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Dostoievsky o la ternura de un profeta

Mientras el príncipe Mischkin, protagonista de El Idiota, que acaba de regresar a San Petersburgo, espera en la casa del general Epanchine para entrevistarse con él, habla con el doméstico que debe presentarlo, y la conversación recae sobre el tema de la pena de muerte que se aplicaba en Francia por medio del tormento de la guillotina:

“—Si se trata, por ejemplo, de un hombre al cual se somete a la tortura, existe el sufrimiento, las heridas, la agonía corporal que distrae del dolor espiritual, y así, hasta el momento mismo de la muerte, solo sufre de las heridas. Porque el mayor y peor padecer quizá no es el que infligen las heridas, sino la certeza de que, dentro de una hora, de diez minutos, de medio minuto, ahora mismo, el alma se te escapará del cuerpo y dejarás de ser un hombre, y saber que esto ocurrirá irremisiblemente. En la guillotina, lo terrible se concentra en un solo instante, mientras tienes la cabeza expuesta a la cuchilla y oyes como esta se desliza hacia tu cuello (…). Cuando se mata a un hombre legalmente, se comete un crimen mucho mayor que el que cometió el mismo reo. El viajero a quien apuñalan unos forajidos en el bosque tiene esperanzas de salvarse hasta el último momento. Se han dado casos de hombres con la garganta seccionada que no perdían la esperanza de huir, o que pedían que se les perdonase la vida. Y esa última esperanza que hace diez veces más fácil morir, desaparece a causa de esa sentencia irremisible: saber que debes morir. La mayor agonía estriba entonces en el hecho de que sabes que vas a morir, y ninguna tortura peor que esa. Durante una batalla puede llevarse al soldado hasta la boca misma de los cañones. No perderá la esperanza hasta el momento mismo en que disparen contra él. Pero léale a ese mismo soldado su sentencia de muerte y romperá a llorar o se volverá loco. ¿Cómo es posible suponer que un hombre sea capaz de soportar una cosa así sin volverse loco? ¿Por qué esa mofa cruel, abyecta, innecesaria? Quizá exista un hombre al que después de haberlo sentenciado a muerte le hayan otorgado el perdón. Solo ese hombre podría contarnos su agonía. De ese tormento y de ese horror nos habló Cristo. ¡No, al hombre no puede tratárselo así!

Aunque hubiera sido incapaz de enunciar esas ideas con los mismos términos, el doméstico comprendió lo esencial de ellas, como se podía juzgar por la expresión enternecida de su rostro” (El Idiota, 1ª Parte, II).

Cuando leí por primera vez esta página de El Idiota, casi se me cae el libro de las manos. Tan clara y rotunda se me imponía. Ya me había pasado algo así antes, durante un viaje de regreso, en tren, de Junín a Buenos Aires, y en aquella ocasión se trataba de Los Hermanos Karamazov. El sol se ponía a mis espaldas, pero un reflejo en la ventanilla, que raramente estaba limpia, hirió mis ojos en aquel momento revelador y me obligó a cerrarlos. Protegida por los párpados, la mirada se convirtió en memoria. Tenía ante mí los últimos párrafos leídos:

“—A ti ¿qué te pasa, hija mía?
—Dale alivio a mi alma, venerable padre —murmuró ella en voz baja, sin ninguna prisa; después se puso de rodillas y se inclinó a los pies del stárets—. He pecado, venerable padre, tengo miedo de mi pecado.
El stárets se sentó en el peldaño inferior; la mujer se le acercó, siempre de rodillas.
—Soy viuda, va ya para tres años —empezó con un susurro; mientras, todo su cuerpo parecía estremecerse—. Mi vida de casada fue muy dura, él era viejo, me sacudía a base de bien. Cayó enfermo; yo pensaba al mirarlo: y si se pone bien y vuelve a levantarse, ¿qué va a pasar entonces? Y en esos momentos me vino esta idea…
—Espera —dijo el stárets, y acercó el oído hasta los labios de ella—.
La mujer siguió hablando muy bajo, en un susurro, de modo que era casi imposible captar nada. Terminó enseguida.
—¿Es ya el tercer año? —preguntó el stárets—.
—Sí, el tercer año. Al principio no lo pensaba, pero ahora estoy enferma, me ha entrado la angustia.
—¿Vives muy lejos?
—A quinientas verstas de aquí.
—¿Lo has confesado?
—Sí, dos veces.
—¿Te han administrado la comunión?
—Sí, me la han administrado. Tengo miedo; tengo miedo de morir.
—No tengas miedo, no tengas miedo nunca, ni te angusties. Persevera en tu arrepentimiento, y Dios te lo perdonará todo. No hay ni puede haber en toda la tierra un pecado tal que Dios no se lo perdone a quien se arrepienta de verdad. Y el hombre no es capaz de cometer un pecado tan grande que agote el infinito amor de Dios. ¿Puede haber acaso un pecado que supere al amor divino? Tú preocúpate tan solo de arrepentirte sin descanso, y aleja el miedo de ti. Has de creer que Dios te ama de un modo que no puedes ni imaginarte; también con tu pecado y aunque estés en pecado, Él te ama. Más alegría habrá en el cielo por un solo arrepentido que por diez justos, se dijo hace ya mucho. Vete, pues, y no temas. No te aflijas por la gente, no te enojes por las ofensas. Al difunto perdónale sus agravios de todo corazón, reconcíliate con él de verdad. Si te arrepientes, amas. Y, si amas, ya eres de Dios… Con amor todo se compra, todo se salva. Si yo, un pecador como tú, me he conmovido y he sentido compasión por ti, ¿no hará mucho más Dios? El amor es un tesoro tan valioso que con él puedes comprar el mundo entero, puedes redimir no solo tus propios pecados, sino también los ajenos. Vete y no temas.
La persignó tres veces, se quitó del cuello una medalla y se la puso a la mujer. Ella, sin decir nada, hizo una reverencia hasta el suelo…” (Los hermanos Karamazov, 1ª Parte, Libro II, c. III).

Así hablaba el stárets Zósima consolando la culpa de una joven viuda, pero hablaba en él el Espíritu con el fuego profético de Dios que anima todo consuelo para el pecador arrepentido. En cada confesión, en cada absolución, el mismo amor, la misma ternura para que nadie desespere.

Dostoievsky supo en sí mismo de las angustias de la condena a muerte y de la culpa. Con recurso de novelista y poeta crea el misterio y nos introduce en él. Y ese misterio no es otro que el del Evangelio.

Pienso que el mundo de Dostoievsky (¿o todo el mundo?) se puede dividir entre los que comprenden esa ternura, que siente asco por la “justa” pena de muerte, y los que no. Hay una justicia, fría, exacta, milimétrica que no deja lugar a nada. A cada crimen su pena y su castigo. Equilibrio perfecto sin desmesuras. Pero el amor cristiano es desmesurado, no es “justo” ni exacto. “Ustedes oyeron que se les dijo… pero yo les digo”. Hay una nueva ley para corazones de carne y no de piedra.

El príncipe Mischkin conoce la compasión y el misterio de esos corazones. Es de la misma especie que el stárets. En las dos páginas Dostoievsky nos invita a tocar el corazón blando y tierno de estos personajes. Uno tiene la sensación de estar delante de Jesús mismo con las llagas abiertas. Y de respirar su mismo Espíritu.

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Fuente: www.revistacriterio.com.ar [1]