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Desgastarse

Es verdad que la exigencia y el esfuerzo no gozan de buena prensa. Llama la atención cómo entre los jóvenes se felicita antes a quien superó un examen copiando sin que le pillen (porque es un ‘fenómeno’) que a quien se pasó la noche estudiando para aprobar (porque es un ‘pringao’). Solemos admirar las hazañas de atletas y deportistas pero muchas veces olvidamos que para alcanzar esos resultados se esforzaron durante años, día tras día, sometidos a disciplina y concentración en su tarea, sacrificando tiempo de estudio, de estar con sus seres queridos, de comer y beber lo que les apetecía… Esta es la lógica y la ascética del deporte y, en muchos aspectos, lo es también de la vida. Porque sin auto-exigencia y sacrificio no se obtienen resultados importantes ni auténticas satisfacciones.

San Pablo lo tenía claro cuando invitaba a prepararse para «luchar la buena batalla» (Tim 6, 12), y a todos nos gustaría poder decir un día con él: «He peleado hasta el fin el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe» (2Tim 4,7). Y es que, al igual que cualquier atleta que se esfuerza individual o colectivamente para lograr sus objetivos, cuando damos lo mejor de nosotros mismos experimentamos la alegría del deber cumplido.

El deporte desarrolla virtudes como la valentía, la perseverancia y la fortaleza, con los que uno aprende a desgastarse por los demás, aumentando la capacidad y disposición a amar. El deporte exige sacar lo mejor de uno mismo para entrenar y competir ‘a tope’. A eso estamos llamados, a vivir a tope, a desgastarnos por los otros, a darlo todo aunque cueste, porque el vivir a medias es un modo de no vivir… Por eso es necesario entrenar —tanto en la vida como en el deporte—, ir esforzándose en pequeñas cosas que nos van haciendo crecer en entrega. Y, por supuesto, confiar en que todo sacrificio es importante y dará su fruto.

La vida es como un gran partido en el que se puede acabar perdiendo pero contento de haber hecho todo lo posible, y en el que se puede ganar pero tener el vacío y desasosiego de haberse reservado energías y no haber dado lo mejor de sí. Hay muchas cosas que están cuesta arriba: acabar unos estudios, conseguir un buen empleo, criar y educar a los hijos, tener una personalidad propia, llevar a cabo una vocación… Decía José Luis Martín Descalzo que «ninguna felicidad verdadera es barata», por ello todo lo que merece la pena en la vida supone esfuerzo. Vivir con deportividad es aprender a luchar y a desgastarse por aquello que merece la pena. La vida merece ser amada y, por ello, merece la pena ir desgastándose por crear vida alrededor, merece la pena vivir a tope.

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Fuente: https://pastoralsj.org [1]