EE.UU. vs. China: la batalla de los aranceles

El actual Gobierno estadounidense ha renunciado a la competencia con sus rivales económicos y ha priorizado la meta de equilibrar su balanza comercial, implementando un enfoque netamente bilateral en sus vínculos de comercio. La tensión con China es el ejemplo más visible en esa materia: lo que se observa es un juego de póker que puede afectar a todos los participantes.

Raúl Sohr

06 noviembre 2018, 5:14 pm
17 mins

Estados Unidos golpea a China, desde enero, con una serie incremental de aranceles. Beijing replica con restricciones similares. Así, la barrera arancelaria impuesta por Washington alcanza ya a la friolera de US$ 250 mil millones. Pese a los gigantescos montos, que plantean severas amenazas para las respectivas economías, ninguna de las partes ha dado el brazo a torcer.

Para el presidente Donald Trump, la aritmética del pleito es simple: Estados Unidos importa US$ 500 mil millones desde China y le exporta US$ 150 mil millones. Con estas cifras es claro que Washington tiene más donde presionar a su rival económico. Ello explica, en parte, la confianza de Trump al proclamar que «las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar». La premisa descansa en el hecho de que Estados Unidos mantiene un déficit en su comercio con la mayoría de los grandes países. De lo que se trata, como reza el eslogan de la campaña presidencial trumpiana, es «Hacer América grande nuevamente». Ello, entre otras cosas, pasa por equilibrar la balanza comercial con el resto del mundo y, en especial, con China.

Washington ha renunciado a la competencia directa con sus rivales económicos. En el sistema imperante hasta el actual Gobierno estadounidense, las disputas comerciales se ventilaban ante la Organización Mundial de Comercio (OMC). En la perspectiva de «América primero», Washington, sin embargo, optó por un enfoque bilateral. En la renegociación del NAFTA, el acuerdo norteamericano de libre comercio, Estados Unidos desmanteló el tratado trilateral para llegar a un acuerdo con México. Luego, cerrado el trato con sus vecinos meridionales, en el que obtuvo importantes concesiones en la producción automotriz, se volvió hacia Canadá, país al que amenazó con elevados aranceles. A Ottawa le exigió, si quería acceso para las industrias metalmecánicas, que abriese el mercado lácteo a sus exportadores. En este campo logró avances significativos. Lo mismo ocurrió con Corea del Sur. Con la Unión Europea, luego de una serie de fricciones, se ha alcanzado una tregua. Pero pesa la amenaza sobre las industrias del acero y el aluminio, amén de otros productos manufacturados. En la mira de los negociadores estadounidenses están los automóviles de alta gama alemanes.

Con China las exigencias son más amplias. No solo le piden equilibrar la balanza del comercio bilateral. También le exigen respetar las patentes comerciales y el fin de las transferencias forzadas de tecnología. A muchas industrias se las obliga, para entrar al mercado chino, a asociarse con empresas locales que así ganan know how a expensas de los inversionistas. En esta materia hay un amplio consenso en Estados Unidos. Ya el presidente Barack Obama criticó lo que consideró prácticas proteccionistas por parte de Beijing.

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Raúl Sohr

Analista internacional