Viernes de furia

El bien de toda la sociedad pasa por dar la prioridad a la satisfacción de las necesidades de los más vulnerables dentro de su seno, porque es desde esta inclusión que se mide la igual dignidad de todos y cada uno de los miembros de la sociedad.

Tony Mifsud S.J.

06 noviembre 2019, 3:41 pm
7 mins

Camino a la imprenta, se tuvo que frenar la Revista para ofrecer una primera reflexión ética breve sobre lo acontecido el día viernes, 18 de octubre, con el llamado a evadir el pago en el Metro, debido a la subida anunciada de 30 pesos.

Ese día fue una auténtica jornada de furia. El primer balance arrojó 41 estaciones del metro dañadas, 308 personas detenidas, 156 carabineros lesionados, 11 denuncias de civiles lesionados, 49 vehículos policiales y 16 buses destruidos. Resultado: el Gobierno declara Estado de Emergencia, se nombra al General Javier Iturriaga como Jefe de Defensa Nacional, salen 500 militares para patrullar en las calles y la red del Metro cerrada durante el fin de semana. El día siguiente siguen las protestas y se extienden a otras ciudades del país, el Presidente de la República anuncia la congelación del alza del metro y se declara toque de queda en la noche.

Esta situación nacional fue noticia internacional. Así, a título de ejemplo, el diario El Clarín (Argentina) observó que “Santiago de Chile parece una ciudad de posguerra. La capital es un caos: cortes de calle, barricadas y enfrentamientos entre la policía y los manifestantes”.

LA VIOLENCIA JUVENIL

Santiago quedó paralizado, no solo por la falta de transporte público sino, muy especialmente, por el nivel de violencia desplegado. Desde el grito de “evasión” se pasó a una destrucción incontenible. Hasta hubo saqueos en la noche a supermercados y otras tiendas. Lo increíble fue ver por la televisión personas caminando tranquilamente por la calle con lo robado a espaldas, mientras otras cargaban su auto con lo robado. Claramente no se estaba robando comida sino televisores, máquinas de lavar y otros objetos de consumo.

La constante presencia de encapuchados en las protestas es muy lamentable, porque resulta ser un signo anti-democrático de clara cobardía. En democracia se participa con el rostro descubierto, porque uno se hace responsable de sus actos y busca el diálogo, lo cual solo es posible entre rostros descubiertos.

El daño a la infraestructura fue enorme y resulta que es el ciudadano común y corriente quien va a sufrir las consecuencias de esta ola de destrucción, porque la paralización del metro y la quema de buses solo hace más difícil el transporte diario. Por tanto, habiendo acuerdo con la causa, existe un mayoritario rechazo ciudadano a la violencia, lo cual, a su vez, debilita el apoyo ciudadano a la causa.

EL MALESTAR CIUDADANO

Sin embargo, el rechazo a la violencia no puede ocultar la legitimidad de la protesta. El alza de treinta pesos en el transporte fue la gota que hizo rebalsar el vaso. De hecho, paralelamente a la violencia, durante el fin de semana el sonido de los cacerolazos no dejó de marcar el ritmo del día.

La desigualdad social está crucificando diariamente a muchas familias. Las bajas pensiones, el precio desorbitante de los medicamentos, la alza en las cuentas de luz, el creciente endeudamiento, la sensación generalizada de impunidad, la corrupción en las distintas instituciones públicas, la plaga del narcotráfico, entre otros factores, son la causa del malestar ciudadano. Para unos pocos, treinta pesos no son nada, pero para una mayoría resultan agobiantes en su vida cotidiana.

Este estallido social es un signo claro de algo más profundo. Limitarse a descartar el fenómeno, reduciéndolo a simple delincuencia, sería un error muy grande, apagando el incendio con bencina. El auténtico problema es que el actual sistema no da para más. Es preciso remediar la distancia entre el parlamento y la calle, ir minimizando la inaceptable desigualdad social, integrar la dimensión ética a la dictadura de la postura económica, mejorar las pensiones…

LA NECESARIA PRIORIZACIÓN

Este estallido social deja en claro la ausencia de un proyecto nacional compartido. Curiosamente, algunos partidos políticos están tratando de sacar provecho de esta situación, cuando la verdad es que esta solo recalca el fracaso de los partidos políticos en representar el interés de la ciudadanía.

Una pista en la elaboración de este proyecto común es la reivindicación del concepto de bien común. El bien común “no es la simple suma de los intereses particulares, sino que implica su valoración y armonización, hecha según una equilibrada jerarquía de valores y, en última instancia, según una exacta comprensión de la dignidad y de los derechos de la persona” (Juan Pablo II, Centesimus Annus, 1991, No 47).

En otras palabras, es la búsqueda de la realización de todas las personas que conforman la sociedad, evaluando la priorización de los intereses particulares, según la jerarquización de las necesidades sociales a partir del principio fundante de la dignidad de todo y cada ciudadano. Por consiguiente, el bien de toda la sociedad pasa por dar la prioridad a la satisfacción de las necesidades de los más vulnerables dentro de su seno, porque es desde esta inclusión que se mide la igual dignidad de todos y cada uno de los miembros de la sociedad. MSJ

* Texto escrito el domingo 20 de octubre.

Tony Mifsud S.J.

Director Revista Mensaje