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Nuevas revelaciones (1973-1975): Los obispos y el golpe

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 | 11/09/2013

Por: Brian H. Smith

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La situación dentro de la Conferencia Episcopal fue difícil durante los dos años posteriores al golpe.

Después de septiembre de 1973, la Iglesia fue la única institución del país que conservó libertad para funcionar sin las limitaciones que la Junta de Gobierno había impuesto a las actividades públicas: su rica historia de muchos años de independencia política, apoyo a la democracia y compromiso con los que más sufren, la situó oportunamente en una posición clave para proteger los derechos humanos y ayudar a los perseguidos. Pero, al mismo tiempo, su tradición de mantener relaciones correctas y de cooperación con cada Gobierno, sin asumir posiciones partidistas a favor ni en contra de algún grupo político, se transformó en un factor que influiría en su actitud no confrontacional al nuevo Gobierno en los meses siguientes al golpe militar.

Consecuencia de lo anterior fue que la Iglesia vivió una cierta tensión interna cuando debió afrontar el crítico desafío político, social y humanitario que generó la destitución del Gobierno de la UP. Fue una tensión que significó que en varios de sus niveles se adoptaran posiciones muy diferentes. Tras el golpe hubo un público apoyo personal al Gobierno militar por parte de unos pocos obispos; se escucharon palabras críticas –aunque cuidadosas y ambiguas– de la Conferencia Episcopal durante los dos primeros años, y se verificaron valiosos gestos humanitarios a favor de las víctimas de la represión, en acciones encabezadas en muchos lugares por numerosos párrocos, religiosos, religiosas, laicos y laicas en la base de la Iglesia.

Es muy difícil que sean los obispos quienes encarnen el rol profético de la Iglesia en determinadas coyunturas. Ellos, como grupo, tienen muchas responsabilidades: frente a un régimen autoritario no solo deben mantener y resguardar sus servicios pastorales y sociales, sino que también deben proteger a la gente que sufre los abusos del poder.

Un factor importante que incidió en el tono cauteloso resultante, fue la existencia de divisiones entre los obispos después del golpe, divisiones que influyeron en que durante 1974 y 1975 se formularan documentos colectivos ambiguos y vagos. A esto contribuyó la solicitud papal de defender con claridad la unidad episcopal.

Muchos párrocos, religiosos, religiosas y líderes laicos experimentaron los sufrimientos más directa y personalmente que la gran mayoría de los obispos. Estos miembros de base demandaban que los obispos debían “ponerse los pantalones” y criticar más fuertemente al Gobierno. Los líderes locales –junto al Comité pro Paz– también trabajaban diariamente en servicios humanitarios para aliviar dolores de los perseguidos. Sin embargo, una razón importante de por qué estos pudieron continuar su ayuda pastoral y social hacia la gente pobre y perseguida fue, precisamente, la posición cuidadosa de la Conferencia Episcopal ante el Gobierno. Sin esta postura cautelosa, no hubiera habido posibilidades de que la Iglesia local pudiera impedir algunos de los actos de represión más violentos contra al pueblo.

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