Algo muy bueno puede estar pasando en la Iglesia

Las crisis son oportunidades de cambio y de aprender. Y si la crisis es muy grande, muy grandes podrán ser los beneficios que nos puede reportar si sabemos mirar, interpretar los signos de los tiempos, escuchar, discernir. La riqueza de nuestras expresiones de Piedad Popular —como los bailes religiosos del norte—, la variedad de sensibilidades que se van manifestando o los laicos que se organizan ofrecen un modelo sin exclusiones.

Claudio Barriga Domínguez S.J.

02 julio 2019, 1:14 pm
22 mins

En los idiomas chino y japonés la palabra crisis tiene dos significados: peligro y oportunidad. En la actual crisis de la Iglesia en Chile hay peligros: que no aprendamos la lección, que no se sepa la verdad, que las víctimas no sean debidamente escuchadas y apoyadas, que las estructuras que hicieron posible los abusos se mantengan inalteradas, que la Iglesia se debilite y deje de tener la capacidad de cumplir su misión, que se acuse falsamente a una persona inocente, etc.

Pero en las crisis se ofrecen oportunidades de cambio y se pueden aprender cosas muy importantes… Y si la crisis es muy grande, muy grandes podrán ser los beneficios que nos puede reportar si sabemos mirar, interpretar los signos de los tiempos, escuchar, discernir.

La actual crisis que nos ha llenado de vergüenza nos puede hacer arrancar escandalizados de ver tanta maldad y pecado, hasta abandonar nuestra Iglesia… O bien, puede motivarnos a ser mejores, trabajando por nuestra querida Iglesia, que requiere urgentes cambios. Empujados por los acontecimientos, podemos acoger el Espíritu que, una vez más, quiere renovar esta vieja institución. En lugar de asustarnos, nos alegraremos de entrar en un provechoso tiempo de purificación, más allá de lo doloroso que resulte, pues es la medicina necesaria para curar la enfermedad.

Felizmente, ha llegado la hora de las víctimas en la Iglesia. Hoy se acoge y escucha y cree a quienes durante años han sufrido de la «conspiración del silencio» que reinaba en las estructuras eclesiales. El pecado de la Iglesia se hizo público. Ya no es posible sostener que «la ropa sucia se lava en casa», pues de hecho la teníamos en casa hace años ¡y nunca la lavamos! Ahora, con ayuda de la sociedad civil, nos vemos obligados a lavarla. Gracias a Dios.

MIRAR A JESÚS Y TRABAJAR POR EL REINO DE DIOS

Solo tenemos una fuente de renovación para la Iglesia: la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Él cuestionó y remeció las bases corrompidas de la sociedad y la religión de su época; luchó contra la hipocresía, el orgullo y la prepotencia de los líderes político/religiosos que oprimían a los pobres y excluían de la salvación de Dios a todo el que no fuera como ellos, a todo el que no calificara de «buen judío». Y los que no calificaban eran la inmensa mayoría de la población, pues solo el reducido grupo de fariseos, saduceos y sus amigos —por cierto, todos varones— manejaban las prerrogativas de la salvación. Jesús tampoco calificó, pues hacía lo contrario del buen judío. Este último vive preocupado de cumplir las leyes del Sábado, no se acerca a los enfermos ni a los pobres (considerados castigados de Dios), relega a las mujeres a un rol sumiso y servil a los intereses del varón, no tiene trato ni menos comparte la mesa con publicanos, pecadores o extranjeros, cumple puntillosamente una serie de rituales y preceptos exteriores, e interiormente está lleno de avaricia, de orgullo y de miedo. Jesús escandalizó con su conducta libre de estos formulismos legales. Se acercó a aquellos de los que los otros se alejaban, y se dedicó a trabajar por la promoción de los marginados y por una sociedad distinta.

En un contexto histórico concreto, caracterizado por un estado teocrático, vendido a la dominación romana; en una sociedad basada en la exclusión social que generaba una alta cuota de sufrimiento por la pobreza e inequidad, su propuesta fue el anuncio de un nuevo modo de vivir que hiciera posible una existencia digna para todos. Fue cuestionador de la institucionalidad vigente que producía víctimas y descartados, los «excluidos del amor de Dios». Estos últimos, «las ovejas perdidas del pueblo de Israel», fueron su público preferencial y a ellos dedicó sus mejores esfuerzos. Les mostró que su Padre Dios los amaba con amor preferencial. Planteó cómo serían las personas y la sociedad, si todos actuaran como ese Dios. Esta utopía, este proyecto, lo llamó «Reino de Dios».

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Claudio Barriga Domínguez S.J.