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Recuperando el espíritu de Medellín

Hace cincuenta años se realizó la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, CELAM (26 de agosto al 6 de septiembre de 1968), en Medellín, Colombia. Su texto conclusivo, «La Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II», asumió para nuestro continente el espíritu y las grandes orientaciones del Concilio Vaticano II (octubre de 1962 a diciembre de 1965). En ese sentido, fue mucho más que un documento. Se trató de un verdadero acontecimiento eclesial que marcó la historia de la Iglesia y de sus pueblos en esta parte del mundo.

Dada la situación que estamos viviendo actualmente como Iglesia en Chile, las líneas fundamentales de Medellín debieran ser tomadas en cuenta para buscar un camino de solución frente a los desafíos del presente, tal como lo fueron en su tiempo. Su espíritu recobra hoy gran actualidad.

EL CONCILIO VATICANO II

En la constitución apostólica Humanae salutis (1961), Juan XXIII convocó oficialmente al Concilio, dejando en claro la necesidad de lograr nueva actitud en la Iglesia en su relación con el mundo moderno. Expresó en ese texto que, frente a los males que vive la humanidad, se hace necesario seguir «la recomendación de Jesús cuando nos exhorta a distinguir claramente los signos de los tiempos (Mt 16,3). Creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad» (No 4).

Existía entonces un marcado eclesio-centrismo, que veía en la razón moderna simplemente un adversario, pero con ese Concilio se pasó a una opción de diálogo con la historia, que atiende a la presencia divina mediante una correcta lectura de los signos de los tiempos. Se buscaba superar una actitud cerrada que pone fronteras infranqueables entre los de adentro y los de afuera de la Iglesia, en términos de buenos y malos, como también una distancia de la razón y la ciencia moderna frente a la fe. Aún más, en su discurso inaugural, Gaudet mater Ecclesia (octubre de 1962), Juan XXIII recuerda una distinción clave que posibilita este diálogo: «Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa» (N° 14). También, este cambio de enfoque va acompañado también de una renovación en el estilo pastoral. Anteriormente, con frecuencia se enfrentaban los errores mediante condenas severas. Sin embargo, Gaudet mater Ecclesia promovía un cambio: «En nuestro tiempo la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos» (N° 15). Así, la finalidad del Concilio era más pastoral que doctrinal. Se sentía la necesidad imperante de una renovación, un aggiornamento, que le permitiera abrirse —no adaptarse— al tiempo presente mediante la contextualización de la proclamación de la Buena Noticia.

El primer párrafo de la constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre la misión de la Iglesia en el mundo actual, expresa esta nueva mirada. «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia».

Este giro eclesiológico-evangelizador se manifiesta en la expresión los signos de los tiempos, que permite y exige la comprensión de que en la situación humana se encuentran huellas de la historia de salvación. «Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada» (Gaudium et spes, N° 44).

En ese sentido, el Concilio se empeñó a escuchar la historia, mediante la renovación de su dinámica evangelizadora y un lenguaje comprensible acorde a los tiempos. Se hizo de la historia humana un lugar teológico, una oportunidad de búsqueda y encuentro con Dios. Los hechos históricos se transformaron en signos de los tiempos: una interpelación de Dios que requiere la respuesta del creyente en una situación histórica concreta.

LA PREOCUPACIÓN DE MEDELLÍN

Esta revaloración de lo humano y de su historia permitió a América Latina asumirse como una identidad propia. Recurriendo a la categoría conciliar de los signos de los tiempos, Medellín se hace intérprete de la situación de una mayoría creyente, aunque en condiciones de pobreza. Por primera vez, la autoridad episcopal colegial denuncia la gravísima situación de injusticia social a la que se señala como violencia institucionalizada (cf. Paz, N° 16), y, por tanto, «esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo» (Justicia, N° 1).

El episcopado latinoamericano denuncia la separación entre fe y vida que produce una ceguera y una escandalosa complicidad frente a las evidentes injusticias. «En el grupo de los conservadores o tradicionalistas, se encuentra con más frecuencia la separación entre fe y responsabilidad social… La pertenencia a la Iglesia es más de tipo tradicional y, a veces, interesada. Dentro de estos grupos, más que verdadera crisis de fe, se da crisis de religiosidad» (Pastoral de las elites, N° 10).

La auténtica experiencia de fe se hace verdad en la preocupación por una sociedad justa, donde todos son tratados como hermanos. Por ello, el amor cristiano, «no es solamente el mandato supremo del Señor; es también el dinamismo que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad» (Justicia, N° 4). Por consiguiente, es preciso evitar el dualismo que separa las tareas temporales de la santificación, porque el amor a Cristo y a los hermanos es la que inspira la preocupación por la justicia social (cf. Justicia, N° 5).

Posteriormente, en la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil (2007), la Iglesia latinoamericana resumió su fidelidad al espíritu conciliar, señalando que daba un nuevo paso ser «en el camino de la Iglesia, especialmente desde el Concilio Ecuménico Vaticano II» y dando continuidad a las previas conferencias episcopales de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992).

VOLVER A LA INSPIRACIÓN CONCILIAR LATINOAMERICANA

En mayo pasado, en su discurso a la Conferencia Episcopal Chilena en el Vaticano, el papa Francisco les encomendó la misión de «seguir construyendo una Iglesia profética, que sabe poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el migrante, en el abusado. (…) Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado».

La crisis que se está viviendo, y sufriendo, como Iglesia, como pueblo de Dios, constituye una oportunidad única no solo para reconocer el daño causado y buscar caminos de reparación, sino también para discernir el aggiornamento que se requiere en su estructura organizacional como también en comprender su misión en el nuevo contexto de una sociedad pluralista.

En una época de profundos cambios culturales, existe la tentación de ofrecer las respuestas de ayer frente a los interrogantes de hoy. Por ello, se requiere el recurso al discernimiento, preguntándose qué haría Cristo hoy en mi lugar. Medellín ha sido un ejemplo en ese sentido, porque supo hacer una correcta lectura de los signos de los tiempos en su época (en la actualidad, habría que colocar los temas del medio ambiente, la mujer, los derechos humanos…) mediante el recurso a un método (ver-juzgar-actuar), el diálogo con la sociedad (escuchar), la acogida de los invisibles en la historia del subcontinente, el reconocimiento de la verdad de los hechos y la centralidad del Evangelio en su discurso. MSJ