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Carta abierta a los padres de una niña trans

Hace un año tuve la suerte de conocer a los padres de una niña trans. No fue un encuentro fortuito. Fue una conversación que busqué tras enterarme de que un colegio católico había aceptado que la niña de solo siete años de edad viviera con libertad su decisión.

Tras conseguir los nombres de sus padres, me contacté con ellos y generosamente me invitaron a su casa a escuchar, de primera fuente, su historia. Eran personas normales. Una pareja común y corriente, católicos como yo, sencillos y acostumbrados a una vida tradicional. No eran activistas y, menos, portadores de la ideología de género. Eran más bien personas centradas, tranquilas, que solo querían darle una vida feliz a su pequeña hija. Se notaba el rastro del dolor y la angustia, pero también un amor inmenso frente a lo que para ellos era un misterio.

No solo salí emocionado de ese afortunado encuentro, sino también con la idea de que me podría haber tocado a mí. La cita, íntima y conmovedora, cambió mi mirada, me acercó a las fronteras de un mundo distinto y me permitió entender que la vida, querámoslo o no, tiene más laberintos que lo que insistentemente llamamos «normal» o «natural». Esa noche no dormí. Me la pasé escribiendo una carta abierta a los padres de una niña trans, que luego me decidí a publicar y compartir (ver recuadro).

La experiencia también me hizo reflexionar sobre nuestras maneras de enfrentar estos temas como católicos. Pienso que, como Iglesia —autoridades, sacerdotes, religiosas y laicos—, nos hace falta disponernos a conocer. A veces nos quedamos con obediencia servil enredados en lo que nos dice el catecismo, o en normas que nos obligan a pensar o creer de una determinada manera en estos asuntos valóricos o morales. Desde esa mirada, en las últimas décadas una parte la Iglesia chilena ha preferido detener la historia, atrincherarse y defender un legado de más de dos mil años. Y, una vez levantados el fuerte y los escudos, lo único que ven al frente son enemigos, confabulaciones e ideologías que no siempre resultan ser tales. Y al pasar, sin quererlo, van haciendo daño.

La alternativa sería destruir las murallas, bajar los puentes y decidir meterse en el mundo de hoy. Sin el miedo de tener que defender un tesoro que nadie nos quiere robar. Tal como lo hace un verdadero pastor: meterse en medio del rebaño. No para cazar o esquilar sus ovejas, sino solo para conocerlas e impregnarse de su olor.

¿Estoy diciendo con esto que los obispos, religiosos y laicos deben estar de acuerdo con la ley de identidad de género que se tramita en el Congreso? Por supuesto que no. Cada uno es libre de pensar lo que quiera. Pero si nuestras vidas están inspiradas en el mensaje de Jesús, un hombre justo, misericordioso y caritativo, tendríamos que, al menos, bajar de la torre y sumergirnos en aguas que por muy desconocidas que nos parezcan, pueden darnos una vida nueva.

En oportunidades pienso que hemos equivocado el camino, queriendo, muchas veces, enseñar a un Dios inmóvil, lejano, frío y al margen de la historia. No como a ese que a mí me mostraron: humano, amigo, bueno, acogedor y empapado de la sangre de las heridas más profundas de nuestro mundo. En ese creo y, espero, seguir creyendo. MSJ


UNA CARTA

Es difícil comenzar esta carta. Lo he intentado varias veces, sin suerte. Es como querer tomar el mundo en una sola mano, pero de tan grande, de tantos surcos y caminos, se me escapa una y otra vez. Pero debo hacerlo.

Ustedes, los padres de una niña trans, merecen que se cuente su historia y los líos que han debido sortear. Han navegado por años en una realidad desconocida, oculta, llena de prejuicios, opiniones y miramientos de todo tipo. Ustedes han vivido en las fronteras, en las periferias de la vida donde se tejen otras vidas que solo algunos están dispuestos a mirar en toda su hondura.

De todo se dice de los trans y sus familias. Hay análisis políticos, sociológicos, clínicos, religiosos y juicios tremendamente injustos. Pero poco se dice de la historia humana, emocionantemente humana, que se escribe a cada paso y en cada sueño de pequeños niños y niñas que claman libertad y el derecho a ser lo que realmente quieren ser.

Ustedes, padre y madre, han vivido el duelo de dejar ir a quién querían que fuera. Solo ustedes saben cuánto duele. Ustedes, y no otros, han presenciado la semilla, la gestación y el nacimiento de una nueva niña como señal de esperanza y resurrección. Aún en otoño, no los había abandonado la primavera.

No ha sido fácil. Saben de incertidumbres, dudas, angustias y misterios. Han pasado por el desierto, por consultas, especialistas y variados diagnósticos. Sin certezas han caminado buena parte del sendero, abrazados, uno y el otro, sosteniéndose, avanzando todavía a tientas alumbrados solo con el firme propósito de hacer a su hija feliz.

No querían correr riesgos. El futuro era también borroso y sombrío. Saben, como nadie, que llegada la adolescencia y sin espacios de contención y verdadera aceptación, las tasas de suicidio son alarmantemente altas, alcanzando el 50% de la realidad de los trans. Ningún padre, ninguna madre, querría para sus hijos ese final.

Sabían que amar era una decisión, la única decisión. Y bastó que su niña mencionara el nombre que quería, para dar el paso y dejarla libremente crecer. Ya no era necesario el polerón sobre la cabeza como simulando una larga cabellera. Ya no era un cuento lo de la varita mágica para convertirse en mujer. Ustedes, de puro amor, de sano y valiente amor, aceptaron lo que por años ella fuertemente deseó.

Y tras el paso, el milagroso paso, brotó la alegría. Y ella, preciosa, flamante y coqueta, se sintió como nunca, protegida, acompañada y tranquila. Amada por sus padres, amada por sus hermanos, amada por su colegio y, qué duda cabe, amada entrañablemente por Dios. Ella, no está sola. Nunca lo estará.

Y para terminar esta carta, permítanme una reflexión. No debería ser necesaria una ley o una circular del Ministerio de Educación para aceptar a los niños trans en nuestra sociedad. Esos niños y niñas necesitan a gritos, amor y acogida. El rechazo puede marcar una vida entera. Por eso, incluirlos debe ser para todos —colegios, iglesias, apoderados, parlamentarios y ciudadanos— una convicción moral.

Me despido del padre y de la madre y de la niña feliz. Para ellos y otros como ellos, todo mi apoyo, agradecimiento y admiración.

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Fuente: Texto publicado en Revista Mensaje N° 671, agosto de 2018.