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Mirar sin ver

Generalmente, entre los cristianos se celebra la Navidad como la fiesta que hace memoria del Dios que, en el Hijo Jesús, se hace hombre, es decir, cuando Dios se hace visible en el rostro humano del Hijo, asumiendo la condición humana. Sin embargo, la verdad es totalmente distinta. En Navidad se celebra el Dios que se hace invisible, asumiendo la condición humana, para poder ser visible a la mirada humana.

UNA MIRADA MIOPE

Hay que tener ojos muy profundos para que esa visibilidad no oculte el misterio más profundo de Dios. Muchos contemporáneos de Jesús vieron solo un nazareno y fueron incapaces de reconocer en Él el misterio de Dios, porque el Señor escogió la sencillez, la pobreza, la humildad, y no la pompa y el poder para manifestarse. Así, en Navidad se celebra la presencia visible de Dios, pero paradójicamente esa visibilidad puede ocultarlo porque es muy humana y humilde.

Es exactamente lo que escribe san Pablo en su carta a los Tesalonicenses sobre la Persona de Jesús el Cristo: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2, 6-8).

Navidad es un tiempo para abrir la mirada y penetrar lo invisible. La cultura moderna tiende a quedarse con lo exterior, reduciendo la misma realidad a lo que se ve. Sin embargo, esta perspectiva empobrece lo humano porque, muchas veces, lo auténticamente valioso se encuentra en lo invisible que se esconde dentro de –pero se expresa en– lo visible.

Lo vivido en estos últimos días en el país también subraya la importancia decisiva de saber detectar lo invisible. Mucho se ha hablado del malestar social, pero muy pocos acertaron a prevenir el estallido social que remeció a la sociedad chilena. Se apreciaba el progreso económico sin considerar el dolor del corazón humano provocado por la injusticia de la desigualdad. Se está viviendo en una sociedad que se queda con lo de fuera, sin penetrar lo que está adentro.

La Navidad puede ser una ocasión para aprender a leer lo que no se ve, a apreciar el tesoro que se encuentra en medio de lo desechado, a entender con el corazón lo que no comprende el cerebro; en fin, a mirar profundamente para entender de manera más comprensiva.

La celebración cristiana de la Navidad es la fiesta de los olvidados por la sociedad, de los condenados a la invisibilidad, de lo común y corriente, porque Jesús estuvo y está dispuesto a nacer entre ellos, a acompañarlos, porque son el “sacramento” de Dios. El mismo Jesús dejó en claro que lo que se hace con el más pequeño, “a Mí me lo hicieron” (Mt 25, 40).

¿QUÉ ESTÁ PASANDO?

Estos últimos días hemos sido testigos de una explosión social del malestar, totalmente razonable en sus causas, pero también de una violencia desmesurada y de una destrucción incontrolada, que, de hecho, han afectado la vida cotidiana de la ciudadanía común y corriente. No resulta comprensible el grito que se lanza para defender al pueblo, cuando ese mismo sujeto es el que, a raíz de la expresión vandálica de esa demanda, ha sufrido problemas de transporte, inseguridad en la defensa de sus casas, dificultad para obtener alimentos…

En las redes sociales corre un viento que huele a odio. Un odio contra todo y contra todos. Los rostros de los encapuchados llenos de violencia. El miedo del ciudadano común que tiene que retirarse temprano para encerrarse en su casa. ¿Qué pasa con Chile? Por una parte, marchas multitudinarias que pretenden expresar pacíficamente la necesidad de cambio, y, por otra, violencia destructiva de los lugares públicos.

Es difícil, y probablemente errado, descubrir una sola razón para explicar este fenómeno de explosión social, que contiene varias dimensiones, para comprenderlo a cabalidad, resultando más fácil definir lo que no es. Un diagnóstico correcto es indispensable para encontrar una solución adecuada.

Este estallido social no se puede reducir a un problema de orden público, porque los desmanes son el efecto de una causa. Tampoco se trata de un proceso que se va a acabar por agotamiento porque su raíz es tremendamente profunda. Menos todavía se va a solucionar aplicando una lógica militar a una situación de descontento social. Otro error sería ofrecer algunos beneficios a quienes protestan para controlar el movimiento, en circunstancias de que lo que se está pidiendo es un cambio de fondo. Por tanto, una respuesta solo será adecuada en términos de un proceso radical que abra futuro.

Se ha cerrado la etapa de la transición política y, por ende, se cambiaron los referentes de antaño. En esta nueva etapa de convivencia social, el camino de una respuesta adecuada a la ciudadanía pasa, por lo menos, por tres dimensiones:

(a) lo económico social, mediante medidas concretas que señalen un modelo distinto al actual, donde lo público y lo social sean una prioridad en un contexto de desigualdad social (así, por ejemplo, Chile envejece, pero las pensiones son totalmente insuficientes);

(b) lo político, mediante procesos de mayor participación ciudadana (por ejemplo, el largo proceso de una nueva Constitución acudiendo a los cabildos); y

(c) encontrar mecanismos (reales y simbólicos) de salida institucional (de otra manera, se crea un vacío de poder tremendamente peligroso).

La deslegitimidad de las instituciones sociales complica el escenario porque significa la ausencia de un interlocutor válido, representante de la sociedad, en su diálogo con el Gobierno. Al respecto, en la sociedad hacen falta liderazgos capaces de aunar en torno a sí las aspiraciones de la sociedad y traducirlas en un proyecto común, respondiendo a la pregunta ciudadana sobre el Chile que se desea construir. Es decir, lo social (lo aspiracional) tiene que pasar por lo político (lo institucional) para concretarse en leyes dentro de un marco constitucional democrático auténticamente legitimado.

UN AMANECER ESPERANZADOR

En la madrugada del viernes, 15 de noviembre, 28 días desde el estaillido social, los parlamentarios del oficialismo y de la oposición, exceptuando el Partido Comunista, llegaron a un acuerdo y firmaron un pacto para comenzar un proceso de elaboración de una nueva Constitución. El Documento se titula: Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución y consta de doce puntos.

En abril del año 2020 se realizará un plebiscito para aprobar o rechazar la elaboración de una nueva Constitución, como también para escoger entre dos alternativas en el proceso de redacción de una nueva Constitución. Concretamente, habría que escoger entre una Convención Mixta Constitucional o una Convención Constitucional. En el primer caso, se trataría de un órgano compuesto en una mitad por parlamentarios y en la otra mitad por ciudadanos elegidos por este fin; en el segundo caso sería conformado totalmente por ciudadanos elegidos para esa labor.

Los integrantes de este órgano constituyente serán elegidos en octubre del 2020, junto a las elecciones regionales y municipales. Los parlamentarios que postulan para integrar la Convención tienen que cesar en el cargo para poder presentarse y los constituyentes tendrán la inhabilidad de un año para postular a cargos públicos luego de que se termine su labor.

Cualquier acuerdo al que llegue la instancia requerirá el apoyo de dos tercios de sus miembros para su aprobación. El plazo de funcionamiento de este órgano constituyente elegido será de nueve meses, prorrogable una sola vez por otros tres meses. En este período se tendrá que redactar una nueva Constitución.

Esta nueva Constitución tiene que ser aprobada por la ciudadanía mediante un plebiscito ratificatorio con voto obligatorio. Esta votación se realizará sesenta días después de entregada la propuesta de la nueva Carta Magna

TIEMPO DE RECUPERAR LA PAZ

Como pasa en todas las crisis, este también es un momento privilegiado para hacer los cambios que la sociedad está exigiendo. Esto significa la elaboración de un proyecto común entre todos, lo cual se logra mediante el diálogo serio y maduro, capaz de pensar en términos del bien común. Un bien común que solo puede entenderse si se tiene como perspectiva privilegiada la de aquellos que son más marginados y excluidos en la sociedad. Únicamente la inclusión asegura la totalidad.

La violencia vandálica ha causado una destrucción escandalosa. Los saqueos y la destrucción son delitos y actos originados por delincuentes. Al respecto, solo cabe una condena clara y sin matices. Es lo que desea mayormente la ciudadanía, que condena estos delitos y desean marchar en paz. A la vez, frente a la imagen deteriorada de las fuerzas de orden pública, resulta indispensable un cambio de su rol: defender el derecho a protestar pacíficamente y, por tanto, defender que se pueda marchar en paz contra los encapuchados.

En cualquier camino de solución tiene que haber una colaboración y una alianza entre la sociedad civil y la instancia política. Si la sociedad no se siente representada, ninguna acción política será aceptada como suficiente, menos aún en un contexto de deslegitimación de las instituciones. Esto se ha visto claramente en los hechos. Por una parte, a pesar de que el Gobierno ha presentado varias ofertas sociales, las marchas han seguido, y, por otra, en ellas no se han observado banderas de los partidos políticos, sino tan solo de movimientos sociales.

La auténtica paz social únicamente se puede construir sobre los pilares de la justicia, y, a la vez, la auténtica justicia solo puede florecer si está empapada con los métodos pacíficos, porque la violencia engendra violencia, rencor, odio…

FELIZ NAVIDAD

El mensaje de Navidad puede ser una ayuda para dar un paso decidido en la dirección de llegar a la raíz de la crisis que se está viviendo como sociedad chilena. Se han ido perdiendo valores esenciales y necesarios para vivir humanamente como hermanos. La cultura de la cual formamos parte ha inculcado un terrible individualismo, una competitividad destructora, una obsesión con el éxito a cualquier precio, un consumismo que coloca la felicidad en el tener y el ostentar. Es urgente y preciso volver a los valores de la sencillez, la amistad cívica, la solidaridad y la capacidad de hacerse responsable de los demás, conscientes de que los derechos van acompañados de los deberes correspondientes.

La noche navideña es una instancia para recoger los trozos del Niño Jesús tirados en la calle; es tiempo de escuchar nuevamente el mensaje que oyeron los pastores en Belén: “Paz”. El Niño Dios es la presencia divina como un mensaje de humildad, sencillez, fraternidad, respeto, perdón y misericordia. En una palabra, es un mensaje de verdadera y profunda humanidad. Durante estos últimos días se ha clamado en favor de un cambio de modelo. Pues hagámoslo de verdad, cambiando el estilo de vida para poder convivir solidariamente, tal como nos enseña el acontecimiento navideño de un Dios solidario con la humanidad.

A todos/as nuestros/as lectores les deseamos unos días de profunda paz, un tiempo familiar privilegiado, una mirada penetrante para comprender la realidad en sus múltiples dimensiones, una recuperación de la espiritualidad que permite una sana y pacífica convivencia con uno mismo y con todos/as, y, por ende, regala una mirada más limpia para descifrar la realidad. MSJ