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El estallido social de Chile: Piezas para un rompecabezas

La revuelta social que comenzó hace más de un mes, y que desde entonces se mantiene sin ritmo previsible, sin petitorio organizado ni conducción formal, ha trastocado nuestras normalidades. Las certezas que guiaban las decisiones políticas, económicas e incluso policiales parecen haber perdido solidez. También se ha trizado la imagen que teníamos de nosotros mismos y del orden en que vivíamos.

Por eso, desde el 18 de octubre en la tarde estamos llenos de preguntas e incertidumbres sobre lo público en Chile. ¿Qué quiere la gente? ¿De dónde viene el malestar? ¿Por qué ahora? ¿Qué alimenta la violencia? ¿Puede la democracia asegurar el orden público? ¿Somos tan civilizados, desarrollados y ordenados como creíamos? ¿Quiénes son los que marchan, los que saquean o los que queman, y cuáles son las diferencias entre ellos? ¿Puede canalizarse la energía de este conflicto hacía un nuevo orden legítimo, y cómo se hace?

En esta hora las preguntas y empeños más urgentes tienen que enfocarse en los caminos para encauzar democráticamente el conflicto social que ha estallado en Chile y para hacer los cambios que permitan superar sus causas. Pero también es bueno comenzar a dialogar sobre las historias más profundas y las tendencias de largo plazo que podrían explicar lo que estamos viviendo y contribuir a dar perspectiva a los cambios que sin duda transitaremos a partir de ahora.

No es fácil hacer esta tarea, porque no se trata solo de mostrar tendencias previas, diagnosticadas y conocidas. También hay hechos nuevos que se están creando al calor de las movilizaciones y reacciones del mundo político. Y estos transcurren simultáneamente en diferentes planos de la realidad: lo subjetivo, lo político, lo económico, lo legal, lo cultural, lo comunicacional. Las movilizaciones y sus reacciones han remecido las categorías intelectuales con las que pensábamos a Chile. Esta es una hora de humildad intelectual: no todo fue previsto, muchas cosas son inéditas. Por eso estas notas son fragmentarias y con el sabor de lo provisorio: se ofrecen como piezas para el rompecabezas que aún debemos armar.

LOS MALESTARES DE LA SOCIEDAD

Se ha formado un nuevo sentido común, expresado por la gente en las calles y en las encuestas, por intelectuales, columnistas y políticos: lo ocurrido es la manifestación de un extendido malestar subjetivo con diversos aspectos de la vida social, el cual se venía incubando hace tiempo.

Ha habido una discusión de más de veinte años acerca de este malestar, tantas veces afirmado como negado; pero esta vez parece alcanzar la forma de un consenso básico. Se trata de un diagnóstico difuso y fragmentado, pero que tiene la fuerza de aquello que se describe no como interpretación sino como experiencia. Por eso la pregunta que circula hoy no es, como tantas veces antes, si acaso el diagnóstico es correcto, sino por qué no lo vimos.

Descrito en el nivel de las experiencias, y apoyado en las investigaciones previas, pero también en las actuales pancartas de los movilizados, en las afirmaciones de los líderes de opinión y en las opiniones del mundo político hoy se reconocen al menos cuatro vivencias que originan malestar.

La primera experiencia es la desigualdad. Chile es un país muy desigual, más que otros que exhiben los mismos indicadores de desarrollo. Pero –y hay que insistir en esto– no se trata solo ni principalmente de un problema de distribución del ingreso. Es, sobre todo, la experiencia de falta de reciprocidad que hay en las distintas formas de distribución de los bienes comunes: el crecimiento económico, por cierto, pero también el espacio urbano, la recreación, la protección social, el deporte, el respeto y la dignidad, la seguridad. Las personas sienten que le dan a la sociedad más de lo que reciben de ella, o que han cumplido sus obligaciones en un pacto social tácito, pero la otra parte, no. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la experiencia del incumplimiento de la promesa del mérito, que es la que se ha pronunciado como justificación para exigir esfuerzo.

La segunda es la experiencia de unas elites distantes, abusivas e impunes. La desconfianza de los chilenos en sus elites es muy alta e incluye a todos los que ocupan posiciones de poder, cualquiera sea el ámbito. Es la experiencia de que el poder es fuente de abusos, de privilegios, de desconocimiento de dignidades e igualdades. El poder institucional es ampliamente percibido como el lugar del desprecio y la humillación. Y ello se agrava con la experiencia de que esos agravios quedan impunes.

La tercera experiencia es la de un conjunto de instituciones que se perciben como ineficaces, clasistas, culturalmente conservadoras y centradas en su rentabilidad económica antes que en las necesidades sociales. Es la experiencia que surge de la relación cotidiana con los servicios de salud, la educación, la previsión, la gestión urbana, la seguridad ciudadana, la cultura. Allí la experiencia no es la del derecho y de la dignidad común, sino de las diferencias en capacidad económica, en origen, en opciones sexuales o culturales, en contactos sociales o en apariencia física.

La cuarta, es la experiencia de abandono y agobio que provoca un sistema que privatiza la mayoría de los bienes públicos, haciendo a los individuos responsables de su adquisición, normalmente mediante estrategias insostenibles, como el endeudamiento, la autoexplotación en trabajos múltiples o los traslados extenuantes.

En la subjetividad de las personas y en las conversaciones cotidianas estas cuatro experiencias tienden a reforzarse entre sí. De ello deriva una sensación explosiva de falta de cohesión y solidaridad social, de ilegitimidad de las autoridades, de ineficacia del orden institucional y de sobreexigencia personal.

Esas experiencias son ambivalentes, y se distribuyen de manera diferenciada entre diferentes grupos de la población. No todos viven todo el tiempo esas mismas experiencias. Pero uno de los rasgos comunes y, tal vez, de creciente intensidad, es que esas experiencias no eran reconocidas, acompañadas ni asociadas a horizontes creíbles de largo plazo y a ofertas de conducción confiables. Hace ya un tiempo la sociedad chilena ha venido quedándose sin relato cultural y político acerca de sus propias experiencias y de sus horizontes de futuro, más allá de las explicaciones y recetas tácticas o de la naturalización de los hechos.

LAS DEMANDAS SOCIALES Y SUS DISTINTOS NIVELES

Uno de los rasgos de las actuales movilizaciones ha sido la enorme fragmentación y escasa articulación discursiva de sus demandas. Sin embargo, un recorrido por las marchas, una mirada a sus pancartas y a los gestos de los cuerpos, a las formas de ocupación del espacio, así como una lectura de las declaraciones de las organizaciones que las apoyan, dejan entrever una cierta textura común de las demandas.

Pueden reconocerse los siguientes tipos o ámbitos de demanda en las movilizaciones, las que están asociadas a los malestares descritos y que operan como su justificación.

El primero son las demandas de bienestar económico cotidiano y apuntan a superar un agobio muy concreto y extendido: no poder llegar a fin de mes, no saber si se podrán enfrentar imprevistos. Se trata de exigencias sobre el salario mínimo, los costos de los medicamentos, los montos de las pensiones, el CAE, el transporte.

El segundo son las demandas políticas, asociadas a las relaciones entre ciudadanos e instituciones. Apuntan a lo “estructural”, a lo que está más allá y por debajo de las relaciones económicas. El horizonte es el cambio de la Constitución.

El tercero son las demandas ambientales, en las cuales se exige un reconocimiento de la mutua dependencia que tenemos los humanos con todas las especies y fuerzas del planeta. A partir de ahí se denuncia el uso irracional de los recursos y el abuso del ecosistema, el cual habría llegado a un límite de sustentabilidad. Lo que se demanda es respeto por la dignidad de los otros habitantes no humanos de la tierra y una conciencia de los límites del uso humano.

El cuarto es una demanda cultural implícita. Frente a una élite conservadora, se exige reconocimiento de los cambios culturales que ha experimentado el país. Esto se expresa menos en los discursos y más en los cuerpos, estéticas, y en el humor. Es una afirmación visible de la existencia de nuevos valores y formas de relacionamiento. Se muestran las sociabilidades transversales y espontáneas, no regidas por autoridad ni organización, la libertad en la composición de las relaciones de pareja, la superación de las barreras simbólicas en la ocupación del espacio, la irreverencia frente a los símbolos tradicionales y las autoridades. Y se muestra especialmente, y esto ha sido una sorpresa, en la ausencia de miedo allí donde creíamos que anidaba más fuerte: la violencia militar.

El quinto tipo son las demandas simbólicas. Ellas apuntan a satisfacer en el plano emocional y de manera pública la herida de la reciprocidad que se expresa en las múltiples formas de desigualdad. Esta herida es desde antiguo la más importante fisura que puede sufrir la cohesión social. Y ella puede ser reparada de muchas maneras, pero exige siempre una expresión pública y simbólica de castigo. En las demandas y acciones del movimiento social la demanda de reparación simbólica se expresa en la exigencia de rebaja de los sueldos y privilegios parlamentarios, en que las reformas del sistema tributario les “duela” a los ricos, en la evasión del pago del transporte y está presente también en ciertos componentes expresivos de la violencia ejercida en la forma de destrucción de bienes públicos y privados.

ALGUNAS PREGUNTAS SUELTAS CON RESPUESTAS PROVISORIAS

El ordenamiento anterior de tendencias y demandas permite enmarcar algunas preguntas que han surgido frente a la sorpresa de la protesta social y al calor de su evolución: ¿Por qué ahora? ¿De dónde proviene y qué significa la violencia? ¿Por qué no vimos venir este estallido ni reconocimos los síntomas del malestar? ¿Estamos frente a una derrota cultural del neoliberalismo? ¿Cómo se transforma esta protesta en cambio social y en un nuevo orden institucional? Son interrogantes que no pueden ser respondidos apelando solo a la preexistencia del malestar social, pues también hay hechos nuevos que explicar. Como es obvio, en estas breves notas no se pueden abordar todas esas preguntas, ni responderlas de manera acabada, pero valga el esfuerzo para aportar elementos a la discusión.

Uno de los aspectos más sorprendentes desde la perspectiva de nuestra autoimagen y de nuestros temores ha sido la violencia ejercida en algunos momentos y lugares de la protesta social. Ha sido extensa y profunda; no hay manera de negarla, ni valores a partir de los cuales justificarla. Este es uno de los hechos que requerirá dialogo pausado y desprejuiciado, porque hay mucho en juego en entender la violencia que nos habita.

La violencia se opone al ideal democrático; pero en el plano de los hechos la democracia institucional no alcanza nunca a contener las fuerzas reales de la lucha política, entre ellas, la violencia. Por eso la democracia está siempre pugnando contra su posible desborde, al tiempo que muchos de sus actores intentan usarla, de manera material o simbólica. De esta manera, la violencia no habla solo de los vándalos, sino también de las debilidades institucionales del orden político y de las estrategias no democráticas de algunos de sus actores. La reflexión sobre la violencia no ha de dirigirse a los “otros”, sino al “nosotros”.

La violencia tiene una dimensión simbólica y sus motivos suelen mostrarse más nítidamente en ese plano. Ella puede ser, para algunos pequeños grupos organizados, un medio instrumental y racional para obtener sus fines políticos o ideológicos. Pero para las mayorías que la ejercen en alguna de sus innumerables formas es vivida como parte de un ejercicio simbólico: el castigo. Esto no surge en ellas de una reflexión jurídica ni de una conciencia política, sino de una regla social profunda: la reciprocidad herida siempre busca ser restituida. La sensación de impunidad en que han quedado los muchos atentados a la fe y reciprocidad pública –como colusiones, privilegios, corrupciones y abusos de poder– ha sido un aliciente de la demanda de ejercer formas directas del castigo.

Pero hay también una dimensión histórica y cultural en el uso y significado de la violencia. Buena parte de nuestro orden tradicional descansa en el peso de la noche que ejerce el miedo a las pulsiones sociales: al castigo brutal que ejercen los poderosos y a la revancha a la que aspira el resentimiento popular. Y ello se ha canalizado políticamente hasta hoy en el uso de una forma de violencia simbólica: la amenaza con destruir las condiciones de vida del otro.

Hay que reconocer que, desde el retorno a la democracia, muchos de los intentos de reforma –precisamente, aquellos que hoy lamentamos no haber realizado– han sido combatidos desde el ejercicio de la amenaza. Amenaza de pérdida del empleo (y todas las consecuencias dramáticas que eso tiene), amenaza de fuga de capitales, amenaza de encarecimiento de los bienes y servicios, amenaza de pérdida de los frutos del esfuerzo, etc. Amenazas que, además, cuando se han hecho las reformas, se han revelado como falsas.

Nuestra cultura política tiene enquistada la idea de que una forma eficaz de frenar un cambio o de movilizarlo es ejercer la amenaza de la destrucción, porque apela a un fondo de miedos ancestrales con plena vigencia. Lo que hemos visto en estos días por parte de la protesta social es el uso de la amenaza como arma política. Y hay que reconocer que si las elites, especialmente las económicas y las de gobierno, no se hubieran sentido amenazadas, no habrían cedido todo lo que han cedido. Pero han cedido por miedo y no por convencimiento.

En un plano distinto, algunos se han apresurado a decretar la derrota cultural del neoliberalismo, apoyándose especialmente en la aparente demanda de comunidad y solidaridad que se expresaría en las movilizaciones y en el contenido político y económico de sus demandas. Lo cierto es que es muy temprano para sacar conclusiones y, aunque hay signos evidentes de un fortalecimiento de la resistencia cultural a una sociedad de mercado, hay también algunos signos importantes de persistencia de los valores culturales que están a la base de ese modelo. No parece que hubiera una demanda de comunidad en las movilizaciones, pues la reafirmación de la autonomía individual y de la espontaneidad de las formas de orgnanización apunta en sentido contrario. Lo mismo puede decirse de la apelación al mérito –negado como experiencia, pero reafirmado como valor– o a la movilidad social. Está por verse si el malestar, la solidaridad y las esperanzas de las víctimas de la sociedad de mercado, que ha movilizado y agrupado a millones, se transformará en un principio cultural que adquiera hegemonía. En cualquier caso, hoy tiene más posibilidades que antes.

NUESTRAS FORMAS DE CEGUERA

Finalmente, ¿por qué no vimos venir el estallido social? Claramente no era por falta de antecedentes y diagnósticos, porque, como todos hoy reconocen, ellos estaban disponibles y a la vista. El problema era de ceguera. No se quiso ver, o bien las perspectivas escogidas no permitieron ver.

La primera forma de ceguera ha sido la descalificación de la subjetividad personal y social en nombre de una supuesta “evidencia” objetiva. Todavía hoy escuchamos la prédica que dice que no hay fundamento para el malestar social porque los índices objetivos de crecimiento, reducción de la pobreza, aumento del consumo y otros similares no lo avalan. Las percepciones subjetivas serían efecto de distorsiones síquicas, exceso de expectativas o de incapacidad –especialmente, de las nuevas generaciones– para tolerar las normales restricciones y malestares de la modernidad real.

Esta ceguera y descalificación proviene en gran parte de una tecnocracia que no conoce la diferencia entre evidencia y experiencia, lo que explica su desdén hacia la vida real tal cual es vivida. La acción social, las percepciones y valoraciones no se definen a partir de indicadores del rendimiento de los sistemas e instituciones, sino a partir de la experiencia que las personas hacen de ellos. Y las personas no leen primeramente resultados económicos, sino las formas y los significados de las relaciones sociales que se dan ahí, como dignidad, reconocimiento, mérito o legitimidad. Y, como dice uno de los más antiguos teoremas de la sociología, “lo que las personas definen como real, es real en sus consecuencias”.

A esta ceguera contribuyó también la forma en que se desarrolló la disputa sobre el diagnóstico del malestar entre columnistas en los medios: se trató más de caricaturas para descalificar al adversario que de diálogos para entender y describir la realidad. Caricaturas que además no se tomaron la molestia de revisar los resultados de los estudios sociales que hacían esfuerzos por entender qué es lo que subyace al malestar.

La segunda forma de ceguera fue la excesiva confianza en el avance lineal del progreso y el crecimiento. No todos tuvieron la ceguera tecnocrática; muchos reconocían la existencia de un malestar problemático. Pero lo imputaban a un déficit de modernidad o a un lento crecimiento. Más sociedad de mercado –más de lo mismo– permitiría cerrar las brechas, y si ellas no se cerraban rápido no sería políticamente tan problemático, porque las personas tendrían un compromiso y un interés en la preservación de la modernidad capitalista, como mostraban las cifras de consumo y el interés en los créditos.

La tercera forma de ceguera fue la indolencia frente a los síntomas de irritación y asocialidad que mostraban segmentos importantes de jóvenes. La exclusión de los NINIS fue trivializada, las transformaciones en los sentidos de la autoridad y del trabajo de los millenials fueron reducidas a un asunto simpático de los matinales o de las estrategias del marketing, las nuevas carreras biográficas y nuevas formas de violencia surgidas en el contexto del tráfico de drogas fueron minimizadas como “micro”-tráfico, y así por delante. La ceguera fue alimentada por la baja relevancia electoral de los jóvenes y por la escasa renovación generacional en el poder de las instituciones.

La cuarta forma de ceguera es la que ha atravesado a una parte importante del ejercicio académico de las ciencias sociales. Es una de las cegueras con mayor impacto, porque aquellas tienen entre sus roles clásicos precisamente contribuir a iluminar e interpretar, más allá de prejuicios e intereses, las realidades sociales en el espacio público. Desde hace un tiempo, buena parte de la producción de las ciencias sociales se ha organizado bajo criterios de productividad e impacto que las alejan de lo público, de lo político e incluso del espacio chileno de debate. Se trata de la idea y la práctica del ejercicio académico que privilegia la difusión en los espacios mercantilizados de los circuitos editoriales y de los eventos globales antes que el impacto en las conversaciones públicas locales. Allí el énfasis se pone en los temas que interesan a grupos especializados del mundo desarrollado, en los aspectos formales y metodológico antes que en los contenidos sustantivos. Las universidades locales y el sistema de financiamiento de la ciencia, por su parte, han hecho propios estos criterios de productividad, que además favorecen la acumulación individual y desincentivan la interdisciplina. El relativo silencio o tardanza de reacción de muchos centros de investigación para interpretar, desde su investigación sistemática, el actual estallido social muestra que parte importante de nuestra academia está en deuda con el debate público del país y que sus formas e incentivos de producción deben ser discutidos.

DEFINIR UN NUEVO HORIZONTE

Al terminar estas notas, el país sigue movilizado y sus actores políticos y sociales debaten y dan pasos para construir una salida política e institucional hacia una nueva, más legítima y más justa normalidad democrática. No sabemos aún con certeza en qué dirección evolucionará y con qué resultados. Pero esta es nuestra tarea del presente. En el camino, debemos ir revisando críticamente qué nos trajo hasta aquí y qué se expresa en la acción social desplegada en las protestas. Ello podría ayudar a corregir algunos defectos de perspectiva y aportar señales para definir un nuevo horizonte común para Chile. Ese, con la humildad que exige el momento, ha sido el objetivo de esta reflexión. MSJ