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Tiempo de espera y deseo de conocer más internamente al Señor

Vivimos tiempos en que esperar nos cuesta mucho. Deseamos que todo pase, y que pase rápidamente. La pandemia nos ha desafiado y movilizado, entre tantos otros aspectos, a saber esperar. Con actitud paciente y vigilante. Pacientes frente a la ciencia que desarrolla la vacuna; pacientes frente a las autoridades para que transmitan mayor esperanza y seguridad a la población… Vigilantes en el autocuidado, en el bienestar personal, familiar y comunitario para poder sobrevivir al virus. Vigilantes a lo que vivimos, experimentamos internamente emociones, inseguridades, vulnerabilidad a los cambios que nos ha provocado el encierro: el cambio de hábitos, de trabajo, de relaciones, en lo económico…etc. La desestabilización de lo que ya conocíamos, para confiar y mantener la esperanza de que podemos fortalecernos con cada vivencia.

Entramos en el tiempo de Adviento, tiempo que litúrgicamente nos invita a la espera. Cuando en estos meses nos hemos sentido en la sala de espera de algún programa online, sentíamos angustia, impaciencia, porque el anfitrión no nos daba acceso. Hemos reconocido movimientos internos que pensábamos tener ordenados. La espera nos provoca, nos desestabiliza. No podemos controlarlo todo. Debemos decidir qué hacer en ella. Y muchas veces, en este espacio, entre el esperar y ser recibido, se hace un vacío que puede tener sentido según cómo lo vivamos. Lo más común es que nos pongamos inquietos, angustiados. El secreto para muchos está en vivir plenamente el momento, soltando la atención y tensión sobre nuestro ego, que busca y desea respuestas inmediatas, para centrarnos en la confianza.

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