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¿Cómo nació el Hogar de Cristo?

En octubre de 1944 un sacerdote predicaba ejercicios. El tema de su predicación era un llamado a la generosidad cristiana… Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo acurrucado bajo los puentes en la persona de tantos niños que no tienen a quién llamar padre, que carecen por muchos años del beso de una madre sobre su frente al dormirse. Bajo los mesones de las pérgolas en que se venden flores, en medio de las hojas secas que caen de los árboles, allí tienen que acurrucarse tantos pobres en los cuales vive Jesús. Cristo no tiene Hogar. ¿No queremos dárselo nosotros, los que tenemos la dicha de tener hogar confortable, comida abundante, medios para educar y asegurar el porvenir de los menores? “Lo que hiciereis al menor de los pequeñuelos, a Mí me lo hacéis”, ha dicho Jesús.

¿Proyecto de alguna obra nueva envolvían estas palabras? Ninguno, podemos asegurarlo; pero ¿no prometió acaso el mismo Cristo que cuando Él quisiera servirse de los hombres para realizar algo pondría en sus labios lo que Él quería obtener? Y así sucedió palpablemente en este caso. Al terminar la predicación, dos de sus oyentes se acercan al predicador y le ofrecen, uno, el terreno para iniciar un Hogar para Cristo pobre, y otro, una suma de dinero con qué iniciar los trabajos… No había duda: era Dios mismo quien intervenía y hacía conocer su voluntad bien clara. Luego una alhaja preciosa le es enviada en un modesto sobre, sin indicar el bienhechor la procedencia… Algunos ofrecimientos se suman, hasta de trabajo personal, para ver ese ideal transformado en realidad. Y así, en diciembre del mismo año, un par de meses después, se colocaba la primera piedra del primer Hogar. Y esa primera piedra estaba cargada de bendiciones.

En cuatro años, cinco hospederías han funcionado y en ellas han sido proporcionados más de 300.000 alojamientos y un número proporcional de raciones alimenticias; atenciones médicas, de servicio social, de colocaciones, etc. Cristo ha recibido como hechos a sí esos servicios y los ha multiplicado, y ofrece nuevos y nuevos desarrollos.

¿QUÉ SE PROPONE EL HOGAR DE CRISTO?

A cuatro años de distancia de su fundación la idea primera ha podido madurar, la semillita ha arraigado y el arbusto extiende sus ramas.

Cuatro problemas enfoca hoy el Hogar de Cristo, todos ellos íntimamente relacionados, y a los cuatro busca ofrecer un aporte de solución.

— El problema de los adultos que carecen de vivienda y se ven obligados a vagar y dormir a cielo raso;

— El problema de los niños abandonados que crecen sin hogar, sin educación, cuando no mueren prematuramente;

— El problema de la falta de vivienda permanente de tantos miles de hogares obreros que viven en vergonzosas pocilgas;

— El problema de la falta de educación familiar de los mayores, y técnica en el más modesto sentido de la palabra, de los menores, que los incapacita para la vida.

El Hogar de Cristo dirige sus esfuerzos de preferencia a los más abandonados de nuestros hermanos, a los que ni si quiera tienen un techo bajo el cual cobijarse, a aquellos que no tienen una familia que llamar suya. Para completar esta labor ha venido a ocuparse de la vivienda permanente y de la educación familiar y técnica.

A todos abre sus puertas el Hogar de Cristo, a todos sin distinción de creencias, de ideologías. Una sola cosa exige a los que piden su ayuda: que realmente la necesiten. Ninguna práctica se les impone. Quiere el Hogar de Cristo repetir con los pobres de ahora el gesto que Jesús mostró como modelo: el del buen Samaritano que, viendo herido al pobre, sin preguntar nada lo curó, lo cargó sobre su cabalgadura y lo tomó a su cargo. ¿Acaso no nos dijo el Maestro: “Haz tú lo mismo”?

Al caer la tarde llegan las pobres mujeres, a veces hasta con dos, tres, cuatro niños. Recordamos una cuyo rancho acababa de ser demolido y lloraba desconsolada en la calle con sus mellizos en los brazos y esperando el tercer hijo, que nació apenas llegada al hogar. Esa otra pobre madre soltera, escapada a los quince años de su casa con un niño de meses, cubierta por horrible infección la pobre madre, la que una vez sana pudo ser devuelta a su hogar y colocado su hijo en honorable hogar donde recibirá educación y cariño.

¡Cuántos hijos al morir la madre o al ser abandonados por ella han sido adoptados por hogares que les dan un nombre, padres que los amarán como los propios y harán de ellos hombres útiles a la sociedad!

EL PROBLEMA DE LA NIÑEZ ABANDONADA

Es tal vez el más triste y de proyecciones amplísimas… En solo Santiago son más de 4 mil los niños abandonados. Pronto se escribe esta cifra, pero al ver uno, diez, cien muchachos desarrapados, tirillentos, sucios, con su melena desgreñada, que comen lo que encuentran, lo que les dan, o lo que roban… Al verlos suspendidos de los parachoques traseros de las micros, o en las noches iluminarse y calentarse en improvisadas fogatas bajo los puentes del Mapocho, angustia el alma. Tenemos 100, ¡pero faltan 3.900! Aún hay 3.900 hermanos míos, los hombres del mañana, que vagan por las calles, que nadie alcanza aún a recoger porque no hay dónde ni cómo hacerlo. ¡Dios mío, cuánto falta por hacer!

Salieron de su casa ¿cuándo? ¡Muchos no lo recuerdan! Les parece que siempre hubieran vivido así, en la calle. Al padre no lo conocieron, la madre murió en el hospital y desde entonces quedaron “huachitos” y ¡a la calle a vagar! O bien el padre borracho les pegaba… y se arrancaron; o aun, un día se quedaron con el vuelto y no se atrevieron a volver, y desde entonces vagan sin faltar los casos en que el propio padre los ha abandonado. Recordarnos el caso de una niñita a la que su madre abandonó en un tranvía a los cuatro años de edad, en la noche… La pobre, al verse solita, rompió a llorar, hasta que la encontró un carabinero, la recogió y la llevó al Hogar; o bien, aquel mudito al que alguien “botó” del tren frente al Hogar de Colina, como se arroja una cosa, y que desde entonces es nuestro “hijo”.

LA VIVIENDA

Cuatro años de experiencia en el Hogar de Cristo nos han hecho ahondar en el terrible drama de la vivienda obrera.

¡Qué horriblemente mal vive nuestro pueblo! Unos cuantos ladrillos mal unidos, un techo de trozos de lata, por piso el suelo que en el invierno es barro, y, ¡eso es lo que muchos llaman casa! Así hay innumerables poblaciones en todos los alrededores de Santiago, poblaciones que son el fomento del vicio, pues no se puede pensar que en ellas pueda haber vida de familia, que a ellas acuda con agrado el marido después de un rudo trabajo, ni se puede pensar que en esa pieza única, sobre el único catre de la familia pueda haber moralidad.

Y más grave que esto es aun el hecho de que miles no encuentren habitación de ninguna especie. Santiago en cuarenta años ha pasado de una población de 300.000 habitantes a tener más de un millón. El aumento vegetativo de la población este último tiempo ha sido superior a 100.000 habitantes por año, lo que supone un aumento de 20 mil nuevas casas, siendo que el año en que se han construido más apenas han llegado a 6 mil. Chile tiene un déficit de 40 mil casas, déficit que se va haciendo mayor cada año al incrementarse la población, sin que corresponda a dicho aumento un número proporcional de casas…

Una población que no tiene ni siquiera una mala casa en que vivir necesariamente está amargada, es un fermento de odios, de descomposición social. Cada uno de los que puede hacer algo no puede evitar su colaboración generosa y patriótica en este sentido.

El Hogar de Cristo ha querido prestar la suya, tanto más que cada día este problema se le presenta como fantasma cuando, al cumplirse los quince días de alojamiento que puede proporcionar a sus hospedados, le preguntan y ¿a dónde vamos? ¿Dónde podríamos encontrar una casa, una pieza al menos, pues hace meses que la buscamos sin encontrarla?

HÁGANOS FINALMENTE, UN SERVICIO…

Visite los Hogares de Cristo y sus obras. Son suyas, Ud. las ha ayudado con su limosna, con su simpatía, con sus palabras de aliento.

Tómelo en serio, se lo rogamos. El Hogar de Cristo es suyo. Quiéralo como propio. En sus manos está su porvenir. MSJ