El pueblo mapuche y la sociedad del buen vivir

Hasta hoy la «invitación» ha sido a que los pueblos indígenas se sumen a un tipo de desarrollo que ha manifestado su total fracaso y su profunda deshumanidad. Ese llamado ha estado acompañado de prebendas, regalos innecesarios y, sobre todo, asistencialismo. Ese intento de integración forzosa está siempre guiado por el dios dinero y la religión del consumo sin límites.

Diego Ancalao Gavilán

04 octubre 2019, 12:54 pm
26 mins

A comienzos de la década de 1960, Violeta Parra grabó una canción, con sabor a letanía… «Arauco tiene una pena, que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar»; y en otro verso señalaba, «Arauco tiene una pena, más negra que su chamal, ya no son los españoles los que los hacen llorar, hoy son los propios chilenos los que les quitan su pan». Como lo sabemos muy bien, la cantautora, más que utilizar su imaginación, construyó su obra recopilando los dolores de Chile allí donde estos se encontraban, describiendo con real crudeza nuestro verdadero «ser» nacional, que se mantiene hasta hoy.

Desde pequeñas y aisladas comunas o desde los suburbios de las grandes ciudades, hemos venido escuchando lejanas discusiones sobre la globalización, la revolución de las comunicaciones y el poder de los mercados financieros. Como una cruel ironía, el pueblo mapuche ha experimentado dramáticamente los impactos de una modernidad vivida plenamente solo por un grupo privilegiado. En la práctica, lo que hemos constatando es la desintegración de nuestras comunidades, la sistemática fragmentación familiar, social y cultural, en un escenario que mantiene importantes niveles de exclusión y marginación, que ocultan fuertes síntomas de discriminación en sus más diversas formas. El efecto de todo ello solo ha agudizado nuevos e históricos conflictos, que parecen muy lejanos de resolverse.

Algunos se empeñan en mostrar ese conflicto como una simple lucha de intereses económicos entre empresas forestales y comunidades Mapuche. Esa caricatura, en realidad, lo que hace es ocultar la verdad, que comienza con la violenta invasión europea y que culmina con la decisión política de Estado de violar el Tratado de Trapigue de 1825 e invadir militarmente a una nación soberana. A partir de ahí, comienza la expoliación de las tierras y el ganado, que concluye con el intento de asimilación y una enorme deuda histórica.

En diversos momentos, autoridades de distintos gobiernos, actores políticos de todos los colores, junto a empresas agrícolas o madereras, insisten en catalogar distintas acciones acontecidas en la Región de La Araucanía como «actos de violencia», «extremistas» o directamente «terroristas». En esto hay que ser categóricos: el pueblo mapuche tiene una vocación profunda por la paz, el diálogo y el entendimiento. Sin embargo, existe una visión interesada en distorsionar, reducir y fragmentar los hechos, a cuantificarlos sin desentrañar sus causas, aislándolos de una dinámica social, cultural e histórica a hechos personales o grupos étnicos «delincuentes» fuera de la ley. Lo que ha habido son manifestaciones sociopolíticas de un pueblo que se resistió al intento de exterminio y hoy de asimilación.

NO RENUNCIAR A DERECHOS NI IDENTIDAD

Las conductas habituales del Estado respecto del pueblo mapuche hablan de una incomprensión absoluta de nuestra identidad cultural o de un menosprecio total sobre nuestra forma de vida. Así, por ejemplo, la reconversión productiva en Arauco y Malleco ha pretendido transformarnos de jinetes a agricultores, de mapuche a campesinos pobres o proletarios urbanos, hoy, a capitalistas o incluso de obreros forestales a peluqueros. Y apelativos como «borrachos» o «flojos», con toda la discriminación que ello importa, han logrado dejarnos fuera del pacto social.

Aunque parezca increíble, aun hoy el Estado chileno no reconoce los derechos elementales del pueblo mapuche. La actual Ley Indígena y la propia Constitución Política, no reconocen nuestra existencia ni la de otros pueblos indígenas. En el fondo, se expresa la vieja lógica del Estado racista, negándonos una plena ciudadanía, y condenándonos al empobrecimiento y la exclusión.

No nos interesa una suerte de modernización de pobreza. Queremos ser escuchados y considerados por lo que somos y lo que representamos para Chile y, desde ahí, participar activamente en el desarrollo integral de esta tierra que compartimos. No queremos renunciar a nuestros derechos y, mucho menos, a la identidad que nos define y nos constituye: eso sería negar nuestra existencia. Este país debe hacer posible el logro de un desarrollo humano integral y que se apoye en un proyecto propio de su gente, de sus culturas y de sus pueblos. Si ese proyecto logra encarnar sus anhelos más profundos, podremos tener la certeza de caminar en la dirección correcta.

Hasta hoy la «invitación», ha sido a que los pueblos indígenas se sumen a un tipo de desarrollo que ha manifestado su total fracaso y su profunda deshumanidad. Ese llamado ha estado acompañado de prebendas, regalos innecesarios y, sobre todo, de asistencialismo. Ese intento de integración forzosa está siempre guiado por el dios-dinero y la religión del consumo sin límites.

EL SER CHILENO SE DILUYE

Nosotros vemos que se busca integrarnos a una sociedad que está fracturada y en la que predomina la desconfianza entre sus miembros y de estos con las instituciones que sostienen su frágil democracia. Y, sin embargo, es una comunidad que continúa prefiriendo sus antepasados europeos, en vez de encontrarse con sus hermanos indígenas. El «ser chileno» se diluye en una realidad líquida sin sus raíces indígenas ancestrales, a tal punto de que sin esas raíces resulta imposible definir su identidad y puede aparecer la peligrosa y extemporánea idea de aspirar a conformar una especie de «raza pura» chilena.

Ese desapego del origen se instaló durante mucho tiempo como un paradigma estático e inamovible, lo que terminó condenando a los indígenas a la pobreza y la opresión del Estado omnipotente. Hoy solo nos quedan los programas sociales donde se hace competir a una organización contra otra. ¿Es esta una concepción solidaria? No queremos que se siga utilizando el nombre de nuestro pueblo para obtener recursos para financiar espacios burocráticos, consultoras del gobierno de turno y cooptar dirigentes.

Estos programas asistencialistas y fragmentados, como toda la sociedad chilena, son los métodos de una estructura apegada a una política discriminatoria y represiva, y a una concepción del siglo XXI en absoluta contradicción con el avance de los debates, declaraciones y acuerdos en derecho internacional, muchos de los cuales aún el Estado chileno es incapaz de aplicar, aun después de haberlos ratificado.

El caso del Convenio 169 de la OIT es un caso emblemático. En efecto, este convenio demuestra los avances internacionales en materias de reconocimiento de derechos de los pueblos originarios y es estatus que la comunidad global le otorga a estas comunidades. Pero Chile sigue a la saga, como si esperara el milagro de que su legislación se adapte espontáneamente a esas normas que fijan un nuevo orden civilizatorio para toda la humanidad. Pero eso no ocurrirá, salvo que se aplique un acto de voluntad democrática tal que despierte, de una vez por todas, la conciencia en favor de una unidad nacional sustentada en la diversidad que efectivamente la compone.

Nuestro diagnóstico del estado actual de cosas es lapidario. El último tiempo hemos visto recrudecer las actitudes de prepotencia y estigmatización, especialmente en La Araucanía. Por estos días, se continúa con el procesamiento, las condenas y el encarcelamiento de dirigentes mapuche, con la aplicación de la Ley Antiterrorista y con las fuerzas policiales que intensifican su capacidad represiva, realizando operaciones desproporcionadas en el uso de sus fuerzas. Se sigue produciendo el desalojo como un violento método de amedrentamiento.

En ese sentido, el asesinato flagrante de Camilo Catrillanca y el intento inicial de ocultar sus causas son una señal de la brutalidad con la que se ha actuado en muchos otros casos desconocidos o que no se han querido ver en su real magnitud.

BUSCAR CAMINOS MÁS HUMANOS

Algunos podrán creer que la forma en la que se ha actuado hasta ahora es la única posible. Yo en cambio, sostengo que es posible buscar caminos alternativos mucho mejores y más humanos. Afortunadamente, existen ejemplos en el mundo que vale la pena observar y hasta replicar en sus líneas fundamentales. El caso del pueblo maorí en Nueva Zelanda resulta de los más interesantes. Allí, la Corona Británica, se percató de que se enfrentaban a una lucha imposible de ganar. Esto, más que una graciosa concesión, fue una conquista del pueblo maorí, gracias a una inquebrantable voluntad de defensa de su dignidad de pueblo.

El arribo al acuerdo entre Inglaterra y los maoríes no estuvo exenta del derramamiento de mucha sangre y la vivencia inevitable del sufrimiento de mucha gente. Pero la situación no se agotó en el conflicto y emergió la convicción en todos los actores participantes del debate, que la paz solo era posible en la medida que se abrieran los espacios de un diálogo cuyas conclusiones finales fueran vinculantes para todas las partes. El Tratado de Wiaitangui es el resultado de ese proceso. Ese tratado, más que un punto de llegada, fue la partida de una historia nueva para Aotearoa (Nueva Zelanda), no exenta de problemas, por cierto, pero capaz de transformar a ese país en un modelo de unidad en la diversidad.

Este ejemplo es de particular relevancia, debido a que el Estado chileno suscribió un tratado con la Nación Mapuche en el parlamento de Tapihue en 1825. Este tiene como aspecto más importante el reconocimiento a la autonomía mapuche por parte del Estado. El artículo 18, señala: «Los gobernadores ó Caciques desde la ratificación de estos tratados no permitirán que ningún chileno exista en los terrenos de su dominio…». El artículo 30 dice: «Queda obligado el Gobierno a facilitarles el paso para este… y pedir el correspondiente pasaporte por medio del Comisario…». Ergo, pedir pasaporte no es otra cosa que reconocer a una nación vecina.

Este tratado fue violado por el Estado en el genocidio llamado «Pacificación de la Araucanía». Con obsesiva recurrencia, los Presidentes de Chile han dicho firmemente a Bolivia que los tratados deben respetarse. En el caso mencionado, debe haberse producido una amnesia colectiva, que se tradujo en un manto de olvido conveniente.

La lucha que el pueblo mapuche ha debido mantener a lo largo de los siglos, lejos de instalar el resentimiento y el ánimo de revancha, nos ha llevado a una intensa identificación con todos los excluidos del Estado, dominado hasta hoy por quienes prefieren vernos sobrevivir y no vivir dignamente. Por su parte, el pueblo chileno ha comenzado a comprender nuestra posición al punto de que varios de ellos se han apropiado de nuestra causa y nos han ayudado. No somos racistas ante el resto de la sociedad. Para mostrar esto basta con observar los vínculos de solidaridad entre los pueblos indígenas y las clases sociales más postergadas del país, y la réplica ejemplar en países latinoamericanos nos hacen concluir que su destino está amarrado al nuestro y hay una razón que nos debiera impulsar a aunar fuerzas.

Para lograr cambios sociales, necesariamente tenemos que unirnos con la sociedad civil chilena, encontrar puntos en común y determinar que tenemos los mismos adversarios. Las luchas de los sectores vulnerados de la sociedad chilena están íntimamente ligadas con los pueblos indígenas. Es más, muchas generaciones de chilenos y chilenas han sido testigos directos, por la vía de la actuación, la omisión o la simple pasividad, acerca de cómo nuestros pueblos han sido víctimas tanto de la violencia de Estado como de una conducta social que se ha hecho parte de ese intento de aniquilación.

Esta situación que especialmente el pueblo mapuche ha vivido es, al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de todos los excluidos de Chile. ¿Qué hay con esos cientos de miles de chilenos que, luego de haber trabajado toda su vida y haber hecho una contribución al desarrollo del país, reciben como recompensa una pensión indigna, incapaz de solventar hasta las más básicas necesidades?

En efecto, el chileno se ha dado cuenta de que quienes protagonizan la represión al mundo indígena, son los mismos que hoy reprimen y golpean a profesores, profesoras y estudiantes, cuando reivindican sus derechos. Son los mismos que atacan a los trabajadores cuando buscan mejoras salariales. O los mismos que menosprecian las demandas de los pescadores, cuando luchan por cuotas de pesca justas.

También el chileno está reconociendo la consistencia del pensamiento y estilo de vida indígena. Quien primero defiende el medio ambiente, quien antes que otros se opone a las centrales hidroeléctricas, quien defiende las cuotas marinas o quien ha dado la vida por defender la madre tierra, es el pueblo mapuche.

Nuestro lenguaje de recuperar derechos y alcanzar una sociedad para el «buen vivir» de la mayoría y no para el «buen funcionamiento» del mercado, expresado en constantes movilizaciones, es el mismo de los sectores oprimidos, de los sectores no escuchados y de los sectores agredidos.

El segundo reporte del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas de la Universidad Católica, sobre relaciones entre pueblos originarios y el resto de la población, entregó resultados muy importantes y reveladores. Esto, principalmente, porque en dos años las personas que se consideran mapuches aumentaron de un 12% a un 23% y la adhesión de no mapuches a la causa indígena creció en seis puntos porcentuales, pasando del 33% al 39%. Es más, un 70% de los encuestados reconoce que existe un conflicto entre el Estado y los pueblos indígenas. Está claro que este es un asunto no resuelto, prioritariamente por los intereses económicos que mantiene ese pequeño grupo, proveniente o que protege el sector político que administra el país.

El desafío entonces consiste en que seamos capaces de instaurar una nueva forma de liderazgo, que permita ir generando y levantando una sociedad solidaria que dé igualdad de oportunidades a todos, para que logren su incorporación al campo laboral y a toda actividad económica, social y cultural que tienda al pleno desarrollo como personas, saliendo de la mera crítica a propuestas concretas, buscando un desarrollo sustentado en la paz como situación deseada y valor predominante, en torno al cual será posible edificar el consenso cotidiano.

EL LLAMADO A LA PAZ Y AL BUEN VIVIR

El discurso recurrente que apela al pueblo como la expresión máxima de la soberanía popular y el sentido más hondo de la democracia no se ha expresado en las relaciones de poder. Ese poder sigue concentrado en un pequeño grupo que cada día pierde densidad y prestigio. Esto, nos obliga a plantearnos la unidad política y social del pueblo de Chile con la causa justa del pueblo Mapuche. De esta manera, debemos suscribir un nuevo pacto social tendiente a que el Estado reconozca y priorice en sus compromisos, las demandas pendientes por más de 100 años del pueblo Mapuche y las demandas pendientes del Chile postergado, ¿hay alguna razón para seguir esperando?

Este nuevo pacto debe sustentarse en el diálogo respetuoso en el que los diferentes actores validos establecen compromisos de acatamiento de los acuerdos. Este no es un llamado a la subversión sino, por el contrario, es un llamado a la solución de asuntos postergados por demasiado tiempo. Con esas premisas y esos criterios, instamos a la clase política que administra el Estado a realizar todas las acciones necesarias para lograr el reconocimiento constitucional de los pueblos Indígenas y reconocimiento de un Estado Plurinacional. También buscamos aprobar un estatuto de autonomía que garantice la autodeterminación de los pueblos indígenas, en el marco de la legislación nacional. Además, queremos promover la implementación de un registro electoral indígena, con cupos reservados en el poder, municipal, regional y legislativo.

Desde las culturas indígenas ancestrales se nos llama al buen vivir (kumemogen en mapudungun) y a asegurar a cada cual una vida digna. Esto se traduce, en este caso, en la supremacía del trabajo humano por sobre el capital y a la sociedad por sobre el mercado. Y por sobre todo ubicarnos por sobre las ideologías que han demostrado su fracaso, como el capitalista que ubica el dinero en el centro del desarrollo, el socialismo al hombre. La gran diferencia es que nosotros, los mapuche, ubicamos la vida en el centro del desarrollo. Esta es una diferencia sustantiva, que permite encontrar en la cosmovisión Mapuche un nuevo modelo de desarrollo como una solución global.

En efecto, el medio ambiente hoy está en grave peligro no solamente por el calentamiento global, sino también por el modelo extractivista que en ciento treinta años ha destruido todo el ecosistema que por miles de años había cuidado el pueblo mapuche. Hoy lo han invadido de centrales hidroeléctricas, celulosas y de plantaciones forestales exóticas que están secando nuestra Ñuke Mapue (madre tierra). Una parte importante de la sociedad chilena está observando que nuestra defensa también ayuda a que Chile pueda tener un mejor futuro para las próximas generaciones. Nosotros nunca habríamos esclavizado al humano y asesinado a nuestra madre tierra.

La forma actual de ver el desarrollo choca con la cosmovisión de los pueblos indígenas, que no ven el buen vivir en la sobre explotación de la madre tierra, buscando el bienestar personal a costa de la depredación y la competencia entre hermanos, el pueblo mapuche le denomina kumemongen (buen vivir) que engloba un todo, establece relaciones con la naturaleza en sus infinitas manifestaciones, cohabitando lo materia con lo espiritual dentro de un territorio, donde la relación es de interacción, no de depredación. Este concepto es similar entre los pueblos indígenas de América.

Buscamos la justicia para el escándalo de la desigualdad política, económica, social e indígena de Chile. Concordamos en una justa repartición de la producción y de los frutos del progreso. Si no hay una respuesta satisfactoria, los sectores excluidos de Chile se verán en la obligación no solo de ejercer el derecho, sino en el deber de liderar una movilización nacional pacífica orientada a exigir ese mínimo ético. Estos requerimientos nacen del convencimiento más profundo de que llegó el tiempo de realizar un cambio justo, que la sociedad chilena mayoritariamente reclama y exige. Llegó el momento de valorar a los pueblos indígenas que, con su rica diversidad, constituyen parte significativa de la identidad de Chile. MSJ

Diego Ancalao Gavilán

Licenciado en Educación, presidente de la Fundación de Liderazgo y Desarrollo Indígenas