La bronca argentina

La insatisfacción ante una compleja situación social y económica explica el mal resultado del presidente Macri en las recientes elecciones primarias, y las perspectivas del regreso del peronismo. El gran default, que fue el cese de pago de la deuda externa en 2001, se proyecta hoy como un horizonte posible en un ambiente de gran incertidumbre financiera.

Raúl Sohr

30 agosto 2019, 4:45 pm
19 mins

El malestar de los argentinos suele explotar en grandes huelgas, piquetes, paros o masivas manifestaciones. El gobierno del presidente Mauricio Macri, pese a un visible deterioro de las condiciones de vida de la mayoría, gozó de una relativa paz social. El estallido ocurrió donde no se lo esperaba: en las urnas.

Las recientes Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 11 de agosto, destinadas a confirmar legalmente las candidaturas de la elección del 27 de octubre, remecieron la política trasandina. Ninguna encuesta vaticinó en esa votación la abismante derrota del oficialismo, agrupado en la alianza Juntos por el Cambio, que obtuvo 32,08 por ciento de los votos. El Frente de Todos, que reunió a las diversas corrientes peronistas, consiguió 47,65.

Quedó confirmado que aún rige aquello de que «el peronismo, unido, jamás será vencido». Esto, porque el justicialismo logró enrolar a Sergio Massa, un peronista que en el año 2015 presentó una candidatura independiente de centro que obtuvo 21 por ciento de los votos. Antes de estas elecciones primarias, habían corrido rumores en cuanto a que Massa podría sumarse a la postulación de Macri, como su vicepresidente.

La expresidenta (2007-2015) Cristina Fernández, líder del mayor núcleo del justicialismo, mostró habilidad política. Propuso que Alberto Fernández, un peronista de centro, asumiera la candidatura a la Presidencia, con ella como Vicepresidenta con un bajo perfil. Cristina sabe que es una figura divisiva. Ella y Néstor, su fallecido marido que la precedió en la Presidencia (2003-2007), cultivaron la polarización. Parecieron guiados por el lema «están con nosotros o están en contra nuestra». Con el tiempo, esta postura derivó en lo que en la Argentina llaman la «grieta», que alude a la profunda división política entre el kirchnerismo y los otros.

Pese a ello, el país se pintó de azul, el color del Frente de Todos. Solo la provincia de Córdoba y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) conservaron el color amarillo de Todos por el Cambio. El alcance de la ola opositora barrió con algunas de las figuras populares del oficialismo. Por ejemplo, el peronista Axel Kicillof, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, superó a la estrella del macrismo. María Eugenia Vidal, la carismática y hasta entonces popular gobernadora provincial. Kicillof, exministro de Economía de Cristina, obtuvo 49,3 por ciento de la votación contra 32,7 de Vidal.

Tras la victoria, Kicillof subrayó que su campaña fue desarrollada desde abajo hacia arriba, con énfasis en el tradicional puerta a puerta. Ello contrasta con el acento en la propaganda vehiculada a través de las redes sociales, que llevó adelante el macrismo. Las campañas digitales dan cierta ventaja a quienes la emplean. Esto, porque en la Argentina la veda electoral apunta solo a los medios impresos, a la radio y a la televisión. En Internet los espacios no son asignados con criterio equitativo por la Dirección Nacional Electoral, sino que se compran. Juntos por el Cambio volcó sus recursos económicos a una amplia estrategia digital que inundó plataformas como YouTube, Google, Facebook y Twitter, en las que abundaron los avisos instando a votar por los candidatos oficialistas. Estas plataformas guardan un secreto total —«confidencialidad comercial» la llaman—, sobre los valores cobrados por sus prestaciones políticas.

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Raúl Sohr

Analista internacional