El Padre Hurtado, John Dewey y la Escuela Nueva

En una sociedad polarizada en la que muchos buscaban dificultar la acción de la Iglesia en la educación, el santo chileno hizo una apuesta radical por teorías pedagógicas que buscaban poner efectivamente al niño en el centro. La tesis doctoral del santo chileno busca conciliar las propuestas del estadounidense —relevantes, pero desconocedoras de la espiritualidad humanas— con su pensamiento católico y con las nuevas corrientes educativas de la época.

M. Josefina Santa Cruz Valenzuela

Montserrat Cubillos Guzmán

02 octubre 2018, 3:45 pm
18 mins

En modo similar a la época que vivimos hoy, las primeras décadas del siglo XX fueron tiempos de importantes debates en temas de educación. Alberto Hurtado comenzó su doctorado en educación en la Universidad de Lovaina en medio de una controversia anticlerical por el derecho a educar. Este anticlericalismo era eco de un movimiento mayor, que ya se empezaba a notar en todo el mundo. La máxima principal era la separación entre Iglesia y Estado, proclamada en Estados Unidos en 1789 y más tarde en México en 1857, en Francia en 1905, en Portugal en 1911 y en España en 1931. El movimiento llegó también a América Latina, donde se tradujo en leyes equivalentes en Colombia, Argentina y Chile, entre otros países.

Así como en Europa, en nuestra nación comenzó un movimiento a favor de una reforma educacional que arrebatara la labor de educar de las manos de una elite conservadora y la pusiera definitivamente en manos del Estado. Las corrientes laicistas buscaban una educación de carácter popular, que abarcara a toda la población. El interés por poner la labor educativa en manos de la institucionalidad estatal quedó de manifiesto en el Congreso Pedagógico de 1883 y en la Constitución de 1925, que constató la separación entre la Iglesia y el Estado, «mantuvo el principio de libertad de enseñanza [proclamado en la Constitución de 1833] y declaró que la educación era atención preferente del Estado» (Contreras & Villalobos, 2010, p. 401).

El alejamiento de la Iglesia del poder político supuso una amenaza al papel que ella había jugado históricamente en materias educativas. La encíclica publicada por el papa Pío XI el 31 de diciembre de 1929, Divini Illius Magistri, retrata muy bien la preocupación que ella tenía por fundamentar su derecho a educar y por proponer una educación que jamás perdiera de vista el sentido de trascendencia y el fin último de la vida del hombre. Esta inquietud eclesial respondía, por ejemplo, a las leyes promulgadas en Francia entre 1880 y 1886, como consecuencia del movimiento liderado por Jules Ferry. La proclamación de esas normas legales cambió la estructura de la educación. Por primera vez, se declaró la Escuela Laica, concepto que apartó a la Iglesia católica de la tarea de educar y puso al Estado en el centro.

Este contenido está disponible sólo para los suscriptores activos de Revista Mensaje. Si eres suscriptor, ingresa aquí, o bien, sigue aquí las indicaciones para suscribirte o renovar tu suscripción a nuestra revista.

M. Josefina Santa Cruz Valenzuela

Magister en Educación PUC; Decana de la Facultad de Educación, Universidad del Desarrollo

Montserrat Cubillos Guzmán

Doctora © en Educación, Universidad de Maryland; profesora de la Facultad de Educación, Universidad del Desarrollo