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Cambio de régimen en Bolivia

¿Evo Morales fue depuesto por un golpe de estado, “golpe cívico-político-policial” en sus palabras, o por una acción constitucional ante un presunto fraude electoral? Es un debate que recibe, en circunstancia similares en otros países latinoamericanos, una respuesta que depende del punto de vista político que cada cual. Lo que no está en discusión es que es un drástico intento de cambio de régimen. Este es el eufemismo, empleado desde hace mucho en Estados Unidos, para designar un viraje en 180 grados en la conducción de un Estado.

Apenas hecha del poder, el 12 de noviembre, la Presidenta interina Jeanine Áñez ingresó a la sede presidencial con una gran biblia en mano y declaró: “Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a Palacio. Que él nos bendiga”. Se citan tuits suyos en que habló de ritos satánicos para aludir a ceremonias indígenas y en los que alude a Morales como a un “podre indio”. Pero, más allá de su opción religiosa, obró con rapidez en el campo terrenal. Sin perder un minuto, rompió relaciones con Venezuela y Cuba, exigió la salida de ochocientos médicos cubanos, retiró a Bolivia del acuerdo de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) con Venezuela, Cuba y Nicaragua, y se desligó de la ya mermada Unión de Naciones Suramericanas (Unasur). El reflejo inicial de Áñez fue proscribir no solo a Morales y su vicepresidente Álvaro García Linera, sino que al conjunto del Movimiento Al Socialismo (MAS). Después recapacitó –excluía de la actividad política al mayor protagonista– y planteó que podría postular candidatos, siempre que Morales no figurara entre ellos. La autonominada Presidenta pertenece a un sector que obtuvo solo el 4,4 por ciento de los votos el 20 de octubre. Es la derecha tradicional que estuvo liderada por el general Hugo Banzer, como dictador entre 1971 y 1978, y presidente electo entre 1997 y 2001.

En los hechos, quien tiene las riendas del poder es Luis Fernando Camacho, el hombre fuerte que forzó la salida de Morales, y que fue más lejos que Áñez y proclamó que la “Pachamama nunca volverá al Palacio”, aludiendo al espíritu andino de la Madre Tierra. “Bolivia le pertenece a Cristo”. También promovió la veda de la wiphala, la bandera multicolor que representa la reivindicación plurinacional de los pueblos indígenas, que corresponde a la mayoría de la población boliviana.

Camacho es un cruceño adinerado, fundamentalista católico, apadrinado por un paramilitar fascista conspicuo por sus convicciones racistas Camacho es miembro de una familia que domina el lucrativo negocio gasífero del oriente del país. Apodado “el macho” por algunos y “baby Bolsonaro” por otros, lideró una campaña internacional logrando el respaldo del gobierno brasileño de Jair Bolsonaro, del colombiano de Iván Duque y del líder opositor venezolano Juan Guaidó. Antes, Camacho pasó años a la cabeza de la organización separatista de corte fascista, la Unión Juvenil Cruceñista

Arturo Murillo, el actual ministro de Gobierno, proclamó en un debate sobre la despenalización del aborto, hace un par de años, en su entonces condición de senador: “Un puñado de mujeres se creen muy liberales. Yo las apoyo, si quieren matarse, que se maten, que se tiren del quinto piso. Suicídense. Hagan lo que quieran con sus vidas, no con una que no les pertenece”.

En el plano económico, José Luis Parada, el ministro de Economía y Hacienda, que antes manejó las cuentas del Departamento de Santa Cruz, adelantó que promoverá una amplia apertura económica y dejará atrás el protagonismo estatal porque, bajo gobierno del MAS, la inversión privada tuvo trabas y se trata de “atraer inversiones”.

A través de los propósitos de algunos de sus personeros se devela la orientación de un gobierno que, en su condición de interino, carece de un mandato para impulsar un giro radical en la conducción del país.

EL BARÓMETRO BOLIVIANO

La caída del gobierno de Morales es emblemática de la tensión que vive América Latina. Hace algunas décadas se decía que Bolivia era un barómetro para anticipar qué ocurría en el resto de la región. Ello, hasta que comenzaron los tres sucesivos gobiernos de Morales. Como el presidente democrático de mayor permanencia en el poder, casi catorce años, cambió el rostro social del país y marcó una era de estabilidad.

Algunos llegaron incluso a hablar de “evonomics” para señalar las estrategias económicas de su gestión. Bolivia logró un crecimiento promedio de cinco por ciento y casi cuatro para este año. Además, a diferencia de algunos países vecinos, logró una significativa distribución de la riqueza. Entre 2006 y 2019 Bolivia tuvo la etapa de mayor aceleración económica de su historia y logró reducir a la mitad la pobreza; esto, con muy baja inflación y mínimo endeudamiento externo. Bajo los mandatos de Morales, según el analista boliviano Fernando Medina: “La extrema pobreza monetaria (medida en ingresos de menos de dos dólares al día) cayó de 38 por ciento a 18 por ciento y hoy es de solo diez por ciento en las ciudades. Al mismo tiempo, Bolivia se convirtió en un país de ingresos medios, donde ‘solo’ treinta por ciento de la población gana menos de cuatro dólares por día”.

En Bolivia fue aplicada la consabida fórmula de dar al Estado un rol protagónico en ciertas áreas claves, como la minería del hierro, los hidrocarburos y la generación eléctrica. El sector privado tuvo despejado el camino en la esfera de la agroindustria, sacando buen partido del descomunal auge de la soja. El esfuerzo por ampliar la frontera agrícola del país llevó a Morales a modificar códigos de protección de ciertos territorios, algo que derivó en vastas quemas o roces en zonas amazónicas. Al respecto, el gobierno de Morales es acusado por su responsabilidad en los enormes incendios forestales que este año dañaron grandes superficies de la amazonía boliviana en la región de Chiquitania. En septiembre Morales rechazó las solicitudes de los pueblos indígenas que clamaron por declarar un estado de emergencia debido a los descontrolados siniestros. Los llamados internacionales para proteger esas zonas devastadas inicialmente fueron desoídos porque se consideraron perjudiciales para la soberanía nacional.

En lo que toca a pymes, que como en la mayoría de los países es el mayor empleador, tuvo un estímulo constante desde el crédito a la capacitación. El aumento del ingreso de grandes sectores amplió el mercado para los pequeños productores locales y el comercio. A este esquema alude la “economía plural” consagrada en la Constitución. Uno de los logros importantes de esta conducción fue una diversificación que disminuyó la vulnerabilidad del país.

Es un decir que los árboles no crecen hasta el cielo o, en términos económicos, no hay ciclos eternos. Bolivia sufre, como toda la región que depende en menor o mayor grado de la explotación de sus productos básicos, el impacto del fin del ciclo de los súper precios de las materias primas. En el caso boliviano, el daño lo ha provocado la caída del precio del gas que exporta a Brasil y la Argentina. Esto mermó las arcas fiscales frente a una ciudadanía que, empoderada, exige mayores prestaciones.

En el ámbito social, hasta cierto punto Morales fue víctima de su éxito. Una clase media emergente indígena logró romper el centenario cerco de marginalidad. Este fenómeno es simbolizado con la aparición de los “cholets”, en la ciudad de El Alto, que son la versión chola de un chalet. Los arquitectos hablan de un diseño neoandino. En el campo político este sector, cuyas lealtades estaban dictadas por su condición étnica, mutó para identificarse en forma creciente con sus intereses de avance económico y social.

Los esfuerzos del MAS por emparejar la cancha para los indígenas irritaron a sectores de la clase media blanca. Que la condición de dirigente social tuviese más peso que un título universitario fue percibido como discriminatoria. Que un indio presidiera con un vicepresidente blanco, como segundo, fue replicado en múltiples organismos públicos. El propio García Linera aludía a la “pigmentocracia” para designar a la elite blanca que, a su juicio, mantuvo un virtual apartheid desde la independencia.

UN FUTURO INCIERTO.

Ahora Bolivia vuelve a la incertidumbre que la caracterizó. El país está dividido. Afloran las viejas rivalidades regionales entre el altiplano mayoritariamente indígena, donde habitan los llamados collas, y los llanos orientales, la “media luna” por la conformación de los departamentos de Santa Cruz, Tarija, Pando y Beni, poblados por los denominados cambas. La pugna entre La Paz, la capital política, y Santa Cruz, el más dinámico motor económico, reflota con virulencia cada tanto. La tensión étnico racial está siempre presente.

Hasta cierto punto, el MAS y Morales pecaron de desmesura. Un ejemplo, entre varios, fue alentar la construcción de una central núcleo eléctrica destinada a tener la dudosa distinción de ser el reactor atómico situado en el punto más alto en relación a los restantes. Un proyecto faraónico para los recursos de Bolivia, que contó con auspicio ruso. Carecía, sin embargo, del más mínimo sentido económico en un país donde existen múltiples y baratas fuentes energéticas alternativas. Además, contar con una sola central es la antítesis de una economía a escala. Se trató de un espejismo sobre una falsa modernidad y un absurdo concepto de poderío nacional.

Hay también un factor demográfico que gravita pues treinta por ciento del electorado es menor de 30 años. Ellos han conocido solo a un presidente en Palacio Quemado. Las encuestas electorales previas a los comicios mostraron que en este segmento Morales obtenía menos preferencia. Para muchos jóvenes, los enormes cambios ya fueron y ahora aspiran a nuevos rostros políticos.

El poder desgasta, incluso a líderes de gran carisma. Una de las mayores debilidades del binomio Morales-García Linera fue no asegurar un liderazgo capaz de asumir la sucesión. La renuncia y partida a México de ambos señala, en todo caso, el don de anticipar la amenaza de un baño de sangre de haber llamado a una resistencia frente a las Fuerzas Armadas y la policía. Ante la coyuntura adversa, optaron por una retirada. Desde Ciudad de México, Morales resumió así lo ocurrido: “Algunos grupos que ostentan el poder económico no perdonan que los movimientos sociales, especialmente los indígenas, hayan dado otra cara a Bolivia… No nos perdonan la nacionalización de empresas estratégicas que cambió la matriz económica… Es lucha de clases, yo estoy convencido de eso. Tenía confianza en las Fuerzas Armadas, me di cuenta de que había militares patriotas y antiimperialistas, pero algunos comandantes se juegan a quién pone más”.

De momento, el MAS participa en negociaciones con el gobierno interino con miras a las próximas elecciones. El cuadro es confuso. En el transitorio oficialismo el candidato obvio debería ser Carlos Mesa, quien obtuvo una amplia votación en los últimos comicios. Pero ahora Camacho ha dejado ver la posibilidad de competir, así como lo han hecho otros posibles aspirantes. En cuanto al MAS, ha aceptado que Morales no será su abanderado. Al interior del movimiento, que permanece unido y relativamente íntegro ante la represión, pugnan dos tendencias. Una es partidaria de mantener el conflicto, a la espera de una reacción popular y con la confianza de que en las Fuerzas Armadas hay numerosos elementos afines. La otra postura busca un repliegue ordenado para capear el temporal y volver a la carga en condiciones más favorables.

Bolivia es probablemente el país con el pueblo con mayor nivel de organización y conciencia política de toda la región. A lo largo de su historia, golpes de Estado e insurrecciones tumbaron a docenas de gobiernos. Los últimos acontecimientos, aunque traumáticos, mantienen intactas a las organizaciones sociales y sindicatos. La experiencia de movilizaciones masivas para lograr objetivos políticos es parte de su tradición. Con estos antecedentes es improbable que el actual gobierno, con un claro sesgo anti indígena, logre asentarse. La situación es fluida y nunca debe subestimarse la capacidad boliviana de sorprender. MSJ