Hermana Nelly León, la capellana de los olvidados

Desde hace dos décadas se ha preocupado incansablemente de la realidad de las mujeres privadas de libertad: «Es un compromiso que debe ser de todos los chilenos, porque de una u otra forma, todos nosotros también generamos delincuencia y pobreza con nuestra indiferencia». «Creo que tenemos que conocernos más. Saber quiénes son los que están en la cárcel. Ese es el desafío que tenemos como sociedad, permanentemente».

Camila Pistacchio

04 septiembre 2018, 11:36 am
18 mins

Su nombre se hizo público cuando afirmó categóricamente que: «En Chile se encarcela la pobreza», mientras daba el discurso de bienvenida al papa Francisco en su visita al Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Joaquín en enero pasado. Desde ese momento, la hermana Nelly León Correa, capellana de ese lugar por cerca de trece años, decidió dar «cuanta entrevista me pidieran», dice. Y no por vanidad, como podrían insinuar algunos, sino porque ella sabe que visibilizar la pobreza y el sufrimiento en las cárceles, es parte de un desafío urgente para el país.

Escogida en 2017 una de las cien mujeres líderes de Chile por su incansable labor en la cárcel, la hermana Nelly ha trabajado en este mundo por más de diecinueve años y, siendo parte de la congregación del Buen Pastor —históricamente ligada al apoyo de mujeres internas—, ha tomado como bandera de lucha la defensa de los derechos de estas personas.

La decisión de trabajar especialmente con mujeres no admite discusión para la capellana: «Creo que somos las más vulneradas en la sociedad», dice y, por eso, junto a su equipo de la Pastoral, a funcionarios y voluntarios de la cárcel, pone su corazón todos los días para llevar un poco de dignidad y esperanza a quienes tienen una doble pérdida cuando son privadas de libertad: «Estas mujeres nunca dejan de ser mamás. Y en su privación, cargan no solo con el dolor de lo que les pasó, sino que también con la culpa de haber abandonado a sus hijos».

Convivir diariamente con ese dolor es «una violencia interior permanente», admite la religiosa. «Muchas veces, tratando de mejorar la calidad de vida de las mujeres, te encuentras con paredes y puertas que no puedes abrir. Basta que una persona te diga que no, y te echa para atrás todo un proyecto. Pero, claro, uno entra y están las mujeres que te esperan y que quieren contarte sus penas y dolores. Al final de cuentas, estamos aquí para contener, para apoyar y consolar».

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