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Noticia Destacada Domingo, 06 Mayo 2012
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El reconocimiento efectivo de la emancipación de la mujer se transformó en condición para evangelizar. La Iglesia se enorgullece de haber sido la institución que instauró el respeto a la mujer en el mundo pagano o bárbaro, de haberla defendido siempre y de haber enseñado su eminente dignidad, en tanto persona llamada a la misma santidad que el hombre. Tanto es así, que ha elevado a muchas mujeres a los altares y a varias las ha nombrado doctoras de la Iglesia universal con el mismo título otorgado a reconocidos obispos y teólogos. Pero la emancipación de la mujer en los tiempos modernos no ha sido asumida adecuadamente por la Iglesia. Sintiéndose incomprendidas, despreciadas o atacadas por la Iglesia, muchas mujeres empezaron a alejarse de ella. Las mujeres no eran ni son solamente las más numerosas entre los fieles. También eran y son –ahora más que nunca– las más activas en todos los terrenos donde se edifica la Ciudad de Dios. La mayoría de las mujeres que son fieles a la Iglesia están lejos de ambicionar el sacerdocio o de reivindicar su poder, pero esto no impide que se sientan dolidas por la desconfianza de la cual se sienten objeto. El remedio contra la decadencia de la Iglesia en estos tiempos es llevar a la práctica las recomendaciones del Vaticano II de manera resuelta, en vez de desconfiar e ir en contra de ellas, incluyendo la decisión de dejar entrar a las mujeres en estos ámbitos de decisión en igualdad de condiciones con los hombres. Introducir un poco de femineidad en la Iglesia, a condición de hacerle un espacio donde la mujer pueda brillar, significará incorporarle esa parte de la humanidad demasiado reducida o enmascarada por un poder exclusivamente masculino y sagrado, es decir, intolerante. MSJ
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