Reflexiones en torno a la pandemia

El miedo al contagio y a la muerte nos ha abierto los ojos. Hemos tomado conciencia de nuestros límites y de cuánto nos necesitamos unos a otros, y a la vez de todas las oportunidades que se ofrecen.

Revista Mensaje

05 mayo 2020, 4:13 pm
11 mins

Durante los últimos meses, la prensa y la opinión pública se han centrado en el virus que azota a la humanidad. Las relaciones internacionales y todas las formas de convivencia han sido afectadas. Es comprensible que, en estas circunstancias, nos preguntemos no solo cuándo va a terminar esta amenaza sino también cuáles van a ser sus consecuencias para la humanidad y cuáles deberían ser nuestras actitudes personales y sociales. Por lo anterior, es razonable que Mensaje concentre su atención en este tema y dedique nuevamente su editorial y varios artículos a los polifacéticos desafíos que enfrentaremos.

Una crisis de esta naturaleza genera graves males, pero, si se procesa correctamente, puede ayudar a hacer los cambios que nos permitan llevar una vida más humana, renovando las relaciones entre nosotros, con la naturaleza y con Dios.

La cuarentena no solucionará por sí misma todos los problemas, pero puede ayudarnos a tener una mirada profunda sobre nuestra realidad personal y social. Eso nos preparará para enfrentar con decisión los tiempos difíciles que vienen, las injusticias endémicas, el clasismo y el racismo, el individualismo egoísta oculto en nuestra cultura y los problemas ecológicos.

NUESTRAS FRAGILIDADES Y FORTALEZAS

La crisis viral nos invita a reflexionar sobre los problemas y las oportunidades del cambio de época que estamos viviendo. Cuando hay un cambio de época producido por descubrimientos o invenciones como la televisión, el internet y el celular, se quiebra la cultura tradicional, se cuestionan los valores y se resquebrajan las formas establecidas de convivencia. Cambia también el modo de pensar. Se dice que estamos en una cultura de la información y la comunicación. Se rompieron las fronteras y se aceleró el tiempo.  El prodigioso crecimiento de las ciencias y de la técnica dio al ser humano la sensación de poder infinito. Se llegó a hablar del Homo Deus.

Por la abundante información, la comunicación se hizo fácil, pero a menudo superficial, generando soledades profundas. Por otra parte, la aceleración del tiempo hizo descuidar el pasado y el futuro, la sociedad se hizo líquida, las relaciones perdieron consistencia, la palabra empeñada dejó de cumplirse, se evaporaron las confianzas. En tales circunstancias, solo el presente parece importar, se acalla la pregunta por el sentido de la vida.

A menudo se confunde la noción de persona con la de individuo. La persona es un ser por esencia relacional; en cambio, el individuo es una unidad no dividida en sí misma, pero separada de los otros. La comunidad se transforma en una masa de individuos con lazos débiles. El hombre fue paulatinamente valorando su razón y su radical autonomía, libertad y poder. El Yo se hizo centro absoluto.

Existe además el grave peligro que las comunicaciones nos manipulen, usando una propaganda científicamente estudiada para generar necesidades de consumo. Eso afecta a la naturaleza y a las personas que compran sin control, contrayendo deudas que ennegrecen el futuro.

El miedo al contagio y a la muerte nos ha abierto los ojos. Hemos tomado conciencia de nuestros límites y de cuánto nos necesitamos unos a otros, y a la vez de todas las oportunidades que se ofrecen. Hemos aprendido a ver el lado positivo de esta nueva cultura y a utilizar las nuevas vías de comunicación.

Se ha incrementado el uso del computador, del WhatsApp, del celular y existen nuevas plataformas que han permitido hacer trabajos y clases a distancia, reuniones familiares mirándose la cara, conversar con los amigos, hacer las compras. Tal vez más sorprendente es que los medios han permitido participar en la liturgia, hacer oración. Es probable que esto permanecerá y será un gran progreso. Hay que valorar el avance de la ciencia y saber usarla. Será necesario, sí, preparar a los mayores para que usen estas herramientas y se integren a esta “nueva” sociedad.

Las comunicaciones cambiaron las clases sociales. En la televisión, presente hasta en la casa más humilde, se puede ver lo que sucede en todo el mundo y se pueden conocer todas las opiniones. El ciudadano postergado se siente con derecho a participar y opinar; exige respeto a su dignidad y expresa su indignación ante las inaceptables desigualdades. En adelante no se podrá tapar la verdad, la gente exigirá transparencia, coherencia y participación. Esto genera nuevas relaciones sociales que obligan repensar la sociedad, la política, la economía y la religión.

NUESTRA RESPONSABILIDAD CON LOS DEMÁS

En la soledad cuarentenal hemos escuchado una llamada no sólo a cuidarnos de nosotros, sino a no hacer daño y a preocuparnos de los demás. A la vez hemos descubierto que en medio de nuestro mundo hay mucha generosidad y que hay gente que ha arriesgado su vida por los otros. No hemos salido a los balcones a tocar cacerolas sino a aplaudir a quienes están viviendo para los demás, exponiendo sus vidas.

En los difíciles tiempos que se avizoran, como nunca será necesaria la solidaridad, no acumular riquezas y bienes, compartir. En todas las relaciones, incluidas la de mercado, necesitamos menos egoísmo.  En una sociedad verdaderamente humana no solo deberemos exigir nuestros derechos, sino sobre todo desarrollar responsabilidades. Esta pandemia nos obliga a pensar que somos responsables de los otros, sobre todo de los débiles. El dinero, los títulos académicos, el poder no pueden orientarse al éxito personal, sino al avance de todos. No será fácil.

REPENSAR LA POLÍTICA

Como insistimos en nuestro último editorial, esto debería renovar la vida política que debe centrarse en el bien común con una mirada desde los más marginados.

En estos tiempos tan difíciles, también hemos experimentado la importancia de un gobierno que pueda ordenar y conducir una sociedad desorientada; que tenga las herramientas necesarias y sepa usarlas; que tenga una mirada superior, con visión de futuro y coraje para actuar con decisión y sin mezquinos partidismos. Debemos seriamente revisar el principio “más mercado y menos gobierno”.

En este contexto deberíamos comprometernos responsablemente todos en la elaboración de una nueva Constitución que sea la base de un país más justo, libre, igualitario, respetuoso de las diferencias y capaz de diálogo. Necesitamos un país moderno, sin racismo, sin clasismo y respetuoso, donde la amistad cívica pacifique la política, que permita cuidar nuestra naturaleza y repartir sus frutos equitativamente. La elaboración de la nueva carta fundamental será el test que nos mostrará cuánto hemos aprendido. Qué distinta será la convivencia si antes de atacar y descalificar escuchamos al otro y el clamor de los movimientos sociales. Más que un texto nos hace falta un nuevo espíritu.

REPENSAR LA VIDA PERSONAL Y FAMILIAR

No solo esperamos una buena reacción en lo económico, en lo cívico y en lo político. Será importante que reforcemos los lazos familiares. En Chile se valora la familia, pero ella ha sido muy afectada en los últimos tiempos. Las distancias generacionales han dificultado los procesos educativos. El consumismo, el activismo, el egoísmo, la falta de verdadero compromiso en la sexualidad, han debilitado los lazos y la estabilidad familiar. Esperamos que la cuarentena produzca reencuentros.

Finalmente, este “terremoto” puede permitirnos reencontrar el sentido más profundo de la vida. Somos caminantes y, a pesar de los obstáculos, el camino puede tener un destino que dé sentido al vivir y permita enfrentar toda pandemia. El silencio y la calma nos pueden permitir reencontrar lo más profundo y una verdadera espiritualidad. Nuestro testimonio de caridad, solidaridad y servicio puede abrir las puertas a la trascendencia y producir el más importante de los encuentros. MSJ

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