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Pandemia: Una provocación a la sociedad

Aún en la tormenta global que ha provocado la pandemia del coronavirus, rebautizado como Covid-19 y originado en la ciudad de Wuhan, en China el 15 de diciembre de 2019, es importante reflexionar y aclarar lo posible. El primer caso en Chile se identificó cerca de tres meses después. En este breve tiempo, el virus ha sido descrito en su estructura molecular y se ha desarrollado la prueba para certificar su presencia en un paciente. El virus de la pandemia anterior, AH1N1, en el 2009, demoró un mes entre California y nuestro país.

Las enfermedades infecciosas de alta contagiosidad, velocidad de transmisión y mortalidad elevada han marcado profundamente la historia conocida de la humanidad, y han dejado en el inconsciente colectivo una memoria de temor y terror que reemerge con fuerza ante cada episodio pandémico. Especialmente si se trata de un agente nuevo, desconocido y agresivo como el actual, y en una situación en que las opiniones pueden difundirse rápida y reactivamente, como es el caso de nuestra época con la internet y las redes sociales. Pensemos que la intensidad de esta conducta atávica hace desaparecer casi todos los otros asuntos que habitualmente nos preocupan y nos mueven.

El libreto pandémico se repite casi calcado cada vez que entramos en una situación semejante. Extrañas muertes que son denunciadas y no creídas, interpretadas atribuyéndolas a maquinaciones perversas de algún enemigo, reconocimiento de la epidemia y su complejidad, instalación de una autoridad sanitaria competente pero cuestionada que organiza las medidas preventivas y curativas, gente que huye lejos de los focos e intensas discusiones que van dando paso a consensos más operativos y unitarios que calman la ansiedad y dan paso a una épica de enfrentar la tragedia con sentido de realidad.

En términos generales, para que una enfermedad contagiosa disminuya o desaparezca, la relación entre susceptibles e inmunizados debe estar a favor de estos últimos. Y ello ocurre con el tiempo, sucesivos brotes o directamente con vacunaciones masivas.

EN TIEMPO REAL

La pandemia iniciada a fines de 2019, la estamos viviendo en tiempo real, es provocada por el llamado SARS COVID 19 o coronavirus. Se trata de un virus respiratorio altamente contagioso, que se transmite de persona a persona a través de las gotitas de saliva al toser o indirectamente vía superficies contaminadas por algunas horas. El virus penetra por las mucosas respiratorias, nariz y boca, y ocular. Inflama y destruye los tejidos pulmonares. Detalles de su estructura molecular y comportamiento ya son conocidos, variando en intensidad epidemiológica según se hayan adoptado oportunamente las medidas de distancia social entre personas, aislamiento o cuarentena variable, identificación de casos con métodos de laboratorio y hospitalización de los enfermos más graves.

El factor de que esta epidemia se está viviendo en tiempo real, ¿cuánto ha ayudado a mejorar el comportamiento preventivo de la gente? ¿Se puede extraer alguna conclusión de lo que se ha observado en ese plano? ¿Cómo se podrían emplear mejor esos recursos de comunicación? Por otra parte, la eficiencia de la comunicación que ofrece el siglo XXI, ¿es un factor nuevo que favorece una mejor respuesta científica en la búsqueda de la vacuna o la cura?

UN OBJETIVO SOCIAL MÁS QUE MÉDICO

El gran objetivo estratégico, recomendado por expertos y autoridades, es lograr que esta inevitable epidemia ocurra lo más lentamente posible para permitir que la estructura médica resista la explosiva demanda y no colapse. Este fenómeno de saturación está ocurriendo dramáticamente en Italia y España, desde donde nos llegan testimonios desgarradores.

La idea es la de “aplanar” la curva de incidencia y ello es un objetivo mucho más social que propiamente médico. Es una tarea de ética social, un desafío a la sociedad entera, a todos los grupos, ya sea poderosos o dependientes, jóvenes o viejos, sabios o analfabetos.

La pregunta obvia es cómo lograr un comportamiento ético en un mundo que ha fomentado el éxito económico individual, el egoísmo y el abuso, la colusión y el engaño, la colusión de intereses y la concentración, como señales de distinción deseables. Además de la intensidad del virus, nos enfrentamos a una cultura de la dispersión y de la ausencia de comunidades significativas. En alguna proporción, las protestas sociales anteriores a la pandemia eran una reacción en contra de esta negativa cultura.

Lograr comportamientos sociales de valor ético es una tarea compleja y de largo aliento, pero en Chile, país de terremotos y desastres naturales, hemos observado que ello es posible. Un sacerdote de la zona sur de Santiago contaba que en su población los jóvenes estaban organizando equipos de apoyo a los abuelitos para comprarles y traerles alimentos, conversar con ellos y establecer redes positivas. Por otra parte, hemos visto cómo emergen nuevos líderes, más jóvenes y convincentes. La presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, ha demostrado capacidad de convocatoria única y ya es identificada por los medios y la opinión pública. Lo mismo ocurre con el ministro de hacienda, Ignacio Briones, quien ha dado un tono generoso y humanista a sus propuestas de mitigación económica, partiendo con una rebaja de sus propios sueldos. Los alcaldes de las distintas comunas también han sido parte de esta renovación de los liderazgos en momentos de crisis.

LA AUTORIDAD SANITARIA

Sin embargo, hemos visto una reacción poderosa en la solidificación de quien debe conducir el proceso de reacción protectora: la Autoridad Sanitaria.

Nuestro país tiene una larga y poderosa tradición de salud pública desde fines del siglo XIX en que ocurrieron dos grandes epidemias, cólera y viruela. Ellas motivaron a políticos y médicos a promover medidas efectivas. El gobierno de José Manuel Balmaceda (1886-1891) de trágico final, estableció políticas de vacunación obligatoria, saneamiento ambiental, estadísticas sanitarias y otras, que iniciaron una activa presencia del Estado. Una sucesión de dirigentes con sentido social, de todo el espectro político, dio origen a la seguridad social y a estructuras de sistemas de salud que lograron importantes triunfos. Contra la tuberculosis, la desnutrición, la mortalidad materna por aborto, la mortalidad infantil por diarreas, neumonías e infecciones, todos reconocidos y valorizados. Pero con la transición demográfica y epidemiológica que cambiaron el panorama, la atención médica del sector público empezó a flaquear, sumado a la migración egoísta de los de mejores ingresos hacia un modelo privado mucho más caro y discriminador. La medicina se dividió en dos, una para pobres y otra para ricos. Las enfermedades crónicas y sus factores de riesgo se concentraron en los sectores menos aventajados. Diabetes, cáncer, cardiovasculares, están afectando entre ocho y diez veces más a ellos. La pobreza multidimensional tiene en los niveles de salud un componente enorme.

Frente a las epidemias afortunadamente, reemergen los factores de este inconsciente colectivo que teme y se disciplina, y el respeto a las directivas de la autoridad sanitaria mencionada. Así ocurrió en años recientes con la pandemia de cólera de 1991 y la de influenza AH1N1 de 2009. En ambas hubo solidaridad entre todos, una autoridad sanitaria clara, pero abierta y democrática, y a pesar de lo complejo salimos adelante.

¿Qué significa solidaridad en salud?

Compartir recursos y oportunidades, saber que siempre hay oportunidades para ayudar y ayudarse, no aumentar los riesgos personales y no caer en alarmas injustificadas. Tenemos que ser una comunidad con sentido y misión. Igual que en financiamiento justo del sistema de salud: de jóvenes a viejos, de ricos a pobres, de sanos a enfermos.

Una integración funcional entre los sectores público y privado es necesaria y posible en la emergencia y puede señalar caminos para la esperada reforma de la salud en nuestro país.

¿Cómo lo está haciendo el gobierno?

Bien, dentro de la dificultad de lo que tenía en niveles de aprobación previos. Paciente, aunque lento, para escuchar a los miembros más activos de la comunidad, alcaldes, gremios de la salud. Coherente en los diagnósticos, pero aparentemente parco en la información.

El diagnóstico y las estrategias deben ser compartidos y comunicados de forma clara y convincente para evitar la confusión y la desinformación que afecta el objetivo deseado.

UNA EXIGENCIA: EQUIDAD

Estamos ante una pandemia inédita en la humanidad que se ha instalado con una velocidad vertiginosa en el planeta. Es inédita por su instalación y simultaneidad en el mundo, es una muestra dolorosa de que hoy la salud es global y nadie puede escaparse. Tiene consecuencias prácticamente en todos los ámbitos de la vida diaria y colectiva. Al ocurrir simultáneamente en el planeta, podemos observar cómo los dirigentes reaccionan inicialmente, democráticos y populistas, pero se van alineando progresivamente tomando en serio el drama. Hay incertidumbre, pues necesitamos tratamiento y vacuna. Los confinamientos no son fáciles de sostener: pensemos en los confinados por discapacidad, pobreza, cárcel. Ellos saben lo que se siente.

Si pensamos que esta pandemia afecta el funcionamiento de la economía y todos sus componentes, debemos esperar que las soluciones y los rescates sean equitativos y no acentúen la desigualdad y la inequidad que sufren los más pobres y marginales.

Recurramos a la esperanza cierta que nos da la comunidad de nuestro origen, somos todos hijos del mismo Padre. MSJ