Iglesia chilena: Autocomprensión en tiempos de crisis*

En la base del grave momento que vive la institución eclesial, están la insuficiente conciencia que tiene su jerarquía de que pertenece al Pueblo de Dios y no es una élite, y que no puede ejercer su autoridad como si esta fuera un mero poder por sobre la comunidad. El papa Francisco ha insistido en que los católicos nos constituyamos en una «Iglesia en salida», es decir, más empática con el mundo y más respetuosa con aquellos cuyas opciones no se ajustan a nuestra cultura religiosa.

Fernando Berríos M.

01 agosto 2018, 5:00 pm
18 mins

La visita del papa Francisco en enero de 2018 produjo algo inesperado en nuestro país. Puso de manifiesto una crisis profunda que, si bien estaba instalada ya desde hace tiempo en el corazón de la Iglesia chilena, se hallaba más bien contenida o reprimida con católica discreción. Podríamos decir que desde la explosión del caso Karadima, a comienzos de la década, comenzaron a percibirse entre los católicos chilenos los movimientos incontenibles de un mar de fondo, señales de esta crisis que ahora ya se ha declarado abiertamente, aunque todavía no podamos sopesarla en toda su magnitud. Tras la visita del Santo Padre, muchos nos quedamos con una sensación de molestia por la forma en que el obispo Juan Barros participó del acontecimiento y por las repercusiones que ello tuvo, incluyendo, por cierto, las declaraciones que el mismo Papa hizo al respecto a la prensa en la ciudad de Iquique. Tras todo ello quedó en muchos una sensación muy ingrata, pero probablemente pocos habrían imaginado lo que vendría.

EL PROBLEMA DE FONDO: LA CRISIS DE LA CONCIENCIA DE SER PUEBLO DE DIOS

Viendo las cosas con más detención, en ese momento ya hubo señales preocupantes. Se observaron, por ejemplo, en el encuentro del Papa con los obispos en la sacristía de la Catedral de Santiago, el 16 de enero. En esa ocasión me impresionó que las palabras que Francisco dirigió a sus anfitriones estuvieran lejos de ser un simple saludo protocolar. Más bien aprovechó la ocasión, de una manera muy práctica, para «retomar algún punto» de las conversaciones sostenidas con ellos durante la última vista ad limina. Este punto no era, estrictamente hablando, un aspecto específico de la vocación y del quehacer episcopal, sino una dimensión fundamental de la autocomprensión de la Iglesia en su conjunto; pero de inmediato quedaría clara la importancia de situar, precisamente, en ese horizonte eclesiológico el problema que quería confrontar con los obispos chilenos reunidos.

El punto central es «la conciencia de ser pueblo, ser pueblo de Dios»; y el problema aquí señalado —en transmisión directa de radio y televisión para todo Chile y el mundo— es que, a juicio del Papa, los obispos chilenos están más que lejos de aportar a esta comprensión de la Iglesia. El Papa lee este déficit como expresión de una forma de participación de la jerarquía chilena en la cultura de la posmodernidad, tan vilipendiada últimamente en los ambientes católicos. Los obispos (entre los cuales el mismo Papa se incluye) y el clero no están exentos de experimentar el «sentir posmoderno» de la «orfandad», del sentimiento de la no pertenencia: «Empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos»(1). Esta sensación de orfandad sería la verdadera fuente del clericalismo, «que resulta una caricatura de la vocación recibida» y que constituye «una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar». La profundidad y la dureza de esta reflexión del Papa, tan poco protocolar y tan poco diplomática, no radica en el simple reproche por el autoritarismo en que la jerarquía habría incurrido a menudo. Lo más importante, para el Papa Francisco, es lo de fondo, y que tiene que ver con la soledad de la autoridad entendida y ejercida como poder en una comunidad, la Iglesia pueblo de Dios, de la que finalmente los pastores pueden llegar (o a menudo han llegado) a sentirse aparte. Es decir, el drama de la no pertenencia. Y en esta verdadera alienación, los fieles católicos en general nos acostumbramos a entender y a creer que, efectivamente, los miembros del clero son «una élite», un grupo aparte, la porción de «unos pocos elegidos e iluminados».

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Fernando Berríos M.

Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile