos construir un nuevo consenso nacional para una nueva etapa de nuestra democratización. Podemos estar orgullosos de lo avanzado, pero ansiosos ante los desafíos por venir.

Definiciones ineludibles

Hoy, como ayer, tenemos problemas insolubles que se arrastran de un Gobierno a otro. A partir de las protestas estudiantiles de mayo del 2006, ampliadas a niveles insospechados el 2011, es cada vez más perceptible la demanda ciudadana de renovación en todo orden de cosas. La crisis de la educación municipal aún espera. Lo mismo podemos decir de la educación superior. La desigualdad se mantiene a pesar de los éxitos en materia de crecimiento económico y empleo. La energía es un bien escaso y caro. Mientras no resolvemos qué tipo de matriz energética queremos, las termoeléctricas aumentan sin cesar. La demanda mapuche sigue dividiéndonos y reclamando por resolución. Las regiones protestaron duramente en Calama y Aysén, y esperan la materialización de una descentralización definitiva. El sur agrícola se resiente ante el norte minero. Nos hemos hecho adictos al cobre y sabemos bien que debemos optar por el desarrollo basado en ciencia y tecnología, valor agregado e inteligencia. La política exterior chilena se enfrenta en La Haya y en La Paz. Una nueva etapa se impone. Pero nuestra institucionalidad, tan marcada por el pasado, no facilita las cosas.

El peso de la noche

Como dijimos, el pasado se proyecta en el presente. Especialmente los jóvenes nos critican que nuestra democracia está extraordinariamente marcada por el quiebre democrático. Nuestra transición a la democracia evitó a toda costa volver a un pasado de profundo quiebre social, político e ideológico. Es así que hoy aún tenemos en nuestra Constitución resabios de Guerra Fría, de miedo a la democracia y del papel del Estado en la economía. La Constitución de 1980 quería establecer una democracia protegida y un sistema económico donde nunca más se volviera a cuestionar el derecho de propiedad privada, como se había hecho desde los Gobiernos radicales en adelante. Las negociaciones constitucionales de 1989 se hicieron sobre la base del miedo al retorno al pasado: fuese la UP o Pinochet. El acuerdo alcanzado, constantemente renovado, permitió paz social, estabilidad política y crecimiento económico, pero al precio de establecer una institucionalidad que impide el derecho de la mayoría a gobernar, respetando los derechos de la minoría. Esto ha generado una democracia dividida.

Una democracia dividida

Si vamos a elegir un nuevo Gobierno en noviembre de este año, debemos superar la democracia dividida que hemos vivido desde 1989. El sistema electoral y los quorums constitucionales hacen imposible que un presidente electo pueda realizar su programa. Sabemos que las democracias divididas producen resultados negativos: demora en la toma de decisiones; un alto nivel de conflicto político; una legislación inadecuada, fruto de compromisos que intentan evitar un doble bloqueo Ejecutivo-Congreso; una legislación excesivamente costosa, porque todo debe negociarse con todos; el Presidente puede verse tentado a realizar apelaciones retóricas, mediáticas o populistas, y el Congreso a llegar a bloquear o inmiscuirse en decisiones privativas del primero, como la evaluación de la responsabilidad política de sus ministros.

Impotencia política y desencanto ciudadano

Lo más grave de esta situación es que el pueblo elige a un Presidente, quien presenta un programa, y luego el Poder Ejecutivo no puede ejercer su mandato popular. Ello puede llevar a la desilusión de la gente para con su Gobierno. Peor aún, la ciudadanía más consciente no sabrá a quién responsabilizar de lo bien hecho, no hecho o mal hecho. El defecto más grave del gobierno dividido es que —si antes no se hunde en la siempre posible parálisis institucional— impide una limpia atribución de responsabilidades y, por lo tanto, complica la tarea de evaluación de lo realizado por el Presidente y los representantes por parte del electorado. No es sorprendente que la ciudadanía que valora la democracia como único régimen político legítimo, a diferencia de 1973 esté ahora insatisfecha con su funcionamiento. Esa insatisfacción produce crecientes procesos de desafección que se expresan en abandonar los partidos políticos, no debatiendo de política, no apoyando campañas y ya ni siquiera informándose ni votando en las elecciones. Hay una relación entre incapacidad de los gobiernos de resolver los problemas centrales de la población y la desafección política, la salida del ciudadano del ágora. Por eso es muy grave que un presidente de un partido político haya proclamado que su objetivo era conservar los 4/7 del Congreso para de ese modo mantener su capacidad de veto.

Las primarias de junio

En este escenario, la ciudadanía espera que los que aspiran a ser líderes del país logren generar ideas y adhesiones que construyan una mayoría nacional consistente. Lamentablemente, lo que se observa es que la dinámica de las primarias implica que los candidatos en competencia se dedican simplemente a entusiasmar a sus electorados cautivos. Con la elitización de la política y el voto voluntario, el que gana es el que más sencilla y directamente lograr convocar a su electorado. Por otro lado, el marketing político, que privilegia ideas simples, no conduce a elaborar nada parecido a un programa gubernamental: esto es muy claro en la competencia en la Alianza. El problema en la oposición, junto con los anteriores, es si logra que todos participen en ella. La decisión de Marco Enríquez Ominami de no participar en las primarias opositoras debilitará la constitución de una mayoría política de oposición consistente. Por otro lado, cada conglomerado deberá ver cómo el acuerdo parlamentario y el programa de Gobierno del sector, que debe ser equilibrado para que todos se sientan representados, son compatibles con la lógica de las primarias. Estamos ensayando con un nuevo instrumento y este plantea problemas. Se cometerán errores. Incluso ya se ha planteado que mejor sería usar el mecanismo de la segunda vuelta para dirimir las diferencias dentro de cada sector.

La conmemoración de septiembre

Si algún sentido tendrá la conmemoración de septiembre, es la del perdón. Toda autoridad política es responsable políticamente de lo que hace y no hace, de la forma como ejerce el poder y de los resultados de su accionar. Asumir cargos políticos no es cosa banal. Hay que actuar con “temor y temblor” cuando se llega a las más altas magistraturas de la República, pues las responsabilidades que se asumen son tan agotadoras como enormes. Comprometen a todos, incluso por generaciones. Por eso, los que eran Gobierno y oposición el 11 de septiembre de 1973 deben asumir sus responsabilidades. Los que eran Gobierno en 1973 sufrieron lo indecible por sus acciones y omisiones, muchas ellas tan erradas como suicidas. Y los que eran oposición volverán a tener la oportunidad de pedir perdón. Siempre es necesario decir “nunca más” a la intolerancia ideológica, la violencia política, la incapacidad de llegar a acuerdos cuando se viven graves crisis sociales, el no respeto de los poderes neutrales como son los tribunales de justicia, la politización de las Fuerzas Armadas, la violación de los derechos humanos y la marginación social de millones que no podrán creer en el gobierno que se dice del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Espejismo de la segunda vuelta

Hay quienes creen que no es mala idea que todos los partidos políticos se presenten en primera vuelta —donde se vota libremente— y que en segunda se vote por el “mal menor”. Otros han dicho, haciendo un cálculo electoral, que la mejor manera de crecer hacia el centro es llevar varios candidatos. Sin embargo, la experiencia latinoamericana es categórica en demostrar que el que gana en primera vuelta, resulta elegido en la segunda. Apostar a la segunda vuelta es jugar con fuego. Además, los Gobiernos elegidos en segunda vuelta pueden ser débiles pues cuentan con una mayoría electoral circunstancial, programáticamente incoherente y sin una representación parlamentaria mayoritaria (la que se decide en primera vuelta). Por otro lado, si es cierto lo que hemos dicho a propósito de las lecciones de 1973 y lo vivido durante la redemocratización, es obvio que, junto a la necesidad de elegir un Gobierno que tome grandes decisiones, se requiere que este año se exprese en las urnas una mayoría social que permita un poder parlamentario efectivo. Esto deberán tenerlo presente también los movimientos sociales, que pueden optar por desechar la vía institucional y apostar por la calle, el voto de protesta o la simple abstención. Esto último afectaría la tarea de terminar con nuestra democracia dividida. Imbricar lo político y lo social supone un enorme esfuerzo de renovación de la política tradicional, cuestión que en algo se observa en la realización de primarias y el recambio senatorial anunciado en el abandono de la opción a reelegirse que han decidido algunos senadores. Son tiempos de continuidad y cambio, de pasado y de presente. Como dijo Harold Mac Millan, la tarea es “hacer del pasado un trampolín para el futuro, no un sofá”.

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Sergio Micco Aguayo. Profesor del Instituto de Asuntos Públicos, U. de Chile. Artículo (Comentario Nacional) de la edición 617 de revista Mensaje, marzo-abril de 2013.