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Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino las falsas seguridades de este mundo

A fines de febrero nuestro país inició su propia Cuaresma, celebrando el Miércoles de Cenizas en plena reactivación del estallido social, que demanda fuertemente volver a poner a las personas y sus necesidades esenciales en el centro de las preocupaciones políticas, económicas y sociales, con un nuevo trato que, evitando todo abuso y discriminación, asegure niveles justos de igualdad y dignidad.

Hoy, un mes después, nuestro país y la humanidad se encuentra viviendo su propia Semana Santa, y muy profundamente. Está, en efecto, experimentando en carne propia la dolorosa Pasión de Cristo, debido a las consecuencias de un virus que está atentando gravemente contra la vida humana, y contra nuestra economía, lo cual amenaza severamente el empleo, los ingresos familiares, la realidad de una gran parte de la población endeudada y la sobrevivencia de miles de emprendimientos y fuentes laborales. Es por ello que agradecemos de corazón el gran esfuerzo que el Gobierno y nuestras más diversas autoridades políticas están realizando por enfrentar esta situación inédita”.

Ver nuestros actos, al ser parte de esta sociedad, nos llama a mirar que hemos contribuido, “pero reconozcamos que a este contexto de mal, todos hemos aportado con nuestro propio pecado, despreciando, a la hora de construir la sociedad, principios y valores esenciales que han hecho grande a la humanidad. Estas actitudes y modos de pensar y proceder, han terminado enfermando también el planeta. Y por ello no sería raro de extrañar, acaba de afirmar el Papa Francisco, que la mencionada pandemia, tenga su origen en una relación inmoral y abusiva también de la naturaleza”.

“En la madrugada del sábado, narra el Evangelio en esta Pascua, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?.

En el rostro de ellas podemos encontrar el rostro de mujeres y madres de hoy, que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción y la violencia, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano y la droga que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Las mujeres del Evangelio, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes, pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Con esta actitud no solo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza”.

“De pronto, narra el Evangelio, tembló fuertemente la tierra” (Mt 28,2). Y alguien, desde la tumba, sale a su encuentro a decirles: “No teman”, “ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que esta noche santa nos regala, generación tras generación. “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz, ha despertado y vuelve a latir de nuevo”. El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad.

Monseñor Héctor, nos recuerda que Cristo Vive y nos quiere vivos: “Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino las falsas seguridades de este mundo, y que solo terminarán en el sepulcro. Cuando los poderosos de entonces habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos decirla, irrumpe esta sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de Resurrección, una poderosa oferta de vida esperando despertar. Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: ¡Cristo Vive y nos quiere vivos!”.

“Las dos Marías pensaban entrar en la tumba de un muerto, pero terminaron ingresando en el misterio enorme de la vida nueva del Resucitado. Para entrar en el misterio de Dios se necesita mucha humildad, capacidad de bajarse del pedestal de nuestro propio yo, tan orgulloso, de nuestra presunción, de las seguridades de nuestras propias verdades, de nuestra soberbia y autosuficiencia; exige la humildad reconociendo lo que realmente somos: criaturas con virtudes y defectos, pecadores necesitados de amor y perdón, seres humanos limitados y vulnerables.

Como esas mujeres, dejemos nuestras tumbas y vayamos a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que el Señor está Vivo. Abramos, en cambio, al Señor nuestros sepulcros personales, familiares, sociales, sellados por el odio, la traición, la injusticia, la miseria, el egoísmo y la codicia, para que Jesús entre, elimine la corrupción que los habita y los llene de vida. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra del sepulcro que debemos remover es la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos, olvidándonos del dolor de los demás”.

Extendió su agradecimiento a quienes hoy en día hacen eco de su Palabra, en la ayuda al prójimo: “Testimonio de Cristo Resucitado, son las miles de mujeres y hombres que en esta Pandemia, postergándose a sí mismos y a sus seres queridos, han tomado la decisión, incluso arriesgando la propia vida, por luchar para que otros miles tengan vida. Por ello hacemos llegar nuestra enorme gratitud, solidaridad y fraterna oración por todas las personas que sirven en el mundo de la salud, FF.AA. y de Orden, Voluntariados, Trabajadores de servicios básicos e indispensables al bien común, y Ministros Religiosos. Gracias por ser para muchos un signo potente de esta Pascua y del Resucitado que quiere que vivamos de verdad. El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos, para servirles en su Nombre. ¡Dios sea bendito!, Amén, ¡Aleluya!”.

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Fuente: Comunicaciones Temuco / www.iglesia.cl [1]