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Celibato y automaestría
Señor Director:
La discusión respecto del celibato, los actos de pedofilia y la homosexualidad está cargada de argumentos científicos, morales y de tradición histórica. Quisiera añadir un enfoque particular.
Estudiando la vida de personas con alto crecimiento espiritual —de cualquier origen religioso—, se observa que el logro de un espíritu evolucionado es el resultado de un trabajo sistemático en aspectos corporales, afectivos y cognitivos que afronta con determinación problemas que todos tenemos. El desarrollo espiritual ascendente es una secuencia que todas las personas viviremos en algún momento de nuestras vidas, aunque su logro depende de dos factores: el deseo de querer verdaderamente enfrentar nuestros problemas y la decisión de aplicar metodologías de cambio personal favorecedoras de la propia evolución. Se trata de un proceso de automaestría, posibilidad que está abierta a todos pero que se hace aún más significativa en quienes cumplen roles de modelamiento y guía de otros, como los sacerdotes.
El celibato es un estado espontáneo que surge de un desarrollo espiritual avanzado. En él, los deseos sexuales se subordinan naturalmente a necesidades interiores de mayor nivel, como la expresión del amor, la sabiduría, la acción coherente y la conexión con lo Superior. Es una consecuencia del trabajo enfocado en la gestión del sí mismo y la automaestría. Con el ejemplo de esas personas pueden consolidarse creencias y preceptos morales. Se constata que ellas son armónicas y equilibradas. Se construye un deber ser asociado a un rol y se asume que, para ser sacerdote, se “debe ser así”. Ahí está el gran error, pues se crea una especie de pauta normativa con la perspectiva de una moralidad desasociada del proceso íntimo y personal de evolución humana. Por lo mismo, las conductas pedófilas de ciertos sacerdotes obedecen a la escasa atención que algunas instituciones formadoras de clérigos han puesto en el sistemático y deliberado trabajo del sí mismo. No bastan el desarrollo religioso y la espiritualidad si no se consideran el cuerpo, las emociones y el intelecto. Como cualquier ser humano, los futuros sacerdotes deben abordar su integridad personal. Quienes lo logren, podrán ser ejemplo para otros e iluminarán el camino de los fieles.
Este enfoque aparta el tema del celibato del ámbito moral y lo pone en el centro de lo humano, pues asume que se irradia lo que se logra en el interior de la persona. Nadie da lo que no tiene. La coherencia y la efectividad en el ejercicio del propio rol se derivan de la propia automaestría.
Ojalá los responsables de formar sacerdotes revisen sus programas de formación y los focalicen en favorecer condiciones propicias para que emerja de cada seminarista la mejor persona posible en el balance de su corporalidad, afectividad, cognición y espiritualidad. Quienes no cumplan los estándares mínimos o no estén dispuestos a cambiar y trabajar en sí mismos, no pueden ser guías de otros.
Ignacio Fernández
Psicólogo U. Adolfo Ibáñez
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Claves iluminadoras
Señor Director:
Junto con valorar las publicaciones acerca del tema de la pedofilia, echo de menos un aporte que nos ilumine con algunas claves importantes para la reflexión.
Una de ellas es la idoneidad sicológica para la vocación al celibato en el esquema de la cultura actual, análisis que es posible sin excluir conceptualmente la legítima opción de un sacerdocio de casados o diaconados. Igualmente, en futuros artículos de Revista Mensaje se puede considerar el problema de la dependencia moral que se genera en la relación con un líder espiritual fundador, dependencia de la que se deriva el nocivo “culto al líder” y el debilitamiento de la libertad de algunas personas para discernir su opción religiosa. También es útil reconocer el riesgo que representa el fortalecimiento de “islas espirituales” o élites religiosas en una Iglesia que debiera tener una proyección abierta: recordemos aquello de “id y predicad el Evangelio a todos”.
Salvador Michaud Ch.
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Ha muerto un hombre bueno
Señor Director:
Hace algunas semanas ha muerto un hombre bueno. Fui asistente social de su empresa y por mis manos pasó la generosidad sin límites de Jorge Cisternas Larenas: avanzando más allá de las exigencias legales, fue su creencia en la redistribución del ingreso la fuerza que le hizo impulsar innumerables politécnicos, consultorios, guarderías, colegios e iglesias que nadie, más que su conciencia social, le pidiera. Mis ojos vieron brillar la esperanza en el desposeído que, en concomitancia con su esfuerzo, consiguió mejores niveles de vida. Mi corazón latió más fuerte cuando las lágrimas de doña Olga fueron risa, cobijada bajo un techo tibio y en un suelo que ya no era barro. Mis oídos escucharon el respeto de tantos pobladores que, de una o de otra manera, vivieron los frutos de su justicia.
Don Jorge, con más empresarios como usted, Chile hace ya tiempo no tendría pobres. Más que caridad, hizo justicia, pero la hizo con el amor de la caridad. Hasta siempre.
Teresa Zañartu
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Pederastia, crisis y sacerdocio
Señor Director:
No existe la pederastia en la Iglesia desde los últimos cincuenta años, sino desde siempre. Pero yo afirmo, con experiencia, que ese delito es muy superior en otras instituciones. Tengo la experiencia de haber vivido en Chile cincuenta años y trabajado en cuatro colegios. En todos ellos, hemos tenido que despedir a algún profesor por abuso a menores. No hubo causas jurídicas en ninguno de esos episodios, que yo sepa. No revelamos esa debilidad del profesor a nadie, pues creíamos que se debía respetar a la persona y que esta podría recuperarse… ¿Somos encubridores?... Hicimos lo que entonces se hacía: expulsarlo. Los padres de los niños quedaron conformes. ¿Vendrán hoy a reclamarnos encubrimiento o compensación económica? No sabíamos si lo sucedido era solo una falta gravísima o si la persona necesitaba tratamiento psiquiátrico, y esos profesores continuaron desempeñándose en otros colegios o se dedicaron a otras cosas.
No hace más de diez años que sabemos que no se puede seguir obrando así y que debe haber una denuncia judicial por parte del colegio o los padres. Esa ha sido la norma que nos ha entregado la Iglesia.
Esta institución es pecadora. Lo somos todos, los que han cometido el crimen de pederastia y los que hemos actuado mal en otros ámbitos, con silencio y aprovechamiento de nuestros estatus, o con prepotencia al intentar imponer normas, sintiéndonos poseedores de la verdad y excluyendo a quienes Jesucristo hacía sentar a su mesa. Tenemos mucho que cambiar para seguirlo verdaderamente, viviendo con los pobres, sanando,perdonando, liberando, anunciando la misericordia de Dios. O, como dice san Pablo, proclamando que su Evangelio es el anuncio del amor universal de Él, para quien no hay diferencia entre cristianos o no cristianos, creyentes o agnósticos. Jesucristo se ha revelado como el Dios de Todos, el Padre que espera al hijo que se ha ido o que está perdido para celebrar con él un banquete. Esa Iglesia es la que necesitamos nosotros, los pecadores.
A un grupo grande de cristianos quiero decirles que no hay que aprovechar esta situación para reclamar sacerdotes casados. Estos existen en iglesias católicas no romanas —y, por supuesto, en la ortodoxa— y es obvia la posibilidad y la necesidad de que se llegue a ello algún día: el ministerio sacerdotal no exige el celibato. Pero, por encima de eso, necesitamos hoy sacerdotes bien formados, capaces de compartir y discernir con los laicos los problemas del mundo moderno; esa es una demanda urgente. No seamos tambor de resonancia en una campaña. Los sacerdotes, ya sea casados o célibes, seguirán siendo débiles y pecadores. Si los aceptamos casados, añadiríamos nuevas fragilidades: hijos drogadictos, familias enriquecidas amigas del dinero o divorciados semejantes a los demás, como lo promueve la cultura que nos envuelve.
Para el mundo católico es un bien enorme el de las personas célibes que siguen a Jesucristo célibe, entregado a la voluntad del Padre y que vive fraternalmente, pues su familia, su madre y sus hermanos son los que acogen la Palabra. La historia nos ha enseñado que hombres célibes han enriquecido la Iglesia y la han hecho brillar ante el mundo con místicos, profetas y mártires. Consagrados célibes han marcado en la historia de esta los momentos más importantes en su renovación cristiana. Hay cosas más importantes para cambiar, en vez de aprovechar esta coyuntura para reclamar sacerdotes casados.
Jesús Herreros, S.M.
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Pedofilia: ¿delito, pecado y psicosis?
Señor Director:
Me parece que los casos de pedofilia recientemente denunciados son tratados en la prensa y en las conversaciones de la opinión pública como delitos tipificados por la legislación relativa a las violaciones a los derechos humanos.
Está bien. Pero me pregunto si la pedofilia no tiene también —y, a mi juicio, sobre todo— una connotación psicótica, es decir, representa una enfermedad, un trauma psíquico y afectivo del cual no se habla. Estaba en estas cavilaciones cuando me encontré con un amigo, psiquiatra muy competente, a quien le planteé mi inquietud. Me dijo que, efectivamente, él atendía a un paciente pedófilo. Si es así, los pedófilos confesos tienen el derecho humano de acceder a alguna terapia, en la medida en que la actual psiquiatría pueda ayudarle.
Nuestra sociedad moderna es todavía primitiva en su persistente afán de enfrentar los delitos con meras penas en cárceles. Parece ser meramente vengativa, cuidadosa de la seguridad de los buenos y los sanos. Los intentos de instituir terapias de rehabilitación son muy meritorios y admirables, pero todavía escasos.
San Pablo enseña que, en el camino de los hombres hacia su libertad, hay antagonismo entre la carne y el Espíritu, por lo cual “ustedes no hacen lo que quisieran” (Gál 5, 17). ¿Cómo entender, si no, que hombres formados durante años en principios de disciplina, normas de conducta, respeto y amor puro a sus semejantes y a los más débiles, caigan en estas debilidades que ciertamente los y nos avergüenzan? San Pablo conoció esta condición de la humanidad sometida a la ley del pecado: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero y, en cambio, lo que odio es precisamente lo que hago”… ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo?” (Rom 7, 14–20).
Jorge Hourton
obispo emérito de Temuco
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Artículos del Padre Ariel Álvarez
Señor Director:
Hace tiempo que he estado por escribirle respecto a los artículos que Mensaje viene publicando del padre Ariel Álvarez.
Es evidente que es un gran conocedor de la Biblia, pero creo que no se toma en cuenta que el fenómeno religioso viene siempre acompañado de historias que forman el patrimonio de las creencias del pueblo. Es cierto que no tiene importancia si Jesús nació en Belén o en otra parte, o si los Reyes Magos existieron o son cuentos, pero creo que la piedad popular los necesita. Es muy distinto de los hechos científicos de la física o de otras ciencias que requieren esta precisión. No sé qué les agregan, a los fieles como yo, las informaciones del padre Ariel.
Renato Poblete, S.J.
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