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De primera fuente: El deber de la caridad

Sociedad

 | 24/01/2017

Por: P. Alberto Hurtado

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Hermanos en Cristo, radioescuchas:
Hermanos en Cristo, radioescuchas:
No han faltado, sobran más bien, los pintores que representan al cristiano con un gesto que les parece a ellos el más propio de un hombre de fe: con su mirada fija en el cielo, como separándose y desdeñando la tierra indigna de cautivar sus preocupaciones. Las estatuas de nuestras iglesias, los vitreaux de nuestras catedrales, con frecuencia nos muestran a nuestros santos arrobados en contemplación, dirigidos siempre hacia la altura y, sin embargo, leemos en el Santo Evangelio que los apóstoles, que parecían tener derecho como nadie para deleitarse en esa mirada celestial, cuando contemplaban la Ascensión del Señor a los cielos, recibieron un mensaje terminante que los obligaba a cesar en su contemplación celestial, para volver los ojos a la tierra que debían roturar con su esfuerzo apostólico y regar con su sangre la semilla de la verdad, que debían lanzar en ella. El día de la Ascensión oyeron de labios de los ángeles este mensaje: varones de Galilea, ¿por qué os quedáis mirando al cielo?... Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda creatura... Instruid a todas las naciones, enseñadles a observar todas las cosas que os he mandado... (cf. Hech 1, 11; Mc 16, 15; Mt 28, 19-20).
Las palabras del Maestro y las que luego pronunciaron los ángeles en lo alto de la colina de la Ascensión tienen un sentido profundo: recordarnos a nosotros, los discípulos de Cristo, que si bien hemos de mirar al cielo para adorar al Padre, para recibir su inspiración, para fortalecernos para nuestros trabajos y sacrificios, ese gesto no puede ser el único gesto de nuestra vida. Es importantísimo y sin él no hay acción valedera, pero ha de completarse con otro gesto, también profundamente evangélico: con una mirada llena de amor y de interés a la tierra, a esta tierra tan llena de valor y de sentido, que cautivó al amor de Dios eterno, atrayéndolo a ella para redimirla y santificarla con sus enseñanzas, sus ejemplos, sus dolores y su muerte. (…) Para nosotros, es la tierra de los hombres donde se ha de continuar y finalizar el designio redentor. Es en la tierra donde habremos de dar testimonio de Cristo con el supremo mandato de Él: amarnos los unos a los otros, como Él nos ha amado (cf. Jn 15,12).
Esta lección constituye el núcleo de la predicación cristiana. “El que no ama a su hermano, no ha nacido de Dios”, dice San Juan. “Si pretende amar a Dios y no ama a su hermano, miente. ¿Cómo puede estar en él el amor de Dios si, rico en los bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad, le cierra el corazón?” (cf. 1Jn 4, 8; 4, 20; 3, 17). Estos pensamientos valientes de san Juan nos denuncian que es falsa la piedad que se contenta con amar a Dios y olvida a su hermano.
El deber de caridad del que nos habla el Maestro nos urge en todos los tiempos, pero sobre todo en el nuestro. 
Odio e inaudita matanza es lo que uno lee en las páginas de la prensa cotidiana; odio es lo que envenena el ambiente que se respira. El tremendo dolor de Europa y Asia, ¿cómo va a dejarnos indiferentes? Somos solidarios de infinidad de hombres, mujeres y niños que sufren como quizás nunca se ha sufrido sobre la tierra. ¿Qué tengo que ver con la sangre de mi hermano?, afirmaba cínicamente Caín (cf. Gn 4, 9) y algo semejante parecen pensar algunos hombres que se desentienden del inmenso dolor moderno.
Parece imposible recordar otra época del mundo en que se haya sufrido tanto como ahora. Nunca la humanidad había presenciado migraciones semejantes. Y, en la mayor parte de los casos, ello ha ocurrido sin consideraciones a la cultura, sin respetar los vínculos de hogar, el sexo ni la edad. Innumerables han muerto en el camino del destierro. La humanidad ha dado un salto hacia atrás como ni aun los que eran tenidos por pesimistas habrían podido preverlo.
Esos dolores son nuestros, no podemos desentendernos de ellos. Nada humano me es ajeno. 
Ante esta mirada que echamos al mundo moderno, a la inmensa extensión de esta tierra, que es nuestra tierra, la que Cristo redimió, la que Él ama, la que Él nos confía, brotará de nuestros corazones una plegaria, y de nuestras voluntades una resolución generosa de penetrar cada día más el sentido de fraternidad profunda que emana de nuestra fe.
Recogiéndonos unos instantes en plegaria, fijaremos nuestros ojos en la imagen de Jesús y oiremos de sus labios estas palabras: ¿Qué has hecho por mis hermanos? Lo que hiciereis al menor de esos pequeñuelos a Mí lo hacéis... (cf. Mt 25, 40). La medida de tu amor para conmigo será la medida de tu amor sincero, profundo, con hambre y sed de justicia que tuviereis para con ellos. ¡Señor, danos ese amor, el único que puede salvarnos!
 
 
“La búsqueda de Dios”, pp. 142-149, s 54 y 27. Meditación leída por el padre Alberto Hurtado en radio el 4 de abril de 1944.
www.padrealbertohurtado.cl