La presencia femenina: La fuerza de lo Nuevo

Para que lo nuevo nazca, hay que provocar cambios y suscitar encuentros en que nos veamos capaces de crecer juntos... Y quizás lo nuevo tenga por nombre «mujer», que con sus características propias ponga nuevo sello y esté presente con voz.

Selia Paludo

15 enero 2019, 5:14 pm
9 mins

Iniciar un nuevo año da la sensación de respirar un aire distinto. Son los buenos deseos, la esperanza de que existan cambios para mejor, de crear vínculos, de tener nuevas posibilidades. Quizás algo habremos aprendido del año que pasó. Nos quedaron desafíos y tareas para el que comienza.

Lo nuevo puede tener muchas facetas: desde nuestro ser personas individuales, de ser familia, de seres en relaciones; tanto en las culturas como en la política o en la Iglesia. Lo nuevo está en el corazón de toda persona de buena voluntad y con sentido de transcendencia, que sea capaz de poner una nueva mirada sobre la realidad, con la disposición de aprender de lo vivido.

Ignacio de Loyola fue un hombre de una gran capacidad de buscar y promover lo nuevo, no se daba por vencido en el cumplimento de sus grandes deseos(1): «El peregrino que pensaba ir a Tierra Santa y quedarse allí para siempre fue descubriendo poco a poco que su peregrinación era más profunda, y que Dios no le dejaba detenerse en ningún lugar, porque su término era Él mismo». En palabras de Javier Meloni S.J., podemos percibir que lo nuevo en la vida de Ignacio es algo que viene desde adentro, que mueve los grandes deseos, que hace que la persona se ponga en marcha y sea capaz de leer las sutilezas de los acontecimientos, descubriendo cómo Dios construye lo nuevo en medio de antiguos deseos y que muchas veces no es como deseamos que sea. Al no poder quedarse en Tierra Santa, al ser golpeado en Barcelona, en la soledad de sus largas caminatas, encarcelado, interrogado, burlado, es cuando más siente la cercanía de Jesús. De este modo, Ignacio era iniciado en el misterio de la voluntad de Dios(2): «En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole».

Para que lo nuevo nazca, hay que provocar cambios, hay que suscitar encuentros, hay que aprender a leer el entorno, quizás no en la velocidad de la tecnología, sino en la velocidad de los tiempos de los procesos humanos, en que nos veamos más como hermanos, capaces de crecer juntos, de complementarnos y no solo como seres de competencia. ¡Pongamos juntos nombre a lo nuevo!

Y quizás lo nuevo tenga por nombre «mujer», que con sus características propias ponga nuevo sello, esté presente con voz activa en los directorios, en las comisiones, las secretarías, en las jefaturas, en la creación de los proyectos, y pueda ser reconocida por su capacidad humana. Incluso en la equidad salarial de un mismo cargo.

EL APORTE DE LAS MUJERES A SAN IGNACIO

Nosotras, mujeres, somos la mayoría que servimos y frecuentamos nuestros templos. Sin embargo, hay instancias en que no podemos firmar un documento que nosotras mismas elaboramos. Entonces, ¿por qué seguimos con tantas diferencias en una cultura que es cambiante constantemente? Estoy segura de que lo nuevo debe acontecer para que el futuro sea distinto y el presente menos discriminatorio. Hay lugares para todos. Por algo, Dios nos hizo mujer y hombre. Somos complemento. En esa reciprocidad debemos trabajar, actuar, vivir.

La vida de san Ignacio fue marcada por una transversal batalla espiritual y religiosa que provocaron grandes iniciativas y lo movieron a vivir diversos procesos internos para descubrir la voluntad de Dios. Podemos observar cómo fue ordenando sus deseos, sus búsquedas, sus relaciones, sus «noches oscuras» y llegamos a descubrir a un hombre profundamente humano que cultivó beneficiosas relaciones con mujeres creciendo con y en ellas, así como en el desarrollo de la Compañía recibió el apoyo de muchas, que hicieron la diferencia.

Para Ignacio fueron importantes tales relaciones, que le ayudaron a encontrar la estabilidad, tranquilidad y el sosiego necesario en su vida. El historiador Antonio Gil Ambrona, refiriéndose a la relación de amistad de san Ignacio con las mujeres, nos recuerda(3): «Os debo más que a cuantas personas en esta vida conozco». Ignacio reconocía el bien recibido de tales relaciones y cuán importantes fueron para el desarrollo de la voluntad de Dios(4).

La relación con las mujeres fue de gran aporte en su vida, e hizo de ellas un pilar de sostén fundamental en su camino. «En su supervivencia y protección, tuvieron importancia dos mujeres, Inés Pasqual en Manresa e Isabel Roser en Barcelona. Con las dos vivió durante un tiempo, con ambas mantuvo una intensa relación epistolar, y especialmente con Inés Pasqual y su hijo Juan, tuvo y conservó un intenso afecto que perduró más allá del tiempo a través del hijo de esta».

Al mismo tiempo que Ignacio mantuvo relaciones de gran profundidad y ayuda con mujeres, fue un hijo de su tiempo y cultura, que se vio agotado e imposibilitado de reconocerlas como «jesuitas». Vetó radicalmente la entrada o pertenencia de ellas a la Compañía de Jesús.

ES POSIBLE QUE OCURRA LO NUEVO

En esta Iglesia que somos todos, sin distinción de sexo, de raza y color. La Iglesia de Jesucristo es la Iglesia de la acogida, del pan compartido, de los dones puestos en común. Lo nuevo tiene fuerza dadora de vida, de ternura, de diálogo, de intercambio, de sutilezas, de delicadeza, de transparencia, de respeto, de compañía, de verdad. Lo nuevo viene de la capacidad de concebir, engendrar, acompañar, sostener y formar la vida de la comunidad humana.

Es posible que ocurra lo nuevo, si en la Iglesia y en la sociedad aprendemos la igualdad entre hombres y mujeres. Como mujeres, solo deseamos la igualdad de derechos. No es ocupar el rol que no nos corresponde, sino ser valoradas por lo que somos. Es tener voz y reconocimiento, porque somos capaces como seres humanos de aportar para el crecimiento y el desarrollo de la sociedad, así como de la Iglesia. Como personas, marcamos profundamente la vida de otros, tanto hombres como mujeres; podemos humanizar y transformar el entorno desde la forma que tenemos de ser: de la afectividad, la capacidad de poner equilibrio, creatividad, sensibilidad.

Atrevámonos a construir lo Nuevo desde adentro, con la valoración y aceptación de cada uno. Quizás hoy los tiempos sean distintos, en comparación con los tiempos de Ignacio, y es hora de hacer acontecer lo nuevo, abrir las puertas a una nueva primavera, de aire fresco que produce nuevo aroma a la forma de ser Iglesia. MSJ

(1) Ignacio de Loyola, un mistagogo de la Justicia, Javier Melloni Ribas: cristianismeijusticia.net.
(2) Autobiografía, 27.
(3) Antonio Gil Ambrona: Ignacio de Loyola y las mujeres. Ediciones Cátedra, Madrid, 2017.
(4) Ensayo «Ignacio de Loyola y las mujeres, de Antonio Gil Ambrona: contradicciones», Francisco Martínez Hidalgo (agosto 1, 2017).

Selia Paludo

Centro de Espiritualidad Ignaciana, CEI