El campo de batalla ciberespacial

Los ataques informáticos que debilitan potencialidades militares, o incluso deterioran servicios básicos para poblaciones civiles, se perfilan como nueva arma bélica. Surge, en este ámbito, una gran interrogante ética. ¿Es legítimo interferir en redes eléctricas que abastecen a millones de ciudadanos?

Raúl Sohr

02 julio 2019, 12:59 pm
18 mins

Diplomáticos y militares de las grandes potencias destinan buena parte de su energía a pensar en cuáles serán los próximos conflictos. Conforme a las conclusiones, orientan sus políticas exteriores y aprestos bélicos. Hasta el fin de la Guerra Fría, que culminó en los noventa, la mira apuntó a guerras regulares entre Estados. Ello implicaba voluminosos arsenales de material pesado: cohetería y bombarderos estratégicos, grandes buques de guerra y una cuantiosa infantería con sus respectivos blindados. Todo cambió con los ataques terroristas contra Estados Unidos, el 11-S-2001.

Aún ardía el fuego en las Torres Gemelas y el Pentágono cuando el presidente George W. Bush anunció «la primera guerra del siglo XXI». Los grandes sistemas defensivos fueron relegados y un vasto aparataje de seguridad pasó a primer plano. Las fuerzas especiales y unidades de comandos pasaron a la vanguardia de la lucha contra la llamada zona gris: aquella en que se funden el conflicto político y el armado, el territorio sin campos de batalla donde los combatientes no portan uniforme.

Con la reciente derrota del califato del Estado Islámico en Siria e Irak, la amenaza del terrorismo yihadista decae. Pero no bien palidece una amenaza, emerge la siguiente. Quizás es más exacto decir que, cuando baja el perfil de un problema, pasa a primer plano otro que ya está presente.

El gran debate sobre si el presidente Donald Trump se coludió con Moscú para derrotar a Hillary Clinton —su adversaria electoral en 2016—, levantó el fantasma del intervencionismo en la esfera digital. A fin de cuentas, si Rusia hubiese jugado un papel decisivo para asegurar el triunfo de Trump, con o sin colusión, marcaría un cambio estratégico al determinar el curso político de su mayor adversario internacional.

Existen opiniones muy variadas sobre el impacto político de las redes sociales. Ellas van desde quienes creen que son determinantes en la formación de una opinión ciudadana a los que, como el sociólogo canadiense Malcom Gladwell, relativizan su impacto. Abundan los que creen que las redes, aunque influyentes, tienen solo un efecto multiplicador sobre corrientes existentes, pero no son decisivas en alterar el rumbo general de las tendencias dominantes.

Cualquiera sea la apreciación sobre el rol del mundo digital en los eventos políticos, es claro que son determinantes en la esfera tecnológica. Ello quedó en evidencia en un conflicto que, desde hace varias décadas, opone a Irán al mundo occidental La fricción nace de la ambición de Teherán de contar con energía nuclear. Como muchos de los desarrollos atómicos tienen un uso dual, tanto civil como militar, es difícil estimar cuál es la intención última del país que impulsa un programa. En la agenda de quienes monopolizan las armas nucleares, figura muy alto la no proliferación de armas atómicas. Estados Unidos e Israel encabezan el bando que afirma que Irán está embalado en la producción de armas nucleares. Ante la dificultad de desmantelar la industria atómica iraní mediante un ataque militar, lanzaron una ofensiva en la esfera digital.

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Raúl Sohr

Analista internacional