¿Votar o no votar?

La participación es también un pilar del sistema democrático y acudir a las urnas constituye una mínima, aunque necesaria, expresión de participación.

Revista Mensaje

09 Noviembre 2017, 5:30 pm
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El domingo 19 de noviembre la ciudadanía está convocada para ejercer su derecho a elegir a algunas de las máximas autoridades políticas del país en un régimen de democracia representativa. El sufragio universal es un elemento fundamental de un sistema democrático y el medio indispensable para poner en práctica el principio de la representación. Sin embargo, el actual ambiente de sospecha e indiferencia frente al mundo político ha dado lugar al fenómeno del ausentismo electoral.

Esto se ha manifestado en la historia reciente. En la última elección parlamentaria y en la segunda vuelta presidencial (2013) votó apenas el 49% y el 42%, respectivamente, de los inscritos en el padrón electoral. En la municipal de 2016, lo hizo apenas el 35%.

En el día de las elecciones, ¿votar o no votar? se presenta como un dilema para aquellos ciudadanos que no se sienten representados por los candidatos presidenciales y para quienes han perdido su confianza en el estado actual del régimen democrático.

Frente a este dilema es preciso entender el presente haciendo referencia al pasado, ya que de esta manera se puede apreciar lo que se tiene, fruto de una larga serie de conquistas sociales. Claramente existen serias razones para haber llegado a esta situación de profunda desconfianza frente al mundo político, poniendo en duda la utilidad del acto de votar como unos de los pilares de un sistema democrático. Sin embargo, la interrogante clave consiste en preguntarse si la solución consiste en caminar fuera del sistema o participar en él para superar las dificultades y las deficiencias.

UN DERECHO ADQUIRIDO

Las primeras elecciones que se realizaron en Chile fueron en diciembre de 1810, en las que se eligió el primer Congreso Nacional que se instaló el 4 de julio de 1811, con 42 diputados. La participación estuvo limitada a una elite.

Recién en el año 1888 se permitió el voto a todos los varones que supieran leer y escribir, aunque no fueran propietarios de algún inmueble ni tuvieran una renta fija. Posteriormente, en 1925, la Constitución incluye al derecho del voto a los sirvientes de casas particulares. Con respecto al voto de las mujeres: en el año 1935 se les permite sufragar en las elecciones municipales y luego, en ley promulgada el año 1949, en las presidenciales y parlamentarias. Así el sufragio femenino comenzó a concretarse en los comicios de 1952. Solo ese año, entonces, se pudo ejercer el sufragio universal en Chile.

Por consiguiente, la posibilidad de elegir a las propias autoridades políticas ha sido un extenso proceso de conquista social. Tomarlo por supuesto sería desconocer esa lucha ciudadana. Por el contrario, el sentido histórico sabe apreciar la conquista del presente a partir de la lucha del pasado.

DERECHOS Y DEBERES CIUDADANOS

En la actualidad abunda el discurso sobre los derechos, pero escasea uno sobre los deberes y las responsabilidades correspondientes. Así, se corre el peligro de infantilizar la ciudadanía porque se favorece que ella pida y exija, sin aportar algo a cambio. Exigir, pero no comprometerse es la actitud inmadura de una persona centrada en sí misma y que no asume que vivir es convivir. «No te preguntes», decía John F. Kennedy, «qué puede hacer tu país por ti, más bien pregúntate qué puedes hacer tú por tú país». Una democracia que se asume representativa sin ser participativa constituye una contradicción.

El papa Juan XXIII complementó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) al subrayar, en su encíclica social Pacem in terris (1963), que a cada derecho corresponde un deber, una responsabilidad. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004) resume en los siguientes términos la inspiración de Juan XXIII: «Inseparablemente unido al tema de los derechos se encuentra el relativo a los deberes del hombre… Frecuentemente se recuerda la recíproca complementariedad entre derechos y deberes, indisolublemente unidos, en primer lugar, en la persona humana, que es su sujeto titular. Este vínculo presenta también una dimensión social: en la sociedad humana, a un determinado derecho natural de cada hombre corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo. El Magisterio subraya la contradicción existente en una afirmación de los derechos que no prevea una correlativa responsabilidad: por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen» (N° 156).

EL RÉGIMEN DEMOCRÁTICO

El término democracia proviene del griego antiguo (δημοκρατία) y fue acuñado en Atenas en el siglo V a.C. a partir de los vocablos δῆμος (pueblo) y κράτος (poder). Esta palabra hace referencia a una forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos. En otras palabras, es una doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes: (a) democracia directa cuando se ejerce por la ciudadanía sin la mediación de representantes (asambleas vecinales, referendos o iniciativas ciudadanas), y (b) democracia representativa cuando opera a través de representantes elegidos mediante elecciones libres y periódicas.

El voto forma parte esencial de los sistemas de organización democrática. Así, en las democracias modernas el sufragio universal es un componente relevante del voto, por el cual no existen exclusiones formales para este ejercicio dentro de los límites jurídicos que demarca la ley de cada país. De hecho, uno de los pilares de las sociedades democráticas del siglo veinte ha sido el aumento de la cantidad de individuos en condiciones de votar, con la progresiva incorporación de sujetos de menor edad, mujeres y otros grupos históricamente marginados en muchos de sus derechos cívicos.

La obligatoriedad del voto ha sido fuente de debate público a lo largo de las décadas. Sus detractores opinan que, al ser obligatorio, el voto pierde su condición de derecho para convertirse en un deber, restando así su condición democrática. Sin embargo, esta postura contrapone, como excluyente, derecho y deber, es decir, libertad y responsabilidad.

EL VOTO PROTESTA

Por consiguiente, en un sistema democrático acudir a las urnas es una responsabilidad ciudadana. Sin embargo, algunas personas se encuentran con la dificultad de no sentirse representadas por ningún candidato y ante ello pueden no ir a votar, lo que tiene nulo valor ciudadano porque puede ser interpretado como simple flojera o indiferencia. En cambio, para ellas existe siempre la posibilidad de acudir a las urnas y votar en blanco, lo que se configura como voto protesta. Un ciudadano ejerce de esa manera su responsabilidad al expresar interés en lo político como organización de la convivencia social, y, a la vez, disconformidad con los actuales candidatos. Actúa, entonces, democráticamente en su expresión de protesta cívica. No rechaza el régimen democrático, sino que exige su reforma. En otras palabras, su conducta es una expresión de —y un rechazo a— la deficiente calidad de la democracia en el país.

El ausentismo masivo en un proceso electoral puede debilitar gravemente los cimientos de un régimen democrático, pues niega el principio de la representatividad. Obviamente, la participación es también un pilar del sistema democrático y acudir a las urnas constituye una mínima, aunque necesaria, expresión de participación.

La crisis del régimen de una democracia representativa tiene múltiples causas, como, por ejemplo, un individualismo que impide pensar en un «nosotros», la preferencia por una participación directa —y sin representación— en las redes sociales o una mentalidad anárquica que rechaza las instituciones. Sin embargo, un régimen solo puede ser representativo en la medida en que sea participativo.

Lo más grave, que probablemente podría explicar el creciente ausentismo ciudadano, es una desesperanza aprendida: muchos tienen la impresión de que el voto mayoritario no incide finalmente en el curso de un Gobierno democrático. Sin duda, ha habido avances, como en el caso del voto de los chilenos en el extranjero, pero también resulta imprescindible la tarea de favorecer la calidad de la democracia mediante una participación que tenga una real incidencia en la representación. MSJ

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