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El Hogar de Cristo, una obra de místicos

Iglesia

 | 24/01/2017

Por: Julio Stragier S.J.

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Esta institución fundada por el padre Alberto Hurtado representa un importante signo de cómo el Espíritu Santo puede ser una gran fuerza inspiradora, en acción poderosa en estos tiempos cambiantes.
Hoy escuchamos muchos lamentos por la secularización, por la pérdida de la fe o por las pocas vocaciones a la vida religiosa y al sacerdocio. Es cierto que la cultura evoluciona vertiginosamente y que vivimos un cambio de época. Se trata, tal vez, de una mutación de fase histórica como nunca vista antes, donde la transmisión de la fe y de los valores no puede hacerse con la velocidad necesaria y donde, además, se carece de un “lenguaje apropiado” para esa comunicación.
Anticipándose a lo que ya percibía en la cultura cambiante, Karl Rahner dijo en el siglo pasado: “El cristiano de mañana será místico o no será cristiano”. 
Pero ¿qué significa ser místico en estos tiempos?
Me parece que en Chile nosotros somos privilegiados. Lo somos especialmente en el Hogar de Cristo al contar con la personalidad siempre vigente del padre Alberto Hurtado, un buen precursor e indicador de lo que significa ser místico en una cultura vertiginosamente cambiante.
En sus dieciséis años de vida apostólica (1936-1952) está la fecha clave de una experiencia espiritual que él vivió justo en la mitad de ese periodo: su encuentro con una persona en situación de calle el 18 de octubre de 1944. Alejandro Magnet describe magistralmente toda la escena, tomando palabras del santo chileno: “Anoche no he dormido... al ver lo que me tocó ver. Iba llegando a ‘San Ignacio’ cuando me atajó un hombre en mangas de camisa, a pesar de que estaba lloviznando. Estaba demacrado, tiritando de fiebre. Ahí mismo, a la luz del farol, vi cómo tenía las amígdalas inflamadas. No tenía dónde dormir y me pidió que le diera lo necesario para pagarse una cama en una hospedería. Hay centenares de hombres así en Santiago y son todos hermanos nuestros: hermanos, realmente, sin metáfora. Cada uno de esos hombres es Cristo. ¿Y qué hemos hecho por ellos?... ¡Qué bueyes somos los católicos, qué dormidos, qué poco inquietos por la solidaridad social! ¡Todo son dificultades, tropiezos, escándalos!”. Y agrega Magnet: “No era solamente lo que decía, sino más bien el rostro del Padre Hurtado lo que tenía impresionadas a las oyentes. Estuvo un momento callado y luego, como volviendo a la realidad desde una zona lejana, agregó: ‘Hace días que me preocupa… Quizás haya sido una inspiración del Espíritu Santo’”.
Ese encuentro significó para él un antes y un después. Fue una experiencia espiritual tan profunda que cambió su rumbo, una visión mística de “ver”, con los ojos del corazón, al mismo Jesús doliente y sufriente en ese pobre mendigo sin techo. Su vida religiosa y espiritual no podrá volver a ser la misma. En términos de espiritualidad tradicional, diríamos que esa experiencia le hace pasar de la “vía iluminativa” a la “vía unitiva”. De ahora en adelante, vivirá una vida que se va consumiendo por amor a Cristo y se repetirá en sus escritos la cita de Gal 2, 20: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. 
Una experiencia mística es de alguna manera una “mutación de conciencia”: de ahora en adelante, el Padre Hurtado tendrá una mirada transpersonal y será como “un fuego que enciende a otros fuegos”. Ese fuego suscitará numerosas vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa y a la vida laica comprometida.
Sin embargo, lo más extraordinario es que ese fuego sigue vivo hoy en la obra que él fundara: el Hogar de Cristo. Esta institución sigue siendo una obra para místicos. Y no me refiero a creyentes o practicantes religiosos, sino a personas profundamente comprometidas en acoger con amor y dignidad a los más pobres entre los pobres, gastándose y desgastándose para cumplir a cabalidad su misión institucional.
Precisamente, el primer párrafo de la misión institucional del Hogar de Cristo señala que busca “acoger con dignidad y amor a los más pobres entre los pobres para ampliar sus oportunidades a una vida mejor”.
Este párrafo traduce muy bien la misma actitud de Jesús que nos describen los evangelios. Jesús acoge con amor a los más pobres entre los pobres, dignificando su humanidad y ampliando sus oportunidades a una vida mejor.
 
QUÉ ANIMA A JESÚS
 
Quiero desarrollar muy brevemente lo que anima a Jesús y que en su vida se traduce en esa acogida suya, con amor, hacia los más pobres entre los pobres.
A Jesús lo anima el Espíritu, desde su concepción hasta su muerte en cruz. Lleva la historia de la salvación a su pleno cumplimiento al dejarse llenar de Espíritu Santo y dejarse llevar por Él (Lc 4, 1). Es el Espíritu del Señor, como lo argumenta el evangelista Lucas al aplicar a Jesús la cita de Isaías 61, 1: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres”. En el gesto de amor extremo y último en la cruz, habiendo cumplido su misión, exclamará: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46). La encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús son manifestaciones del Espíritu que busca llevar la historia a su plenitud y donde nuestras vidas están llamadas a ser testimonio de su actuar transformador.
Este papel salvífico (“salvo” significa también “sano”) y sanador del Espíritu que anima a Jesús fue siendo perdido de vista por la teología y la espiritualidad en el curso de los siglos. A lo menos así ocurrió en nuestro mundo occidental y en la teología y espiritualidad que nos enseñaron (y se sigue enseñando).
Por cierto, no fue uno de los méritos menores del Concilio Vaticano II volver a reconocer el lugar del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en el mundo. Posteriormente, en no pocos casos esa recuperación se fue fijando (o confinando) en los movimientos carismáticos y con débil irradiación social.
Al recuperar la teología del Espíritu Santo, el Concilio Vaticano II genera un nuevo método teológico basado en el “ver, juzgar, actuar”. 
El ver no es un simple ejercicio racional analítico. El ver es descubrir y contemplar al Espíritu en acción, “renovando y cambiando la faz de la tierra”. Es un Ver “con los ojos del corazón” y que, por lo mismo, sensibiliza para juzgar y actuar. Nos lleva a entender la punzante pregunta del Padre Hurtado: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”.
Viviendo este proceso, mi vida viene a ser algo testimonial de Aquel y Aquello que cambia la historia para que “Ya no viva yo, sino que Cristo viva en mí”.
Profundizando a partir de lo que hoy nos dice la mirada de la espiritualidad integral y la visión transpersonal, “vivir en el Espíritu significa reconocer nuestra más profunda identidad, compartida y no-dual, y vivirnos en conexión con ella. Una identidad que es Plenitud... y que sabe a Gozo, Certeza y Libertad. Desde ella, reconocemos el “yo” como una forma temporal que aquella identidad adopta, y comulgamos con las palabras de Teilhard de Chardin: “No somos seres humanos que viven una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”. 
El Hogar de Cristo y sus fundaciones vienen a ser el cuerpo místico donde estamos llamados a vivir esa experiencia transformadora “por Él, con Él y en Él (Espíritu)” y desde ella contribuir eficazmente a la construcción de un Chile con justicia, equidad y solidaridad. MSJ