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Diálogo: Opción necesaria para la misión de la Iglesia en China

Clérigos, laicos o religiosos: todos los discípulos de Cristo tienen la misión, dondequiera que sea y en toda época, de ser luz, sal y levadura en medio de los pueblos, para que, viendo sus buenas obras, todos den gloria al Padre que está en los cielos. ¿Puede ser diversa la misión de la Iglesia en China?

En efecto, algunos observadores captan, en los últimos tiempos, señales de un cierto cierre de China, especialmente hacia el mundo occidental, más que de serena confrontación. Otros se preguntan cómo puede la Santa Sede continuar y confiarse del diálogo y de las negociaciones, en vez de adoptar una actitud de desaprobación y de más abierta crítica.

Por lo que se puede evidenciar de las numerosas intervenciones de la Santa Sede en el ámbito internacional, sobre todo en los contextos de conflicto y de crisis, la razón reside en la conciencia de que precisamente donde hay mayor distancia y riesgo de incomprensión, allí el diálogo no solo es oportuno, sino que se vuelve una opción necesaria. Además de todo esto, se debe tener presente que la Iglesia tiene una responsabilidad de cuidado especialísima de los propios fieles, particularmente cuando se encuentran en condiciones de más agudo sufrimiento. En efecto, lo que para otras instituciones podría ser interpretado como un signo de “condescendencia” o incluso de “abandono”, para la Iglesia es un deber moral y un signo de fuerza espiritual, que evidentemente responde a las exigencias del Evangelio.

Para cumplir esta misión en China, la Iglesia no tiene necesidad de pedir privilegios a la política: tiene solo necesidad de ser sí misma de manera auténtica. De hecho, hasta en condiciones excepcionales y extremas, como aquellas en las cuales falta la necesaria libertad, la Iglesia puede encontrar el modo de llevar adelante su misión evangélica.

Por otra parte, en ninguna época y en ningún lugar del mundo faltaron las dificultades y las cruces para la Iglesia. Es más, se debe constatar que, también hoy, condiciones ideales no parecen subsistir ni siquiera en los países democráticamente más avanzados.

En cambio, de lo que la Iglesia no puede prescindir y que no puede ser suplido de ninguna manera, es la falta de fe, de caridad y de unidad en su interior. Por esto, existe en la Iglesia un servicio especialísimo de cuidado por la unidad en la fe y en la caridad: es el ministerio petrino, cuyo titular es el obispo de Roma, el Sumo Pontífice.

La misión de la Iglesia en China, de frente a centenares de millones de personas, es sobre todo aquella de estar presente como una Iglesia unida y, por lo tanto, creíble. Y estar presente, posiblemente, en todos los lugares en donde se desarrolle la vida del pueblo chino: en cada ocasión, en cada situación, en cada ambiente, en cada vuelta de la historia, compartiendo el destino con humildad, pero también con previsión de la esperanza cristiana, para hacer lugar a un futuro bueno para la humanidad que no puede estar separado del futuro que Dios mismo dona.

Hoy, de frente a los grandes desafíos de nuestros tiempos, que son aquellos de la globalización y de la difusión del bienestar, de la calidad de la vida y del ambiente, de la paz y de los derechos humanos; pero también aquellos de una secularización achatada en el consumo del mundo y de la existencia, aquellos de la cerrazón de los Estados en el propio interés contra aquel de los otros, aquellos de la indiferencia religiosa, de la marginación de las categorías débiles y del descarte social, precisamente allí, la Iglesia está llamada a estar presente, para anunciar a Cristo muerto y resucitado por la vida del mundo.

Parece todo muy bello y simple, dicho así. Sería para preguntarse por qué las autoridades políticas deberían temer a los cristianos o poner ante su camino tantos obstáculos, visto que ellos están animados por tantas buenas intenciones. En verdad, es necesario hacer las cuentas con las circunstancias concretas en las cuales la Iglesia vive. En estas circunstancias puede suceder, a veces, que no solo los errores y los pecados de los cristianos sean condenados, sino incluso sus buenas obras puedan resultar no completamente gratas, por lo menos al inicio.

Desde hace tiempo, parece que las mismas autoridades gubernamentales chinas se han dado cuenta cada vez más que la religión no es un fenómeno superestructural destinado a desaparecer con el progreso económico y con una mayor justicia social, sino que es parte constitutiva del ser humano. Por esto, la genuina experiencia religiosa se vuelve un factor vital para el desarrollo armonioso de la persona y de la sociedad. También en la sociedad avanzada y compleja del tercer milenio, tal presencia demuestra gran vitalidad y capacidad de renovación.

En China se debe tener en cuenta que, según la tradicional visión filosófica confuciana, junto a la enseñanza de valores como la bondad, la amistad, la educación y la obediencia a las figuras autorizadas, está también la idea de que el Estado tiene el derecho de ejercitar el más estrecho control sobre toda forma de religión, usando para tal objetivo también la ley. Por otra parte, la historia china de los siglos XIX y XX incluye un cierto número de revueltas, de varios signos sociales y políticos, contra el gobierno del momento, en las cuales interactuaban diversos factores culturales y religiosos. Más allá del juicio político sobre estos fenómenos históricos, se debe considerar que de ellos se desprendieron también confusión y prejuicio con respecto al hecho religioso en general. Y esto en detrimento, sobre todo, de aquellas grandes tradiciones religiosas que en sí no tienen nada que ver con el sectarismo o con la politización del sentimiento religioso.

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Fuente: www.vaticannews.va [1]