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La fuente del abuso es el poder

Los abusos sexuales cometidos por el excapellán del Hogar de Cristo, Renato Poblete Barth, nos llevan a una sensación de fondo, tanto por la violencia como por la normalización de esta. Con casi cincuenta posibles víctimas de violencia sexual física y simbólica, es imposible pensar que esto ocurrió porque él llevaba de manera astuta una segunda vida. Poblete vivió una sola vida en la que se aprovechó de un proyecto como el Hogar de Cristo para sentarse en una plataforma de poder desde la que pudo actuar impunemente.

Gracias a la valentía de una de sus víctimas, fue posible romper la estructura de silencio y silenciamiento que lo protegió durante su vida.

No fue el compromiso de justicia de la Compañía, de sus compañeros jesuitas, compañeros de comunidad o de trabajo. Fue Marcela Aranda quien logró salir de la esclavitud de la obligación de callar, que le imponía el dolor del trauma, la lealtad manipulada del bien mayor del Hogar de Cristo o de la Iglesia. Y al liberarse de esa esclavitud abrió puertas a otras mujeres para que comenzaran también esa liberación.

QUÉ ES LO QUE REALMENTE INDIGNA

Un jesuita hace pocos días se indignaba ante los medios de comunicación por las filtraciones a la prensa de los casos, porque hacían posible tal vez identificar a algunas víctimas. Esta indignación es parte del síntoma y es desde donde quiero formular mis preguntas a la Compañía.

Lo que indigna es que los abusos ocurrieron y nadie los detuvo. Nadie lo denunció. Nadie fue capaz de proteger a las víctimas. Eso sí es realmente indignante.

Hubo otros que lo hicieron posible, que lo normalizaron, que tal vez sonreían picarescamente cuando Poblete llegaba al día siguiente a su casa y comunidad. ¿Qué sucedió? ¿Justificaron los abusos de Poblete como una recompensa por sus éxitos sociales, organizacionales y políticos?

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