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Cardenal Peter Turkson: “La corrupción es un estado de degeneración”

Iglesia

 | 24/01/2017

Por: Marco Damilano

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El prefecto del nuevo ministerio vaticano para el desarrollo humano subraya que la lucha contra esa práctica es una tarea fundamental del papa Francisco.
El cardenal ghanés Peter Turkson, que cumplió 68 años en octubre pasado y que por muchos observadores es considerado papabile en un futuro cónclave, anuncia un reforzamiento del Vaticano en la lucha contra la corrupción y las mafias, el cual es promovido con fuerza por el papa Francisco: tras su adhesión a la convención de la ONU sobre este tema, la Santa Sede ha creado un grupo de trabajo abierto a jueces, funcionarios de policía, investigadores, obispos, periodistas, sacerdotes y mujeres comprometidas contra la trata de personas y la prostitución. 
En esta entrevista, la primera desde que el 31 de agosto fue nombrado por el Pontífice a la cabeza del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, el cardenal habla también de la corrupción al interior de la institución: “Sí, es posible que el virus haya infectado estructuras y personas en la Iglesia. También la hipocresía es corrupción”.
—Cardenal Turkson, se esperaba la reforma de la Curia por parte del papa Francisco y se ha constituido un nuevo dicasterio vaticano guiado por Ud. ¿Qué significa esta decisión?
—El significado está en su nombre. El Dicasterio es el resultado de la fusión de cuatro dicasterios actuales de la Santa Sede, incluido el Pontificio Consejo Justicia y Paz, que presido desde el año 2009. Se ha pensado en unificar cuatro “ministerios” en uno solo para decir, de un modo todavía más claro, que los dramas y las oportunidades del ser humano no se encuentran en compartimentos estancos. La realidad puede ser vista como un poliedro, considerando no solo un aspecto o problema particular, sino su articulación interior y su contexto. Los derechos de libertad y justicia en cada parte del mundo son inseparables de la pobreza, las guerras, el abominable tráfico de personas, el respeto a la naturaleza, la asistencia a los ancianos, el cuidado de los enfermos, el deber de asegurar el futuro a los jóvenes, los grandes movimientos migratorios, la discriminación o la exclusión social. El nuevo organismo tendrá como misión el desarrollo integral del ser humano en su complejidad y en la complejidad del ambiente en que vive. En su estatuto se lee que “el Dicasterio expresa la preocupación del Pontífice hacia la humanidad sufriente, […] los necesitados, los enfermos y los excluidos, […] cuantos son obligados a abandonar la propia patria o no tienen ninguna, los marginados, las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desocupados y las víctimas de las formas contemporáneas de esclavitud y de tortura, y las otras personas cuya dignidad está en riesgo”.
 
LA CORRUPCIÓN, COMO FUERZA CONTRARIA AL SER HUMANO
 
—En este contexto, ¿qué lugar tiene la lucha contra la corrupción y las mafias? Para algunos, en una lectura cínica, la corrupción es el inevitable precio a considerar para el desarrollo de las sociedades. Para otros, es un freno para el crecimiento, sobre todo en las regiones en vías de progreso económico.
—Nosotros usamos el freno cuando queremos detener un automóvil. La corrupción y las mafias —permaneciendo en esa metáfora— son más bien la marcha atrás y pueden hacernos chocar contra un muro. La corrupción está en el origen de los más graves dilemas del planeta y constituye el arma principal de las organizaciones criminales y las mafias. Cuando la relación entre persona y sociedad, o entre los ciudadanos y el Estado, está contaminada de relaciones que niegan el bien común y persiguen intereses particulares ilegítimos, no se puede hablar de libertad de la persona ni mucho menos de desarrollo social. La corrupción y las mafias son fuerzas contrarias al ser humano. Preguntémonos por qué muchos lugares del continente africano no se desarrollan como podrían; por qué sigue habiendo tantas guerras; por qué tiene espacio el tráfico de órganos y de prostitución, y de seres humanos y de armas; cómo se desarrollan las migraciones; por qué en el mundo actual está tan difundida la esclavitud. Y por qué hay tantas áreas ricas, pero desesperadas, pobres, sin un futuro. Cuando se habla de corrupción, se habla de crimen, de guerra, de dolor, de injusticia, de opresión, de degradación, de exclusión, de ignorancia. En estos términos, la acción llevada por la corrupción es similar a aquella de la mafia. Son fenómenos distintos, pero el efecto es común: un camino de muerte, como ha dicho el papa Francisco.
—El Papa ha dado prioridad a la lucha contra la corrupción. ¿Representa un cambio de acción de la Iglesia?
—La lucha contra la corrupción es una tarea fundamental del pontificado del papa Francisco: es formidable la fuerza con la que él rechaza la corrupción en cada una de sus formas, también en sus proyecciones relacionadas con el crimen organizado. Yo no hablaría en todo caso de un cambio de acción de la Iglesia, sino más bien de una forma de expresión encarnada en nuestro tiempo. El Papa insiste mucho en estos temas porque son la fuente de una serie de problemas actuales. Así, su referencia constante a la corrupción revela su preocupación hacia lo que a nivel global determina las plagas de nuestro tiempo. En este sentido, es necesario estudiar y profundizar qué es efectivamente la corrupción, que no es simplemente una relación ilícita entre dos sujetos, sino un estado de vida, y una cultura que genera conductas nocivas.
 
UN ACTO DE DEGENERACIÓN
 
—El Papa habla de corrupción en sentido amplio: la corrupción de tipo económico, más amplia que la política.
—Sí, ciertamente. Francisco, incluso antes de llegar a ser Papa, ha dicho que la corrupción no es un acto singular, sino un estado de degeneración, resultado de muchos actos cuyas heridas “difícilmente sanan”. Según el cristianismo, somos todos pecadores. “Pecadores sí, corruptos no”: advierte el Santo Padre que, de hecho, el pecado se puede perdonar, mientras que la corrupción no, porque es un estado en que se piensa en bastarse a sí mismo, se permanece fijado en las cosas propias, se piensa en no necesitar el perdón y, sobre todo, se autojustifica. Y la cosa más insidiosa es que el corrupto, tarde o temprano, llega a no darse cuenta del daño que se hace a sí mismo y a los demás, y por esto no pide perdón a nadie. Como ha dicho el Papa, es como cuando se tiene mal aliento. El que lo tiene, no lo siente. No se trata solo de acusar: es necesario ser consciente de que la corrupción es una posibilidad que nos atraviesa a todos. A menudo se habla de la corrupción haciendo referencia a actos ilegales. Sin embargo, a diferencia de muchos otros comportamientos criminales, la lógica de la corrupción tiene la posibilidad de hacer uso de caminos oficialmente legales: existen formas de corrupción que se alimentan de un aparente respeto a las reglas. Por ejemplo, si no se han beneficiado de información reservada, los profesionales del sector financiero que por años han ganado —tal vez, mucho— “inventando” y vendiendo lo que hoy llamamos “activos tóxicos”, no han violado ninguna norma. Sin embargo, han contribuido de modo decisivo a la degeneración del sistema económico-financiero, cuyas consecuencias las estamos sufriendo todos todavía. Quiero recordar también que el desastre causado por la corrupción no se limita al daño económico que sufre la comunidad. La corrupción ataca también, y sobre todo, a los lazos sociales, la confianza y el capital social, las relaciones y las dinámicas democráticas. Cada acto de corrupción se comporta como una enzima, activando procesos de degeneración en el tejido social que lo circunda. Es así, más todavía cuando se trata de comportamientos realizados por personas que desempeñan un encargo institucional o roles de responsabilidad.
—Ud. dice: la corrupción puede atravesar a todos. ¿Es posible que este virus haya atacado también a los hombres y estructuras de la Iglesia, como muestran investigaciones periodísticas y de los juzgados?
—Sí, ciertamente. Es uno de los efectos de la corrupción en sentido amplio, aquella a la que hace referencia a menudo el papa Francisco a partir de las enseñanzas de la Biblia. Jesús habló de los “sepulcros blanqueados”: bellos por fuera, pero adentro llenos de huesos putrefactos. También la hipocresía es corrupción. Un cristiano que afirma ser un cristiano, pero no vive como un cristiano, es un corrupto. Es un riesgo que amenaza también a los hombres de la Iglesia. Lo ha reconocido también el papa Francisco, cuando ha dicho que “la corrupción es un pecado muy fácil para todos quienes tenemos algún poder, sea poder eclesiástico, religioso, económico, político… también a nosotros, sacerdotes, nos puede ocurrir esto”. Él, por tanto, ha invitado a rezar “por la Iglesia, comenzando por nosotros, por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes, por los fieles laicos: ‘Señor, sálvanos de la corrupción. Somos todos pecadores, Señor, pero ¡corruptos jamás!’”.
 
LA ATENCIÓN A LA INMIGRACIÓN
 
—En el nuevo dicasterio, el Papa guiará él mismo la sección que se ocupa de la inmigración. Es un hecho sin precedentes. ¿Por qué esta atención?
—Porque el drama de los migrantes es el espejo de nuestro mundo, refleja la historia contemporánea. Siempre ha habido movimiento de personas, pero hoy es la cifra de las contradicciones de nuestra sociedad y del martirio al que muchas mujeres y hombres están sometidos. El Papa guiará temporalmente esta sección del nuevo dicasterio para subrayar la fraternidad, sin distinciones ni discriminaciones, entre todos los seres humanos y la necesidad de atender este asunto todos juntos, cristianos y no cristianos. En realidad, el Pontífice guía todos los dicasterios y nosotros que trabajamos en el Vaticano somos sus colaboradores. El Papa guiará ad tempus la sección dedicada a los migrantes para expresar la necesidad de un nuevo humanismo, de una nueva cultura que afronte esto de modo integral, mirando a la persona humana en todos sus aspectos y no solo ofreciendo soluciones parciales o únicamente técnicas.
 
CATOLICISMO Y MAFIA
 
—En las regiones italianas con más alta densidad mafiosa (Calabria, Sicilia), en México, en Colombia —países católicos—, los jefes se atribuyen símbolos religiosos: el culto mariano, la devoción a los santos. ¿Hay una ligazón directa entre el catolicismo y la mafia? ¿Cómo romperlo?
—Se trata de una vinculación afortunadamente muy reducida respecto del pasado, que viene de la historia de las sociedades donde estos grupos criminales han nacido. Aunque con muchas diferencias, estos tienen en común el cohesionante social del catolicismo. Por otro lado, es muy claro que la Iglesia condena el fenómeno mafioso, con sus palabras —pienso en el grito “Mafioso, conviértete” del papa Juan Pablo II en Agrigento— y con su enseñanza. También en este caso es necesaria una aproximación integral: cuando se habla de mafia, no se puede dejar de considerar la degradación social, la corrupción, el subdesarrollo económico. La Iglesia muestra sus palabras de condena y su enseñanza, sobre todo con la sangre de sus mártires. Entre tantos desconocidos, quisiera recordar a don Pino Puglisi, que desde el 25 de mayo de 2013 veneramos como beato. Romper la ligazón entre la mafia y la referencia tradicional al catolicismo requiere, sobre todo, un esfuerzo de estudio sobre qué cosa es la mafia efectivamente. Si conozco su historia y sus efectos en la sociedad, me doy cuenta de que esa ligazón no tiene razón de ser, más bien es un vínculo fruto de la idolatría. Esta, como la corrupción, es un tema sobre el que el papa Francisco insiste con fuerza. Por otra parte, la Biblia es un gran código contra la idolatría. Contra ella y contra la corrupción necesitamos proponernos educar la libertad de las personas, la voluntad de no dejarse reducir a la esclavitud por ningún poder. Finalmente, es fundamental que la Iglesia sostenga, en su interior, a sus miembros que están “en las trincheras”: hermanas, sacerdotes, agentes pastorales y sus comunidades comprometidas en tantas formas en el combate al crimen, tanto en Italia como en América Latina y otras partes del mundo.
 
LOS PRÓXIMOS PASOS
 
—¿De qué manera actuará el Vaticano?
—El 19 de septiembre último el Secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, entregó formalmente el instrumento de adhesión de la Santa Sede y, por lo tanto, del Estado Vaticano, a la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, suscrita por la Asamblea General de la ONU el 31 de octubre de 2003. Nosotros, en el Pontificio Consejo Justicia y Paz, estamos formando un grupo de trabajo internacional sobre este problema, también en sus proyecciones hacia la mafia: es una especie de think tank que colaborará con instituciones internas y externas de la Iglesia. Se trata de una instancia pluralista, formada tanto por católicos como por no católicos, que reúne hasta ahora a importantes personalidades, magistrados, jefes o altos funcionarios de las fuerzas de policía, investigadores, obispos, responsables de movimientos católicos, periodistas, sacerdotes “de la calle” y religiosas y mujeres laicas comprometidas en la lucha contra la trata de personas y la prostitución. Queremos invitar a formar parte de este grupo también a historiadores del arte, para que nos ayuden, en la lucha contra la corrupción y las mafias —que son fealdad—, a usar el inmenso patrimonio de belleza del que disponemos. Algunos miembros del grupo están ya estudiando el tema de la cultura anticorrupción y pensamos organizar una conferencia en el Vaticano dentro de algunos meses. El objetivo es unir las competencias para profundizar en los problemas desde una pluralidad de puntos de vista, con una aproximación integral para sensibilizar, crear cultura y sostener el compromiso de muchos. La verdadera crisis de nuestro mundo, así como la verdadera corrupción, antes que económica, es cultural”. MSJ