- Revista Mensaje - https://www.mensaje.cl -

El Dios de Jesús

Cuando durante una reunión hago la pregunta ¿por qué murió Jesús?, la respuesta suele ser unánime: Murió por nuestros pecados. Es lo que todos aprendimos en la catequesis y es lo que se sigue enseñando hasta el día de hoy.

No faltan enunciados en la teología paulina que respaldan esa afirmación (Ef 1, 7; Col 1, 14), además de otros textos del Nuevo Testamento. De las cuatro versiones de la institución de la Eucaristía, la liturgia conserva la única que reza: «Mi sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26, 28; es claramente la interpretación de la comunidad judía, con la conciencia de ser el pueblo elegido y que se expresa retomando la teología expiatoria de sus escrituras).

Sin embargo, los evangelios nos dicen inequívocamente otra cosa: Jesús fue condenado a muerte por entrar en conflicto con la religión de su tiempo. El Dios que él experimentó y anunció como «Buena Nueva» para todos los seres humanos —y, sobre todo, para todos aquellos marginados por el sistema religioso vigente— era un Dios muy distinto al Dios de las autoridades religiosas. Los evangelios nos señalan sin ambigüedad que Jesús anunciaba a un Dios que era intolerable para las autoridades y que, por lo mismo, merecía ser eliminado desde el comienzo de su ministerio público («Los fariseos salieron inmediatamente y deliberaron con los herodianos cómo acabar con él» Mc 3, 6). Las amenazas de muerte no vendrían solo de las autoridades religiosas, sino también de sus cercanos y conocidos, y de aquellos con quienes había vivido toda la vida («lo llevaron a un barranco… con intención de despeñarlo» Lc 4, 29).

Recuerdo algunas características principales del Dios de Jesús ya publicadas en un artículo anterior en esta misma revista(1). Jesús es un judío piadoso y observante de su religión. No viene a anunciar una nueva religión, sino que la interpreta, «enseñando con autoridad, no como los letrados» (Mc 1, 22). No habla desde la Ley, desde las normas. Habla desde su profunda experiencia de Dios en sus largos tiempos de oración. Su vivencia de Dios pone al hombre en el centro, particularmente a todos y todas aquellos vulnerados en sus derechos, la mayoría de las veces por la propia religión. Por eso, para la gente, Jesús hablaba con autoridad. Su palabra —«dabar», creador de Dios— brota de su oración y viene a ser palabra de vida para aquellos a quienes se dirige. Su palabra los sana, es decir, les devuelve su plena dignidad humana de hombre y de mujer. Jesús comunicaba un Dios paternal, acogedor, preocupado de todo lo humano. Su Dios es Abbá. Abbá incluye las dos primeras letras de nuestro alfabeto, a y b, y también en hebreo. Indica que Abbá es la fuente originante de toda palabra para dirigirse al Ser, a la Totalidad.

Para Jesús, la única norma y Ley es: «Ámense unos a otros, como yo los he amado». Es un enorme contraste con la Torah, que pide la observancia de 613 preceptos descritos en el Pentateuco. Claramente, el Dios de Jesús es liberador del Dios de los judíos. Quien pretenda cambiar lo que sustenta aquella sociedad teocrática con sus complejas estructuras socio-político-económico-religiosas se va a enfrentar más temprano que tarde con la condena a muerte. Pero es el camino que toma Jesús sin titubear.

En el evangelio de Juan, después del primer signo en Caná de Galilea, «Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2, 13). El punto más álgido tiene que ver con que allí Jesús se sustituye al Templo. Es remarcable que el cuarto evangelio relata desde el inicio el impresionante episodio de la expulsión de los mercaderes del Templo en el contexto de la Pascua judía. Han venido los peregrinos de todas partes a celebrar la mayor fiesta religiosa judía. Miles de judíos devotos repletan la enorme explanada de unas quince hectáreas. No dan abasto los cambistas para cambiar tantas monedas distintas en la moneda del Templo, el mayor banco del Imperio romano controlado por el sumo sacerdote. Aquel personaje tenía máxima autoridad religiosa, económica y política. Gozaba de la confianza del gobernador romano, coadyuvando a mantener «el orden y la paz».

Cuando Juan nos presenta a Jesús mismo como el nuevo y definitivo Templo —«derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré…»—, se refería al santuario de su cuerpo (Jn 2, 19 y 21): está haciendo una afirmación confrontacional, que tendrá que resultar en consecuencias fatales. Lucas dice algo parecido. Su entero relato sereno se construye como una subida de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Todo empieza en el Templo con el sacerdote Zacarías «ofreciendo el incienso en el santuario» (Lc 1, 9) y termina en Jerusalén con Jesús crucificado. «El velo del santuario se rasgó por el medio» (Lc 23, 45). Jesús expira gritando con voz fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Jesús es, definitivamente, el nuevo santuario en quien reside toda la complacencia del Padre (Lc 3, 22). Por fidelidad al Dios que experimenta en plenitud dentro de lo más íntimo de sí mismo («El Padre y yo somos Uno» Jn 10, 30), no puede sino ser consecuente con su profunda vida interior hasta el final.

El cogollo del Dios de Jesús nos lo describe la parábola del Padre amoroso (Lc 15, 11-32). Nos relata con conmovedoras palabras que el Dios de Jesús no pide la conversión del pecador, sino que es un Dios que no puede no perdonar, porque es puro amor misericordioso. «La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados; por eso para nosotros está siempre unida al pecado»(2).

LA MUERTE EN CRUZ

La crucifixión era un castigo muy frecuente en la antigüedad y los romanos la aplicaron sin piedad, masivamente. Era un sistema de ejecución para esclavos, rebeldes y delincuentes. Por lo denigrante, no era aplicable a los que tenían ciudadanía romana.

Algunos ejemplos. La rebelión de los esclavos encabezada por Espartaco en 71 a. C. significó la crucifixión de seis mil esclavos desde Roma a Capua. En el año 4 a. C. fueron crucificados unos dos mil judíos que se habían rebelado tras la muerte de Herodes I, el Grande. Después de la gran rebelión judía que termina con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo en el año 70 d. C., el emperador Tito Vespasiano crucificaba quinientos judíos al día, según escribe el historiador judío Flavio Josefo.

Dado su significado en aquella cultura, la crucifixión de Jesús fue un hecho muy brutal e incomprensible para sus discípulos y seguidores. La descripción que nos hacen los cuatro relatos de los evangelios tiene poco que ver con los sucesos o la cronología de lo ocurrido. Son elaboraciones en teología narrativa hechas según la óptica de cada evangelio. Lo que en sus inicios fueron transmisiones orales, terminó poniéndose por escrito cincuenta a setenta años después de lo ocurrido. La gran y difícil pregunta era cómo interpretar aquel horrible fracaso de la vida del Maestro. Los intérpretes —todos, judíos muy religiosos— echaron mano de sus escrituras, encontrando entendimiento a partir de los cantos del siervo de Yahweh en el profeta Isaías. Además, se fue alegorizando con el muy importante tema del Éxodo bíblico. A partir de allí, Jesús es descrito como el nuevo cordero pascual que vino a liberar y redimir al pueblo de Dios de la esclavitud de sus pecados. Dentro de esos esfuerzos de comprensión, conviene tomar en cuenta que el mensaje de Jesús fue formateado muy tempranamente por y para la mentalidad griega que dominaba la cultura del Imperio romano. Pablo de Tarso, judío y fariseo muy erudito, con ciudadanía romana y viviendo en la diáspora, viene a ser el primer y más importante teólogo de Jesús de Nazaret. Sus cartas a distintas comunidades dispersas en el mundo greco-romano, que recorrió incansablemente, son anteriores a los evangelios hasta en algunos decenios. Todo aquello marcará definitivamente la teología hasta que surja la preocupación en fecha reciente por conocer más del Dios del Jesús histórico, buscando distinguirlo de todas las construcciones y formulaciones que se fueron elaborando durante casi veinte siglos.

PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN DE JESÚS

Los distintos relatos evangélicos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, que son probablemente el núcleo original de la Buena Nueva, están plenamente en consonancia con la vida de Jesús. Hasta los relatos de la infancia —tal vez lo último agregado a los evangelios— están en la misma armonía. Lo que esos textos nos quieren transmitir está en la actitud de Jesús, cuya fidelidad a Dios significa plenitud de humanidad. Jesús no cede un ápice de su profunda experiencia espiritual. Lo que vivió y manifestó durante toda su vida, lo mantendrá fielmente hasta el final, porque no puede renegar de lo que es. Lo que vivió, anunció y manifestó es la plenitud humana, que no es otra que darse a los demás sin límites y sin condiciones.

¿Cómo se llegó a interpretar que su muerte fue algo así como una programación de Dios para que muriera en la cruz y, por esa muerte cruel, nos librara de nuestros pecados?

Hasta el día de hoy, nuestras oraciones litúrgicas retoman continuamente aquella cruel interpretación. Un canon eucarístico reza: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad».

¿El Hijo tuvo que ser inmolado en la cruz para que el Padre nos perdonara?

Me parece una interpretación muy alejada del Dios de Jesús y que está en la línea de la «antigua alianza». Jesús tomó sus propias decisiones, plenamente consciente y consecuente con toda su vida. Nos amó hasta el extremo y nos dejó un solo y único mandamiento de «amarnos unos a otros como él nos amó» (Jn 13, 34).

En un texto de la mayor relevancia del Nuevo Testamento se nos dice sin ninguna ambigüedad que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn 4, 15). Jesús y su nuevo testamento nos dejan la medida de la plenitud humana en la práctica del amor solidaridad o del amor caridad (agape). Más que subir a la cruz con Jesús, el cristiano está llamado a bajar de la cruz a todos los crucificados que encuentra en su camino. Más que seguir a Jesús, el cristiano está convocado a vivir como Jesús, devolviendo vida, respeto y dignidad allí donde cualquier ser humano está siendo despojado o privado o imposibilitado de vivir su esencia más profunda.

La muerte de Jesús es una muerte por amor hasta el extremo. Nada ni nadie puede jamás destruir ese amor, que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14, 6).

Esa infinita capacidad de amor que Jesús manifestó hasta la muerte en cruz está también como potencial en cada ser humano. Es nuestra esencia. Sin embargo, nuestro «ego» con sus potencias de «memoria, entendimiento y voluntad» no deja de proponernos continuamente otros caminos, otras verdades y otras vidas.

Solo muriendo a todos nuestros engaños, empezaremos a experimentar que el Amor es invencible y que todo lo puede. Pues aquello es la gracia de la Resurrección. MSJ

(1) Julio Stragier S.J., «Creer en el Dios de Jesús», Mensaje N° 667, marzo-abril 2018, p. 22.
(2) Fray Marcos en comentario a Lc 15, 11-31.