Fratelli tutti: Recuperar la Fraternidad en un mundo quebrado

"La Iglesia tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación, sino que procura la promoción del hombre y la fraternidad universal… Su misión se realiza en la medida en que ‘haya una gran fraternidad’, una ‘fraternidad a partir de pueblos y naciones que vivan la amistad social’”.

Rafael Luciani

03 noviembre 2020, 3:27 pm
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La lectura que la encíclica Fratelli tutti presenta de la realidad actual no puede ser separada del discernimiento que el papa Francisco hizo antes de la pandemia junto al gran imán Ahmad Al-Tayyeb en su viaje a Abu Dabi (FT 5) en 2019, en el que compartieron “las alegrías, las tristezas y los problemas del mundo contemporáneo”. Después, con la irrupción de la pandemia, el año 2020 exigía discernir nuevamente los «gozos y esperanzas, tristezas y angustias» del mundo (FT 56; Gaudium et spes 1). Las palabras del Papa durante el acto extraordinario de oración en la Basílica de San Pedro, el 27 marzo de este año, describían a un mundo cuya unidad aparente había sido erosionada por la fragmentación y el olvido del bien común (FT 7).

Se abría una nueva época de la humanidad marcada por el flagelo de la inequidad entre las personas (FT 21) y las naciones (FT 126). La inequidad afecta las condiciones de vida de todos desde lo económico, pasando por el favorecimiento de relaciones de exclusión y generando nuevas formas de violencia social y política, que brotan del malestar de las poblaciones ante la impotencia de no lograr una vida digna. Como explica el Papa en la nueva encíclica, «quienes pretenden pacificar a una sociedad no deben olvidar que la inequidad y la falta de un desarrollo humano integral no permiten generar paz. En efecto, ‘sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia a una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad’. Si hay que volver a empezar, siempre será desde los últimos» (FT 235).

La encíclica alude a los grandes problemas sociales, señalando que existe un problema sistémico a nivel global que exige «luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales» (FT 116). En este contexto tan complejo, la encíclica llama a recuperar la fraternidad y construir la amistad social.

LA VÍA DE LA FRATERNIDAD ABIERTA

Fratelli tutti plantea que la compasión brota de una auténtica fraternidad, que apuesta por la humanización de todos. Con ello se pone en juego la capacidad de discernir lo verdaderamente humano, más allá de lo inmediato y coyuntural de nuestros quehaceres, los que parecen no tener claro un proyecto común (FT 17). La actual pandemia no puede ser discernida sino al interior de nuestra realidad global, quebrada con innumerables y diversas fracturas locales.

La encíclica incorpora una invitación a reconstruir el tejido sociocultural a la luz de una fraternidad abierta, porque «el amor que se extiende más allá de las fronteras tiene en su base lo que llamamos ‘amistad social’ en cada ciudad o en cada país» (FT 99). Esto pretende ir más allá de la mera solidaridad. El año 2017, el Papa expresó ante la Academia Pontificia de Ciencias Sociales que «mientras que la solidaridad es el principio de la planificación social que permite a los desiguales llegar a ser iguales, la fraternidad permite a los iguales ser personas diversas. La fraternidad permite a las personas, que son iguales en su esencia, dignidad, libertad y en sus derechos fundamentales, participar de formas diferentes en el bien común de acuerdo con su capacidad, su plan de vida, su vocación, su trabajo o su carisma de servicio (…). De hecho, el protocolo por el cual seremos juzgados será el de la hermandad: ‘Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí’ (Mt 25,40)».

Son varios los teólogos que han hablado de la fraternidad. Joseph Ratzinger, en 1960, publicó un libro sobre la fraternidad de los cristianos, cuya visión ad intra, cerrada, se fundamenta en la incorporación nuestra a Cristo por medio del bautismo y la práctica de los sacramentos (1). Francisco retoma hoy, en Fratelli tutti, este llamado de todo cristiano, pero desde la perspectiva de «una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite» (FT 1).

IGLESIA EN SALIDA DE SÍ HACIA EL HERMANO

Fratelli tutti no es una encíclica aislada del resto del pensamiento de Francisco. Con ella se cierra un eje de su magisterio, pero se abre otro. Se la puede considerar una encíclica social, pero no se la puede entender fuera del marco interpretativo de la eclesiología sociocultural y misionera que da unidad al magisterio del Papa.

Podemos identificar un eje eclesiológico, conformado por Evangelii gaudium (2013), su discurso durante la Conmemoración de los 50 años de la institución del Sínodo de los Obispos (2015) y la constitución apostólica Episcopalis Communio (2018). A la luz de la eclesiología del Pueblo de Dios se nos invitó a pensar en la reforma de la Iglesia a la luz de dos conversiones: pastoral y sinodal; es decir, que puede darse tanto en la mentalidad eclesial como en las relaciones entre los sujetos eclesiales al interior de la institución.

Un eje social está integrado por Laudato Si’ (2015), Querida Amazonía (2019) y Fratelli tutti (2020). Llama a emprender un proceso de conversión integral que gira en torno a lo ecológico y lo social, y a partir de la preservación de los pueblos y sus culturas como lugares teológicos, de auténtica revelación de Dios. La Iglesia Pueblo de Dios habita en medio de realidades culturales locales. En este eje se aprecia cómo la opción por los pobres y descartados pasa a ser una opción estructural de toda la organización eclesial, incluso en la orientación de su geopolítica pastoral (2).

Estos primeros dos ejes han de ser leídos en el marco de una eclesiología misionera, de corte sociocultural (3), que es ampliada con un tercer eje conformado por el Documento sobre la Fraternidad Humana, por la paz mundial y la convivencia común (2019) y la última parte de la encíclica Sobre la fraternidad y la amistad social (cap. VIII). Aquí abre, inicialmente, una visión, aún por desarrollarse, con miras al diálogo interreligioso y la presencia de la Iglesia en lugares en los que todavía el cristianismo sigue siendo minoría.

Fratelli tutti debe ser leída en el contexto mayor de esos ejes. El modelo de una Iglesia en salida supone «la absoluta prioridad de la ‘salida de sí hacia el hermano’, como uno de los dos mandamientos principales que fundan toda norma moral (…), porque en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros» (EG 179).

LA IGLESIA, LOS PUEBLOS Y SUS CULTURAS

La teología latinoamericana ha propuesto como novedad histórica la comprensión del pueblo como sujeto histórico, tanto en la sociedad como en la Iglesia (4). El pueblo-sujeto, capaz de crear y orientar la historia, no es una entelequia ni un abstraccionismo universalista (FT 216), como tampoco es una masa o conjunto difuso de individuos sin rumbo ni proyecto. Para Francisco, «pueblo y persona son términos correlativos» (FT 182). Lo que define al pueblo es el modo como las personas viven la cotidianidad como fraternidad abierta, antes que aislándose como fragmentos que rompen los vínculos sociales que nos cohesionan (FT 30; 44). Los individuos no tienen una identidad completa per se, aislada, sino en su relación con los otros/as en un pueblo concreto.

Para explicar esto, el papa Francisco usa un ejemplo del mundo de vida popular latinoamericano, al decir que, «en algunos barrios populares, todavía se vive el espíritu del ‘vecindario’, donde cada uno siente espontáneamente el deber de acompañar y ayudar al vecino. En estos lugares que conservan esos valores comunitarios, se viven las relaciones de cercanía con notas de gratuidad, solidaridad y reciprocidad, a partir del sentido de un ‘nosotros’ barrial. Ojalá pudiera vivirse esto también entre países cercanos, que sean capaces de construir una vecindad cordial entre sus pueblos» (FT 152).

Fratelli tutti recoge las tres nociones de pueblo que se encuentran a lo largo del magisterio del papa Francisco. El pueblo-pobre, el descartado y excluido de los canales de participación sociopolítica y el bienestar económico. El pueblo-nación, que expresa un proyecto común e identitario por construir. Y el pueblo-fiel, los creyentes, quienes desde su fe y sus valores cargan con los padecimientos cotidianos, especialmente a través de la religiosidad popular. Estas formas constituyen una unidad en la que la Iglesia se encarna y realiza su misión: en medio de los pobres, en el espacio público y en la vida creyente.

SANAR LA FRAGILIDAD DEL PUEBLO HERIDO

En el Te Deum celebrado en la Catedral de Buenos Aires en 2003, diez años antes de ser elegido Papa, el entonces cardenal Bergoglio usó la parábola del buen samaritano para proponer la imagen del pueblo-herido. Podemos decir que esta es una cuarta noción de pueblo, que identifica la acción política con el samaritano que acoge y sirve al herido, al caído, y no voltea la mirada ante los sufrimientos del pueblo. Hoy en día, él vuelve sobre esta imagen samaritana para proponer la redención de la política a partir del «amor preferencial por los últimos» (FT 187), los caídos. Es aquí donde el actual Pontífice sitúa la opción preferencial por los pobres (FT 56, 116) como motor de la promoción humana y la lucha por el bien común (FT 282) con el fin de sanar a ese pueblo-herido que padece la «fragilidad de las instituciones y la fragilidad de los vínculos sociales» (FT 66).

Esto supone concebir la praxis política en función de la amistad social, del reencuentro con los sectores más pobres (FT 233), haciéndonos «amigos de los pobres» (FT 234). Esta amistad social se construye desde una praxis y un servicio fraterno (FT 190) que «mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la padece y busca la promoción del hermano» (FT 115). La acción política nace de este vínculo, de saberse «parte de un pueblo, formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales» (FT 158). Esta entrega personal y fraterna que se anima desde la caridad política se distancia de cualquier instrumentalización ideológica. Una auténtica acción política se inspira en el servicio y «nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» (FT 115).

LA INSTRUMENTALIZACIÓN IDEOLÓGICA DE LOS PUEBLOS

La instrumentalización ideológica convierte a los pobres en objetos y erosiona a las democracias. Por ello, el Pontífice rescata la noción de pueblo-sujeto, advirtiendo que, «la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social, tiene otra debilidad: que ignora la legitimidad de la noción de pueblo. El intento por hacer desaparecer del lenguaje esta categoría podría llevar a eliminar la misma palabra democracia —es decir: el gobierno del pueblo» (FT 157). Es aquí donde el Papa hace una dura crítica a la ideologización de la opción política por los pobres. Esto lo había explicado en su viaje apostólico al Paraguay el 11 de julio de 2015, cuando afirmó que «no sirve una mirada ideológica, que termina usando a los pobres al servicio de otros intereses políticos y personales (EG 199). Las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación o incompleta o enferma o mala con el pueblo. Las ideologías no asumen al pueblo. Por eso, fíjense en el siglo pasado. ¿En qué terminaron las ideologías? En dictaduras, siempre, siempre. Piensan por el pueblo, pero no dejan pensar al pueblo (…). Estas son las ideologías».

La encíclica reconoce que nuestra época está llamada a salvar la democracia, pues esta se basa en la construcción del bien común y no en el «ejercicio demagógico del poder» por unos pocos (FT 157), que es propio del «populismo cuando se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder» (FT 159). El populismo «busca sumar popularidad, exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad» (FT 159).

Una de las consecuencias más graves de estas ideologías, y un gran signo de nuestros tiempos denunciado por la encíclica, es la violación sistemática de los derechos humanos por parte de ciertos Estados, mencionando que desde algunos de estos se propician ejecuciones extrajudiciales o muertes que falsamente pueden hacerse pasar como consecuencias no deseadas del uso razonable de la fuerza para hacer aplicar la ley (FT 267). Así, «el siglo XXI es escenario de un debilitamiento del poder de los Estados nacionales» (FT 172) y del crecimiento exponencial del ejercicio de la violencia «desde las estructuras y el poder del Estado» (FT 253). Frente a esta realidad, la solución ha de estar en distintas instancias, como el diálogo nacional para la reconciliación y la justicia, y la negociación y el arbitraje internacional como lo propone la Carta de las Naciones Unidas (FT 173). Hoy, más que nunca, se necesita recuperar el multilateralismo (FT 174).

Por otra parte, ante la complejidad de los conflictos globales y locales actuales, la posición del magisterio eclesial es un rotundo «no a las guerras» (FT 258), y un llamado a ser «artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia» (FT 225).

CONCLUSIÓN ABIERTA

El papa Francisco no propone soluciones fáciles. Nos invita a discernir los desafíos globales y locales de esta nueva época. Por ello, para concluir, parece oportuno recordar a Ignacio Ellacuría S.J., perseguido y asesinado en 1989 por una dictadura militar en El Salvador. Refiriéndose a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, dijo: “Lo único que quisiera son dos cosas: que pusieran ustedes sus ojos y su corazón en esos pueblos, que están sufriendo tanto —unos de miseria y ham­bre, otros de opresión y represión— y después (ya que soy jesuita) que ante ese pueblo así crucificado hicieran el coloquio de san Ignacio en la primera semana de los Ejercicios, preguntándose: ¿Qué he hecho yo para crucificarlo? ¿Qué hago para que lo descrucifiquen? ¿Qué debo hacer para que ese pueblo resucite?” (5). Estas preguntas nos invitan a ser honestos con la realidad para hacernos cargo de ella e iniciar un proceso de conversión fraterna que sane a nuestros pueblos crucificados. MSJ

(1) Cf. Joseph Ratzinger, Die chirstliche Brüderlichkeit, Kösel-Verlag, München 1960.
(2) Rafael Luciani, «Francis and the Pastoral Geopolitics of Peoples and their Cultures: a structural Option for the Poor», Theological Studies 81 (2020) 181-202; «La opción por los pobres desde una Iglesia pobre y para los pobres», revista Medellín (CELAM) 168 (2017) 347-373.
(3) Rafael Luciani, «La centralidad del pueblo en la teología sociocultural del Papa Francisco», Concilium 376 (2018) 387-400.
(4)  Cf. Pedro Trigo, «Teología de la liberación y cultura», Revista Latinoamericana de Teología 4 (1985) 89.
(5) Cf. Ignacio Ellacuría, “Las iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España”, Escritos teológicos II, UCA Editores, San Salvador 2000, 602.

Rafael Luciani

Experto del CELAM y miembro del Equipo Teológico de la CLAR