Aprendiendo de la Iglesia en Irlanda

Las situaciones vergonzosas vividas constituyen para todos los miembros de la Iglesia católica una oportunidad única para pensar, reformar y mejorar las estructuras de la institución eclesial, tomando como referente su comprensión en términos de pueblo de Dios.

Revista Mensaje

03 junio 2019, 12:56 pm
14 mins

El complejo periodo que vive la Iglesia desde hace un par de décadas, a raíz de las denuncias de abuso contra menores y personas vulnerables, obliga a un proceso de aprendizaje a autoridades eclesiásticas, a clérigos y a laicos comprometidos con ella. La comisión de esos delitos en su interior es un flagrante atentado contra sus bases y su misma razón de ser, de manera que afrontarlos es una tarea absolutamente prioritaria. Quienes son parte de esta institución deben, en consecuencia, aportar a un esfuerzo mancomunado por reflexionar y lograr lecciones de estos graves hechos; vale decir, colaborar en la tarea de detectar las fallas habidas en prevención, investigación y sanción de los casos. Un paso significativo en esto radica en comparar la experiencia internacional en la materia.

En Estados Unidos, existe una historia importante de reconocimiento, ya desde el siglo XIX, de abusos de distinta índole cometidos por religiosos en contra de los pueblos originarios. Mucho más recientemente, en la primera década del siglo XXI, denuncias masivas como las registradas en Boston —gracias a esfuerzos periodísticos inicialmente desacreditados por las autoridades locales de la Iglesia— remecieron la conciencia internacional. Después, en Australia, en diciembre de 2017, la “Comisión real de respuestas institucionales al abuso sexual infantil” entregó su lapidario informe, dando cuenta de los testimonios de diecisiete mil víctimas y presentando cuatrocientas recomendaciones.

En ese contexto, el caso de la Iglesia católica en Irlanda ha resaltado especialmente. En ese país, en noviembre de 2009 la Comisión Murphy reveló abusos cometidos durante tres décadas contra cuatrocientos niños, motivando la histórica carta que —en marzo siguiente— el papa Benedicto XVI escribió a los católicos irlandeses, pidiendo perdón por los delitos cometidos por miembros del clero. Los consideró “actos pecaminosos y criminales”, y rechazó tajantemente el modo en que fueron afrontados por parte de las autoridades de la Iglesia. Fue un verdadero hito, pues aludía a la realidad de uno de los países con mayor feligresía católica.

Teniendo a la vista lo anterior, resulta de particular interés la intervención del periodista irlandés Michael Kelly, en mayo recién pasado, en un seminario en la Pontifica Universidad Católica de Chile. El suyo se trató de un buen ejercicio de reflexión, en vistas a aprender de los errores y los aciertos que marcan el proceso de purificación de la Iglesia. Por lo menos a partir de allí, se pueden señalar tres grandes caminos en la superación de la actual crisis de la Iglesia en Chile.

UN GRAN ERROR

Según advirtió, en el caso de Irlanda la Iglesia llegó tarde porque sus autoridades se empeñaron en la defensa de la institución, sin darse cuenta de la gravedad del problema.

En el origen primero de esta nefasta actitud influyó la liberación sexual de la década de los sesenta, que incluso permitió actitudes proclives al abuso. Existía globalmente poca claridad sobre esta materia. La declaración de la UNESCO el año 2000 a favor de los derechos del niño despejaría, finalmente, el camino para considerarlo de manera universal como lo que este acto es: un crimen. Sin embargo, aun así, la Iglesia no supo aprovechar los avances de las ciencias del comportamiento y, por tanto, no comprendió la gravedad de las situaciones de abuso sexual contra menores, tratando al victimario como un “pecador” y no como un delincuente. Es decir, se consideraba que el victimario había caído en una mala conducta y que, en el caso de los clérigos, la solución era una penitencia y un cambio de lugar para comenzar de nuevo. Además, no se consideraba tan seriamente el perjuicio en el niño abusado, porque no se conocían las dramáticas consecuencias que a lo largo de su vida acompañarían a ese niño abusado. Lamentablemente, predominó en consecuencia la actitud de defensa de la institución, buscando evitar el escándalo.

De manera simultánea, en la cultura se produjo una enorme mutación a favor de la transparencia y la exigencia de accountability. En consecuencia, lo que las autoridades eclesiásticas consideraban como un acto de fidelidad al defender la institución, por parte de la sociedad fue visto como un acto de encubrimiento. La Iglesia había llegado tarde. No había asumido al mismo tiempo que la sociedad la importancia de, en pro del bien común, transparentar lo que ocurre.

EL PROTAGONISMO LAICAL

El relato de Kelly también enfatizó que, en Irlanda, tras el proceso de reflexión que allá hizo la Iglesia, se han formado en cada diócesis y parroquia grupos laicales que representan y velan por el cuidado de los niños en los establecimientos católicos. Se estima que hay unos dos mil voluntarios que desempeñan esta labor, 80% de los cuales son mujeres.

Al respecto, la palabra clave es “salvaguardar” (safeguarding), es decir, se prioriza una política de protección de los infantes. En el documento de la Iglesia “Safeguarding children: Policy and Standards for the Catholic Church in Ireland” (2016), se deja en claro que el concepto de abuso abarca lo físico, lo emocional, lo sexual y la negligencia. También se establecen siete medidas para proteger a los niños en los distintos ministerios y actividades organizados por la Iglesia en Irlanda: (a) Creación y mantención de ambientes seguros; (b) Procedimientos para responder frente a sospechas, preocupaciones, conocimiento o alegatos; (c) Cuidado y apoyo por el denunciante; (d) Cuidado y manejo del denunciado; (e) Entrenamiento y apoyo para mantener seguros a los niños; (f) Comunicar el mensaje de protección de la Iglesia; y (g) Asegurar cualitativamente el cumplimiento de las medidas.

La Iglesia católica chilena ha dado pasos en algún modo similares, a la vez que ha generado protocolos y compromisos para afrontar los casos. Simultáneamente, ha creado instancias de asesoría y acompañamiento a las víctimas, y ha establecido espacios de participación a expertos, como sicólogos o abogados, para favorecer procesos justos y con respeto a las víctimas. Es decir, existen acciones iniciales que dan cuenta de cómo en la Iglesia chilena hay un esfuerzo por dejar atrás un periodo muchas veces marcado por indolencia frente a las víctimas e irresponsabilidad frente a sus deberes institucionales.

Sin embargo, no hay espacio para algún tipo de conformidad frente a lo que se ha hecho. El camino aun es largo. Como bien señaló el mismo Kelly, la actual crisis de la Iglesia no es un problema temporal, sino cultural, y eso implica un escenario de altísima complejidad.

La interrogante clave que tiene que preocupar no es el hasta cuándo habrá denuncias. Lo clave está en asumir cuánto tiempo necesitamos para cambiar la cultura en la institución de la Iglesia y tomar conciencia de la gravedad de los delitos, lo esencial que resultan la protección y el acompañamiento de las víctimas, y la consolidación de procedimientos claros y de fácil acceso para que las personas abusadas puedan acercarse a hacer libremente su denuncia.

Las situaciones vergonzosas vividas constituyen para todos los miembros de la Iglesia católica una oportunidad única para pensar, reformar y mejorar las estructuras de la institución eclesial, tomando como referente su comprensión en términos de pueblo de Dios. Se trata de una comunidad donde todos gozan de la misma dignidad, aunque a cada cual le corresponda una misión distinta, en corresponsabilidad con los otros bautizados.

UNA SOLA LÍNEA

Se suele hablar de la Iglesia como si fuera una institución monolítica. Pero no es así. En ella existen distintas diócesis en cada país —teniendo cada una de ellas un liderazgo—, además de haber un clero diocesano dependiente de un obispo y congregaciones religiosas dependientes de un superior general. Existe un pensamiento común, pero varias interpretaciones de este. Y también distintos carismas. Esto involucra muchas veces diversas maneras de proceder y muy diferentes culturas.

En alguna medida, a esto responde la necesidad de la carta apostólica Vos estis lux mundi promulgada por el papa Francisco en mayo para hacer universalmente obligatorias, en toda la Iglesia, las investigaciones tras las denuncias de abusos y tras acciones de encubrimiento. Tipifica nuevos delitos y ofrece procedimientos respecto de qué hacer ante las denuncias de esta índole. En este número de Mensaje, Marcelo Gidi S.J. explica el contenido de ese documento. Este representa un gran paso porque, desde este mes, existirá una manera concreta, objetiva, mejor institucionalizada, de proceder frente a los casos de abuso y a su encubrimiento. Se busca una convergencia para enfrentar el problema desde un frente unido y, por ende, de manera más sólida y determinada. Todo ello, atendiendo a los derechos de las víctimas y a la misión apostólica de la Iglesia.

Igualmente, tenemos a la vista lo amenazada que se encuentra hoy la institución eclesial en su desempeño pastoral. Se ve afectada por las naturales fallas humanas que favorecen alguna tendencia al clericalismo, al apego al poder mundano, a la rutina de lo ya ensayado una y mil veces, o al influjo de una cultura que puede debilitar los valores cristianos. Preocupado de tal reto, el teólogo Benoit Mathot apunta en esta edición de nuestra revista a la necesidad de que el discurso de sacerdotes y religiosos se aventure en un nuevo diálogo, “en el que la palabra recobre significación”. Su artículo llama a considerar “una opción para la reconstrucción de la Iglesia”.

Ambos autores apuntan en esta edición de Mensaje en la misma dirección, cual es la de la reconocer la necesidad de que, como comunidad llamada a la evangelización, la Iglesia católica —al margen de sus pesos institucionales— debe avanzar hacia la consolidación de su auténtica vocación de, con coherencia y testimonio, difundir la revelación esencial del mensaje cristiano. MSJ

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