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El coronavirus y nuestras fragilidades

El coronavirus fue identificado por primera vez el 1 de diciembre de 2019 en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en la China central, cuando se reportó un grupo de personas con neumonía de causa desconocida, vinculadas principalmente a trabajadores del mercado mayorista de mariscos del sur de China. De ahí se fue extendiendo y la Organización Mundial de la Salud (OMS) la decretó como pandemia global el 11 de marzo de 2020.

Se trata de un virus que se transmite generalmente de una persona a otra por vía de pequeñas gotas (conocidas como microgotas de Flügge) que se emiten al hablar, estornudar, toser o respirar. Se difunde principalmente con el contacto cercano, pero también se puede difundir al tocar una superficie contaminada y luego la propia cara. El período de incubación suele ser de cinco días, pero puede variar de dos a catorce días. Una característica particular de este virus es que el contagio se inicia dos días antes de la aparición de los síntomas. Los más comunes de estos son la fiebre, tos seca y dificultades para respirar, y las complicaciones pueden incluir la neumonía, el síndrome respiratorio agudo o la sepsis. No existe todavía una vacuna o un tratamiento específico y el abordaje principal es la terapia sintomática y de apoyo.​ Las medidas de prevención recomendadas incluyen lavarse las manos, cubrirse la boca al toser, mantener distancia física entre las personas y usar mascarillas, además del autoaislamiento y el seguimiento para las personas que se sospecha están infectadas.

Para prevenir la expansión del virus, los gobiernos han impuesto restricciones de viajes, cuarentenas, confinamientos, cancelación de eventos y el cierre de establecimientos. La pandemia ha tenido un efecto socioeconómico disruptivo ya que se han cerrado colegios y universidades en más de 124 países, lo que ha afectado a más de mil doscientos millones de escolares.​ Un tercio de la población mundial fue confinada con fuertes restricciones de movimientos y existieron una gran desinformación y teorías conspirativas difundidas en línea sobre el virus, junto a incidentes de xenofobia y racismo contra ciudadanos chinos y de otros países del este y sudeste asiático.

El primer caso en Chile se confirmó el 3 de marzo del 2020. Fue el de un médico de 33 años internado en el Hospital Regional de Talca. El hombre había regresado de Singapur. A partir de entonces, el brote se expandió a todo el territorio nacional, con un aumento sostenido de los casos por coronavirus, así como la constatación de muertes producto del contagio.

CORONAVIRUS E INFLUENZA

La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la “gripe española”, fue causada por un brote del virus Influenza A del subtipo H1N1.​ A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan principalmente a niños y ancianos, sus víctimas fueron también jóvenes y adultos saludables, incluyendo animales. Se considera la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año fallecieron entre veinte y cuarenta millones de personas.

En febrero de 1957, un nuevo virus de la influenza A (H2N2) apareció en el este de Asia, desencadenando una pandemia («gripe asiática»). La trajo un barco estadounidense a Valparaíso, generando una epidemia que significó la muerte de veinte mil personas en Chile (a nivel mundial, fallecieron 1,1 millones). En abril del 2009 se presentó un nuevo brote de influenza, esta vez por el virus (H1N1) pdm09, que difería considerablemente de los virus H1N1 que circulaban al momento de la pandemia. En Chile la epidemia apareció en el invierno del 2009 y fue bien controlada gracias a la intervención del Ministerio de Salud, que además de hacer la vacunación correspondiente compró todo el antiviral (Oseltamivir) existente en el país y lo repartió gratuitamente a través de los servicios de urgencia y centros de salud, con lo cual se aseguró el tratamiento para todos aquellos que lo necesitaran.

Desde entonces, se realiza una campaña anual de vacunación para la influenza que cubre a los grupos de riesgo. En consecuencia, la influenza es una enfermedad conocida desde larga data, con una vacuna disponible que cambia cada año, de acuerdo al virus, y para la cual existe un tratamiento conocido. En contraste, el coronavirus es muy reciente, no existe vacuna ni tratamiento conocido y no se sabe su comportamiento futuro.

CORONAVIRUS Y SISTEMAS DE SALUD

La aparición del Coronavirus ha significado poner en tensión a los sistemas de salud de todo el mundo, que han debido responder a un virus desconocido desde lo preventivo hasta lo curativo. Esto demostró la solidez de algunos sistemas de salud, como ha sido el caso de Alemania, Islandia o Corea del Sur, y la debilidad de otros como los de Italia y España, que no tomaron las medidas preventivas necesarias para evitar la expansión del virus y se vieron enfrentados a una sobrecarga de demanda clínica en un período corto de tiempo que hizo colapsar las Unidades de Cuidado Intensivo (UCI) y la disponibilidad de ventiladores mecánicos para atender a los pacientes críticos complicados con neumonía, lo cual aumentó la mortalidad.

En Chile se creó un grupo de trabajo en enero 2020, pero no se logró controlar el ingreso de casos al país. Los primeros pudieron ser aislados por corto tiempo, pero muy luego se pasó rápidamente de la Fase 2 –de casos conocidos en el país– a la fase 4, en que el virus está en toda la población. Entonces se decretó cuarentena en comunas con un alto número de casos. Además, se inició el testeo de casos sospechosos y de aislamiento de los pacientes, medidas todas que requieren de la participación de la población.

Antiguamente la población seguía en forma estricta las indicaciones de la autoridad sanitaria, como fue el caso del acceso a los controles de salud y vacunaciones en niños y embarazadas con que se derrotó la desnutrición. Algo similar sucedió con la campaña del cólera, en que se dejó de regar hortalizas con aguas servidas y se siguieron estrictamente las indicaciones pertinentes, con lo cual la epidemia se detuvo y solamente hubo 47 casos y un muerto. En la epidemia de influenza del 2009, también por el cumplimiento de las indicaciones, el número de fallecidos fue mínimo.

Esta no ha sido la situación de la actual pandemia, producto de una desconfianza de la población en las instituciones y en las autoridades después de los casos de corrupción en el sector público y privado, abusos sexuales de la Iglesia Católica y descrédito de la política por la ineficacia del Congreso y falta de empatía de los líderes políticos con la población.

En esta situación, la posición de la autoridad sanitaria, clave en situaciones de emergencia, ha sido débil y además sus orientaciones han sido criticadas por agrupaciones gremiales como Colegio Médico, Colegio de Profesores, FENPRUSS y otras federaciones de la salud. En situaciones de catástrofes de salud, en especial en situaciones tan graves y de incierto pronóstico como la actual pandemia, lo que corresponde es alinearse con la autoridad sanitaria poniéndose a disposición para enfrentar juntos la contingencia y no criticarla abiertamente ante la opinión pública, lo que quita fuerza a sus recomendaciones y confunde a la población. Este comportamiento de entidades gremiales favorece aún más la pérdida de confianza en las instituciones y no ayuda a salir de la crisis.

En consecuencia, en muchos lugares la cuarentena no se acató y continuaron las aglomeraciones, sin preocuparse del eventual contagio en muchos grupos de población.

En situaciones de crisis sanitaria o de catástrofe, es crucial la existencia de una autoridad sanitaria fuerte que tome las decisiones y las comunique en forma clara y precisa, con una voz única que provenga del más alto nivel. Es lo que sucedió en Alemania con el discurso de Ángela Merkel, donde dio muestras de solidez y empatía con la población, al igual que otras primeras ministras, como las de Escocia, Nueva Zelanda y Finlandia, a diferencia de lo que sucedió con jefes de Estado como Trump, Bolsonaro, Boris Johnson y Andrés Manuel López Obrador, que minimizaron la pandemia e impidieron que se tomaran medidas oportunas que requerían el apoyo de la población, todo lo cual actualmente está siendo cuestionado fuertemente por sus propios electores.

En Chile se estableció una vocería diaria desde la Moneda de las más altas autoridades de gobierno, incluyendo al Presidente de la República, informándose día a día la progresión de la pandemia, lo cual ha sido un tanto errático y confuso por ser demasiadas voces sobre un mismo tema. Sin embargo, hay que destacar el desempeño de la Subsecretaria de Salud Pública, Paula Daza, quien ha logrado una comunicación creíble, basada en cifras y, además, empática con los sufrimientos de la población.

CUARENTENA Y SUS EFECTOS PSICOLÓGICOS

La cuarentena y aislamiento de pacientes infectados es una práctica que existe desde la Antigüedad y llama la atención que se aplique en pleno siglo XXI. Sin embargo, es la única forma de evitar una propagación masiva de casos que haga llegar en un período muy corto de tiempo un exceso de pacientes graves a los servicios de urgencia y haga colapsar los servicios clínicos, como sucedió en Italia y en menor medida en España, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Cada país ha tenido una estrategia diferente frente a la pandemia al no existir precedentes de un virus de alta contagiosidad que se disemina rápidamente por el mundo y contra el cual no hay vacuna ni tratamiento posible, por lo cual se ha tenido que recurrir al aislamiento y cuarentena, que se aplica de acuerdo con la realidad local.

En Chile se implantó cuarentena desde el 16 de marzo para sectores de población y por períodos de tiempo acotados, con testeo de los casos sospechosos que han ido aumentando en el tiempo para detectar los contagios y aislarlos. Aun cuando el número de testeos ha sido bajo, han ido aumentando en el tiempo y se espera que exista un número cada vez mayor, con el apoyo de laboratorios universitarios y del sector privado.

Con esto, los casos han ido apareciendo progresivamente y la mortalidad ha sido baja en los inicios de la pandemia, evitando el colapso de los servicios clínicos, donde los trabajadores de la salud han respondido con gran responsabilidad y compromiso, exponiéndose al contagio con una carga de trabajo excesiva, lo que ha sido reconocido por la población con innumerables gestos de apoyo.

Los criterios de dónde y cuándo se decreta cuarentena no han sido claros para los alcaldes ni para la población, a pesar de que la autoridad sanitaria ha señalado en reiteradas oportunidades que lo hace de acuerdo al número de personas sanas y enfermas en un territorio; la dispersión de los casos confirmados; la concentración de población por kilómetro cuadrado; la velocidad de propagación del virus; la vulnerabilidad de la población de acuerdo a sus factores de riesgo, entre otras variables sanitarias. En cuanto a la posibilidad de cuarentena total en la Región Metropolitana, si bien en un mes podrían disminuir significativamente los casos nuevos, estos volverían a aumentar exponencialmente al finalizar la cuarentena. Sin embargo, en esto no hay acuerdo y países como Nueva Zelanda han determinado cuarentena total hasta que desaparezca el virus.

Las cuarentenas tienen consecuencias psicológicas importantes, como señaló la revista Lancet en una revisión del tema, donde la mayor parte de los estudios revelaban efectos psicológicos negativos, como estrés postraumático, confusión y rabia. Los causantes o estresores más importantes encontrados en la revisión eran la duración de la cuarentena, temor a la infección, frustración, aburrimiento, falta de insumos como alimentos y medicamentos, información inadecuada, pérdidas financieras y estigma. Algunos de estos elementos pueden permanecer por largo tiempo. Para evitar lo anterior, es importante contar con una autoridad sanitaria única que otorgue información fidedigna, clara y oportuna de los protocolos que se deben seguir; no prolongar la cuarentena más allá del tiempo necesario y asegurar los insumos suficientes durante todo el período. Además, es muy importante apelar al altruismo de las personas, recordando que guardar la cuarentena va en beneficio de la sociedad en su conjunto.

Especial relevancia tiene el cuidado de los niños. Es necesario darles información precisa y apropiada en la edad que corresponda, ya que los niños tienden a llenar los vacíos de información con la fantasía, y en la imaginación todo es posible. En cuarentena, las incertidumbres de los efectos personales y globales de la epidemia pueden crear gran preocupación en los adultos. Esta puede trasladarse a los niños, quienes, al dejar guardados estos recuerdos en su memoria emocional, pueden ser víctimas de estrés postraumático para toda la vida. De ahí que sea tan importante pasar el tiempo de cuarentena en la mejor forma posible. Una de las medidas más importantes es evitar el exceso de información traumática a través de la televisión, como fueron las imágenes de fallecidos en las calles de Guayaquil, entrega de ataúdes de cartón y colapso en los cementerios de Ecuador y Brasil, o la construcción de fosas comunes en las afueras de Nueva York. Uno de los efectos más traumáticos de la pandemia es no poder acompañar a los enfermos por la posibilidad de contagio, ni de tener la posibilidad de cumplir con los ritos funerarios, en caso de fallecimiento.

MORTALIDAD Y ENFERMEDADES PREEXISTENTES

Según Reuters (2 de abril 2020) en Estados Unidos llamó la atención la letalidad por COVID-19 en Nueva Orleans que, con Nueva York y Seattle, tiene las más altas mortalidades por coronavirus en el país. En Nueva Orleans la mortalidad fue tres veces más alta que en Nueva York y cuatro veces mayor que en Seattle y las autoridades lo atribuyeron a que los residentes de Luisiana tienen las más altas prevalencias de obesidad, hipertensión y diabetes a nivel nacional, lo que aumenta su vulnerabilidad al COVID-19. Un 97 % de los fallecidos en Luisiana tenían condiciones preexistentes: 40% diabetes, 25% obesidad, 23% enfermedad renal crónica y 21% problemas cardíacos. Es cierto que el acceso y calidad de los servicios de salud puede ser peor en Nueva Orleans que en las otras dos ciudades, pero el peso de las preexistencias señaladas aparece como determinante y hace predecir una alta mortalidad donde existan altas tasas de obesidad, diabetes e hipertensión.

Mucho se ha insistido en la alta mortalidad por Coronavirus en adultos mayores, a los que hay que proteger del contagio, especialmente aquellos que tienen una enfermedad de base. Sin embargo, también existe mortalidad en adultos jóvenes, e incluso en niños, a los que también hay que proteger. Por ejemplo, en Chile se produjeron dos muertes por COVID-19 en adultos menores de 40 años al inicio de la pandemia, uno de ellos de 34 años que presentaba obesidad, hipertensión y diabetes. Esto concuerda con lo observado en China, Italia y Estados Unidos, donde estas preexistencias determinaron una mayor mortalidad en todos los grupos de edad, que a veces es tres a cuatro veces más alta que quienes no tienen enfermedades preexistentes.

En Chile la obesidad ha seguido aumentando, especialmente ha sido así en jóvenes de primer año medio: se ha incrementado de 8,2% el 2011 a un 16% el 2019, con un 2% de obesidad severa. Un porcentaje muy elevado de nuestros niños y jóvenes sufre de obesidad y sus consecuencias, como diabetes e hipertensión. Por lo tanto, están más expuestos que el resto de la población. Es por eso que se señala que los adultos mayores no son el único grupo de riesgo, sino que también lo componen quienes padecen los males señalados, más prevalentes en los sectores más vulnerables de la población.

La OMS ha declarado que la pandemia de coronavirus es una emergencia pública internacional que puede causar síntomas más severos y mayores complicaciones en personas con obesidad y enfermedades relacionadas con ella.

CORONAVIRUS Y ECONOMÍA

Desde que se instaló el modelo neoliberal a nivel mundial, la economía ha predominado en la toma de decisiones. A raíz de esta pandemia, todos los gobiernos y organismos internacionales han declarado que la protección de la vida de las personas está por sobre la economía y han tomado decisiones drásticas, pero esto no sucedió en forma rápida ni espontánea y hubo líderes mundiales que se resistieron, como el presidente Donald Trump y Boris Johnson en Gran Bretaña. Este último abrazó la teoría de la “herd immunity” (inmunidad grupal) el 12 de marzo, consistente en evitar las cuarentenas porque la mayoría de los británicos debía contagiarse con COVID-19 y administrar los tiempos de avance de la pandemia aumentando el volumen de infectados, hasta que el propio Primer Ministro contrajo la enfermedad y terminó hospitalizado en una UCI del sistema público de salud inglés, al que luego agradeció efusivamente por su recuperación, diciendo: “Es difícil encontrar palabras que expresen la deuda que tengo con el Servicio Nacional de Salud  por salvarme la vida” (12 abril 2020). Pero ya Londres había modificado su enfoque original para adoptar drásticas medidas de aislamiento y distanciamiento social.

El caso más extremo del predominio de lo económico sobre la salud ha sido el de Brasil, en que el presidente Jair Bolsonaro se ha negado a cumplir las normas de cuarentena impulsadas por su propio Ministro de Salud y salió a visitar una panadería en Brasilia saludando de mano y abrazo a los transeúntes y clientes, donde además comió un producto alimenticio en su interior, lo cual estaba expresamente prohibido por su gobierno. Afortunadamente su actitud produjo rechazo internacional y Human Rights Watch lo acusó de “irresponsable”, señalando: “Bolsonaro está saboteando los esfuerzos de gobernadores y de su propio Ministerio de Salud para contener la diseminación del COVID-19, poniendo en riesgo la vida y la salud de los brasileños” (12 abril, 2020).

En Chile se ha privilegiado la salud de las personas y la economía se ha puesto al servicio de las medidas que se han tenido que tomar. Esto no ha estado exento de críticas de grupos de economistas, quienes señalan que los efectos de las medidas implementadas para frenar la pandemia en Chile llevarán a una crisis económica con serio impacto en el crecimiento del país y, por ende, en el empleo y salario de las personas. Si la economía colapsa, muchas personas no tendrán hogar ni alimentos, no podrán pagar servicios médicos ni comprar medicinas y los servicios de salud también podrían colapsar. Ante ello, el gobierno, al igual que la mayoría de los países en el mundo, ha establecido un plan extraordinario de ayuda económica para prevenir el impacto de la crisis sanitaria en las personas. Lo más preocupante es el desempleo que, además de sus consecuencias económicas, tiene impacto social, con problemas de toda índole, en especial psicológico, emocional y familiar, junto con un aumento de la violencia intrafamiliar, la delincuencia, el consumo de alcohol y drogas, y trastornos de salud mental. Asimismo, alguien que está desempleado mucho tiempo pierde capacidades para reincorporarse en buena forma al mundo laboral.

Es por ello tan importante lo que recomendó la OMS: “Todos los países deben establecer un fino balance entre proteger la salud, prevenir el daño económico y social y respetar los derechos humanos”.

CONSECUENCIAS DE LA PANDEMIA

Muchos analistas nacionales e internacionales señalan que el mundo no será el mismo después de esta pandemia. Yuval Noah Harari proclamó en entrevista a La Tercera (Tendencias, sábado 28 de marzo, 2020) que “la crisis el COVID-19 se perfila como el momento decisivo de nuestra era”. “En el próximo mes o dos, los gobiernos y organizaciones de todo el mundo llevarán a cabo grandes experimentos sociales que darán forma al mundo en las próximas décadas”, dando como ejemplo la enseñanza a distancia, el teletrabajo, el comercio electrónico, la telemedicina y otras formas de relacionamiento remoto. Además, señala la posibilidad de dar un “ingreso básico universal” a todos los ciudadanos, el uso de robots para cuidar a personas mayores y discapacitadas, cambios en el mundo laboral y otras. Puede que esto suceda o no, pero lo que sí es cierto es que la creciente automatización reforzará la pérdida de contactos personales en un gran rubro de actividades, afectando los empleos, así como el declive de numerosas industrias, para lo cual debemos estar preparados. En este sentido es fundamental diferenciar entre el distanciamiento físico, que es el que se ha producido por la pandemia, con el distanciamiento social que debe mantenerse por todos los medios tecnológicos que hoy día existen.

Lo que sí debería cambiar es el rol del Estado en los sistemas de salud. A medida que avanza el virus, son los servicios de salud pública y los gobiernos los que deben afrontar la crisis. En España, Gran Bretaña y otros países el sector público ha tomado el control de la salud de manos privadas. Boris Johnson, un arduo defensor del sector privado y la reducción del Estado, aparecía en sus conferencias de prensa tras un atril en el que se leía: “Protejamos el Servicio Nacional de Salud” (Protect the NHS) y luego debió hospitalizarse en un recinto del NHS. Algo impensable hace algunos meses, cuando se habló de desmantelarlo como parte de las exigencias de Washington para la firma de un acuerdo de libre comercio. A medida que la pandemia golpee a las sociedades latinoamericanas, la salud y cómo es administrada, pasará a la cabeza de las agendas nacionales. Lo mismo debería suceder en Chile, donde la reforma del sector salud lleva años de postergación por no haber acuerdo con el sistema que deberíamos tener, a pesar de dos comisiones presidenciales que han abordado el tema. Además, en los últimos treinta años ha existido un claro énfasis en el crecimiento económico que no ha ido a la par con el desarrollo social, especialmente en salud y educación, sectores que no han logrado mejorar sus niveles educativos ni de atención de salud a la población.

Otro sector que deberá ser prioritario después en la pandemia es el desarrollo en Ciencia, Tecnología e Innovación, tanto a nivel mundial como en nuestro país, ya que ha quedado demostrada la importancia que tiene para enfrentar situaciones nuevas: se requiere estar al día en investigaciones de punta para buscar solución a problemas emergentes. Este es el caso de los nuevos virus que requieren vacunas y tratamiento, que necesitan a lo menos un año para poder contar con ellos. En el caso de la vacuna, el tiempo es mayor porque tiene que ser probada muchas veces para comprobar que sea completamente inocua para las personas. Además, como ha quedado demostrado en muchos países, como Estados Unidos y Chile, los laboratorios de investigación han sido fundamentales para apoyar a las instituciones gubernamentales con exámenes e insumos para la crisis.

Otro cambio importante deberá hacerse a nivel de los organismos internacionales creados inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, bajo el liderazgo de los Estados Unidos. Hoy día, en la crisis global más importante después de la Segunda Guerra Mundial, en que ese liderazgo no existe y emergen otros como China, la correlación de fuerzas a nivel mundial es diferente, para lo cual se van a requerir nuevas instituciones, posiblemente a niveles regionales como las ya existentes Unión Europea o la OTAN. En todo caso, la pandemia del coronavirus puso en discusión la gobernanza mundial pospandemia, lo que dependerá de cómo se comporten las grandes potencias, en particular Estados Unidos, China y los países europeos. En este cambio global, un tema prioritario va a ser, sin duda, el comportamiento de la Organización Mundial de la Salud, que ha sido fuertemente criticada por ignorar las primeras señales de la emergencia, por su lentitud en declarar la pandemia –tres meses después de los primeros casos– y por ser demasiado complaciente con China. Sin embargo, a pesar de estas críticas, la OMS ha logrado posicionarse como el ente rector para los países en la toma de decisiones en salud.

Uno de los efectos positivos de la pandemia ha sido sobre el medio ambiente. Muchas ciudades del mundo vieron cómo su aire se limpió completamente en pocas semanas, cómo la flora y fauna recuperaron espacio y algunos animales salvajes volvieron a ocupar lugares que habitaban los humanos.

CONCLUSIONES

La actual pandemia de coronavirus se considera la mayor crisis global después de la Segunda Guerra Mundial y sus efectos de cómo se va a comportar el virus y de su impacto en la economía, son impredecibles. Nunca en la historia presente se había tenido tanta incertidumbre acerca del futuro cercano, a pesar de los inmensos avances en ciencia y tecnología a nivel mundial. Esta crisis ha demostrado la fragilidad del hombre ante lo que puede enviarnos la naturaleza –en este caso, un virus desconocido proveniente del reino animal– frente al cual ha sido imposible enfrentarnos con los avances tecnológicos y se ha debido recurrir a conductas ancestrales como la cuarentena, al no contar con vacuna ni tratamiento, lo que está dejando una secuela de miles de muertos, crisis económica y daños psicológicos graves producto del aislamiento social.

También queda demostrado que el avance económico no es suficiente ante los retos a los que se enfrenta la humanidad y que el cuidado de la salud de las personas y del medio ambiente que las rodea, debe estar por sobre cualquier consideración económica o política.

Toda crisis es una oportunidad y de la forma como enfrentemos los desafíos que nos impuso esta pandemia, dependerá el futuro de la humanidad. Es posible que el freno brusco de la vida en sociedad y de la economía, que todavía no sabemos cuánto puede durar, nos haga meditar y sacar conclusiones de la manera como debemos relacionarnos entre nosotros, con la economía y la interacción con el medio ambiente. MSJ