¿Ola o maremoto?

No se trata de comparar lo masculino con lo femenino, sino de encontrar la plenitud de lo humano en la complementariedad entre lo femenino y lo masculino.

Revista Mensaje

28 junio 2018, 5:03 pm
12 mins

El movimiento feminista, y las demandas por un mayor respeto a la mujer, en las últimas semanas se han hecho presentes con mucha fuerza en las universidades y en la calle. En las primeras, tanto públicas como privadas, ha habido tomas, paralización de actividades y movilizaciones desde Arica hasta Punta Arenas, registrándose además tres marchas masivas en Santiago y una en Valparaíso. En muchas partes del mundo han ocurrido recientemente manifestaciones semejantes.

La encuesta Plaza Pública de mayo reciente revela que el 77% de las personas encuestadas considera que Chile es un país machista. De este universo comparten tal parecer el 64% de los hombres y el 90% de las mujeres. En otras palabras, los hombres están menos conscientes del problema. El 63% de las mujeres afirma que se ha sentido alguna vez discriminada o violentada por el hecho de ser mujer. El 71% del total de las personas consultadas sostiene estar de acuerdo con la movilización feminista y el 65% con las marchas en la vía pública, aunque solo el 31% con las tomas de las universidades y colegios. Una encuesta de la Corporación Humanas (2017) indica que el 89% de las mujeres ha sido acosada alguna vez en su vida.

UN CAMBIO CULTURAL

El caso de Nabila Rifo (brutalmente agredida por su expareja, que le arrancó los ojos y la dejó al borde de la muerte, en mayo de 2016), las denuncias de actrices abusadas por productores u otros profesionales del mundo del espectáculo, y las acusaciones contra algunos profesores universitarios, entre otros hechos, han remecido la conciencia de la sociedad chilena.

En el fondo, el movimiento de protesta reclama contra la cultura machista predominante en el país y defiende el derecho de las mujeres a ser tratadas socialmente en igualdad de condiciones y de oportunidades, y sin violencia. La mentalidad machista degrada la figura de la mujer, considerándola inferior al varón y la cosifica, considerándola solo como un objeto de deseo sexual. Muchas veces esto se expresa en violencia económica, psicológica o física.

En otras palabras, lo que se pide es un cambio de cultura en la sociedad; una manera distinta de trato hacia la mujer, reconociendo su igual dignidad en derechos y deberes. Por tanto, esta protesta no se limita a un reclamo de protocolos institucionales y medidas legales, aunque necesarias, sino que busca la transformación de una mentalidad en la sociedad, principalmente por parte del varón en su relación con la mujer, de la auto-comprensión de algunas mujeres en su relación con ellas mismas y con el hombre, y del mismo hombre sobre su masculinidad.

Así, la gran pregunta es: ¿se está frente a una ola pasajera o ante un auténtico maremoto que exige una reconstrucción del paisaje cultural? Es decir, se trata de algo puramente formal o más bien de algo estructural, que consiste en descodificar un código de interpretación cultural, mediante una recodificación de la lectura sobre una realidad relacionada con la relación entre distintas identidades sexuales. Por tanto, si se acepta la segunda hipótesis, la interrogante es: ¿Cómo hacer los cambios para superar la mentalidad machista?

UNA DEUDA HISTÓRICA

Los filósofos antiguos (incluso Aristóteles) consideraban a la mujer como «un varón frustrado», y, por ello, inferior al hombre en dignidad y en poder. Esta comprensión trajo problemas a la teología, porque si la mujer se entiende como un varón fallado, entonces el Creador se equivocó al crearla.

Santo Tomás de Aquino (1225-1274), en su Suma Teológica, tuvo que enfrentar esta dificultad. En la Parte Primera, Cuestión 92, Artículo 1, se pregunta: «¿Debió o no debió ser hecha la mujer?». Y responde: «Fue necesaria la creación de la mujer, como dice la Escritura, para ayudar al varón no en alguna obra cualquiera, como sostuvieron algunos, ya que para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros hombres, sino para ayudarle en la generación».

Este concepto de la inferioridad del rostro femenino se prolongó a través de los siglos. Los dichos sobre la mujer reflejan una cultura dominada por el varón: «voluble e inconstante es siempre la mujer» (Virgilio); «la fragilidad tiene nombre de mujer» (William Shakespeare); «las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas» (Oscar Wilde). Sin embargo, esta cultura traiciona una fuerte ambigüedad, ya que, por una parte, resalta el concepto de una inferioridad femenina, pero, por otra, el varón se describe como viviendo una debilidad frente a su presencia. «La mujer es un hermoso defecto de la naturaleza» (John Milton); «las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo» (Napoleón Bonaparte).

RESCATAR EL ROSTRO FEMENINO

Simone de Beauvoir (1908-1986) es una de las precursoras al emprender el camino de la reivindicación de la mujer. Se puede resumir lo central de su pensamiento en dos de sus expresiones célebres: (a) el «segundo sexo», que hace referencia al fenómeno de identificación de lo humano con lo masculino (el androcentrismo) y la correlativa exclusión de las mujeres; y (b) «no se nace mujer, se llega a serlo», porque a partir de la diferencia anatómica entre los cuerpos de hombres y mujeres, las sociedades han construido complejos dispositivos que buscan controlar qué es lo que las mujeres pueden ser y hacer.

En todo ese contexto, la defensa de la mujer se transformó, particularmente desde la segunda mitad de los noventa, en una propuesta jurídico-política feminista que busca ensanchar los contornos de lo humano, a fin de incluir efectivamente a las mujeres.

En el actual discurso ético se ha superado la mentalidad de considerar a la mujer como «tentación» y «seducción», y se sostiene que la relación entre mujer y hombre no se puede plantear en términos de comparación (a partir de uno de los dos), sino de complementariedad entre los dos (siendo lo humano el referente primero). En otras palabras, no se trata de comparar lo masculino con lo femenino, ya que en este caso se asume uno de los referentes como primario para poder comparar, sino de encontrar la plenitud de lo humano en la complementariedad entre lo femenino y lo masculino.

¿PARTICIPACIÓN O RECONOCIMIENTO?

El discurso eclesial sobre la mujer también está cambiando. De hecho, la Iglesia latinoamericana ya ha denunciado reiteradamente la situación de marginación que padece la mujer en el subcontinente. El episcopado latinoamericano, reunido en Santo Domingo (1992), al reafirmar la igual dignidad de la mujer y el hombre, formuló la advertencia de que «aunque teóricamente se reconoce esta igualdad, en la práctica con frecuencia se la desconoce» (Documento de Santo Domingo, N° 105).

Juan Pablo II, en su Mensaje para la XXVIII Jornada Mundial de la Paz, La mujer: educadora de la paz (1995), afirma que, si el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro, esto no quiere decir que Dios los haya creado incompletos. En la comunión de personas, cada uno puede ser ayuda para el otro, porque son, a la vez, iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto masculino y femenino.

Sin embargo, en la actual mutación cultural con respecto a la comprensión de la mujer, dentro y fuera de la Iglesia, se hace la pregunta sobre su presencia en la comunidad de los bautizados. El mismo Papa Francisco se plantea la interrogante: «También en la Iglesia es importante preguntarse: ¿qué presencia tiene la mujer? Sufro —digo la verdad— cuando veo en la Iglesia o en algunas organizaciones eclesiales que el papel de servicio —que todos nosotros tenemos y debemos tener— de la mujer se desliza hacia un papel de servidumbre… Cuando veo mujeres que hacen cosas de servidumbre, es que no se entiende bien lo que debe hacer una mujer. ¿Qué presencia tiene la mujer en la Iglesia? ¿Puede ser mayormente valorada?» (Discurso a los participantes en el Seminario organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos con ocasión del XXV aniversario de la Mulieris dignitatem, 12 octubre 2013).

En estos días se ha hablado mucho de la necesidad de una mayor participación de las mujeres en la Iglesia. Sin embargo, el verdadero desafío no es solo su participación, porque ellas ya lo hacen, sino el reconocimiento de su contribución a la Iglesia, porque su ausencia o presencia inadecuada impide el auténtico rostro de lo humano. En otras palabras, más que incluirlas en algunas funciones, lo esencial consiste en la presencia de su perspectiva femenina en la vida y las decisiones de la Iglesia. MSJ

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