Condiciones para una convivencia que dignifique

La convivencia solo es posible a partir del reconocimiento del otro y de un respeto fundamental a su dignidad.

Revista Mensaje

31 agosto 2020, 4:34 pm
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La Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948 había enunciado nuestra dignidad común. Sin embargo, una de las constataciones más relevantes del cambio cultural del siglo XX y principios del XXI tiene relación con la conciencia de la diversidad humana. Acaso agudizada por los medios de comunicación, esa conciencia se ha hecho cada vez más evidente. En este contexto, si Chile pretende cohesión social debe aceptar a la vez la igual dignidad de sus miembros y las enormes diversidades que coexisten en su interior. Entonces, debe preguntarse por el tipo de convivencia que produce unidad interna, conservando –y aun favoreciendo– las diferencias.

Este mes de septiembre se cumplen 50 años de la elección de Salvador Allende como presidente. No pretendemos hacer un juicio sobre su gobierno, pero sí creemos importante mirar el proceso previo que condujo a esa elección. Eran tiempos bullentes marcados por la tensión de la Guerra Fría con dos proyectos antagónicos, una revolución en Cuba que termina con la dictadura, el Che Guevara y las guerrillas en América Latina y África, una guerra en Vietnam. Al mismo tiempo, se registraban el movimiento por los derechos de los afroamericanos en EE.UU. y los asesinatos de Martin Luther King y de John y Robert Kennedy. Por otra parte, el inicio de la liberación sexual con la introducción de la píldora y la ruptura generacional que marca el movimiento hippie. La Iglesia cambiaba mucho luego del Concilio Vaticano II. Ella se definía como pueblo de Dios, dando más participación a los laicos; reconocía que Dios actuaba también fuera de sus fronteras y que había que descubrirlo discerniendo los signos de los tiempos. Todo eso suponía respetar la autonomía de las realidades terrenas y, a la vez, la necesidad de un diálogo profundo con opiniones y creencias diversas en una sociedad plural. En 1968 los obispos de América Latina se reunieron en la Conferencia de Medellín para aplicar las conclusiones del Concilio en nuestro continente. Ahí se habló de las injusticias estructurales de nuestra sociedad y de la urgente cercanía a los más pobres. Comenzaba a nacer la teología de la liberación como un modo de pensar propio de los teólogos de Latinoamérica.

En Chile el gobierno de Frei Montalva emprende muchas reformas con la Promoción Popular, la reforma educacional y la reforma agraria. Los jóvenes toman las universidades y se abre la reforma universitaria. Al interior de los partidos políticos también surgen divisiones a partir de grupos que querían ir más allá de lo logrado y más rápido. Varios dirigentes cristianos comienzan a simpatizar con el marxismo. Nacen el MAPU, el MIR y el movimiento Cristianos por el Socialismo. Todos estos acontecimientos van pidiendo definiciones y se comienzan a evidenciar modos diferentes de comprender el cristianismo, la sexualidad y el propio partido. La convivencia se hizo más honesta, pero más difícil.

Así, en buena medida, la rapidez y simultaneidad de muchos de esos procesos de cambio contribuirían más tarde a la crisis política que vivió Chile. La concreción de muchas expectativas no se dio a la par del reconocimiento de que había otros con esperanzas diferentes, que también eran legítimas. En el fondo, la poca tolerancia a la diversidad fue un factor crítico para el derrumbe de la democracia.

UNA OPORTUNIDAD EN EL PROCESO CONSTITUYENTE

La situación vivida hace cincuenta años puede ayudarnos a analizar la situación del Chile de hoy que atraviesa diversas crisis de convivencia. Es central considerar aquella que afecta las relaciones con el Pueblo Mapuche. Este conflicto se remonta a la decisión chilena de invadir un territorio vecino –acción conocida arbitrariamente como “Pacificación de la Araucanía”– y al infructuoso intento de asimilar forzosamente a un pueblo con una identidad e instituciones propias y singulares. La disputa se actualizó y agudizó en las últimas décadas en aquellos territorios marcados históricamente por la reforma agraria y su contrarreforma asociada a un modelo de desarrollo extractivista. Los últimos años han estado caracterizados por un movimiento mapuche que dice estar dando su última batalla por sobrevivir y por la sostenibilidad del territorio y su identidad. Si bien sus demandas son sobre poder y territorio, el Estado no los reconoce como sujeto colectivo, como Pueblo, y, en vez de valorar la diversidad, la folcloriza. El Estado, por un lado, niega y reprime a los mapuche como actores políticos y, por otro, escenifica espacios de diálogo para luego incumplir los acuerdos de reconocimiento y reparación.

Una raíz del conflicto es que históricamente Chile se ha concebido como un Estado unitario a partir de una única nación, una sola cultura y una única religión. Esa idea es la que ha venido haciendo crisis. Es urgente asumir nuestra diversidad de culturas por edad, origen o religión. Un proyecto nacional homogeneizador, en vez de ampliar nuestra democracia y enriquecerla de perspectivas, la rigidiza y finalmente la tensiona cuando se relaciona con los pueblos originarios, en particular con el Pueblo Mapuche. Las preguntas de fondo siguen siendo las mismas, ¿cómo convivir y sentirnos “país” en esta diversidad? Y ¿cómo profundizar, ampliar y enriquecer nuestra democracia aprovechando nuestra riqueza cultural?

Hoy estamos ad portas de un proceso constituyente que podría ayudarnos a resolver en parte esta tensión entre reconocernos como un solo país y asumir las diversidades internas que tenemos. Ser un país requiere un nivel de convivencia que fortalezca la unidad y valore las diferencias. Realmente nada muy nuevo: es cosa de leer a San Pablo. Hoy podemos pensarnos como un Estado plurinacional, en el cual convivan distintos pueblos e identidades, así como lo hacen las distintas religiones. Debiéramos aspirar a que un elemento esencial de una nueva Constitución fuese el respeto de las diversidades, favoreciendo condiciones para que ellas puedan desarrollarse.

QUE LA DIFERENCIA SE TRANSFORME EN COMPLEMENTARIEDAD

Sin embargo, en el presente abundan las intransigencias y se adoptan posturas de manera rígida e inconmovible. Son actitudes que reflejan en parte un exceso de arrogancia, donde el sujeto absolutiza su pensamiento, o simplemente sigue ciegamente a su sector. Además de fundarse en una inflación enorme del ego, esto representa la negación de cualquier posibilidad de diálogo y, por tanto, de la democracia.

La convivencia solo es posible a partir del reconocimiento del otro y de un respeto fundamental a su dignidad. Puede ser que sus perspectivas se evalúen como equivocadas, pero lo que no puede estar en discusión es el valor de expresarlas. Somos diversos en orígenes sociales, situaciones socioeconómicas, identidades sexuales, creencias religiosas, etnias, países de origen o ideas políticas. Pero nada de ello puede ser motivo para despreciar a otro ser humano en sí mismo ni por sus ideas. Quizá sea este principio de convivencia el primer acuerdo necesario. Negarlo sería negar la posibilidad del cuerpo social.

Una vez reconocida la dignidad del otro, es imprescindible eliminar de nuestro repertorio de relaciones todo acto de violencia. En esto se incluyen los actos de violencia institucional contra el pueblo mapuche, los actos de violencia policial y de aquellos que quieren hacer justicia por las armas. Cualquier discurso o acto que busque aniquilar al diferente es evidentemente contrario al respeto de la dignidad humana.

Sentadas esas bases, será necesario cultivar la atención a la riqueza que puede aportar la perspectiva ajena. Es un arte de todos los cuerpos sociales lograr que la diferencia se transforme en complementariedad y termine haciendo crecer al cuerpo entero. Todo nuestro aprendizaje social, la transmisión de la cultura y su renovación, implica eso: recibir lo ajeno para reelaborar lo propio y ofrecerlo como algo nuevo.

La convivencia perenne debe ser confiable y leal. Requiere, primero, coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos; mostrar que somos capaces de cumplir nuestras promesas. Pero eso no basta, pues esa coherencia debe ser consistente en el tiempo. Finalmente, mostrar diligencia, poner honestamente los medios a nuestro alcance para cumplir los acuerdos con agilidad.

Por último, habrá tres signos de una convivencia fuerte. El primero será el hecho de que podamos pedir perdón sincero a quienes hayamos dañado. Otro será perdonar a quienes nos hayan afectado. Finalmente, será la expresión de gratitud de unos a otros. La gratitud es reconocer que el otro no solo no sobra, sino que nos hace mejores. El día que agradezcamos por aquellos diferentes, habremos comenzado a ser un país. MSJ

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