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La Constitución como pacto intergeneracional

Las constituciones son esencialmente el conjunto de instituciones que posibilitan la convivencia democrática, habilitando a los poderes públicos, sus límites, y reconociendo nuestros derechos. Pueden ser pensadas como pactos intergeneracionales entre los vivos, los muertos y los que están por venir. Así, no son la imposición de la voluntad de los muertos, como tampoco pura contingencia o presentismo; cada generación recibe una herencia, que debe preservar y acrecentar, repudiar lo que ha sido alcanzado por el tiempo o la injusticia, para entregarla en mejores condiciones a la siguiente. Es la construcción de una catedral a lo largo de varios siglos, como diría Nino. O, siguiendo a Dworkin, una novela en cadena, escrita en varios capítulos sucesivos, conectados entre sí, pero dejando abierta la trama, para el desarrollo de la historia y sus protagonistas, en los capítulos siguientes. Así, se trata de una constitución de muchas mentes en el tiempo, de los compromisos, voluntades (y miserias) de muchas generaciones de chilenas y chilenos desde los comienzos de la república.

En este sentido, nuestra relación con el pasado requiere lealtad crítica con nuestros esenciales constitucionales, nuestra “meta-Constitución”, que ha evolucionado en dos siglos de vida republicana: una Constitución escrita, los principios de soberanía popular y el sistema representativo, el reconocimiento y garantía de los derechos fundamentales, el Estado de Derecho, la división de poderes, y la independencia judicial. A ello le he llamado escribir desde una hoja en blanco con tinta de doscientos años. Con el futuro, debemos tener una aproximación especialmente sobria; la nueva Constitución debe ser un punto de partida, otro hito en nuestra evolución constitucional, abierta al cambio y perfeccionamiento futuro, y, al igual que ahora, a un procedimiento de reemplazo o revisión total, si la futura generación así lo estima en veinte o treinta años más.

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