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Un mundo sin conducción

La metáfora de la rana en una olla que se calienta es más vigente que nunca. El anfibio se siente a gusto mientras el agua se entibia. Luego, cuando sube la temperatura, ya es tarde, el aturdimiento le impide saltar afuera para salvar su vida.

Chile y el mundo son azotados por el calentamiento global. Nuestro país vivió entre 2010-2019 su década más calurosa y seca desde que existen mediciones. 2019 fue el año más seco en Santiago del último medio siglo. Otro tanto ocurre en el hemisferio norte. En el verano boreal, Alemania y Francia batieron sus respectivos récores de calor. Además, experimentaron los mayores promedios de temperatura durante los meses de junio, julio, septiembre y octubre del 2019. En octubre el nivel de los océanos alcanzó su punto más alto desde 1993, año en que comenzó el registro.

Las señales de desastres inminentes proliferan. La escasez de agua dulce, con el encarecimiento de productos agrícolas, devastadores incendios, el derretimiento de glaciares, la expansión de ciertas enfermedades, son realidades palpables.  Mientras algunos países sufren el embate de huracanes, otros lidian con prolongadas sequías. Ninguno escapa a las consecuencias de fenómenos que, en su conjunto, son el mayor reto para la humanidad.

“Emergencia climática y ambiental” en la Unión Europea (UE): así definió el Parlamento Europeo la realidad que vive el viejo continente. En un voto mayoritario, la Eurocámara urgió a sus veintiocho países miembros a “luchar y contener esta amenaza antes de que sea demasiado tarde”. En concreto, pide a los Estados reducir a cero sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para 2050. La alemana Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, señaló que la crisis climática es “una amenaza existencial” para la humanidad.

Hoy existe unanimidad entre los científicos sobre la causa basal de las alteraciones. En los últimos tres millones de años, jamás la atmósfera experimentó semejante concentración de gases, con el CO2 como el más importante de ellos. A lo largo de los últimos cuatro milenios, la parte por millón (ppm), como se miden los gases en la atmósfera, nunca superó las 280 ppm. Pero la quema de combustibles fósiles, como el carbón y el petróleo, elevaron en forma constante las ppm. Organizaciones ambientalistas fijaron como meta no pasar de las 350 ppm. Pero la línea roja fue cruzada con creces: en 2013 superaba las 400 ppm y en 2019 fue quebrado el récor con 415,7 ppm.

Para enfrentar las innumerables consecuencias de estos cambios, Naciones Unidas ha convocado a una serie de Conferencias de las Partes (COP). Cada año –tras un cuarto de siglo, pasando por todos los continentes– las COP han atraído a millares de científicos, diplomáticos, activistas y funcionarios de ministerios y agencias para considerar los informes del Programa Intergubernamental de Cambio Climático (PICC).

El último capítulo fue la COP 25 que, mal organizada por Chile y realizada en Madrid en diciembre, culminó en un fracaso mayor. El mero hecho de que Santiago asumiera la presidencia auguraba dificultades. La oportunidad de liderar la COP cayó de rebote luego de que Brasil y Costa Rica se negaran a ser sede del evento. Sucesivos gobiernos chilenos habían fijado metas mínimas en la reducción de emisiones de GEI. El interés criollo no apuntaba a frenar la emisión de CO2, sino a concursar por fondos destinados a dicho objetivo. Con ese antecedente, presidir la COP 25 aparecía como un afán de figuración internacional antes que un esfuerzo genuino en la lucha contra el reto climático. Los hechos dejaron al desnudo la inoperancia de la diplomacia y los agentes nacionales. La presidencia chilena quedará en los anales de las COP, junto a la COP 15 danesa de 2009, como una de las más incompetentes. Con el agravante de que cada año la crisis climática se torna más aguda. En las palabras de António Guterres, secretario general de la ONU: «Estoy decepcionado con los resultados de la COP25. La comunidad internacional perdió una oportunidad importante para mostrar una mayor ambición en mitigación, adaptación y financiamiento para enfrentar la crisis climática”. En todo caso, para poner las cosas en su justa medida, si bien Chile contribuyó al fracaso, la culpa central recae en los grandes protagonistas.

El estadounidense Garret Hardin publicó, en 1968, un ensayo conocido como “la tragedia de los comuneros”, en que presentaba la situación siguiente: un grupo de pastores comparten tierras comunales donde llevan a pastar a los animales. Las cosas marchan bien hasta un período de prosperidad en que el rebaño se multiplica. Cada pastor tratará de tener, como siempre, la mayor cantidad de animales en el predio. Cada uno hace el siguiente cálculo: al poner un animal más, la ganancia me pertenece; en cambio, el costo del deterioro de la tierra, por la sobrepoblación, será compartido por todos. Cada comunero realiza el mismo cálculo, lo que lleva a un aumento ilimitado de animales en una tierra con recursos finitos. En esto consiste la tragedia de la libertad entre los comuneros; todos se encaminan hacia un desastre, cada uno persiguiendo su interés personal. Lo que ocurre en un trozo de tierra comunitaria es una metáfora de la situación internacional. Cada nación vela por sus intereses sin considerar el impacto en el conjunto.

BATIR DE MANDÍBULAS Y ALETEO DE MARIPOSAS

La selva amazónica es determinante para el clima terráqueo. El mayor bosque tropical perdió 17 por ciento de superficie desde 1990. Según algunas estimaciones, ya con la destrucción de 20 por ciento de su tamaño original, podría alcanzar el punto de no retorno, el momento en que se desencadena su destrucción masiva.

“El aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas”. Así describió el climatólogo estadounidense Edward Lorenz la teoría del caos en 1972. Lorenz postuló que pequeñas perturbaciones atmosféricas pueden alterar el clima en proporciones enormes a gran distancia. Lo que no anticipó Lorenz es que el batir de mandíbulas a 17.000 kilómetros, en China, amenazaría al conjunto de la Amazonía.

China es el destino de 38,2 por ciento de la carne producida por Brasil, 722.000 toneladas. El apetito del país asiático por la carne roja ha crecido en un tercio en la última década. Con todo, el incremento a nivel individual es un consumo diez veces inferior al del brasileño promedio. La demanda de 1.400 millones de habitantes empuja una creciente deforestación para dejar lugar al ganado. Estudios realizados por la Trase initiative, un grupo de investigadores que pesquisan sobre el impacto del comercio de productos naturales, señalan que las exportaciones de carne de Brasil redundaron en la quema de 65 a 75 mil hectáreas de selva. De este total, se calcula que 22 mil hectáreas taladas son atribuibles a la demanda china.

Los enormes incendios amazónicos son un ejemplo al canto. En el Brasil de Jair Bolsonaro, la destrucción de la selva aumentó en 93 por ciento en los primeros nueve meses desde que llegó al gobierno, el año pasado. En Bolivia, bajo la presidencia de Evo Morales, el esfuerzo por ampliar la frontera agrícola del país debilitó los códigos de protección de ciertos territorios. Ello derivó en vastas quemas o roces en zonas amazónicas. Al respecto, el gobierno de Morales es culpado por los enormes incendios forestales que en 2019 arrasaron con cuatro millones de hectáreas del amazonas boliviano, en la región de Chiquitania. De acuerdo a las estimaciones de biólogos locales, las llamas acabaron con 2,3 millones de animales, entre los que se cuentan jaguares, ocelotes, osos hormigueros, tapires, ciervos y otras criaturas menores.

UN MUNDO SIN GOBERNANZA

La presión ejercida sobre el planeta es de proporciones que escapan a cualquier gobierno. Solo una acción concertada puede contener el impacto de la destrucción ambiental. Pero hasta ahora no se aprecia una voluntad política, por parte del grueso de los Estados, por deponer sus intereses nacionales. Ello llevó a un parlamentario europeo a proclamar que “nuestra casa está en llamas”.

Hoy crece el número de científicos que estima que incluso ya es demasiado tarde. Una serie de estudios apuntan a que el planeta ya alcanzó un punto de inflexión. Esto es cuando una serie de factores producen una retroalimentación positiva. Cada cual nutre al siguiente, configurando una avalancha irreversible.

Un ejemplo de retroalimentación positiva es la pérdida de las grandes capas de hielo. El Ártico, Groenlandia, la Antártica occidental y glaciares pierden superficie a una velocidad mayor a la anticipada. Los hielos reflectan alrededor de 80 por ciento de los rayos solares, y la vegetación un 20 por ciento. A este fenómeno de refracción se le llama “albedo”, el promedio para el planeta es 30 por ciento. Al derretirse los hielos, la radiación solar penetra en las aguas oceánicas y eleva su temperatura, lo que acelera aún más la desaparición de los hielos. El calentamiento en la región ártica afecta la capa de permafrost (permahielo), que libera grandes cantidades de dióxido de carbono y metano. Estos gases, a su vez, agudizan el efecto de invernadero que genera más temperaturas. Así las diversas variables se estimulan unas a otras, precipitando el colapso.

Hasta hoy el Informe Stern es uno de los trabajos más sólidos de prospección sobre el impacto del aumento de las temperaturas. El gobierno británico comisionó a Nicholas Stern, asesor del gobierno en la economía del cambio climático, un estudio para dimensionar la amenaza que representa el calentamiento global. Los resultados fueron publicados en octubre de 2006.

Una de las conclusiones centrales de Stern apunta al modelo económico: “El cambio climático representa un reto único para la economía, pudiendo afirmarse que es el mayor y más generalizado fracaso del mercado jamás visto en el mundo”. Se trata de fuertes palabras avaladas por un gobierno que es firme defensor del libre mercado. Según Stern, las empresas, por su condición de generadoras de riqueza para sus accionistas, tienden a focalizar sus metas en plazos cortos. Los gerentes tienen en mente los dividendos que anunciarán en la próxima asamblea general. De ello dependen sus empleos y los millonarios bonos por metas alcanzadas. El reto del calentamiento global, en cambio, se proyecta a décadas. La competencia entre las empresas por la conquista de mercados es cotidiana, y horizontes tan distantes facilitan la clásica reflexión monárquica: “Después de mí, el diluvio”. Otra variante de la misma actitud es que de nada vale incurrir en gastos para descarbonizar los procesos productivos si la competencia no lo hace también. Lo que ocurra en dos décadas es un asunto para los debates académicos. En consecuencia, Stern concluye que a los Estados les corresponde fijar las líneas matrices para atacar el problema. En cuanto al impacto económico, es partidario de la medicina preventiva: fuertes medidas tempranas compensan largamente los costos posteriores. Mantener el statu quo costará más del 5 por ciento del PIB mundial, pero si las cosas empeoran, podrá alcanzar hasta 20 por ciento del PIB planetario.

Desde que Stern escribió su trabajo, la situación política internacional ha empeorado. El auge de los nacional populismos dificulta la cooperación entre los Estados. La presidencia de Donald Trump, con la consigna “América primero”, culminó con el retiro del Acuerdo de París, del 2015, destinado a reducir las emisiones de GEI. En la misma vena, Jair Bolsonaro y Nerendra Modi en India, junto a países como Australia y Polonia, insisten en comportamientos que dañan el medio ambiente. La mayor dificultad para disminuir el calentamiento global es política. Es la visión de un nacionalismo estrecho que antepone intereses particulares al bien colectivo. Es la falsa ilusión de que habrá países que se librarán del incendio de la casa común. El mundo ve a diario el sufrimiento de migraciones masivas. Muchas, provocadas por el deterioro ambiental. Fenómenos sociales de gran envergadura desembocan en estallidos políticos o incluso en guerras civiles, como es el caso de Siria. Cabe recordar que la Revolución francesa, un proceso que marcó un antes y un después, fue precipitado por una hambruna causada por malas cosechas. La incapacidad de las elites gobernantes para responder al reto climático tiene ya consecuencias ambientales, sociales y políticas incalculables. Los plazos para rectificar el curso y evitar un colapso son muy acotados. MSJ