Necesitamos más que un pacto

Lo que necesitamos, más bien, es un proyecto de país, algo que movilice los afectos, un anhelo compartido, una esperanza de futuro en la que valga la pena empeñar la vida.

Revista Mensaje

29 mayo 2020, 5:01 pm
16 mins

Las crisis tienen como característica que remecen el statu quo, desvían un tren que tenía cierta inercia, generan una perturbación que hace el futuro menos predecible de lo que ya era. Son una hendidura en la rutina que provoca preguntas y genera incertidumbre. Por lo general, son inesperadas y obligan a tomar decisiones, a escoger. Nuestro tren chileno ya ha sido impactado dos veces en menos de seis meses. ¿Intentaremos recuperar la “normalidad” anterior con nostalgia? ¿O tomaremos la oportunidad de comenzar algo nuevo?

Si queremos avanzar juntos –cosa que no es nada obvia– es necesario preguntarnos, como miembros comprometidos con nuestra sociedad, hacia dónde íbamos y hacia dónde queremos ir.

Al finalizar su 120ª Asamblea Plenaria, los obispos de Chile nos invitaron a un nuevo pacto social que permita enfrentar este complejo escenario. Su planteamiento apuntaba principalmente a amortiguar el impacto en las fuentes de trabajo y la subsistencia familiar. Confirmamos que ese es un deber inmediato de solidaridad, cualidad arraigada en lo más profundo de la humanidad. Afortunadamente hay muchas señales en ese sentido dadas por organizaciones de la sociedad civil, empresas y el mismo Estado. Sin embargo, creemos necesario mirar más allá, con un plazo más largo.

Quizá la palabra “pacto” se quede corta. Ella podría referirnos a una especie de negociación con aires de tregua en la que nadie queda muy satisfecho, aunque esté dispuesto a honrarla como un compromiso. Lo que necesitamos, más bien, es un proyecto de país, algo que movilice los afectos, un anhelo compartido, una esperanza de futuro en la que valga la pena empeñar la vida. Se necesita un pacto para empezar, pero requerimos algo más amplio en horizonte temporal y en ambición.

Nos referimos a un proyecto que nos ayude a compartir prioridades para el largo plazo, a distribuir equitativamente los sacrificios, a reconocer instituciones políticas que nos representen a todos durante los próximos cincuenta años y a construir condiciones de justicia social y desarrollo sustentable que apunten al siglo que vendrá. Esto último implica, de partida, abordar retos hoy urgentes: entre ellos, atender efectivamente a las necesidades sociales básicas, un crecimiento económico que beneficie a todos, relaciones laborales más equitativas y opciones de participación ciudadana que nos comprometan y sean verdaderamente inclusivas. Pero no puede quedarse solo en la necesidad presente.

Este proyecto no podrá desconocer los hechos de octubre ni lo que ha ido develando la pandemia. No puede configurarse enterrando lo manifestado previamente al coronavirus, simplemente porque lo que queda reprimido vuelve a salir tarde o temprano, y la manera en que regresa suele ser peor.

UN PROYECTO JUSTO, RESPONSABLE Y SOSTENIBLE

Lo primero que ha develado este coronavirus es cuán conectados estamos entre nosotros. Por más individualista que sea el concepto de ser humano que tengamos, la verdad es que nos necesitamos a nivel personal, pero también económico y social. Hemos visto que el individualismo, como paradigma y modelo de vida, es una farsa, una ilusión. Estamos tremendamente interconectados, con la Europa que nos trajo el virus, pero en último término también con la remota ciudad de Wuhan. Las cuarentenas han mostrado que en las sociedades modernas nos necesitamos unos a otros, no solo porque hemos formado cadenas de producción donde todos los actores son indispensables, sino porque, más allá del proceso productivo, la organización de la vida hace imprescindible que cada uno juegue su papel. Nos necesitamos y, parafraseando a Benedetti, cuando uno necesita, se siente vivo. La múltiple interconexión provoca que las cargas de algunos afecten al conjunto. Afortunadamente, las soluciones y progresos de otros también afectan al conjunto. Por tanto, nuestro proyecto de país debería comenzar reconociendo esta realidad tanto en el modo de gestarse, como en aquello que quiera construir.

Sin embargo, aunque estemos evidentemente juntos, no estamos en las mismas condiciones. Esto afloró con claridad el año pasado y se ha agudizado los últimos meses. El estallido social de octubre manifestó, entre muchas otras cosas, un anhelo enorme de mayor igualdad entre nosotros. Se ha recurrido a la imagen de la barca para recalcar que estamos juntos en esto. Otros, sin embargo, han dicho que estamos bajo la misma tormenta, pero mientras unos barcos apenas se mueven, otros se van hundiendo. Es cierto que no a todos les golpea igual la pandemia. A todos les tiembla, pero hay casas más firmes que otras; a todos les llueve, pero hay mejores techos que otros. “#QuédateEnCasa” es mucho más fácil cuando cada uno tiene un cuarto, pero es complejo en 45 metros cuadrados –que en algunos lugares llega a 36– para la familia completa, o conviviendo con tu agresor. La enseñanza por Internet, con plataformas virtuales, tiene una novedad y atractivo que deslumbran a cualquiera, pero siempre y cuando se tenga una buena conexión… y un computador para cada hijo… y un lugar para atender a la clase online sin escuchar la música a todo volumen del vecino o la televisión de tu propia familia encerrada. No es tan fácil aislarse cuando no se puede dejar de ir a la feria para subsistir, porque ahí se compra y se vende lo cotidiano. O cuando no hay cómo hacer la compra del mes y con suerte se puede hacer la del día. El proyecto que forjemos necesariamente debe sentar las bases de una mayor igualdad entre todos. Habrá que revisar aquellos privilegios que teníamos por obvios y que no son sino discriminaciones arbitrarias basadas en aspectos que no son responsabilidad de las personas, como la cuna, el género, la etnia o el país de origen.

Lo anterior también implica hacernos cargo de que hoy existe un cuestionamiento muy fuerte a las élites de todo tipo. Se cuestiona el poder económico, político y religioso, fundamentalmente porque hemos visto muy seguido cómo ese poder se ha utilizado en beneficio personal y no como un servicio al colectivo. Es un cuestionamiento merecido, que requerirá de liderazgos transparentes y altamente alocéntricos, capaces de poner el bien común por delante del beneficio privado. Sin este tipo de liderazgos, sumado a los pocos espacios de participación, cualquier proyecto se considerará ilegítimo.

El estallido de octubre mostró un aspecto afectivo: una gran parte del país venía sintiéndose ninguneada, menospreciada, no de segunda, sino de cuarta clase. Probablemente esto no se resuelva solo con un proyecto de país ni con una Constitución, porque está arraigado en creencias profundas de las personas: en el fondo, no seríamos todos tan iguales. Las creencias salen en forma de exabrupto o lapsus que dan cuenta de lo profunda que debe ser la transformación que emprendamos. Pero, además, dado que los niveles educacionales han crecido mucho en las últimas décadas, el modo de tomar decisiones está pidiendo a gritos mucho mayor participación, una más exigente rendición de cuentas y transparencia. El asunto no es únicamente que la gente quiera opinar, sino que hay mucho mayor capacidad de hacerlo y con mucha calidad. Sin aumentar la participación en las decisiones, nuestro proyecto será no solo más pobre, sino también fraudulento.

Finalmente, hay un punto donde el estallido social y la pandemia se muestran aparentemente contradictorios. En octubre el tema era la injusta repartición de la riqueza. En cosa de meses estamos tratando de administrar escasos bienes para evitar el estancamiento de la producción, el desempleo masivo y el hambre en los hogares. Esto no es sino una muestra de lo frágil que es nuestra construcción social. Por una parte, la enorme cantidad de personas que, habiendo dado un salto a la clase media, son tremendamente vulnerables y vuelven a la pobreza otra vez. Y, por otra, lo débil de un sistema que promueve el crédito como modo de vida, en vez del ahorro y la inversión. La pandemia ha mostrado la necesidad de garantizar con más fuerza lo básico para sobrevivir: salud, vestido, alimento, techo y servicios básicos. Hoy quizá deberíamos añadir a esto también la conectividad, la educación y la formación laboral. Sin ellos, la vulnerabilidad y la proximidad del hambre seguirán siendo futuros probables y la libertad, un deseo pendiente. Un proyecto de país deberá cuidar la solidez de lo que construyamos. Somos responsables de dejar a las generaciones futuras una tierra sana y seguridad para avanzar.

MEJORAR EL DIÁLOGO PARA LA LEGITIMIDAD

Nuestro país viene soportando hace rato niveles de violencia enormes. No se trata solo de la violencia evidente en barrios asolados por el narcotráfico, hechos delictuales o desmanes en medio de manifestaciones. Hay violencia para un poblador que trabaja en medio de aluminios y cristales, pero vive estrechamente y agobiado por las deudas. Hay violencia en el forcejeo matutino del transporte público. Hay violencia en la diferencia entre un servicio público y la atención privada.

Para construir un proyecto de país, es imperioso salir del círculo de la violencia y la justificación de la venganza. Necesitamos generar un espacio de conversación honesta y sana. Pero lamentablemente hoy carecemos de un foro democrático con peso suficiente donde nuestro futuro sea conversado con altura. Nuestro Congreso es el reflejo de una sociedad polarizada donde cuesta mucho encontrar personas dispuestas a escuchar con benevolencia al distinto. Es reflejo de una sociedad individualista, donde el otro nunca es confiable porque siempre intentará aprovecharse de mí. La conversación política está muy intolerante y quizá sea este uno de los ámbitos de perniciosa intromisión de lógicas neoliberales: competencia brutal, búsqueda del beneficio individual, esclavitud del rating como medida de éxito y métodos de análisis estratégico con ganancias de corto plazo.

Con urgencia necesitamos aprender a dialogar para encontrar mejores respuestas y propuestas. Requerimos representantes capaces de poner el bien común de largo plazo por sobre el beneficio privado en corto. Conversar con empatía, honestamente intentar comprender al otro, rescatar lo positivo y bueno de la propuesta ajena, y reconocer con humildad cuando nos equivocamos, son condiciones necesarias para este proyecto de país.

Tanto el estallido social como la pandemia han hecho aflorar verdades tapadas durante mucho tiempo. Esa es una buena noticia, aunque nos duela. Para salir adelante necesitaremos generosidad, capacidad de escucha, empatía y humildad de parte de quienes tienen hoy la responsabilidad de conducir los rumbos del país. Necesitamos tomar decisiones, pero con urgencia, porque la situación de Chile y sus habitantes no tolera dilaciones. El desafío está, entonces, en actuar con agilidad en el presente, pero sentando las bases del futuro.

La legitimidad de este proceso estará dada por la participación amplia y diversa de las personas. Deberá incluir a la sociedad civil con sus diversas organizaciones y los distintos gremios. Se requerirá la representatividad de distintas etnias, regiones y géneros. Los partidos políticos, los think tanks y la academia también deberán cumplir su papel. Lo hemos hecho antes en mesas de diálogo y cabildos ciudadanos. Así podremos recuperar la nobleza del diálogo democrático que busca el bien común. Es una tarea enorme que debemos enfrentar pronto entre nosotros, los habitantes del presente y únicos responsables del país del futuro. MSJ

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