Un reposo ecológico

El tiempo de vacaciones se presenta como un período privilegiado para reencontrarse con uno mismo, profundizar en la gratuidad de la relación con los demás y tomar distancia frente a los acontecimientos personales y sociales.

Revista Mensaje

21 enero 2020, 3:59 pm
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En la medida en que van finalizando las actividades del año, uno va teniendo la percepción de que también crecen el cansancio y la fatiga, anhelando los días de vacaciones, y sintiéndose dueño del tiempo, ya que no se tiene que correr de un lado para otro. Además, la situación particular del presente año ha dejado una sociedad agotada con las marchas, las protestas, la violencia vandálica, los heridos y los muertos…

UN NUEVO ESTILO DE VIDA

En el pensamiento cristiano, el descanso tiene un lugar privilegiado desde la perspectiva de una ecología integral. El Papa Francisco, en su encíclica social Laudato si’ (sobre el cuidado de la casa común, 2015), propone y sugiere “un nuevo estilo de vida” (No 16), respetando las distintas dimensiones del equilibrio ecológico: “el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios” (No 210). Pero, para ello, se requiere “dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea, cuya presencia ‘no debe ser fabricada sino descubierta, develada´” (No 225).

El tiempo de vacaciones se presenta como un período privilegiado para reencontrarse con uno mismo, profundizar en la gratuidad de la relación con los demás y tomar distancia frente a los acontecimientos personales y sociales. Es la entrada a la calidad de tiempo, porque el espacio recobra su importancia al establecer un renovado equilibrio entre espacio (lo que hay que hacer) y tiempo (el lapso para hacerlo).

UN SANO EQUILIBRIO

En su libro La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han observa que la vida activa nos tiene que llevar a la contemplación, pero, a su vez, la contemplación nos llama a volver a la actividad. Contemplación y compromiso no se oponen ni se excluyen, sino que se complementan de manera ineludible e indispensable.

Por ello, según señala el filósofo coreano-alemán, la hiperactividad es, paradójicamente, una forma en extremo pasiva de actividad que ya no permite ninguna acción libre, porque se basa en una absolutización unilateral que descarta la contemplación. Además, hacer sin pensar resulta peligroso para la sociedad, como también es bastante inútil pensar sin hacer.

En otras palabras, el descanso no implica una fuga de la realidad, mucho menos una alienación distractora, sino, por lo contrario, una necesidad antropológica para reencontrarse y, así, relacionarse mejor con el otro. Es que uno que no se conoce a sí mismo no puede relacionarse con el otro, porque este desconocimiento impide el puente entre un yo y un tú. A la larga, este quiebre interpersonal conduce a la debilidad de un nosotros, llegando a formar una sociedad líquida debido a los vínculos frágiles.

RECUPERAR LO GRATUITO

En una sociedad cultural de mercado, el centro de la ciudad se ha desplazado de la plaza al centro comercial, es decir, desde el estar al comprar, de la calidad a la cantidad. El tiempo de vacaciones es una instancia privilegiada para recuperar las relaciones gratuitas que se basan en el estar, ya que no se acude a los intereses de los sujetos, sino a los vínculos entre las personas. El principio de gratuidad, como expresión de fraternidad, explica Benedicto XVI en su encíclica social Caritas in Veritate (2009, No 34), constituye una característica de auténtica humanidad.

Lo gratuito no pide nada a cambio y, por ende, entra en la lógica del don. En este sentido, humaniza las relaciones porque respeta al otro como un tú diferente, sin intentar sacar provecho de él, reduciéndolo a un medio para alcanzar algún fin. Esta gratuidad quiebra la lógica del mercado, ya que esta acude a la dinámica del intercambio, es decir, del yo te doy si tú me das. La lógica del mercado se construye sobre el individualismo, porque se centra en la satisfacción del propio interés, mientras la dinámica de la gratuidad crea solidaridad al preocuparse por el otro sin esperar nada a cambio. Lo más valioso de la vida –la amistad, el amor, una sonrisa, la paz– no tienen precio. A menudo hemos confundido el valor con el precio.

El Dios que asume la fragilidad de un bebé es la máxima expresión de lo gratuito porque, además de ser un don a la humanidad, se entrega al cuidado de lo humano, de una madre y de un padre. En el Hijo Jesús, el Creador se hace creatura, aunque, como escribe san Juan, “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Es la máxima expresión de lo gratuito, porque no se espera nada en retorno.

En palabras de san Pablo, esta gratuidad divina se expresa en los siguientes términos: “Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rom 5, 7-8). La entrega divina no está condicionada por la respuesta humana (si se arrepienten, entonces habrá salvación), sino que la respuesta humana tiene que darse frente a la gratuidad divina (responder frente a una invitación).

LA GRATUIDAD ECOLÓGICA

La conversión ecológica supone, por una parte, algunas actitudes específicas y, en primer lugar, implica “gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre”. Por otra, “el amor fraterno solo puede ser gratuito, nunca puede ser un pago por lo que otro realice ni un anticipo por lo que esperamos que haga” (Laudato si’, 2015, Nos 220 y 228).

La preocupación por el medio ambiente no es una moda, sino que toca raíces muy profundas de la humanidad. El lema “salvar el planeta” tiene que sustituirse con “salvar la humanidad de su autodestrucción”. MSJ

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