Agencias humanitarias abandonan Etiopía tras ataque aéreo en Tigray

Siempre hay un precio que pagar en la guerra. Y en la que se lleva a cabo desde hace más de un año en Etiopía, en Tigray, es muy alta. Dos millones de personas han sido desplazadas, los convoyes humanitarios han sido bloqueados y 56 personas han muerto en la última incursión de un dron en un campamento del norte del país, entre ellas varios niños. El conflicto entre el gobierno central de Addis Abeba y los rebeldes tigrinos está provocando una crisis sin precedentes.

Tras el ataque aéreo del pasado viernes, las agencias humanitarias han suspendido su trabajo debido a las continuas amenazas de ataques con drones. Unicef recuerda que los campos de refugiados y los asentamientos de desplazados internos, incluidas las escuelas que albergan a niños y familias desplazadas y las instalaciones esenciales que les prestan servicios humanitarios, son objetivos civiles. Por ello, habla de una “violación del derecho internacional humanitario” y pide el cese inmediato de las hostilidades, pero sobre todo la protección de los niños frente a los daños.

EL LLAMAMIENTO DE LA UNIÓN EUROPEA

“La población civil, incluidos los niños, así como las infraestructuras civiles, siguen siendo víctimas del conflicto de Tigray, más recientemente debido a los ataques aéreos que afectaron a un campo de refugiados. Esto —escribe el Comisario de Gestión de Crisis de la UE, Janez Lenarcic, en un tuit— es completamente inaceptable. Insto a todas las partes del conflicto a que respeten estrictamente el derecho internacional humanitario”.

EL SILENCIO DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Nuestro deber —escribió Domenico Quirico en La Stampa— es mirar “dentro de la guerra” en lo que promete ser “una de las peores masacres de nuestro tiempo”. Lo que está ocurriendo en Etiopía, dice el periodista, tiene las características que “deberían hacernos aguzar el oído”. Si se observa el lenguaje utilizado, es “el clásico de las grandes tragedias humanas”, con el enemigo visto “como algo que hay que erradicar o la incitación a multiplicar esas rivalidades, las diferencias étnico-tribales que siempre han constituido los problemas de Etiopía”.

“Realmente llegamos muy tarde”, subraya Quirico, “las cancillerías de los países que podrían haber desactivado de alguna manera esta tragedia” no han surtido efecto. Para el periodista, la dimensión de esta guerra es clara: uno de los objetivos era alcanzar a los civiles, “impedir que reciban ayuda humanitaria, realizar una limpieza étnica para liberar territorios y dejar el campo libre a sus partidarios”. Para Quirico, además del silencio de las cancillerías, hay que pensar en la indiferencia de la opinión pública, porque falta “la movilización de las conciencias sobre lo que ocurre cerca de nosotros”. “La única atención que ha suscitado esta guerra es por la hipótesis de una oleada de migrantes: es el egoísmo de Occidente y también su condena”.

Enviado a los escenarios de la guerra, Quirico revela que el tema de Etiopía le recuerda el genocidio de Ruanda de 1995, en particular “resuenan las voces de los que incitaron a la masacre, pero también el silencio de las víctimas”. “Cuando los que matan tienen la sensación de que no están cometiendo un crimen y, por lo tanto, lo llevan a cabo casi automáticamente, y los que sufren se resignan a su suerte. Es una señal de que algo trágico está ocurriendo realmente”. Quirico también lo sintió en este conflicto que “no es un trivial conflicto interno, un problema de poder, sino algo más: el tremendo ruido de la masacre”. Una de las salidas es “no utilizar la balanza de la conveniencia”, sino impedir que se escuche a las víctimas: los dos millones de refugiados y los expulsados de sus tierras. “No he oído esta voz en ningún sitio”, concluye Quirico, “ni siquiera en los demás países africanos que deberían estar más interesados en apagar este incendio”.

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Fuente: www.vaticannews.va

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