Nacer de nuevo

La actual fiesta se ha independizado de su raíz cristiana. Así, se puede hablar con todo rigor de la celebración de dos navidades que coexisten en torno a la fecha del 25 de diciembre: una Navidad litúrgica que celebra el nacimiento del Hijo de Dios, y la navidad cultural que tiene un fuerte talante consumista.

Revista Mensaje

07 diciembre 2018, 4:15 pm
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En la primera etapa del cristianismo, la celebración fundamental fue la Pascua de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, proclamado como el Cristo por el Padre Dios. El nacimiento de Jesús era un tema muy secundario, porque la fe se proclama a partir del evento pascual, cuando Jesús es proclamado como el Dios hecho hombre o el rostro visible de Dios (cf. Hechos 2, 22-36).

EL ORIGEN DE UNA FECHA

Solo en el siglo IV se encuentran referencias a la celebración litúrgica de la Natividad. El Papa Julio I (337-352) fija la fiesta de Navidad para el día 25 de diciembre, haciendo coincidir las fiestas paganas de las Saturnales con la celebración del nacimiento del Mesías. Sin embargo, las iglesias ortodoxas, que no adoptaron el calendario gregoriano, la celebran el 7 de enero.

La mayoría de los estudios consideran que la fecha del 25 de diciembre fue escogida para cristianizar la fiesta pagana del natalis solis invicti (el nacimiento del sol invicto), el día del solsticio de invierno, porque la noche más larga de invierno es seguida por el nacimiento del sol durante el día siguiente. Por tanto, se pasa del nacimiento del dios solar a la Persona de Jesús el Cristo como el sol naciente para la humanidad. La elección de la fecha es más simbólica que real, porque en el mismo Evangelio se cuenta que «había en aquellos campos unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turnos durante la noche su rebaño» (Lc 2, 8), es decir, era la época de primavera, verano u otoño, pero ciertamente no de invierno ya que en Palestina el tiempo invernal no es apto para pasar la noche fuera con el rebaño.

Con el paso de los siglos, la fiesta de la Navidad fue cobrando más importancia en el mundo cristiano, incorporando litúrgicamente el tiempo de Adviento como preparación previa. Al respecto, cabe destacar la figura de san Francisco de Asís, quien fue el gran promotor del pesebre de Belén al inaugurar, en el año 1223, un nacimiento en una Gruta de Greccio (valle italiano de Rietti), con permiso del Papa Honorio III, para ambientar la Misa de Nochebuena.

DOS NAVIDADES

La fiesta cristiana de Navidad se extendió rápidamente por todo Occidente y llegó a formar parte de su cultura, expresándose en múltiples manifestaciones: el árbol de Navidad, la cena navideña y la entrega de los regalos, recetas culinarias, adornos, pesebres, obras de teatro, villancicos, actividades para niños, campañas solidarias… Sin embargo, la actual fiesta se ha independizado de su raíz cristiana. Así, se puede hablar con todo rigor de la celebración de dos navidades que coexisten en torno a la fecha del 25 de diciembre: (a) una Navidad litúrgica que celebra el nacimiento del Hijo de Dios, y (b) la navidad cultural que tiene un fuerte talante consumista.

Por tanto, no solo coexisten dos maneras de entender y festejar la Navidad, sino que también se da una clara contradicción entre ambas. La costumbre de intercambio de regalos, que era expresión del amor y la gratuidad que están en el alma del cristianismo, se transformó e hizo que el consumo sea hoy el gran protagonista en los días previos a la fiesta, porque en el calendario comercial se multiplican las ventas de toda clase de productos. Las tiendas especialmente adornadas y las calles bellamente iluminadas temáticamente no hacen referencia a Belén, sino que forman parte de la seducción comercial para alentar el consumo. El concepto de regalo se ha materializado totalmente, reduciéndose a un regalar algo. Sin embargo, en la fiesta cristiana se celebra el regalarse de Dios a la humanidad en un ambiente humilde, sencillo y hasta marginado. Los relatos evangélicos subrayan ese contexto y la tradición lo ha transmitido fielmente, especialmente mediante el elemento del pesebre (el recipiente donde comen los animales), junto a la presencia del asno y del buey.

UNA INVITACIÓN A NACER DE NUEVO

La palabra navidad viene del latín Nativitas, que significa nacimiento. Por ello, la Navidad cristiana festeja el nacimiento del Niño Dios. Pero esta celebración solo cobra su auténtico sentido en cuanto el celebrante esté dispuesto a dejar a Dios nacer en su propia vida. Dios se hace visible en la historia humana en cuanto sus discípulos sean testimonio vivo de Él. Cómo no recordar la profunda intuición del poeta religioso germano Angelus Silesius (1624-1677), cuando se pregunta de qué sirve celebrar el nacimiento en Belén si uno no está dispuesto a dejar a Jesús nacer en su propia vida.

Lo más probable es que la razón de esta resistencia sea el miedo, porque dejar a Jesús nacer en la propia vida es estar dispuesto a perder el control sobre ella, porque es vivirla según Él, y su mensaje. Solo es posible dar este paso si uno cree profundamente en el amor de Dios por uno. El amor es lo único que lleva a confiar tanto en el Otro, en la convicción de que Él nos amó primero (cf. 1 Jn 4, 19).

La Navidad cristiana no es celebrar algo del pasado, una nostalgia de la infancia, un retorno en el tiempo. Por el contrario, Navidad es celebrar el hoy del tiempo. Así, para que la Navidad no se reduzca a una mera evocación cultural, acompañada por una sensación de romanticismo, sin consecuencias prácticas para la vida cotidiana, es preciso profundizar en su origen y significado. No es una simple fiesta de cumpleaños ni una celebración periódica del misterio de la infancia. La Navidad es algo más profundo, porque supone la entrada de Dios en la historia humana. En ese sentido, la Navidad no es solo recuerdo, sino también una presencia, ya que Jesús el Cristo ha entrado en nuestra historia y se ha quedado para siempre con nosotros.

Este Niño Dios nace en un pesebre, en condiciones de marginalidad. San Juan lo dice claramente: vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron (cf. Jn 1, 11). Es dramático constatar que en Belén no hubo lugar para recibir al niño y, por eso, sus padres tuvieron que hospedarse en un humilde establo. Por consiguiente, la celebración de Navidad no niega el trágico espesor de la historia humana ni tampoco la dureza de las situaciones que provocan la pérdida de la esperanza. No se celebra Navidad para olvidar; se celebra para escuchar en la noche el grito de alegría debido al mensaje del Dios para con la humanidad. Que hoy sea de verdad Navidad depende totalmente de la decisión de todos y cada uno de sus discípulos, porque, por una parte, el Niño Dios está dispuesto a nacer en los pesebres humanos, pero, por otra, todo depende de si las manos están dispuestas a abrirse para recibirlo.

ATREVERSE A SOÑAR

Litúrgicamente, la celebración de Navidad viene precedida por el tiempo de Adviento. En otras palabras, una instancia de preparación para vivir adecuadamente la fiesta y no de cualquier manera. Adviento cobra mayor importancia en la actualidad, en cuanto constituye una etapa para considerar, reflexionar y prepararse, para estar disponible de prolongar en el curso de la historia el nacimiento del Niño Dios a través de la propia vida. Es decir, el Adviento no es el tiempo cronológico previo a la Navidad, sino el momento clave de preparación para vivir de manera significativa y relevante la Navidad.

El benedictino Anselm Grün, al reflexionar sobre el Adviento, comenta que en la Navidad existe la posibilidad de abandonar el camino viejo, para emprender el paso al ser humano nuevo, porque el horizonte de la propia vida recibe una cualidad nueva: uno no está atado a —ni prisionero de— su pasado, a las heridas de su historia personal, a los viejos modelos que recibió de sus padres y que, una y otra vez, le impiden vivir. Dios mismo comienza de nuevo con la persona, ya que se integra como niño en su realidad. Dios libera de la obligación de definirse desde el pasado; es posible abandonarlo y comenzar de nuevo, pues Dios mismo empieza de nuevo con cada uno.

Sin embargo, este tiempo de espera, de donde viene la palabra Adviento, solo será posible en la medida en que exista la convicción de que las cosas se pueden cambiar, que uno puede evolucionar, que el mañana puede ser distinto al hoy. En su homilía durante la Misa de inauguración del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes (3 octubre de 2018), el Papa Francisco insiste en que la esperanza cristiana se traduce en la capacidad de soñar, porque el presente humano se abre al futuro divino de la promesa.

Así, por una parte, el Pontífice invita a no dejarse «asfixiar ni aplastar por los profetas de calamidades y desventuras ni por nuestros propios límites, errores y pecados», y, por otra, a recuperar una memoria «que despierte y renueve en nosotros la capacidad de soñar y esperar». Es la esperanza, que brota de la fe, la que «nos interpela, moviliza y rompe el conformismo del siempre se hizo así». Este desafío es intergeneracional, pero el mundo adulto tiene particular responsabilidad al respecto, porque «nuestros jóvenes serán capaces de profecía y de visión en la medida que nosotros, ya mayores o ancianos, seamos capaces de soñar y así contagiar y compartir esos sueños y esperanzas que anidan en el corazón».

FELIZ NAVIDAD

Desde la revista Mensaje deseamos a nuestros lectores un tiempo navideño capaz de devolver la esperanza en la humanidad, mediante una correcta lectura de los signos de los tiempos, descubriendo y apoyando las nuevas semillas que van brotando en el camino de la historia y que, a su vez, inauguran la realidad de un país cada vez más solidario, donde todos y todas tengan una cabida digna. MSJ

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