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La luz que heredamos

Iglesia

 | 24/01/2017

Por: María Soledad Del Villar

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De esa institución los chilenos heredamos una más clara conciencia ética acerca de nuestros deberes para con los que, aún hoy, son víctimas del atropello de derechos básicos.
En diciembre pasado, a cuarenta años de la fundación de la Vicaría de la Solidaridad, la Iglesia de Santiago organizó una liturgia conmemorativa en la Catedral Metropolitana. Al comenzar la ceremonia entró en procesión con sus velas encendidas un grupo de aproximadamente sesenta exfuncionarios y funcionarias de la institución, seguidos por un grupo de sacerdotes y por el obispo de Santiago, Ricardo Ezzati. Quienes antecedían la procesión eran un grupo de laicos y laicas, en su mayoría profesionales. Entre ellos, había creyentes y no creyentes.  Fue un hermoso gesto, por medio del cual se destacó el liderazgo indiscutible que estos hombres y mujeres tuvieron en la Iglesia y sociedad chilena cuando asumieron el riesgo de poner en práctica el principio de la solidaridad, defendiendo los derechos humanos en los difíciles tiempos de la dictadura militar. 
¿Cómo nació la Vicaría de la Solidaridad? ¿Cuál fue su labor durante ese régimen? ¿Qué puede enseñarnos la historia de esta institución hoy a los cristianos? Por medio de este artículo quisiera ofrecer a los lectores de Mensaje un ejercicio de reflexión que nos permita hacer memoria y aprender de una institución que fue central para la vida de la Iglesia católica chilena y de nuestra sociedad en general. 
 
LOS ORÍGENES
 
La Vicaría nació para dar continuidad a la labor comenzada en octubre de 1973 por el Comité Pro Paz, instancia de carácter ecuménico que se organizó para responder a la represión organizada por el Estado en contra de los militantes de izquierda y simpatizantes de la derrotada Unidad Popular. La institución nació “bajo el signo de la transitoriedad”. De hecho, los profesionales y religiosos que formaron parte del Comité esperaban que la represión fuese pasajera y de corto plazo. Sin embargo, el paso del tiempo fue develando no solo la permanencia y crudeza de la represión política, sino también los efectos de la catastrófica situación económica que atravesaba el país. Los principales problemas eran la alta inflación y la cesantía. Ambos fenómenos afectaban especialmente a las clases populares y se agravaban debido a la fuerte contracción del aparato estatal, que puso fin a un gran número de políticas sociales que habían impulsado los gobiernos anteriores. Es por eso que desde fines de 1974 el Comité no solo se dedicó a defender los derechos humanos de quienes eran reprimidos por su afiliación política, sino también de quienes veían menoscabados sus derechos sociales, económicos y culturales debido a la nueva situación política y económica del país.
La creación del Comité Pro Paz generó desde un comienzo una fuerte tensión entre las autoridades militares y las religiosas que apoyaron esta iniciativa. La sola existencia del Comité suponía una crítica abierta a las políticas represivas. Por lo mismo, la dictadura se empeñaría en debilitarlo hasta lograr, a fines de 1975, disolverlo definitivamente. El debilitamiento del apoyo al Comité por parte de varias Iglesias, sumado al ataque directo de ese gobierno a sus funcionarios y colaboradores, puso al cardenal Raúl Silva Henríquez en una posición muy difícil, que prácticamente lo forzó a obedecer la orden del general Augusto Pinochet de cerrar la institución. Este le había escrito una carta el 11 de noviembre de 1975, en la que declaraba que el origen de los problemas entre el régimen militar y la Iglesia era el Comité Pro Paz, considerado por Pinochet como “un medio del cual se valen los marxistas-leninistas para crear problemas que alteran la tranquilidad ciudadana.” En nombre del orden social y con la intención de “evitar males mayores”, Pinochet le notificaba oficialmente a Silva Henríquez su deseo de que se disolviera el Comité. El cardenal aceptó esta exigencia, pero “con la expresa reserva de que la labor caritativa y religiosa desplegada hasta ahora por el Comité, en favor de quienes sufren diversas formas de pobreza, continuará desarrollándose dentro de nuestras propias y respectivas instituciones eclesiales, y siempre en un marco de fraterna colaboración ecuménica”. Es así como el 1 de enero de 1976 se crea en la Iglesia católica una inédita institución: la Vicaría de la Solidaridad. 
Fundar la Vicaría fue una decisión personal del cardenal Silva Henríquez, pero contó con el apoyo mayoritario de la Jerarquía eclesiástica. Además, al ser una Vicaría, quedó directamente bajo su protección. Según Pamela Lowden, esto le dio a la institución mucha más solidez que la que tuvo Comité Pro Paz: la fundación de la Vicaría fue un acto oficial de la Iglesia católica de Santiago y la institución representó, en ese sentido, a la misma Iglesia actuando en el campo de los derechos humanos. David Fernández ofrece una interpretación en el mismo sentido. Para él, la Vicaría se convirtió en el “brazo solidario de la Iglesia oficial”, lo que le daba mayores garantías de sobrevivir, pues una dictadura militar que se decía católica no se atrevería a atacar directamente a la misma Iglesia. 
A diferencia del Comité Pro Paz, que se crea para responder a una emergencia, la Vicaría de la Solidaridad nació “con una clara conciencia de su misión”. Esta misión había sido delineada por el Cardenal Silva Henríquez en su Carta Pastoral de la Solidaridad, publicada el 25 de julio de 1975. Valorando la generosidad y los nuevos caminos de solidaridad que se habían abierto a partir de la emergencia de la dictadura, el Cardenal buscaba orientar la acción de la Iglesia de Santiago en estas nuevas circunstancias. Para eso, usó como concepto central el de Solidaridad, que es definida como aquella “dependencia mutua entre los hombres que hace que no puedan ser felices unos, si no lo son los demás”. De esa común dependencia se desprende que “mientras haya tantos que tienen hambre, que estén enfermos, que no tienen trabajo, que viven en la inseguridad, ningún cristiano puede sentirse cómodo, indiferente, no concernido ni satisfecho con el mundo y la sociedad en que vive”. 
 
FORTALECIMIENTO DE LA SOCIEDAD CIVIL
 
Este principio, fundante para la identidad cristiana, debía ser puesto en acción en el contexto de la dictadura. Para eso se crearon distintas áreas de trabajo: el Departamento Jurídico-Asistencial, encargado de apoyar a los familiares y víctimas de la represión política; el Departamento de Zonas, con la misión de coordinar el trabajo social de la Vicaría en las poblaciones más pobres de Santiago; el Departamento Campesino, encargado de apoyar a los campesinos y parceleros que habían obtenido tierras durante la Reforma Agraria; el Departamento Laboral, que siguió atendiendo a los trabajadores despedidos por razones políticas; una Unidad de Apoyo, encargada de las labores administrativas, y un Departamento de Comunicaciones, que tenía el objetivo de sacar adelante la revista Solidaridad, órgano de prensa oficial de la Vicaría.  
El personal que trabajó en ella sería, en su gran mayoría, laico y contratado por sus habilidades profesionales más que por su afiliación religiosa o política. Si bien inicialmente las cabezas de los distintos departamentos fueron sacerdotes y religiosas, finalmente serían los laicos, en razón de sus capacidades profesionales, quienes liderarían la institución. El núcleo central de funcionarios fue prácticamente el mismo que el del Comité Pro Paz: aproximadamente unas ciento cincuenta personas, en su gran mayoría cristianos de izquierda. Esto, a pesar de que Silva Henríquez y algunos miembros de la Jerarquía deseaban un personal que reflejara una posición cristiana más moderada o neutral. El gran temor, que era a su vez un rumor difundido por la prensa oficialista, era que la Vicaría y la Iglesia fueran infiltradas y manipuladas políticamente por la izquierda. Aun considerando estos temores, los distintos vicarios de la institución mantuvieron la política del Comité Pro Paz, que supeditaba la afiliación política o religiosa de los funcionarios a sus habilidades profesionales y compromiso con la causa de los Derechos Humanos. Esto marcaría la identidad de la Vicaría: una institución laical, pluralista y no proselitista, aun siendo marcadamente católica y eclesial. 
La Vicaría ha sido recordada principalmente por su trabajo jurídico, destacándose como una institución defensora de los derechos humanos de las víctimas de represión política. El valor moral e incluso heroico de la labor realizada por el Departamento Jurídico ha ocupado un lugar preferente en la memoria de los chilenos. Diversos testimonios, trabajos académicos, documentales, exposiciones en museos e incluso seriales de televisión dan cuenta de este fenómeno. Sin embargo, es importante recordar que la labor jurídica de la Vicaría de la Solidaridad se dio en un contexto de trabajo mucho más amplio e integral por el conjunto de los derechos humanos de la población chilena. Junto con los recursos de amparo y las acciones de denuncia, existieron los comedores populares, los talleres de cesantes, las ollas comunes, las colonias de verano, los talleres de mujeres y un sinfín de iniciativas asistenciales y promocionales que buscaban apoyar a las familias y organizaciones populares para solucionar autónomamente los problemas derivados de su precaria situación económica y de la desarticulación de las organizaciones políticas y sociales generada por la represión. Dichas organizaciones nacieron al alero de la Vicaría, pero durante la década de los ochenta excedieron sus límites institucionales hasta convertirse en movimientos sociales poderosos capaces de movilizar pacíficamente al país hacia una nueva democracia. De esta manera la Vicaría contribuyó al fortalecimiento de la sociedad civil, ofreciendo organización y expresión popular desde las cuales se construyeron auténticos espacios de resistencia al régimen. Los profesionales de la Vicaría, especialmente las asistentes sociales, contribuyeron a dar forma a estos ámbitos. Pero no habrían tenido éxito en su tarea, si no hubiesen contado con el apoyo de religiosas y religiosos, comunidades cristianas de base, grupos parroquiales, pobladores y pobladoras, especialmente mujeres, que fueron las protagonistas de dichas organizaciones. Por medio del trabajo zonal, la Vicaría pudo ser más que una oficina de profesionales en el centro de Santiago, y convertirse en una institución capaz de catalizar la solidaridad popular, generando movimientos centrados en la sobrevivencia cotidiana, los derechos humanos y el deseo de democratización del país.  
 
LA LUZ QUE HEREDAMOS
 
Al terminar la conmemoración de los cuarenta años de la Vicaría, se volvió a encender el Cirio del Simposio de los Derechos Humanos, celebrado en 1978 en Santiago de Chile. Dicho cirio representa el compromiso de la Iglesia chilena con la defensa de la dignidad humana, tanto ayer como hoy. Se invitó nuevamente a los exfuncionarios a encender sus velas desde la luz del cirio, para luego compartir esa luz con los actuales trabajadores de la Vicaría de la Pastoral Social, institución heredera del trabajo de la Vicaría de la Solidaridad. Al salir de la catedral, antiguos y nuevos trabajadores laicos de la Iglesia de Santiago salieron con sus velas encendidas, invitados a propagar la luz de su compromiso en la sociedad chilena. 
¿Cuál es exactamente la luz que heredamos del trabajo de la Vicaría de la Solidaridad? Para un gran número de trabajadores y colaboradores de la Vicaría, trabajar en esta institución supuso un despertar ético que los situó al lado de las víctimas de la dictadura militar. La misma Iglesia adquirió mediante la práctica una mayor conciencia de las implicancias de su misión evangelizadora, que incluye no solamente el anuncio de un mensaje, sino la puesta en práctica del mismo en contextos siempre nuevos y desafiantes. A su vez, supo incorporar el valioso aporte de los laicos y laicas que, mediante su trabajo profesional o su participación en organizaciones solidarias, pudieron hacer vida el corazón del Evangelio, que llama a servir a todo aquel que quede marginado a la vereda del camino, como en la parábola del Buen Samaritano. La Iglesia y sus colaboradores supieron ubicarse en las fronteras, a un lado de quienes eran excluidos y maltratados por la dictadura militar.
En esta misión, los cristianos confirmaron que, cuando se comparten causas justas, pueden encontrar en personas no creyentes importantes colaboradores. Frente a la urgencia del servicio a los excluidos y la defensa de la dignidad humana, el proselitismo pasa a un segundo plano, privilegiándose el servicio gratuito y desinteresado al mundo y especialmente a quienes sufren injustamente en él. Este compromiso supuso también compartir la cruz de la persecución y la incomprensión, incluso dentro de la misma Iglesia. De hecho, no todos los católicos apoyaron la causa de la Vicaría, e incluso muchos de ellos se situaron en la vereda contraria, apoyando con sus acciones y omisiones a la dictadura y sus crímenes. Por otra parte, muchos de los colaboradores y trabajadores de la Vicaría sufrieron en carne propia la persecución, la tortura e incluso la muerte. El asesinato de José Manuel Parada en 1985 es hasta el día de hoy una de las páginas más negras de la memoria de quienes trabajaron en la institución. 
En síntesis, la Iglesia católica chilena supo poner en práctica aquella máxima del Concilio que afirma que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo”. Sin duda, el contexto político y eclesial chileno ha cambiado enormemente desde el fin de la dictadura militar. Pero la exclusión económica y política y la violencia siguen siendo fenómenos que acompañan a la sociedad chilena y en general al mundo globalizado. Inmigrantes, encarcelados, pueblos indígenas, hombres y mujeres pobres e incluso la naturaleza y la madre tierra siguen sufriendo los rigores de la exclusión y la violencia. Problemas que se agudizan por lo que el papa Francisco ha llamado la “globalización de la indiferencia”, que nos convierte en personas y sociedades pasivas frente al sufrimiento humano. La luz que hasta el día de hoy emana de aquella respuesta solidaria de la Vicaría, puede iluminarnos a romper con el individualismo y la indiferencia propios de nuestras sociedades neoliberales, encontrando nuevas causas y lugares de exclusión en los que el Evangelio puede hacerse carne, y abriendo nuevos espacios de dignidad para los marginados de nuestro tiempo. MSJ