Allende: Una aproximación desde la coyuntura actual

Cuando observamos hechos como los de 1970, estamos lo suficientemente cerca como para reconocernos en mucho de lo que entonces ocurrió: es un ejercicio útil ante una coyuntura que se expresará con dureza tras la pandemia.

Javier Couso

31 agosto 2020, 4:50 pm
18 mins

El 4 de septiembre se cumplen cincuenta años del triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales de 1970. Si bien el candidato de la Unidad Popular (UP) obtuvo un 36,6 % de los sufragios (superando el 35,2% de Jorge Alessandri), como las reglas constitucionales entonces vigentes no contemplaban una segunda ronda electoral —y considerando la asentada tradición del Congreso Nacional de ratificar al candidato que hubiera obtenido la primera mayoría relativa—, ese día muchos dieron por descontado que Allende asumiría la Presidencia de la República, dos meses después.

El hecho de que —medio siglo después— este evento siga capturando nuestra atención, es producto de que el mismo tuvo una trascendencia mayor que otras elecciones presidenciales, como la de 1938 (en que accedió al poder el denominado Frente Popular), cuyo quincuagésimo aniversario pasó casi inadvertido. El motivo de lo anterior reside en que la elección de Allende marcó el inicio de un periodo dramático de nuestra historia, tanto por las enormes expectativas —y la repercusión internacional— que generó el que un candidato declaradamente marxista accediera al poder mediante un proceso democrático, como por el trágico desenlace que tendría el gobierno de la UP tres años después, con La Moneda en llamas, el Presidente muerto y los militares tomándose el poder por diecisiete años.

Por otra parte, la efeméride de la elección de Salvador Allende tiene hoy por hoy una especial relevancia, porque encuentra al país en otra coyuntura crítica que —más allá de las enormes diferencias que existen entre uno y otro proceso histórico— para muchos tiene un cierto aire de familia con la etapa que analizaremos en este artículo. Es así que, más allá de que las circunstancias que rodearon el periodo que analizaremos distan significativamente de las actuales, pueden ofrecer algunas claves de análisis para los dilemas que confrontamos.

EL IMPACTO DEL 4 DE SEPTIEMBRE

La elección de septiembre de 1970 ocurrió en medio de un contexto gravemente tensionado, tanto por factores internos como externos. En lo nacional, estuvo precedida de años de creciente polarización e, incluso, de peligros de desestabilización institucional (como lo fue el denominado «Tacnazo», refriega en que un regimiento del Ejército se alzó en armas, en octubre de 1969). Y, en lo internacional, porque el triunfo de la Unidad Popular ocurrió en el plena Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, lo que transformó a Chile en un teatro importante de esa confrontación. En este escenario tan complejo, durante las frenéticas siete semanas que mediaron entre la elección de Allende y su ratificación como Jefe de Estado por el Congreso Pleno (el 24 de octubre), se produjeron hechos sin precedentes en la historia republicana del país que —mirados retrospectivamente— aparecen como un presagio de lo que vendría después.

Es difícil aquilatar a la distancia lo que representó en el imaginario de diferentes grupos de chilenos la llegada de la Unidad Popular al poder. Para quienes apoyaron a Allende, su elección representó un hecho verdaderamente extraordinario, que prometía la profundización del proyecto de transformación social y económica que había iniciado el gobierno de Eduardo Frei Montalva, para, esta vez, derechamente terminar con el sistema capitalista. Por otro lado, la UP representaba para la mayoría de sus adversarios una amenaza al propio régimen democrático, y el eventual alineamiento del país en el polo de los llamados «socialismos reales».

Un problema que aquejaría al gobierno de la UP apareció prominentemente en el discurso que Salvador Allende dirigió a una concentración de sus adherentes la noche del propio 4 de septiembre. Este fue el que, a pesar de haber concitado el apoyo de poco más de un tercio del electorado, proclamara que, con su elección, era el conjunto del pueblo el que llegaba al poder: «Nunca un candidato triunfante por la voluntad y el sacrificio del pueblo usó una tribuna que tuviera mayor trascendencia. Porque todos lo sabemos: la juventud de la patria fue vanguardia en esta gran batalla, que no fue la lucha de un hombre, sino la lucha de un pueblo: de ella es la victoria de Chile alcanzada limpiamente esta tarde (…). Le debo el triunfo al pueblo de Chile, que entrará conmigo a La Moneda…» (1) .

Como, por supuesto, Allende estaba consciente de que alcanzaba la presidencia apoyado en el respaldo de una fracción minoritaria del electorado, todo apunta a que consideraba que la expresión «pueblo» se refería a un segmento particularmente maltratado del anterior (los «sectores populares») o, quizá, a una porción de la ciudadanía que él concebía como especialmente significativa dentro del proceso revolucionario que se inauguraría con su mandato. Esto, más allá de lo problemático que fue para el decurso posterior de su administración el entenderse mandatado por el pueblo en su conjunto y, como lo relevó a días de su elección en la revista Mensaje, John Biehl (2): «El triunfo alcanzado por Salvador Allende tiene raíces profundas en la historia política chilena. Estas raíces van más atrás de la elección presidencial de 1958 (…). El movimiento popular que ha apoyado a Allende desde 1958 ha jugado y aceptado todas las reglas del juego de la democracia chilena. Ha soportado incluso las maniobras de propaganda y de hecho más ruines. Este movimiento ha planteado con claridad y sin subterfugios, desde antes de 1958, la forma en que piensa sustituir el orden económico capitalista por uno socialista» (3).

Como se advierte del análisis de Biehl, Allende apelaba a sectores populares que habían recorrido un laborioso camino de décadas de postergaciones, exclusiones y no pocas dosis de represión (especialmente, a propósito de la llamada «Ley Maldita», que en 1948 proscribió al Partido Comunista y persiguió a sus militantes). Las enormes expectativas de transformación social que albergaban estos sectores explican la intensa lealtad que mantendrían respecto de un gobierno que —producto de sus errores, pero también de la acción de adversarios internos y externos— finalmente se vio confrontado a una crisis política y económica terminal.

LOS SESENTA DÍAS

Más allá del entusiasmo y esperanza que suscitó entre sus adherentes, y de la alarma y desazón que produjo entre sus adversarios en Chile, la elección tuvo profundas repercusiones internacionales. Como lo hizo notar José Antonio Viera Gallo (en el número de diciembre de 1970 de Mensaje), un indicio de aquello fue el hecho insólito que la revista más influyente del mundo de la época, Time, dedicara una portada a Allende (4).

Más allá de la cobertura mediática recibida, y como lo anotó Otto Boye en otro artículo de Mensaje (apropiadamente titulado «Los sesenta días que conmovieron a Chile») (5), la elección de Allende llevó a algunos de sus oponentes —en Chile y en los Estados Unidos— a desplegar acciones desesperadas para, primero, evitar su ratificación por parte del Congreso, y, cuando esto fracasó (producto de la negativa de la Democracia Cristiana a alterar la tradición constitucional de declarar Presidente de la República a quien hubiera prevalecido en la elección), a propiciar un golpe de estado que impidiera que la UP accediera al control del Ejecutivo. Si bien hasta fines del siglo veinte la intervención del gobierno de los EE.UU. para impedir el acceso de Allende al poder fue disputada o minimizada por algunos sectores, la desclasificación de archivos de la administración Nixon (ordenada por el presidente Bill Clinton en el año 2000), deja fuera de toda duda las acciones a las que el anterior estuvo dispuesto a llegar con tal de lograr su objetivo (6).

Más allá de la intervención política desplegada por el gobierno de Nixon en el proceso electoral chileno, lo más devastador que ocurrió en las semanas que mediaron entre la elección y la ratificación de Allende por parte del Congreso, fue el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército, René Schneider, quien era considerado por EE.UU. como demasiado «constitucionalista» como para efectuar un golpe de estado para impedir la llegada de la U.P. al poder. Este atentado, perpetrado por un grupo de ultraderecha a solo dos días de que se reuniera el Congreso Pleno, fue tan anómalo en la historia republicana del país que —como lo subrayó Boye en la pieza mencionada más arriba— había que remontarse a comienzos del siglo XIX para encontrar casos parecidos. Si bien el atentado contra Schneider no logró el objetivo buscado, conmocionó fuertemente al país e inauguró un periodo de violencia creciente.

VALORAR EL PLEBISCITO

Como suele ocurrir con aniversarios de hechos cruciales en la historia de un país (especialmente, cuando ellos tuvieron elementos traumáticos), la interpretación del sentido de esos hitos está necesariamente atravesada por el contexto contemporáneo. Así las cosas, el quincuagésimo aniversario de la elección de Salvador Allende nos sorprende en medio de una crisis multifactorial, que apenas comenzamos a dimensionar. En efecto, luego de que —a partir del 18 de octubre pasado— Chile experimentara su peor conflicto social y política en una generación, se sumó una pandemia que ha dejado miles de muertos y que está afectando la economía nacional en proporciones que no se experimentaban desde 1982.

Como la mayor parte de la población ha vivido varios meses bajo cuarentenas intermitentes, cordones sanitarios y otras medidas excepcionales, no hay claridad de si el crispado clima social que experimentamos entre octubre y marzo pasados retornará —con aún más fuerza— una vez que se logre controlar la epidemia y el país recupere la «normalidad» que exhibía antes del impacto de la COVID-19. Dicho esto, solo los más optimistas apuestan a que en ese momento la protesta social (y la violencia que la acompañó) desaparecerá. Por el contrario, no se necesita ser muy pesimista para prever que el arraigado descontento o malestar que gatilló la protesta social probablemente persistirá (o, incluso, empeorará), si se añaden a las motivaciones que ya existían unos meses atrás la angustia desoladora del desempleo masivo, y la larga lista de desgracias familiares y personales que se asocian a la pérdida de fuentes laborales.

Considerando este contexto, llama la atención el escaso aprecio que se advierte en sectores cercanos al oficialismo a la oportunidad que ofrece el plebiscito habilitante para un proceso constituyente. En efecto, es desconcertante que una salida política a un severo conflicto social, fraguado en la casa del presidente Sebastián Piñera (y luego materializado por un amplio abanico de partidos políticos), suscite tanta indiferencia en el anterior, quien podría aquilatar las posibilidades constructivas que ofrece el proceso de consulta que él propició, en lugar de aparecer ante la opinión pública con lo que parece ser displicencia disfrazada de prescindencia. En parte producto de la falta de «empoderamiento» del Presidente de la República de un proceso que contribuyó a que el sistema político sorteara lo que por momentos parecía llevarnos a una crisis institucional de proporciones, el país se encuentra en la extraña situación de que un acto concebido para canalizar un conflicto mayor, podría, sin embargo, producir ahora un agravamiento de la crisis que se pretendió que contribuyera a apaciguar, si, por ejemplo, se politiza en exceso una posible nueva postergación del plebiscito, producto de un rebrote severo de la pandemia.

Como sea, al momento de escribir estas líneas, no hay claridad de si, finalmente, el plebiscito para dar inicio a un eventual proceso constituyente podrá (o no) llevarse a cabo el 25 de octubre. Por el contrario, estamos por enfrentar el —algo surrealista— escenario de observar una campaña televisiva sobre las opciones del mencionado acto electoral, conscientes de que, a último momento, este podría tener que postergarse nuevamente. Esto último —por enervante que sea— podría ser mejor digerido si las autoridades aparecieran verdaderamente comprometidas con el proceso, y no, como pareciera ser el caso, a lo sumo resignadas a tener que conducirlo a media máquina. Lo peculiar de esta actitud es que, por mucho que se postergue el plebiscito, nada indica que el resultado vaya a variar significativamente.

Si bien, como dicen algunos, aún el propio país representa una «tierra foránea» cuando tornamos la mirada a hechos históricos muy alejados en el tiempo, en el caso de la elección presidencial de 1970 estamos lo suficientemente cerca como para reconocernos en mucho de lo que entonces ocurrió. Ese ejercicio puede sernos útil en una coyuntura que probablemente se expresará con dureza, cuando la pandemia amaine. En ese momento, quizá apreciemos en toda su magnitud las posibilidades que brinda el deliberar democráticamente acerca de nuestro marco básico de convivencia política. Y quizá descubramos —para nuestra sorpresa— que tenemos más en común que lo que sospechamos. MSJ

Javier Couso

Académico UDP / U. de Utrecht